51. Antes de darse cuenta
Caelan salió sin despedirse. No fue una huida. Tampoco una retirada digna. Abrió la puerta con demasiada fuerza y la dejó vibrando a su espalda. El sonido se apagó rápido, pero el impacto quedó en el aire.
Durante un momento nadie habló. Ezryn se apoyó en la pared y se pasó la mano por la boca. Cuando la retiró, los nudillos estaban manchados de rojo. Observó la sangre, como si evaluara un daño menor. Luego, se llevó el pulgar a los labios y lo limpió despacio, sin prisa, sin vergüenza.
—Siempre igual —murmuró—. Mucho ímpetu, poco control.
—¿Por qué lo provocas? —preguntó Vaelith—. ¿Tanto lo disfrutas?
Se quedó pensativo un momento, la mirada perdida.
—Disfrutar no es la palabra. Pero sirve.
—Algún día te va a costar caro —replicó ella—. No todo el mundo embiste como un toro herido.
—Cuento con eso.
Ella abrió la boca para responder, pero él ya se había dado la vuelta.
—Ven conmigo.
—¿Perdón?
—Ahora —repitió—. Antes de que empieces a decir cosas sensatas.
Vaelith resopló, pero lo siguió .
—Siempre haces lo mismo —dijo mientras subían—. Provocas, rompes media casa y después actúas como si todo estuviera bajo control.
—Porque lo está.
—Me parece haber escuchado esto anteriormente. —Al llegar al rellano, Vaelith se detuvo en seco—. Tú… ¿cuándo llegaste?
Serenya estaba allí, apoyada en el descansillo, observándolos sin esconderse ni anunciarse. Como si ese hubiera sido su lugar desde el principio.
—Hace un rato —respondió.
Vaelith la miró. Luego, se giró hacia Ezryn y algo encajó.
—Así que no estabas siendo un idiota por placer. Estabas ganando tiempo.
Ezryn no lo negó.
—Siempre lo hago. —Una pausa mínima—. Aunque no voy a fingir que el placer no influye.
Vaelith negó con la cabeza, entre fastidiada y rendida.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
—Y peligrosamente eficaz.
Ezryn esbozó una sonrisa leve y avanzó un paso más. Al hacerlo, pasó junto a Serenya. Ella levantó la mano sin mirarlo y rozó con el pulgar el labio partido, luego el pómulo donde la piel empezaba a tensarse. Fue breve. Suficiente.
—Luego —murmuró, sin apartar el rostro.
Serenya asintió y su amiga fingió no ver nada. O quizá decidió no hacerlo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Vaelith, sin terminar de comprender lo que sucedía entre ellos.
Ezryn miró hacia el interior del piso superior.
—Ahora vamos a ver a Theneira.
Theneira estaba sentada junto a la ventana. De perfil, con el cuerpo girado hacia la luz apagada de la mañana. El respaldo de la silla no llegaba a tocarle la espalda. Parecía más delgada. Como si algo hubiera sido retirado con cuidado y el cuerpo aún no supiera cómo reorganizarse.
Sobre la mesa, a su derecha, el desayuno seguía intacto. Pan con semillas. Un cuenco de fruta. Una taza de té, la superficie quieta, sin rastro de vapor. No había señales de rechazo ni de abandono brusco. Simplemente, no había sido tocado.
Serenya lo vio todo antes de que Theneira se girara.
—No tenía hambre —se excusó ella, como si hubiera seguido su mirada—. Esta mañana no. —Sonrió. Era una sonrisa correcta, cuidada, de las que se aprenden cuando no se quiere preocupar a nadie—. No es raro —añadió—. El cuerpo tarda en entender lo que ha perdido.
Serenya se acercó despacio.
—¿Dormiste?
—Sí. Mucho. —Una pausa—. O eso creo.
Ezryn permanecía apoyado en el marco de la puerta.
Theneira bajó la mirada a sus manos. Las tenía cruzadas sobre el regazo, los dedos entrelazados con una precisión casi ceremonial.
—A veces me despierto triste —continuó—. No es dolor. Es… otra cosa. Como si hubiera una habitación cerrada dentro de mí y supiera que ya no voy a volver a entrar.
La frase era coherente. Incluso hermosa. El tono era demasiado sereno.
—Es normal —dijo Vaelith—. Has pasado por mucho.
—Lo sé. —Asintió—. Me lo repito a menudo.
—¿Te duele algo ahora? —preguntó Serenya.
Theneira negó con la cabeza.
—No. —Luego, añadió—: Ya no.
Cogió la taza entre sus manos y bebió.
—Está frío —Serenya señaló la infusión.
Theneira la miró como si acabara de descubrirla.
—Ah. —Sonrió—. Da igual.
Serenya respiró hondo.
—Hay una curandera en la ciudad —empezó—. Es…
—No.
La palabra resonó en su mente. Una orden. Él no la miró. No hizo ningún gesto. Pero el mensaje fue claro. Serenya corrigió el rumbo sin detenerse.
—Es muy buena. Podríamos hacer que te revise. Solo para quedarnos tranquilas.
Theneira no respondió de inmediato. Volvió la vista hacia la ventana. Siguió con los ojos el paso de una sombra en el patio… y lo hizo un instante más de lo necesario, como si esperara que algo ocurriera después.
—No hoy.
La negativa fue suave.
—¿Por qué? —preguntó Vaelith.
—Estoy cansada —respondió—. Y no quiero que me miren como si hubiera que arreglarme. —Se volvió hacia Serenya y sonrió, con algo casi agradecido—. No estoy rota. Solo… distinta.
Ezryn habló por primera vez.
—Sería solo una revisión.
Theneira bajó la mirada hacia su vientre. El gesto fue breve, automático.
—Ya sé lo que tenía que ser dicho.
La frase llegó con una certeza que no pedía discusión.
—Aun así —insistió Serenya—, podría servirte.
Negó nuevamente, despacio.
—Si voy ahora, no sería por mí. —Alzó la vista—. Sería para tranquilizaros. —El argumento era razonable. La renuncia no—. Otro día. Cuando todo esté más… asentado.
Serenya asintió, porque entendió que ese no era el momento.
El desayuno seguía intacto. El té frío. Theneira volvió a cruzar las manos sobre el regazo, exactas, cuidadas.
—¿Os quedaréis? —preguntó—. Me gusta no estar sola.
Ezryn respondió sin dudar.
—Sí.
Serenya no lo contradijo. Asintió despacio, como si la respuesta le bastara. Theneira relajó los hombros. El gesto fue mínimo, pero no pasó desapercibido .
Todo parecía en su sitio.
Y aun así, al girarse para marcharse, Serenya tuvo la sensación incómoda de haber llegado un momento tarde… sin saber todavía a qué.