Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 75. La grieta
98%

75. La grieta

Un hilo rojo apareció de inmediato.

El combate se volvió torpe. No se detuvo, pero perdió ritmo, como si algo invisible hubiese retenido el pulso del mundo. Los golpes siguieron cayendo, las armas chocaron, los cuerpos se movieron, pero el aire ya no acompañaba. Cada gesto costaba un poco más de lo que debía.

A unos pasos, los guardianes intentaban avanzar sin conseguirlo del todo, atrapados en una presión que les robaba impulso sin llegar a inmovilizarlos.

Sin órdenes, el grupo resistía como podía, sosteniendo una forma que ya no tenía centro.

Más allá, las sombras de Caelan se abrían y se cerraban sin terminar de fijarse, como si también dudaran.

El cuchillo no avanzó de golpe. Se mantenía ahí, apoyado, como si esperara una orden.

Vaelith llegó antes de que el corte se abriera más. Se dejó caer frente a Theneira y le sujetó la muñeca con ambas manos, tirando hacia atrás.

—No.

Empujó.

No se movió.

No era resistencia física. Era otra cosa. Una fijación que no dependía del cuerpo.

A la izquierda, alguien cayó de rodillas sin haber recibido un golpe.

Más atrás, Mirel mantenía el flanco a medias, la daga en alto, sin terminar de encontrar el momento de entrar.

Nadie llegaba hasta ellas.

—Mírame —insistió Vaelith, acercándose más—. Theneira, mírame.

Los ojos de ella temblaron un instante. No llegaron a enfocarla.

—No puedo… —dijo, con la voz atrapada—. No me deja.

Vaelith apretó más fuerte, clavando los dedos en su piel.

—Sí puedes. Suéltalo.

Nada.

La hoja presionó un milímetro más.

—Para esto, padre. —Vaelith alzó la vista—. Déjala.

Erendar Dareth no se movió.

—¿Padre? Pensé que ya no eras de la familia —escupió, con una sonrisa ladeada.

—Te está obedeciendo. Ya has ganado.

Una pausa mínima.

—No he venido a ganar —respondió él—. He venido a que ocurra.

Vaelith negó, sin soltar a Theneira.

—No necesitas esto. —Un paso más cerca, arrastrándola con ella—. Suéltala y hablamos.

—Siempre creíste que todo era negociable.

—Esto lo es.

Lord Dareth levantó el mentón, observándola.

—¿Y qué ofreces?

Vaelith no dudó.

—A mí. —El silencio se tensó—. Me iré contigo. Haré lo que quieras, pero déjala libre.

La mano de Theneira tembló, pero la hoja no se retiró.

—Siempre tan dispuesta a intercambiarte por otros.

—No es intercambio —replicó—. Es decisión.

—No —corrigió él, suave—. Es debilidad.

El gesto avanzó otro milímetro y la sangre dejó de ser un hilo. Vaelith tiró con todo lo que tenía.

—¡Basta!

—Todavía no —Dareth habló sin alzar la voz—. Falta lo importante. Grieta, tú puedes terminar con esto ahora. Solo debes abrirla… y dejar que te reclame .

Alrededor, el combate no se detenía, pero ya no encontraba dirección. Serenya avanzó un paso. Él la interceptó. No hubo estrategia en ese movimiento. Fue puro instinto.

—No —sollozó Vaelith, con una urgencia desnuda—. No lo hagas.

Dareth sonrió.

—Origen no elige. Solo responde.

La sangre corrió un poco más por el cuello de Theneira. La mano que sostenía la hoja temblaba. No de miedo. De resistencia inútil.

—Serenya… —rogó—. Por favor.

Nadie más habló. Nadie pudo.

Lo sintió. No el caos. No el miedo.

A él.

Su pulso rompiéndose.

Su eje cediendo.

La grieta respondió. No se abrió, pero reaccionó.

Más allá, el cuerpo de Ezryn yacía donde había caído, sin que nadie pudiera alcanzarlo. A su alrededor, la línea se había roto: los suyos contenían como podían, pero nadie lograba cerrar el hueco.

Algo la hizo mirar hacia el bosque.

Entre los troncos, donde la luz moría, había unas figuras inmóviles. Tres mujeres. La piel surcada de líneas que no eran arrugas, sino trayectorias. Los ojos claros, sin blanco, como si hubieran aprendido a mirar antes de necesitar párpados. No se ocultaban. Tampoco avanzaban. Observaban.

Una de ellas sostenía algo entre las manos. No era reconocible. No tenía forma fija. A ratos parecía hilo. A ratos, hueso pulido. A ratos, nada.

Sobre sus dedos, algo diminuto dejó un rastro húmedo antes de desaparecer entre los pliegues de su ropa.

Ninguna hablaba.

Serenya dejó de contenerse. No iba a dejar que se apagara.

No gritó, ni alzó los brazos. Solo soltó la presión que llevaba días acumulándose bajo el esternón .

