Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 74. Cuando el mundo muerde
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74. Cuando el mundo muerde

El margen se rompió del todo. No fue una explosión. Fue una pérdida de forma. El aire dejó de sostener trayectorias claras y los cuerpos empezaron a moverse como si cada gesto tuviera que abrirse paso a empujones.

Serenya se colocó delante de Ezryn sin mirarlo. No fue un gesto heroico. Fue automático. El cuerpo reconociendo dónde debía estar.

El primer impacto llegó desde la derecha. Una embestida cerrada, coordinada. Serenya giró sobre sí misma y levantó el brazo a tiempo. La sombra respondió como un latigazo compacto que lanzó al atacante contra un tronco. El golpe sonó hueco. No comprobó si seguía vivo.

Otro llegó de frente. Luego, otro más.

—¡Atrás! —gritó Mirel, cubriéndole el flanco.

Serenya no retrocedió. El mundo se le estrechó hasta convertirse en un corredor de golpes, respiración y calor. Cada movimiento de sus sombras dejaba una estela viva, densa, que desviaba acero y quebraba huesos.

Uno cayó. Luego, dos.

La sangre se entrometió entonces. Subía y bajaba sin obediencia alguna.

Los pensamientos irrumpieron.

«No te acerques».

«Más a la izquierda».

«Aguanta» .

«Ahora».

Un recuerdo que no era suyo: frío, piedra, una mano que no soltaba.

Otro distinto: peso, oscuridad, algo contenido a punto de romper.

«No todavía».

«Sostén».

Demasiados.

Se le cruzaban por dentro. El gesto dejó de responder con precisión. Las sombras no cerraron a tiempo.

El tercer atacante consiguió alcanzarla. La hoja le rozó el costado.

A unos pasos, Ezryn vaciló lo justo para que Lazhar lo viera. No fue un error. Fue un desajuste. Mínimo. Peligroso.

—¡Ciérralo ya! —La urgencia en su mente cortó el ruido.

El ardor llegó tarde, pero real. Apretó los dientes y respondió con el codo, con la rodilla, con todo lo que tenía a mano. El cuerpo del Dareth salió despedido hacia atrás, arrastrando a otro en la caída.

—Ezryn, mantén el eje —exigió Lazhar sin alzar la voz ni mirar a Serenya.

El Dareth que había abierto la línea contra ella se tensó en seco, como si alguien le hubiera cerrado el pulso desde dentro. No volvió a levantarse.

Ezryn estaba justo detrás de ella, quieto. El juicio íntimo seguía abierto, tirándole desde dentro como una garra clavada en el pecho. La tensión le hacía vibrar los dientes. Sentía un gusto metálico subiéndole a la garganta, pero no se atrevía a escupir.

El mundo le llegaba filtrado. Tarde. Deformado. Lord Dareth no solo cedía: lo estaba desgastando.

Serenya lo notó.

—Ez… aguanta. No estamos solos, ya viene.

Él no respondió. No podía.

Dareth estaba perdiendo terreno. No del todo. Pero lo suficiente .

El campo alrededor del Gran Señor se deformaba, perdiendo simetría. El suelo crujía bajo sus botas. Su respiración ya no era perfectamente estable.

Ezryn dio un paso más.

Por un segundo lo vio. Entre los cuerpos, en un claro donde el combate no terminaba de entrar: Rey Baba, inmóvil, mirándolo.

En otro punto del frente, Vaelith seguía en pie, pero ya no giraba limpia. Un golpe le rozó el hombro. Otro la obligó a retroceder medio paso. Sostenía la posición a pura inercia, sin espacio para corregir, demasiado cerca de caer.

Y fue entonces cuando Serenya quedó rodeada.

No uno. Ni dos.

Cinco.

Entraron al mismo tiempo, cerrando ángulos, obligándola a abrirse, a gastar más energía de la que era prudente. Su poder respondió con violencia, empujando, quebrando, sosteniéndola a puro pulso.

—¡Serenya! —Alguien gritó su nombre.

No miró atrás, y ese fue el instante.

Nadie protegía a Ezryn.

Una figura avanzó por el flanco.

No corriendo. Ni dudando.

Un paso. Luego, otro.

El cuchillo apareció en su mano como si siempre hubiera estado ahí. El gesto fue mínimo. No buscaba matar. Buscaba apagar.

El golpe llegó en la base del cráneo, limpio, en ese punto donde el cuerpo deja de responder.

Exacto.

El juicio íntimo se quebró. No del todo. Un segundo más. Ezryn intentó mantenerlo. No alcanzó.

No hubo tiempo para dolor ni para pensamiento. La presión que sostenía el mundo se retiró de golpe, como si alguien hubiese soltado un ancla invisible. La realidad cayó sobre Ezryn sin transición .

Se desplomó hacia delante, inerte antes de tocar el suelo.

En el centro, Lazhar no se movía, pero su mirada no estaba en el combate. Estaba en él. Un gesto mínimo bastó.

—Protegedlo.

Los soldados más cercanos reaccionaron, cerrando filas, desplazándose hacia él sin romper del todo la formación.

Serenya sintió el tirón.

No lo vio. Lo sintió.

Algo en ella se quebró.

No podía permitirse que fuera él.

Giró lentamente.

—Theneira…

«No, no, no puede ser».

Los ojos de la otra estaban demasiado abiertos. La respiración rota, ajena a la intención.

—Lo siento —susurró—. No puedo parar.

Dareth levantó la cabeza.

El control regresó como una marea oscura, total.

Theneira se giró de golpe.

El cuchillo subió.

Esta vez no hacia Ezryn.

Hacia dentro.

Hacia su propio cuello.