52. Donde el mundo no espera
La habitación de Ezryn estaba suavemente iluminada. La luz de una única lámpara dibujaba líneas claras sobre los muebles, la mesa despejada y el cuerpo que se movía dentro de la habitación con naturalidad.
Serenya cerró la puerta tras ellos y apoyó la espalda en la madera, como si necesitara asegurarse de que el exterior había quedado fuera.
El gesto le resultó familiar. Demasiado.
Hubo un tiempo en que cerrar esa puerta significaba otra cosa.
El peso compartido de dos cuerpos que no necesitaban preguntarse nada.
Ezryn dio unos pasos dentro de la habitación y Serenya lo siguió con la mirada sin darse cuenta. El movimiento fue el mismo de antes: contenido, seguro, como si el espacio ya le perteneciera.
El recuerdo no llegó completo. Solo una presión leve en el pecho. Un ajuste antiguo que el cuerpo reconoció antes que ella.
Apartó la espalda de la puerta. No podía quedarse ahí.
Él deslizó la chaqueta por sus hombros y la dejó caer sobre el respaldo de la silla sin mirarla. No fue descuido. Fue decisión. Bajo la camisa oscura, los hombros se tensaron, una reacción mínima, tardía.
—Siéntate —le ordenó Serenya .
—No hace falta.
Ella se acercó y le alzó el mentón con dos dedos, obligándolo a mirarla.
—Sí hace.
Obedeció sin dramatismo. No porque cediera, sino porque sabía cuándo no tenía sentido resistirse.
Serenya apoyó las manos en sus hombros. La tela de la camisa estaba manchada, no de sangre reciente, sino de ese rastro seco que deja la fricción cuando el golpe ya pasó, pero el cuerpo aún lo recuerda.
—Quítatela.
Ezryn arqueó una ceja. Desabrochó los botones uno a uno, sin prisa, sin apartar la mirada de ella. La tensión de los músculos del pecho y los brazos quedó expuesta.
—Avísame si también quieres que me quite los pantalones —añadió, con una ironía suave—. Prefiero no adelantarme a tus intenciones.
Serenya no respondió. Apoyó las manos directamente sobre la piel, evaluando los daños. Ezryn esbozó una sonrisa mínima.
—Eso pensaba.
Ella se apartó un paso y fue hacia la mesa. Tomó un cuenco con agua, una tela limpia, una pequeña botella de alcohol del cajón. Se movía como si fuera su propia habitación. Se colocó frente a él y humedeció la tela.
—Esto va a doler —dijo.
—Siempre lo hace —respondió Ezryn.
Presionó con firmeza contra el pómulo. No fue brusca. Tampoco delicada. Limpió la sangre seca, el polvo, el rastro del golpe. El cuerpo de Ezryn reaccionó: un músculo se tensó, la respiración se ajustó. Nada más.
—Te dejaste golpear —dijo ella.
—Elegí dónde —respondió él.
Serenya repitió el gesto, más despacio esta vez. Luego apoyó dos dedos bajo su ojo, comprobando la inflamación con una precisión que no necesitaba palabras. Hubo un tiempo en que bastaba con tocarlo.
—No tienes nada roto.
—Nunca lo estoy —replicó Ezryn, casi divertido—. Al menos no del todo.
Lo miró, ladeando el rostro.
—No me obligues a demostrarte lo contrario.
—Jamás lo haría.
Terminó con el pómulo. No retiró las manos de inmediato.
—Caelan va a romper algo —dijo él, sin mirarla—. O a sí mismo.
Serenya bajó las manos.
—No puedo todavía.
—No hablo de hoy —replicó Ezryn—. Pero debería ser pronto. Se merece saberlo de tu boca.
Ella dio un paso atrás.
—No le diré nada hasta que pueda sostener lo que venga después.
Ezryn la miró, de frente.
—Cuando estés preparada, pero… no tardes demasiado. El Umbrae sangra más de lo que parece. Y tú sabes dónde cortar.
Un sonido cruzó el aire antes de que ella respondiera. Un eco seco, distante. Luego otro. Un cuerno sonó, apagado por la distancia.
Ezryn giró la cabeza.
—Eso no es aquí.
—¿Dónde? —preguntó Serenya.
—Oeste. —Frunció el ceño—. Puestos menores. Camino abierto. Defensas… suficientes.
—Alguien midiendo alcance —respondió—. No quieren tomar nada. Quieren saber hasta dónde pueden llegar.
Serenya asintió.
—Entonces, Noctalis no era el objetivo.
—No todavía.
Algo cambió antes de que la puerta se abriera. No hubo golpes, ni aviso. Lioran entró. Se detuvo al verlos: Ezryn sentado, sin camisa; Serenya demasiado cerca para que aquello fuera una casualidad.
—No cerraste la puerta —dijo Lioran, frunciendo el ceño—. Luego, te preguntas por qué casi se me caen los ojos.
Ezryn exhaló despacio.
—Tu educación sigue siendo deficiente.
—No —replicó Lioran—. Es experiencia. Ya te vi olvidar cerrarla una vez. No fue bonito para nadie.
Lioran miró el pómulo de Ezryn.
—Te han golpeado de verdad.
—También de mentira.
Serenya lo miró. Lioran entendió sin que nadie se lo explicara.
—Ataque en el oeste. Breve. Limpio.
—Un mensaje.
— Exacto. Podemos llegar.
Serenya cruzó los brazos.
—Caelan lo sabrá.
—En minutos.
Ezryn volvió la mirada hacia ella.
—Eso nos quita margen.
—Hablaré con él.
Ezryn no sonrió. Tampoco discutió.
—Eso es suficiente.
Lioran los observó un segundo más.
—Bajemos, antes de que el mundo vuelva a recordarnos que no espera a nadie.
Serenya fue la primera en moverse. Al salir, no miró atrás.
El mundo ya empujaba. No iba a esperar a que ninguno de ellos estuviera listo.