50. El rey que camina
Lazhar descendió la escalinata como si la piedra le debiera obediencia.
Las puertas del castillo se abrieron a su paso con una docilidad aprendida: no por mandato reciente, sino por costumbre antigua.
La escolta formó alrededor de él un círculo de metal y silencio, pulido para ser visto.
No había prisa. Era una puesta en escena.
La ciudad aguardaba con esa forma de esperar que tiene Noctalis: sin reverencia, pero sin permiso.
Una capa burdeos se extendió detrás del regente con voluntad propia. Los estandartes apenas se movieron. Quien mirara desde fuera habría pensado que era calma. Quien conociera el castillo habría entendido otra cosa.
Serenya lo observó desde la altura, apoyada en la baranda, con las manos quietas. Reconoció el gesto: un mensaje dirigido a todos y, al mismo tiempo, a nadie.
Guardias que solían custodiar puertas internas giraron hacia el exterior. Pasillos antes tensos se volvieron tránsito. La Casa Carmesí redistribuyó su atención.
A su lado, casi sin aviso, una presencia.
Serenya no se giró enseguida. Sintió primero el pulso mínimo, esa variación baja y familiar, como si algo en su pecho hubiera sabido antes que ella.
Cuando volvió la cabeza, él ya estaba allí.
Ocupó el espacio para que, desde lejos, parecieran una coincidencia más del castillo.
—¿Cuánto? —preguntó Serenya .
Ezryn siguió con la mirada el cortejo que se alejaba como una herida ceremonial entre la gente.
—Lo suficiente.
Serenya dejó pasar un segundo. No miró hacia la calle, sino a él.
—¿Y tú? ¿Por qué no estás ahí?
Ezryn ladeó suavemente la cabeza, como si la pregunta no lo sorprendiera en absoluto.
—Mi padre no tiene nada que exhibir conmigo hoy- —Chasqueó la lengua con diversión—. Aún no.
Una pausa breve. Precisa.
—¿Y cómo…?
La miró de reojo, con una sonrisa irónica.
—¿Cómo hice para que mi padre saliera a exhibirse creyendo que era idea suya? —Ezryn completó la pregunta por ella—. Le recordé que el poder que no se ve empieza a oler a miedo. —Apoyó ambas manos en la baranda y la miró—. Y Lazhar detesta los olores débiles.
Serenya exhaló, breve. No fue una risa. Tampoco una sonrisa. Algo intermedio.
—Vamos —dijo.
Él asintió.
Caminaron evitando los pasillos principales, escogiendo esos trayectos intermedios donde la vida continúa mientras el poder se representa. Rutas que nadie considera importantes hasta que alguien deja de estar donde debería.
Un par de sirvientes bajaron la vista al cruzarlos. Dos guardias se apartaron sin preguntar. En Noctalis, nadie quería ser el error que otro recordaría después.
Los pasos de ambos se acompasaron. No pronunciaron palabra, simplemente disfrutaron de un paseo, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Serenya avanzaba con la mirada al frente, pero a veces —solo a veces— la desviaba de soslayo hacia Ezryn, como si comprobara que seguía allí.
Él no la miraba cuando ella lo hacía. Y, sin embargo, sabía.
El trayecto fue breve. No por cercano, sino por contenido. Noctalis parecía entregada a otra atención, a otro pulso. La ciudad no los retenía.
Cuando reconoció la casa, la punzada llegó sin aviso.
Ese umbral había sido pensado para ella alguna vez.
No con palabras ni promesas, sino con esa certeza que se forma cuando dos personas empiezan a imaginar el mismo lugar sin decirlo.
Allí debía haber vivido. Antes de Caelan.
Antes de que la lealtad se confundiera con obediencia.
Serenya no se detuvo. El cuerpo, sí.
Ezryn no dijo nada. Hay cosas que, al nombrarse, exigen demasiado.
La luz encendida era innecesaria. La puerta, entornada. No había señales de ocultamiento, solo descuido: el tipo de rastro que dejan quienes no esperan ser descubiertos. Serenya lo percibió antes de entrar, como si aquella casa respirara con un pulso que no era el suyo.
Sintió las voces antes de verlos.
—No va a alcanzarte otra vez —susurró Vaelith.
La respuesta se demoró más de lo normal.
—Eso no es lo que me preocupa.
Y luego, silencio.
Caelan estaba de espaldas, inclinado sobre la mesa baja del salón, con los antebrazos apoyados y la cabeza ladeada hacia Vaelith. No parecía en guardia. Su postura era la de alguien que cree estar a salvo, aunque no sepa por qué.
Serenya se detuvo. Para nadie más existió. Las sombras acudieron sin esfuerzo, plegándose a su alrededor con la naturalidad de algo que ya la conocía. Antes de que él pudiera percibirla, buscó a Ezryn por dentro.
—No estoy lista para decirle quién soy.
La respuesta llegó inmediata, baja, cargada de algo que no pedía permiso.
—Eso que acabas de hacer… —Una pausa mínima, tensa— . Es obscenamente poderoso. —El hilo vibró, caliente, oscuro— . Y no voy a fingir que no me afecta.
Se dejó caer del todo en la sombra. No desapareció: se volvió imposible de alcanzar.
