Epílogo
El día después
Serenya despertó sin sobresalto. No hubo retorno brusco al cuerpo ni urgencia por buscar aire. Abrió los ojos despacio, con la sensación extraña de haber llegado a un lugar donde el tiempo no avanzaba del todo.
El techo de piedra de Noctalis se recortaba sobre ella, oscuro, irregular, iluminado por una lámpara que oscilaba con un pulso cansado.
No se movió. No todavía.
A su lado, la cama estaba ocupada.
El cuerpo yacía inmóvil, cubierto hasta el pecho. Vendajes blancos, limpios en exceso, cruzaban el torso y el cuello. La respiración era profunda, regular, sostenida por algo que no terminaba de ser sueño ni vigilia.
Serenya no miró el rostro.
No aún.
Le bastaba con la presencia. Con el peso de alguien ahí.
El silencio no era vacío. Pesaba.
Tenía las manos vendadas. Al mover los dedos sintió el tirón de la piel, el recuerdo del fuego bajo las muñecas, la sangre respondiendo cuando ya no había margen. No lloró. No podía. El llanto parecía una lengua olvidada.
Cerró los ojos un instante y el mundo volvió en fragmentos: el bosque torcido, el aire plegándose, Vaelith de rodillas con las manos rojas y la mirada rota. Theneira cayendo como si le cortaran los hilos. Mirel inmóvil en el suelo, la daga lejos .
Caelan avanzando con sombras que no cerraban, sosteniendo a Lazhar para que no cruzara. Kyrion entrando desde el oeste, seco, preciso.
El nombre de Aelira dicho como una herida abierta.
La grieta inclinándose.
Thal’nar recorriéndole la sangre como una ley antigua.
Y una mirada que no llegó a sostenerse.
Abrió los ojos de nuevo.
Seguía allí.
Noctalis respiraba despacio al otro lado de las paredes. No había celebración. No había victoria. Solo pasos contenidos, órdenes murmuradas, el roce de capas oscuras cruzando los pasillos como sombras cansadas.
Lord Dareth había muerto.
No lo pensó como triunfo. Fue un hecho desnudo, pesado, sin forma de consuelo. El reino se reordenaba en silencio, con la torpeza de algo que ha perdido su eje.
Vaelith no había hablado desde entonces.
Seguía sentada donde la habían dejado, como si moverla pudiera romperla del todo. Las manos, limpias ya, seguían temblando.
Theneira dormía.
Viva. Eso era todo lo que podía afirmarse sin mentir. El cuello vendado. El pulso irregular. A veces murmuraba palabras que no formaban frases. A veces, gritaba sin sonido.
Caelan estaba herido, en pie solo por obstinación.
Kyrion permanecía a su lado. Había sangre en sus manos, ajena y propia, y una quietud nueva en el modo en que miraba a su hijo, como si por primera vez no intentara corregirlo ni reclamarlo, sino acompañarlo hasta donde el cuerpo alcanzara.
Caelan no se apartó. Tampoco lo rechazó.
Se mantuvo erguido en ese margen estrecho donde ya no hacía falta decir nada para saber que algo había sido sostenido, aunque no pudiera deshacerse lo perdido.
Nadie ocupaba ya el lugar que tenía antes.
Mirel se mantenía en pie a duras penas, con el costado vendado, moviéndose entre los heridos como si detenerse fuera una opción que no podía permitirse.
De Lazhar no quedaba mando. Solo una figura errática, arrastrándose entre estancias como si aún respondiera a una voz que nadie más oía.
Un llanto crudo, sin pausa, atravesaba los muros. Elarin había llegado temprano, sin detenerse ante ninguna presencia. Serenya la oyó al despertar y algo dentro de ella se cerró un poco más, como si el mundo acabara de perder otra salida posible.
Miró por fin el cuerpo a su lado. No buscó señales. No intentó sentir el vínculo. No llamó a la sangre. No se lo permitió. Se limitó a estar. A sostener ese hilo estrecho entre la esperanza y la verdad, sin saber todavía cuál de las dos iba a ceder primero.
Thal’nar volvió a inundarla por dentro, suave esta vez, como un recordatorio sin voz.
Y, por debajo, algo más.
Silenciado.
El mundo seguía.
Serenya apoyó la frente en el borde del colchón. Cerró los ojos. Inspiró una vez. Luego otra. El aire entró. Salió. Aún podía hacer eso.
Cuando él despertó, horas después, la encontró allí, mirándolo.
—Serenya —suspiró, con la voz rota—, ¿dónde…?
Ella levantó la cabeza despacio. Lo miró. La luz le robó un destello rojizo a su anillo.
Por primera vez desde aquella noche, dejó que la verdad atravesara el aire.
—Se ha ido.