Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 64. Juramento de sangre
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64. Juramento de sangre

Ezryn tembló por la magnitud de lo que estaba a punto de suceder. Sus manos no se quedaron quietas. Subieron por su espalda, lentas, firmes.

—Si lo hago, Serenya… no habrá vuelta atrás. —Su voz sonaba contenida—. No podré alejarme de ti. No sin perderme.

Sus ojos, encendidos como cicatrices abiertas, la recorrieron despacio. No había lujuria en esa mirada, sino algo más antiguo. Como si ella fuera el altar… y él, el sacrificio.

—Lo recuerdas, ¿no? —añadió, acariciando su rostro—. La sangre tomada desde el centro. No como alimento. Como juramento. Desde donde nace la magia… y donde un alma puede anclarse a otra para siempre.

La respiración de Serenya era irregular.

—Si lo hacemos… lo sentirá —continuó Ezryn—. Y cuando la sangre se mezcla así, ya no hay distancia posible entre dos almas. —Hizo una pausa breve antes de terminar—: La única forma de romper ese lazo… es la muerte.

El silencio fue denso. Como si el mundo entero esperara una respuesta que no podía deshacerse después.

Serenya no apartó la mirada. En sus ojos no hubo sorpresa. Solo una llama firme, consciente.

—Yo no sé elegir a medias —susurró Serenya. La túnica se abrió completamente y se deslizó sin que ninguno de los dos la detuviera—. Y no voy a empezar ahora.

Ezryn inspiró hondo. Había comprensión en esa respuesta. Y algo que aún no tenía nombre.

—Entonces, aceptas lo que venga. Aunque todavía no puedas verlo entero.

Serenya alzó el mentón.

—Acepto lo que es verdadero. —Serenya apoyó la frente contra la de él—. Pero este instante… este paso… es contigo. Porque tú me viste entera. Porque me esperaste. Porque aquí, ahora, el fuego no divide: sostiene.

No había súplica en su mirada. Había elección.

Se reclinó sobre las sábanas, sin apartar los ojos de él.

Ezryn se inclinó ante ella. No fue a sus labios. Su boca descendió despacio, como si cada centímetro de piel fuera sagrado.

Besó el hueco de su clavícula. Bajó por el centro del pecho, rozando apenas, sin tomar más de lo que ella ofrecía. Sus manos le envolvían los muslos con una firmeza cuidadosa. No empujaban. Recordaban.

El aliento le ardía.

Cuando llegó a su vientre, se detuvo.

El aroma de Serenya lo envolvió: piel húmeda, vida abierta. Ezryn respiró hondo, como si necesitara grabarlo para siempre.

—Dámelo. Por verdad.

Sus dedos se tensaron contra su piel al decirlo.

Serenya no respondió con palabras.

Se abrió.

Despacio. Con absoluta certeza. Reclinándose sobre las sábanas como una diosa ofreciendo su templo. No había timidez en ella. Solo elección.

Ezryn gruñó, bajo, quebrado.

Se arrodilló entre sus muslos. La miró desde ahí —ardiente, rendido— y ese solo gesto bastó para hacerla estremecer. Le sujetó los muslos con una firmeza delicada, abriéndola sin brusquedad, como si temiera romper algo sagrado.

La besó.

Su boca encontró el centro de ella con una devoción feroz. Su lengua se deslizó con lentitud, explorándola como si leyera un idioma antiguo sobre carne viva. Como si allí estuviera escrita la verdad del mundo.

Serenya jadeó, arqueándose. Sus dedos se hundieron en el cabello cobrizo de Ezryn, aferrándose como si esa boca fuera lo único real. El sonido que él dejó escapar vibró dentro de ella, profundo, húmedo, incendiario.

Ezryn lamía como quien bebe vida.

Primero dibujándola. Luego profundizando. Con un ritmo lento, letal, construido para desarmarla.

Pero no se detuvo ahí.

Se apartó apenas un segundo. Lo justo para mirarla. Y algo en sus ojos cambió.

Ya no era solo devoción. Era decisión.

La sostuvo con más firmeza, obligándola a quedarse donde la tenía. A no huir de lo que estaba a punto de hacerle sentir.

