63. El lugar donde el deseo aprende su nombre
Ezryn la devoró con una urgencia contenida, como si cada segundo con su boca fuera una oración pronunciada de rodillas.
Las manos de Serenya se alzaron hacia su cabello, tirando con suavidad para atraerlo más, para hundirse en ese beso que parecía querer atravesarla.
El sonido ronco que escapó de su garganta vibró contra sus labios y le recorrió la espalda como un escalofrío líquido.
—Besas como si quisieras quedarte en mí —jadeó ella, entre suspiros y mordidas que no pedían perdón.
—Quiero hacerlo todo en ti —susurró él, con la voz quebrada—. Perderme. Arder. Renacer.
Y Serenya lo besó sin medida, con la lengua, con los dientes, con el cuerpo entero, hasta que el mundo perdió ritmo y sentido. Ezryn cerró los ojos, solo un segundo.
—Maldita seas… —murmuró, con una sonrisa tensa, desesperada—. ¿Sabes lo que me haces?
—Sí —respondió ella, bajando la mano hasta su pecho, justo donde el corazón latía fuera de control—. Y esta vez no voy a detenerme.
Ezryn lo entendió. Y aun así no retrocedió.
Serenya se movió contra él sin vergüenza, lenta, consciente de cada reacción que provocaba. Ezryn jadeó contra su cuello y le mordió el lóbulo de la oreja, incapaz de seguir conteniéndose.
—Si sigues así… —dijo entre dientes—, voy a dejar de controlarme...
Serenya rio contra su boca.
—Aguanta, Sangreth.
Ezryn soltó una risa tensa, sin humor.
—No me provoques… —murmuró contra su piel—. No hoy.
Volvió a girar las caderas, esta vez más despacio, más deliberada. El gemido que compartieron fue bajo, denso, inevitable. Los dedos de Ezryn se clavaron en sus caderas, anclándola contra él. No hizo falta decir nada más. Su cuerpo ya la estaba reclamando.
—¿Te acuerdas? —murmuró Ezryn, con la voz rota.
Sus labios se deslizaron por su cuello mientras hablaba. Lentos. Sin apartarse.
—De cómo temblabas aquella noche… y fingías que no lo hacías.
Su mano bajó por su espalda, firme, dibujando el camino hasta su cintura.
—De cómo te sostuve como si soltarte fuera morirme. De cómo te prometí amarte por toda la eternidad. —Una risa baja, herida—. Sonaba grandioso. No sabía cuántas veces puede romperse un alma.
Alzó la mirada, encendida.
—Pero doscientos treinta y cinco años después… te amo más. Porque ahora sé lo que es perderte.
Serenya asintió, despacio.
—Eras tan joven —dijo, acariciándole la mandíbula—. Pero me mirabas como si ya supieras que ibas a cambiarlo todo.
—Lo supe —respondió él—. Desde el primer instante.
Le rozó la mandíbula con los dientes. Suave.
—Eras fuego. Y yo llevaba toda la vida esperando arder. No para consumirme. Para convertirme en algo más.
Ella apoyó la frente contra la suya. Compartieron el aliento.
—Y lo fuiste.
Un temblor cruzó el cuerpo de Ezryn.
—A veces creo que el hilo ya estaba ahí antes de tocarte. —Apoyó la frente contra la suya, pero su cuerpo no retrocedió. Seguía buscándola—. Invisible. Tirando de mí. Y cuando te tuve en mis brazos… supe que mi sangre ya no era solo mía.
Serenya apoyó la mano sobre su corazón y le habló sin voz.
—Yo también lo sentí. Incluso cuando me perdí. El hilo nunca se cortó.
Volvieron a besarse. Y las manos aprendieron el mismo idioma. Se exploraron sin mapa, reconociéndose bajo la tela, sobre la piel. Los dedos de Ezryn temblaban al recorrer sus costillas, al detenerse en la curva de su cintura. No tenía prisa. La hacía temblar… y temblaba con ella.
—Siempre fuimos esto —proyectó Serenya en su mente.
—¿Esto?
—Inevitables.
Ezryn hundió el rostro en su cuello y la inhaló con una necesidad casi dolorosa.
—Estamos más rotos que entonces —susurró ella—. Pero encajamos mejor.
El gemido de Ezryn fue bajo, crudo.
—Porque ahora sabemos que no es solo deseo. —La voz se le quebró cuando ella se refregó contra él—. Es… joder…
El sonido se le escapó contra su piel, bajo, sin control.
Los besos regresaron, más hondos. Serenya bajó la mano y lo encontró bajo la tela. El gruñido que él soltó le vibró en la piel. Repitió el gesto, sintiendo la humedad atravesar la tela.
Las manos de Ezryn se deslizaron bajo la túnica. Tocó, sostuvo, adoró. Sus dedos recorrieron la suavidad escondida, encontrando el calor que ya lo esperaba. Se detuvo un instante, como si ese descubrimiento lo desarmara… y, luego, siguió, más lento, más profundo en ella.
Serenya se arqueó contra su mano, buscándolo sin pudor, dejándose llevar por ese ritmo que ya no era solo suyo. Al principio fue lento; después ya no se contuvo, marcando el compás, obligándolo a seguirla.
Y algo en él cedió.
La sostuvo con más firmeza. La recorrió, aprendiendo su ritmo a través del temblor, de la forma en que su cuerpo se abría a cada roce. Ya no había distancia. Ni control. Solo ese pulso compartido que crecía entre ambos, cada vez más alto, más urgente.
El aire se volvió denso. Irrespirable.
El mundo se redujo al roce, al pulso, a ese punto exacto donde el cuerpo deja de obedecer.
Cuando ella se arqueó contra él, buscándolo sin disimulo, Ezryn sintió que ya no había vuelta atrás.
Y dejó de pensar.
Solo existía ella. Ese instante.
Su cabello esparcido sobre su pecho.
Su aroma llenándolo todo.
Su humedad empapando su mano.
Serenya se desbordó contra él. Un estremecimiento la atravesó entera. Su cuerpo se tensó… y luego cedió en su mano, sin defensa.
Ezryn no se apartó. La sostuvo ahí, sintiendo cada sacudida, cada respiración rota. Inclinó el rostro, atrapando sus jadeos contra su boca, bebiéndolos como si fueran lo único que lo mantenía en pie.
—Bebe de mí —susurró ella—. Bebe donde comienza la vida. Donde arde la sangre. Donde siempre has pertenecido.
El vínculo se tensó entre ellos como una cuerda viva, cargada de magia.