Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 46. Lo que ya no puede ocultarse
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46. Lo que ya no puede ocultarse

Serenya dejó atrás las cámaras altas sin mirar a nadie.

No buscaba consuelo ni silencio; buscaba a Lioran.

Él era el único que podía confirmar lo que ya había visto en las sombras, lo que el grimorio había mostrado, lo que Mirel había admitido entre lágrimas y miedo.

Lo encontró en uno de los pasillos laterales, sentado sobre un escalón de piedra como si hubiera estado esperándola.

—No has dormido —dijo él, sin levantar la cabeza.

—Y tú sí —respondió Serenya—. Dormir es más fácil cuando se sabe la verdad.

Lioran la miró por fin. Sus ojos tenían ese cansancio viejo que no pertenecía a ningún Sangreth ni Umbrae. Ese cansancio que precede a las verdades.

—Supongo que Mirel te lo dijo.

—No. Me lo dijo el libro… y luego Mirel confirmó lo que no podía seguir escondiendo.

Lioran suspiró.

—Tu madre hizo todo lo que pudo por alejarte de esto.

—Y aun así, llegué aquí. Llegué a Noctalis. A él. A lo que soy.

Lioran inclinó la cabeza, como si escuchara una conclusión que había temido durante años.

—¿Sabes qué significa?

—Sé que no puedo seguir ignorando lo que llevo dentro. Y sé que tú y otros como tú lo supisteis antes que nadie.

Apretó la mandíbula .

—No era mi deber decirlo. Solo protegerte.

—¿De quién? ¿De Selhara? ¿De Kyrion? ¿De mí misma?

Lioran no respondió. Y ese silencio fue más claro que cualquier confirmación.

Antes de que Serenya pudiera insistir, una presencia les hizo alzar la vista.

Ezryn estaba allí. No había ruido ni advertencia.

Simplemente apareció. La recorrió despacio, como si reconociera algo que llevaba tiempo sin nombre.

Había escuchado lo suficiente. No se acercó.

No parecía complacido ni triunfante. Solo atento.

Y, por primera vez, ligeramente contenido.

—Así que… ya no puede seguir oculto —señaló, sin dramatismo.

Serenya esperó una pregunta, una reacción, un intento de ordenar el caos. Pero Ezryn no se movió.

—No tenía certezas —continuó—. Y no iba a darte un destino que no eligieras. Pero sí… sospechaba algo. Desde hace tiempo.

Ella buscó ambición en su voz, pero no la encontró. Ezryn dirigió una breve mirada a Lioran. El intercambio fue silencioso. Su amigo asintió y eso bastó. Después, volvió a mirarla.

—Cuando estés lista… hablaremos de lo que esto significa. No antes.

Serenya sintió el golpe suave de esa frase. Era la primera vez que Ezryn no intentaba decidir nada por ella. Su voz llegó distinta, casi privada.

—No voy a empujarte hacia mí. Ni hacia nadie.

Ella no respondió. Él solo inclinó la cabeza, un gesto digno y tranquilo, dispuesto a marcharse. Serenya se movió antes de pensarlo. No fue una decisión, sino un reflejo.

Le rozó la muñeca y el pulso de Ezryn se desordenó, como si su sangre hubiera reconocido un ritmo distinto al suyo. En ese instante, Serenya percibió algo: espacios vacíos. Puertas tanteadas, nunca cruzadas del todo. Una interrupción.

No hubo voces. Solo un dolor breve, profundo, que le atravesó el pecho y desapareció, dejándole una sensación incómoda, como si algo se hubiera alineado… y al mismo tiempo desplazado de su lugar. Cuando Serenya levantó la mirada, Ezryn ya se alejaba por el pasillo.

El vértigo la obligó a apoyarse en la pared. Sentía las sombras demasiado cerca, la sangre demasiado viva. No entendía qué había provocado ni por qué el aire parecía más denso entre ellos.

Lioran los observó en silencio. Reconoció el pulso.

—No esperaba menos de él —dijo.

Serenya abrió la boca para responder, cuando un mensajero apareció al doblar la esquina. Era un chico pálido y nervioso, con un sobre sellado con el emblema de Vaelith. Serenya lo tomó antes de que pudiera decir una palabra. Dentro había dos notas.

La primera estaba escrita con la letra elegante y contenida de la princesa.

«Theneira no duerme. A veces habla como si no terminara de estar presente. Dice cosas que luego no recuerda haber dicho. Pregunta por ti incluso cuando parece ausente. Necesitamos verte. —V».

La segunda nota era distinta.

La tinta estaba mal distribuida, como si la mano hubiera dudado a mitad de cada trazo. La letra no era ilegible, pero sí irregular, demasiado tensa para alguien que solía escribir con cuidado.

«No puedo dormir. Hay momentos en los que escucho cosas, incluso cuando estoy despierta. O cuando creo estarlo. —Th».

Un frío breve le atravesó el pecho a Serenya. Antes de que pudiera doblar el papel, Lioran tomó la segunda nota. La sostuvo entre los dedos durante un silencio largo, atento, como si midiera el peso de lo que no estaba escrito.

—Esto… no termina de sonar como cuando está bien.

—¿Crees que es grave? —preguntó Serenya.

Lioran bajó la vista hacia la tinta.

—Después de algo así, la mente busca salidas que no siempre entiende. A veces dice lo que el cuerpo no sabe cómo sostener.

Serenya guardó ambas notas con cuidado, como si pesaran más de lo que aparentaban.

—Voy a verlas.

—No deberías ir sola.

Ella alzó la mirada, firme.

—Nunca estoy sola.

Las sombras alrededor de sus pies se movieron, como si hubieran estado esperando que lo dijera.

Serenya se estaba ajustando la capa cuando el sonido de pasos apresurados llegó desde el patio inferior. Voces nuevas, aún descolocadas por el eco de Noctalis. Se asomó desde la galería.

Un soldado Sangreth, que creía recordar como Karr, avanzaba primero, con la torpeza contenida de quien no sabe si debe correr o detenerse.

Detrás de él, Fara cruzó el umbral sin vacilar, con la seguridad tranquila de quien regresa a un lugar que reconoce incluso en el silencio.

No miró alrededor buscando permiso: Noctalis era su hogar.

Ezryn se detuvo frente a ella y apoyó la frente contra la suya.

Un instante breve, íntimo, un gesto que no necesitaba explicación ni testigos.

Fara rebufó suavemente y aflojó el cuello.

Naevan, quien avanzaba pegado a su costado, olfateó la piedra oscura del patio y, tras un segundo de duda, se adelantó un paso, como si comprobara que el suelo seguía siendo el mismo.

Serenya observó la escena sin moverse. Vio cuidado sin posesión, pertenencia sin palabras.

Ezryn no los había traído para protegerlos… sino porque Noctalis también era su lugar.