La sangre respondió primero. Un latido demasiado fuerte. Luego, otro.

Las sombras la siguieron un instante después.

Y la grieta escuchó.

El siguiente gesto no tenía regreso.

El mundo cedió. No con un estallido. Con una inclinación.

El suelo vibró. El aire se plegó sobre sí mismo. La magia dejó de circular como corriente y pasó a hacerlo como presión, como peso acumulado buscando salida. Los gritos volvieron a tomar volumen.

La grieta se abrió.

El combate se desató de nuevo, sin contención.

—¡Atrás! —rugió alguien—. ¡Formad!

Demasiado tarde.

Los Dareth avanzaron, en grupos precisos. Un guardián cayó con un golpe seco en la sien. Otro fue arrastrado fuera del camino sin llegar a gritar. La sangre salpicó hojas, piedra, cuero. Mirel retrocedía paso a paso, intentando protegerse.

Serenya se movió. No pensó. Se colocó delante de Ezryn cuando dos figuras se abalanzaron sobre él desde la izquierda. El impacto la lanzó contra un tronco. Sintió el crujido en la espalda antes que el dolor. Se incorporó con un jadeo roto y levantó la mano.

Las sombras respondieron. Una onda corta, brutal, arrojó a los atacantes hacia atrás. Uno chocó contra el suelo y no volvió a moverse. El otro se retorció, vivo, gritando.

Ezryn la sintió sin mirarla.

—No te expongas.

— Estoy aquí —respondió ella, apretando los dientes—. No voy a dejarte solo.

El juicio íntimo volvió a abrirse, aunque él no podía levantarse.

Ezryn lo sostenía como quien aguanta una hoja dentro del pecho. Cada latido le arrancaba algo. No era solo Dareth lo que veía. Era todo lo que había debajo. Capas de voluntad, de ambición, de vacío. El don no distinguía enemigo de aliado .

Quemaba igual. Por dentro.

Sangre en la boca.

Visión que se estrecha.

Pulso desordenado.

Dareth retrocedió un paso.

Solo uno.

—Sigues creyendo que puedes sostenerlo todo —dijo, con un hilo de burla—. Eso también te va a matar.

Vaelith gritó.

Theneira seguía cortando. La hoja se movía despacio, empujada por una voluntad que no era la suya. La sangre manaba ya sin control. Vaelith le sujetó la muñeca con ambas manos, luchando contra una fuerza que reconocía demasiado bien.

—¡Mírame! —le gritó—. ¡Mírame, joder!

Los ojos de Theneira no la enfocaban.

—No puedo —susurró—. No me deja.

Vaelith la apretó más fuerte. Esta vez sin cuidado. Sin medida.

El cuerpo de Theneira se le vino encima de una forma distinta.

Lord Dareth giró la cabeza hacia ellas, satisfecho.

—Siempre fuiste débil. Y tú… —Miró a Vaelith—. Siempre confundiste amor con desobediencia.

Observó la sangre en sus manos, el temblor, la forma en que no conseguía sostener a Theneira.

Sonrió un poco más.

—Y aun así creíste que podrías protegerlos a todos. —La pausa fue mínima—. Ni siquiera has llegado a tiempo.

Algo se quebró en Vaelith. Se oyó en su respiración antes que en el gesto. Se incorporó sin cuidado y la espada apareció en su mano casi antes de que el gesto terminara de formarse.

Atacó.

El golpe no fue limpio ni buscó un punto exacto. Entró torcido, desde demasiado cerca, más rabia que precisión, pero alcanzó. Suficiente para hacer retroceder a Dareth con un gruñido seco.

La guerra estalló del todo.

Un cuerpo chocó contra Serenya y la lanzó al suelo. Rodó, aspiró tierra, sangre ajena. Se incorporó a tiempo de ver a Lioran caer hacia adelante, empujado desde el flanco. Un Dareth le había atravesado el costado. El grito se perdió en el ruido.

—¡Lioran!

Intentó llegar a él.

No pudo.

A la derecha, unas sombras se comprimieron de golpe.

Caelan apareció de la nada, golpeando a diestra y siniestra. El rostro desencajado. Los ojos grises, demasiado abiertos. Se lanzó contra un grupo que rodeaba a Lazhar.

—¡Atrás! —rugió—. ¡No es para ti!

Lazhar avanzaba hacia la grieta, ajeno al combate que se cerraba a su espalda.

—Aelira… —murmuró, como si la respuesta ya estuviera dada—. Estoy aquí.

Caelan lo atrapó por detrás y ambos resbalaron por el borde de la grieta. La sombra y la sangre chocaron en un equilibrio imposible.

Serenya sintió el tirón. El poder, desatado, ya no escuchaba.

Exigía.

Una presencia antigua, reconocible, se tensó al otro lado del desgarro. No empujaba. Esperaba.

Y aun así… tiraba.

Un nombre cruzó el aire sin sonido.

No era para todos.