Cuando volvió a inclinarse, su boca fue más precisa. Más exigente.

Y su mano descendió al mismo tiempo, encontrando el ritmo que su cuerpo ya había empezado a marcar… y llevándolo más allá.

—Ez… —El nombre se quebró en su garganta.

Ezryn no respondió. Al menos, no con palabras. La sostuvo. La sintió tensarse contra él… y no se detuvo cuando la primera sacudida la atravesó.

Siguió.

Más lento. Más profundo.

Como si necesitara comprobarlo.

Como si solo así pudiera creer que era real.

Serenya perdió el ritmo. El aire. El control.

—No… —jadeó, sin saber si pedía que parara o que no lo hiciera nunca.

Cada vez que su lengua encontraba el punto exacto, ella se deshacía un poco más.

El placer se acumuló en espiral. Insoportable. Exquisito.

Ezryn siguió .

La adoró con la boca, con la lengua, con un cuidado casi cruel, hasta que el cuerpo de Serenya se tensó sin remedio.

—Voy a… —alcanzó a decir.

Su cuerpo cedió de golpe, como si algo en ella se quebrara para siempre. Un grito ronco escapó mientras su cuerpo cedía en oleadas, las piernas cerrándose contra los hombros de él.

Ezryn bebió sin apartarse, sosteniéndola mientras regresaba de ese abismo. Y lo supo con una claridad brutal.

Esto lo ataría a ella más allá de cualquier elección.

Más allá de cualquier guerra.

Más allá de sí mismo.

Un error. Una condena. Un destino.

Y aun así… no se detuvo.

Cuando alzó el rostro, tenía la boca brillante y los ojos encendidos.

Serenya se incorporó sobre los codos. Lo miró.

—Hazlo.

—¿Estás segura? —respondió en su mente—. Si lo hago… el alma se sella.

—Lo sé.

El rojo prendió por completo en los ojos de Ezryn. Los colmillos emergieron, no como amenaza, sino como juramento vivo. Besó el interior de sus muslos con una ternura devastadora. Volvió a besarla en su centro, una última vez con la lengua… Y mordió.

Despacio. Preciso. Justo donde el placer y el dolor se confunden.

Serenya gritó.

El éxtasis la atravesó de nuevo, más hondo, más oscuro. Ezryn bebió con reverencia, con hambre, con amor. No apartó la mirada mientras la sangre y el placer se mezclaban.

El vínculo ardió.

Su piel se encendió.

Ezryn se estremeció. El latido bajo su piel se volvió insoportable. Gimió, rendido, mientras el vínculo se cerraba .

Cuando se retiró, la miró. En sus ojos había asombro. Devoción.

—Tómame —Serenya lo atrajo hacia ella—. Pero mírame.

Ezryn obedeció.

La sostuvo por las caderas y entró en ella despacio.

No hubo prisa ni duda. El cuerpo de Serenya se abrió para recibirlo con una respuesta inmediata, profunda, como si lo hubiera estado esperando desde siempre.

El gemido que se le escapó fue bajo, roto.

El de Ezryn, un suspiro que parecía arrancado del centro del pecho.

Se movió dentro de ella con una lentitud medida, como quien se incrusta en su propio destino. Cada avance la llenaba un poco más. Cada retirada mínima tensaba el hilo invisible entre ambos.

Pero Serenya no lo dejó quedarse ahí.

Sus manos descendieron por su espalda, más abajo, aferrándolo con una urgencia que no había mostrado hasta entonces.

Lo obligó a entrar más hondo.

Ezryn se tensó contra ella.

Y algo en su mirada cambió.

En ese instante, ocurrió.

Una ola de placer lo golpeó también a él.

No nacía de su cuerpo. Nacía de ella. Como si el vínculo hubiera abierto una compuerta entre ambos, su espalda se arqueó, el vientre se le contrajo, y el latido duro y urgente entre sus caderas se volvió insoportable. Gimió contra su piel, un sonido profundo, masculino, rendido.

La magia se alzó alrededor de ellos, densa, carnal, girando como un hechizo pronunciado a través del placer.

En Serenya fue distinto.

