53. Donde nadie debía estar
Pasaron dos días. No de esos que se cuentan. De los que se sienten.
Ezryn estuvo ausente de un modo específico: presente en los pasillos, requerido en las salas altas, siempre a medio paso de Lazhar.
El Archiduque Maldrick exigía cercanía cuando el mundo daba señales de moverse.
Hablaron de rutas, de exhibiciones, de órdenes que no se escribían.
Hablaron de poder como si fuera una cosa que se pudiera colocar sobre la mesa.
Lioran partió al oeste al amanecer del primer día. Volvería con números, con trayectos, con la forma exacta del golpe. O no volvería.
Serenya se quedó. Contenida.
Mirel la encontró al anochecer, cuando la luz ya no sabía si quedarse o irse. No preguntó cómo estaba. No hacía falta.
—No es el momento de precipitarte —dijo Mirel, mientras Serenya trazaba el mismo recorrido una y otra vez, de ventana a mesa, de mesa a pared.
—No lo haré —respondió Serenya.
La observó con esa mirada maternal que dejaba aflorar cada tanto.
—Eso dicen quienes ya decidieron y aún no se atreven a nombrarlo.
Serenya se detuvo y apoyó la mano en la piedra fría.
—Si se lo digo ahora, lo perderé para siempre.
—Si no se lo dices —replicó Mirel—, te perderás tú. —No hubo reproche. Mirel nunca los usaba. Solo dejaba caer las frases como semillas que sabían cuándo abrirse—. El mundo no espera a que estemos listos. Nunca lo ha hecho.
Serenya no respondió. Pero algo se ajustó por dentro, con ese sonido mínimo que hace una decisión antes de convertirse en acto.
Mirel se fue sin despedirse.
Salió al pasillo antes de pensarlo del todo. Caminó sin rumbo fijo, con la duda pegada al cuerpo, evaluando si era el momento de hablar con él.
Fue después, cuando el castillo se acomodaba a la noche, que Noctalis cambió de respiración. No gritó. No avisó. Fue un desajuste. Un pliegue mal cerrado en el aire.
Serenya lo sintió en la piel antes de entenderlo. Las sombras no acudieron de inmediato. Dudaron. Se tensaron como animales ante un olor que no reconocen.
La sangre respondió con un latido seco, incómodo.
Avanzó sin anunciarse. No había ruido de pasos.
Ni roce de tela. Solo esa presión en la nuca, como si el aire hubiera sido desplazado por algo que ya no estaba donde debía.
Serenya levantó la mano y algo se cerró a su alrededor con una precisión brutal.
Una trampa.
La figura estaba al fondo. No atacaba. No huía.
Esperaba. Eso fue suficiente.
Serenya no pronunció palabra. La sangre descendió como una orden, directa, afilada. No para matar. Para arrancar respuestas.
El ataque no encontró cuerpo.
La figura ya no estaba donde un latido antes.
Las sombras se desplazaron con ella. Propias.
Serenya giró, rápida. Cerró el límite. Demasiado tarde.
El pasillo estaba vacío.
El aire seguía alterado, como después de una caída que no deja marca visible. La sangre recorrió el espacio buscando resistencia. No la encontró. Solo un rastro tenue, extraño, que no se rompía al tocarlo.
Avanzó otro paso y se produjo. Un contacto mínimo. Un error.
El mundo se desordenó sin imágenes claras: tierra húmeda bajo las uñas, una risa contenida para no ser oídos, un cuerpo demasiado cerca en un momento indebido. Quedarse cuando todo empujaba a irse.
Serenya se sintió mareada, sin comprender exactamente lo que había sucedido. Lo había visto en su mente, pero no era su vida.
El pulso le golpeó la garganta. Las sombras se replegaron un poco, desconcertadas.
—No —murmuró una voz detrás de ella—. Así no.
Serenya giró con violencia. El límite se cerró de nuevo.
La figura estaba a su espalda, visible solo lo justo para ser real. No llevaba marcas Dareth. No llevaba prisa. Había algo en su quietud que no pedía permiso ni buscaba ventaja.
Serenya no habló.
—No vine a por ti —dijo la voz—. Si lo hubiera hecho, no estarías de pie.
Dio un paso al frente, saliendo de la protección de las sombras y Serenya abandonó la postura defensiva.
—¿Qué haces aquí?
—Quería saber si estabais bien.