Ezryn dio un paso más dentro de la estancia. Metió las manos en los bolsillos con una calma estudiada, como si no acabara de presenciar algo que le había reordenado la sangre.
Caelan alzó la vista.
—¿Qué haces aquí?
El príncipe Sangreth alzó una ceja, despreocupado.
—Pasaba cerca. Quería saber cómo estabais.
—¿Desde cuándo la sangre se preocupa por la sombra?
—Desde que la sombra deja de ser solo sombra —respondió Ezryn—. Y no me refería solo a ti.
La mirada de Caelan se deslizó hacia Vaelith. Volvió a Ezryn.
—No te creo.
La boca de Ezryn se curvó en una sonrisa irónica.
—Me da exactamente igual lo que pienses, Umbrae —admitió Ezryn, mojándose el labio inferior en un gesto deliberadamente irritante—. Vine porque tenía ganas y punto. No tengo que dar explicaciones en mi reino.
Vaelith inclinó la cabeza, impecable.
—¡Qué tranquilidad! Siempre es un alivio saber que la arrogancia viene sin invitación.
Ezryn le devolvió una sonrisa distraída.
—Princesa, tú al menos sabes reconocer un gesto de cortesía cuando lo ves.
Las manos de Caelan se cerraron en puños. Lo observó con más atención.
—¿Y Serenya?
El nombre no fue un sonido. Fue un golpe.
Ezryn no respondió de inmediato. Se movió por la estancia con una calma casi insultante, como si el tiempo le perteneciera. Pasó los dedos por el lomo de uno de los libros, lo sacó del estante y volvió a colocarlo torcido, sin cuidado.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó al fin, sin mirarlo.
—Que no está en ningún lado —dijo Caelan—. Y cuando Serenya no está, nunca es casualidad .
Desde la sombra, Serenya avanzó un paso. La oscuridad no la ocultó: la reconoció. Las sombras de Caelan reaccionaron. No se lanzaron. No advirtieron. Se replegaron, como si hubieran rozado un límite inesperado. Él frunció el ceño.
—¿Has notado eso?
Ezryn giró despacio sin perder esa sonrisa ladeada que no prometía nada bueno.
—¿El qué? —preguntó—. ¿Ese momento en el que te convences de que el mundo gira alrededor de lo que deseas?
Ella se deslizó otro paso, más cerca de la escalera. Ajustó el ritmo. No podía apresurarse. Ezryn lo comprendió. Y decidió convertirse en quien exigía el momento.
—Si te tranquiliza —añadió—, puedo inventar algo. Quizá la tengo encadenada a mi cama. O quizá decidió quedarse donde estaba porque le dio la gana.
El Umbrae avanzó un paso.
—No bromees con esto.
—No bromeo. —Se encogió de hombros—. Te estoy dando opciones. Sé que te gusta elegir la que más te duele.
Caelan no dijo nada. Su mirada se deslizó despacio hacia la penumbra de la escalera. No vio nada. Pero el cuerpo reaccionó igual.
—Ah —dijo Ezryn, suave, casi satisfecho—. Ya lo sientes.
Caelan volvió la vista hacia él, tenso, afilado.
—Cierra la boca.
Ezryn dio un paso más cerca, invadiendo sin tocar.
—¿Por qué? ¿Porque imaginas cosas que no soportas?
La mandíbula de Caelan se tensó. Ezryn se pasó una mano por el cabello, con una calma obscena.
—Si necesitas una imagen —añadió—, piensa en ella eligiendo quedarse. En mi cama. No pidiéndome nada. Decidiendo.
El golpe llegó sin aviso. Se le fue encima sin pensar, empujándolo contra la pared con fuerza suficiente para hacer crujir la madera. El aire se comprimió entre ambos.
—¡Caelan! —La voz de Vaelith cortó la estancia—. ¡Basta! — Avanzó un paso, tensa, midiendo distancias que no podía cruzar—. Suéltalo. Ahora mismo. No eres un animal.
Pero Caelan no la oyó. Tenía el antebrazo clavado contra el pecho de su rival, la respiración desordenada, los ojos fijos en él como si quisiera arrancarle la verdad a golpes.
—Retira eso —gruñó—. Ahora.
Ezryn no se defendió. No alzó las manos. No intentó zafarse. Sonrió, con los labios partidos por el impacto, como si aquella violencia fuera justo lo que había ido a buscar.
—Demasiado tarde.
—¡Ezryn! —Vaelith se volvió hacia él, furiosa—. Deja de ser un imbécil. No es el momento.
Pero él no apartó la mirada de Caelan.
—Nunca lo es —respondió.
El Umbrae apretó más, un segundo de más. El aire silbó entre los dientes de Ezryn.
—Vas a romper algo —dijo Vaelith, ya sin órdenes—. Y no va a ser él.
El choque duró un latido más. Solo uno.
En ese instante —en el ruido, en el cuerpo contra cuerpo, en la ceguera absoluta de Caelan—, Ezryn buscó a Serenya por dentro.
—Ve. Ahora.
Caelan no vio nada más. No oyó nada más. Solo a Ezryn.
Serenya subió el primer escalón. Luego, el segundo.
Ezryn dejó que Caelan lo empujara otra vez. Dejó que creyera que ganaba. Vaelith retrocedió medio paso, consciente de algo que no podía detener.
Y Serenya pasó.