Su piel vibró. Una neblina blanca y dorada brotó de su espalda, suave y luminosa, como si su linaje despertara al ser llenada. Su vientre brillaba, palpitante, justo donde Ezryn se movía dentro de ella, lento, profundo, inevitable.

—Así… —murmuró ella—. Mírame. No cierres los ojos .

Ezryn no los cerró.

La embestía con un ritmo contenido, casi ritual, como si cada movimiento fuera una promesa. Cada jadeo, una confesión.

La mano que la sostenía descendió, aferrándola con más fuerza, guiando el movimiento de sus caderas contra las suyas, obligándola a sentirlo más hondo, sin espacio para dudas.

El ritmo se quebró.

Se volvió más urgente.

Más vivo.

Ezryn vaciló apenas un segundo. Como si cruzar ese punto significara no volver.

—Más —jadeó Serenya, sin apartar la mirada.

Ezryn dejó de contenerse.

La empujó en una embestida más profunda. Otra. Y otra.

Ya no era un ritual.

Era necesidad.

Serenya se aferró a él, las uñas marcando su espalda, descendiendo, reclamándolo también, llevándolo más cerca, más dentro, como si tampoco pudiera detenerse.

—No pares… —susurró, rota.

Ezryn no respondió.

El aire entre ellos susurraba palabras antiguas, lenguas olvidadas que reconocían la unión.

Serenya le rodeó el cuello, atrayéndolo hacia ella. Sus labios recorrieron su clavícula, subieron despacio hasta su boca. Lo besó.

Y en ese beso, Ezryn lo sintió.

El roce afilado.

Los colmillos.

Se separó con un jadeo entrecortado. Sus ojos, rojos y dilatados, se clavaron en los de ella. El aliento compartido era una sola nube temblorosa.

—¿Ez…?

Él sonrió. Roto. Hermoso. Cargado de certeza .

—Te lo dije —susurró junto a su oído—. Siempre fuimos uno.

Volvió a besarla sin dejar de moverse dentro de ella. El ritmo era lento, profundo, cargado de una devoción que quemaba. Cuando Serenya se separó con la respiración agitada, sus ojos brillaban con una emoción antigua.

—¿Puedo? —preguntó en su mente.

Ezryn no respondió con palabras.

La sostuvo con firmeza mientras rodaban juntos, hasta que él quedó debajo. No hubo resistencia. Solo aceptación. Serenya se acomodó encima, erguida, poderosa, sintiéndolo aún dentro, latiendo con ella.

Ezryn alzó el mentón. Le ofreció el cuello.

—Quiero sentir cómo te quedas en mí. Para siempre.

Serenya sonrió. Despacio.

Se inclinó y lo mordió.

Los colmillos atravesaron la piel con una precisión perfecta. La sangre estalló en su lengua: cálida, espesa, viva. Ezryn gimió alto, crudo, mientras su cuerpo se tensaba como si algo que llevaba siglos esperando se cerrara por fin.

Ella lo sintió.

La rendición absoluta.

Se movió sobre él, marcando el ritmo, sosteniéndolo dentro con una presión lenta, consciente. No era fuerza. Era posesión compartida. Entrega mutua.

—Serenya… —jadeó él, quebrado—. Joder…

Se corrió dentro de ella con un rugido ahogado, el cuerpo tensándose como si fuera a romperse.

Durante un segundo no fue príncipe, ni heredero, ni nada que pudiera sostenerse.

Solo un hombre deshecho contra ella. Y Serenya no se detuvo.

Lo sostuvo, lo envolvió, lo cabalgó, abriéndose más, llevándolo aún más hondo.

El orgasmo la atravesó como un relámpago. Su espalda se arqueó. La magia se derramó por su piel como luz líquida, rompiéndola y rehaciéndola al mismo tiempo.

Lo sintió todo: su cuerpo palpitando dentro, la sangre compartida, el hilo rojo ardiendo entre sus almas.

Ezryn seguía dentro de ella, jadeando, mirándola como si quisiera grabarla en cada rincón de sí.

—Te siento en cada vena. En todo.

Serenya lamió la herida de su cuello y la cerró con un beso.

Se miraron.

Y ambos lo supieron.

El vínculo ya no era promesa.

Era realidad.

Ardiente.

Irrompible.

Eterno.