La voz no llegó como palabras, sino como una vibración baja, antigua, que no pedía respuesta porque ya estaba inscrita en algún lugar previo al cuerpo

—No te quiebres.

Giró con violencia. Lo vio entre cuerpos que chocaban y caían, entre fuego torcido y sangre que no encontraba suelo. Seguía allí. Forzado. De pie por pura obstinación. El juicio íntimo abierto aún, desgarrándolo desde dentro .

Thal’nar.

Se deslizó por la sangre como un recuerdo sin origen, sostenido por voces que no necesitaban boca.

Y, por debajo… algo que no había sido nombrado.

No porque no existiera.

Porque había sido silenciado durante demasiado tiempo.

Ilhara.

El mundo respondió.

Ezryn luchaba, como si el cuerpo no terminara de responderle. Tosió sangre, roja y espesa, manchándole el mentón.

Dareth cayó de rodillas con torpeza. Una mano hundida en la tierra, la otra colgando en un ángulo imposible. Sangre oscura empapándole el pecho.

Acero contra hueso. Sombras golpeando sin forma. Un cuerpo lanzado contra un tronco. Un grito que no terminó.

Serenya avanzó un paso y el suelo cedió bajo sus pies.

Vio a Vaelith de rodillas, el rostro roto, las manos cubiertas de sangre hasta las muñecas, temblando sin saber de quién era.

Vio a Mirel caída de lado, inmóvil, la daga lejos, inútil.

Vio a Caelan rodeado, empujado hacia atrás, sus sombras estallando contra cuerpos que caían… y otros que ocupaban su lugar, sin respiro. Demasiados.

El suelo ya no distinguía entre tierra y carne. Botas resbalando, acero chocando sin dirección, hombres cayendo sin que nadie pudiera contarlos.

Entonces, el aire volvió a partirse.

No como antes. No desde la grieta.

Desde el oeste.

Una presión distinta cruzó el campo, seca, cortante, sin sangre. Dos Dareth cayeron a la vez, lanzados hacia atrás como muñecos mal sostenidos. El tercero se quedó rígido… y luego se desplomó, con los ojos abiertos, sin herida visible.

Serenya giró la cabeza.

No buscó.

Sabía dónde mirar .

Había esperado ese momento.

Lo vio entrar entre cuerpos y humo, con la capa desgarrada y la espada manchada hasta la empuñadura. No gritó órdenes. Avanzó directo hacia Caelan, como si no existiera nada más.

—¡Arriba! —rugió—. No aquí.

Kyrion lo alcanzó justo cuando la flecha iba al pecho y lo empujó de lado, lo suficiente para que se le clavara en el costado. Encajó el hombro bajo su brazo y lo arrastró medio paso fuera del cerco, girando sobre sí mismo para cubrirle la espalda.

El movimiento fue viejo. De guerra compartida.

—Respira —le dijo, entre dientes—. Luego pelea.

Caelan no respondió. Se llevó la mano al costado, notó la flecha clavada… y apretó la mandíbula.

—Rómpela.

Kyrion no dudó. Sujetó el asta y la partió de un tirón seco.

El aire volvió de golpe. Las sombras no llegaron tarde. No dudaron.

Estallaron.

Se alzaron a su alrededor como una extensión directa del cuerpo, compactas, violentas, obedeciendo. Caelan avanzó con ellas, sin protegerse, sin medir, atravesando el espacio como si el dolor no tuviera jurisdicción sobre él.

El primero cayó sin entenderlo. El segundo no llegó a levantar el arma. El tercero fue lanzado contra los suyos, rompiendo la línea.

Caelan no se detuvo. Serenya lo vio y lo entendió con una claridad brutal: no estaba resistiendo. Estaba arrasando.

Oyó a Lazhar gritar desde algún lugar imposible, con una voz que ya no mandaba nada.

Theneira cayó. El cuchillo resbaló de sus dedos y tintineó contra la piedra.

Algo la arrastró hacia dentro. El aire se rasgó sin sonido. La luz se dobló. El mundo perdió arriba y abajo. Algo chocó contra ella. Un cuerpo. Un peso. Un brazo que se aferró o empujó, o simplemente cayó. No supo quién.

Ezryn la miró.

Oscuridad.

Fue arrancada del lugar donde aún quedaba algo que salvar. El frío mordió. El ruido se volvió espeso. La sangre ardía en sus muñecas.

Thal’nar.

El sonido volvió, sin dueño, sin voz.

La última imagen fue un desorden imposible de fijar.

Un cuerpo lanzándose.

Una silueta resistiendo.

Un nombre que no llegó a decirse.

Intentó alcanzarlo. No supo a quién.

Y eso fue lo peor.

La grieta se cerró de golpe, como carne forzada a unirse.

Cuando el mundo volvió a respirar, nadie supo decir qué había pasado en ese segundo final.

Solo que algo había sido cobrado.

Y que el silencio que quedó después no trajo alivio.

Trajo miedo.

Y algo peor.