65. El eco en la sangre
El vaso se le resbaló de la mano cuando sus dedos dejaron de responderle.
El cristal golpeó la piedra y se hizo añicos.
El licor oscuro se derramó en un charco irregular, subiendo en forma de vapor al tocar el calor de la chimenea.
Caelan ni lo miró. Tenía la mano abierta, rígida, los tendones tensos como cuerdas a punto de romperse.
Algo le había atravesado el pecho.
Un tirón seco, interno, bajo el esternón, como si alguien hubiese cerrado el puño alrededor de algo que llevaba demasiado tiempo libre. Inspiró de golpe y el aire no entró. El segundo intento tampoco. El cuerpo reaccionó antes que la mente: dio un paso atrás, luego otro, hasta chocar con la mesa.
—No —dijo, y la voz le salió rota, sin fuerza.
La presión se expandió. Le recorrió el torso en una oleada caliente, bajó por el vientre, se le clavó allí con una violencia que lo hizo doblarse. Apoyó una mano en la repisa de la chimenea, los nudillos blanqueando, y la otra fue directa al pecho, como si pudiera arrancarse algo de dentro.
El latido se desordenó. Rápido. Violento. Imposible de contener.
La sensación no era suya. Y aun así estaba dentro de él.
Cayó de rodillas con un golpe seco que resonó en la sala. La piedra le mordió las piernas. El calor del fuego le quemaba la cara. Dentro, algo se cerraba. Una corriente ajena recorría su cuerpo con una intimidad brutal, encajando donde no había pedido nada.
«Serenya».
El nombre no cruzó sus labios, pero el pecho se le contrajo al reconocerla. La conexión ardía, viva, despierta. No como otras veces.
Plena.
Y entonces lo sintió.
Una presencia añadida.
Otra sangre. Más densa. Más pesada. Ajustándose con una exactitud que le revolvió el estómago.
El impacto lo hizo gruñir, bajo, animal. Apoyó la frente contra el suelo, respirando con dificultad, los dientes apretados hasta que la mandíbula le dolió. El cuerpo entero reaccionaba como si estuviera siendo atravesado por algo que no podía expulsar.
Golpeó la piedra con el puño.
Una vez.
Otra.
La piel se le abrió en los nudillos y no le importó. El ardor físico era preferible a lo otro. La mesa cercana se volcó con un empujón brutal. La silla salió despedida contra la pared y se partió al chocar. Pergaminos y mapas se desparramaron por el suelo.
Nada bastaba.
Caelan se quedó quieto un segundo más. Solo uno. El impulso seguía ahí, pidiéndole que rompiera algo más. Que cruzara la puerta. Que reclamara.
No lo hizo.
Cerró los dedos despacio, la sangre aún fresca en los nudillos.
No iba a arrancarle una decisión que no le había dado.
Se puso de pie de golpe, respirando como si acabara de salir de una pelea. El cuerpo le pedía movimiento, violencia, salida. Caminó descalzo, rápido, con los músculos tensos, las sombras siguiéndolo de cerca, inquietas, vibrando a su alrededor como si compartieran el mismo impulso.
El impulso lo empujó hacia el ala este.
No recordaba haber decidido ir hasta allí.
La veda no reaccionó. O quizá lo había hecho… y él no lo había sentido.
La puerta seguía cerrada.
Caelan no intentó abrirla. Se detuvo frente a ella y apoyó ambas manos contra la madera. Estaba tibia. No lo rechazó. El pulso bajo sus palmas fue claro, inconfundible.
El vínculo respondió. No como antes.
El cuerpo de Serenya aún vibraba al otro lado. El eco del sellado seguía activo. El rastro de su sangre… y la de él.
Caelan cerró los ojos con fuerza. El estómago se le contrajo. La garganta se le cerró en seco. No había imágenes. Solo el cuerpo reaccionando antes que él.
Ella había elegido.
Y no había sido a él.
—Basta —se ordenó, esta vez más alto, y golpeó la puerta con el hombro.
No cedió.
Las sombras se agitaron, una se estrelló contra el umbral… y se deshizo. El hechizo lo rechazó con una claridad brutal.
Retrocedió un paso y dejó que la espalda chocara contra la pared. Se quedó ahí, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando de forma irregular, el sudor frío recorriéndole la nuca.
No era traición.
Eso fue lo que más le dolió.
Era verdad.
Y el hilo seguía vivo, ardiendo bajo la piel, tenso, intacto.
Cerró los ojos.
No estaba listo.
No para eso.
Y era irreversible.