Elarin sonrió de lado, en un gesto tan similar al de su hermano que el parecido dolió. La luz atrapó un destello burdeos en sus ojos antes de apagarse de nuevo.
Serenya retiró la sangre de golpe. No fue un gesto elegante. Fue reflejo.
—Lo siento —no añadió nada más.
Elarin la evaluó con una atención nueva. No había enfado en su expresión. Tampoco condescendencia.
—No fue intencional. Lo sentí. Eso es todo.
Dio un paso más cerca. Serenya no retrocedió.
—No es común —continuó Elarin—. La sangre no suele adelantarse así. —Una pausa breve—. Te pareces más a mi hermano de lo que pensaba.
El aire se aflojó un grado.
—Pensé que eran los Dareth —admitió Serenya.
Elarin negó despacio.
—No. Los Dareth no irrumpen. Se instalan.
Serenya exhaló y preguntó—: ¿Cómo entraste?
Elarin no respondió de inmediato. Dio media vuelta y avanzó dos pasos. Las sombras se plegaron a su alrededor con una naturalidad inquietante.
—Por donde no miran —explicó—. Y porque este castillo recuerda a quienes ya han estado dentro.
Serenya entendió sin hacerlo del todo.
—Ven —añadió Elarin—. Aquí no es buen lugar para hablar.
La siguió sin preguntar.
La habitación de Lioran las aceptó sin resistencia. El umbral vibró, reconociendo a Elarin. La protección se cerró detrás de ellas como un gesto aprendido. La sanadora se apoyó en la mesa baja, cruzando los brazos.
—No vinisteis —repitió—. Pensé que algo había salido mal.
—Pasaron cosas.
La frase sonó como una excusa incluso para ella.
—Siempre pasan —replicó Elarin—. Pero no siempre se ignoran. —La observó con detenimiento—. Tú también eres mezcla.
No fue una pregunta. Serenya no lo negó, pero bajó la mirada un segundo. Solo uno.
—No sé hasta dónde llega —admitió.
—Eso es lo peligroso... La curiosidad. —Elarin no apartó la mirada—. Has entrado.
Serenya sostuvo el peso de esa frase un instante.
—No sabía que podía hacerlo.
Elarin inclinó apenas la cabeza, como si midiera algo que no terminaba de encajar.
—La sangre no espera a que la entiendas. Responde antes.
Serenya frunció apenas el ceño .
—¿Eso… es lo que haces tú?
—No así. —La respuesta fue tranquila, sin orgullo—.
La sangre tiene formas distintas. Algunos la usan para imponerse.
Para arrastrar a otros con ellos. —Una pausa leve—.
Yo no. —Sus dedos se tensaron, marcando un pulso invisible sobre la madera—.
Yo la contengo. Puedo calmar lo que se desborda…
o sostenerlo el tiempo suficiente para que no rompa a quien lo lleva.
Serenya no apartó los ojos.
—¿Puedes cambiar lo que siento?
—No exactamente. —Negó suavemente—. Puedo empujarlo. O mantenerlo en su sitio. A veces es suficiente.
El silencio volvió, más cargado.
—Hay más formas —añadió—. La sangre no es una sola cosa. —La observó un segundo más—. Lioran sabría explicártelo mejor. Tiene paciencia para eso.
Una leve pausa.
—Pero tú…
No terminó la frase, como si eligiera no abrir más de lo necesario.
—¿Dónde están? —preguntó al fin—. Lioran. Mi hermano.
Alzó la vista.
—Lioran fue enviado al oeste. Hubo un ataque. —Una pausa—. Ezryn está con Lazhar.
Elarin asintió despacio, procesando.
—Entonces, tenía razón —murmuró—. El mundo se está moviendo otra vez.
Serenya sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
—Elarin…
—No —la interrumpió—. No necesito explicaciones. —La miró de frente—. Pero sí necesito saber una cosa. —Serenya esperó—. ¿Vas a decirle quién eres al Umbrae?
El nombre no fue pronunciado, pero cayó con peso.
Serenya cerró los dedos.
—Sí.
No sonó firme. Sonó decidido .
Elarin la observó un segundo más. Luego sonrió, leve.
—Entonces, será mejor que lo hagas pronto. Antes de que alguien más decida por ti.
Afuera, Noctalis seguía respirando como si nada. Pero el castillo ya había aceptado algo que no debía estar allí.
Y no lo iba a olvidar.