Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 47. El eco de lo no dicho
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47. El eco de lo no dicho

Serenya salió de Noctalis sin avisar. La capucha le cubría el rostro. No podía enfrentarse a él después de que hubiera desafiado a Lazhar por ella. Mucho menos sabiendo que su verdad podía arrasar la vida que él había aprendido a sostener.

La veda quedó atrás como una presión que no desaparecía del todo. No era un muro, sino una advertencia persistente, un límite que el cuerpo recordaba incluso cuando los ojos ya no lo veían.

El aire fuera de Noctalis raspaba más. Pero el destino no siempre aparta los caminos.

Lo vio en el bosque. Caelan entrenaba en un claro irregular, donde las raíces asomaban como cicatrices antiguas. Sus sombras lo rodeaban, más dispersas que antes, indecisas entre obedecer o vigilar. El hechizo Dareth seguía marcando su cuerpo.

La espada describía arcos precisos. Cada giro de muñeca hacía brillar el metal un instante antes de volver a apagarse. Su respiración era rítmica, contenida, como si cada exhalación sostuviera algo que no podía permitirse soltar.

Serenya se mantuvo oculta entre los árboles. No necesitaba acercarse más.

Él se detuvo de pronto. No del todo, solo lo suficiente para que el mundo pareciera inclinarse un grado. Sus sombras se alzaron, inquietas. Olieron el aire. Buscaron .

No encontraron nada.

Las sombras de Serenya eran demasiado antiguas. Demasiado exactas. No se imponían. Encajaban.

Él retomó el entrenamiento sin saber que estaba allí. La espada volvió a moverse. El bosque recuperó su ritmo y ella se alejó sin hacer ruido.

La casa estaba casi a oscuras cuando llegó. Vaelith abrió la puerta antes de que Serenya tocara. Tenía los ojos enrojecidos, la postura rígida de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo algo que no entiende.

—Gracias por venir. Theneira… no está bien.

La condujo al interior sin añadir nada más.

La casa parecía cargada de una quietud que no pertenecía a la noche.

Theneira estaba sentada en el borde del sofá, envuelta en una manta que no recordaba haberse puesto.

Pálida, con ojeras profundas, sostenía una rigidez que no encajaba del todo con su cuerpo.

Miraba un punto fijo frente a ella, como si lo que observaba estuviera más allá de la pared.

—Theneira —susurró Serenya.

Ella giró la cabeza despacio, como si el gesto llegara con retraso.

—Serenya… —suspiró, y su voz no terminó de alcanzarla.

Vaelith se arrodilló a su lado.

—No ha dormido en dos días. A veces… —dudó— parece que se va. Como si no terminara de volver.

Theneira parpadeó. Una vez. Dos. Luego esbozó una sonrisa leve, fuera de lugar, como si hubiera llegado tarde a su propio rostro.

—Todo se queda muy quieto... Demasiado.

—No suele hablar así —añadió Vaelith, casi pidiendo disculpas.

Lioran había entrado sin hacer ruido. Observaba a Theneira con la atención de quien no sabe si lo que ve pertenece al cuerpo… o a algo más profundo.

Serenya se acercó y tomó la mano de su amiga. La piel estaba fría. Su sombra se deslizó buscando contacto, con cautela. La sombra de Theneira tardó un segundo en responder.

—¿Recuerdas algo del ataque? —preguntó con suavidad.

Su amiga ladeó la cabeza, como si escuchara un sonido lejano.

—La tierra… —susurró—. Cuando algo la pisa demasiado fuerte, se resiente.

Vaelith no soltaba el borde del sofá, los dedos clavados en la tela.

—¿Puedes decirnos qué pasó? —insistió, con cuidado.

No hubo respuesta inmediata. Pero durante un segundo, los ojos de Theneira se enfocaron en Serenya con una claridad breve, casi dolorosa.

—No vayas al Bastión —dijo en un hilo de voz—. No todavía.

—Por favor, Serenya… dime que puedes ayudarla. —Vaelith la miró, implorante.

Serenya respiró hondo.

—Volveré mañana. No la dejes sola esta noche.

Theneira volvió a mirar la pared, como si algo, detrás de los ladrillos, reclamara su atención.

Al salir, Serenya sintió cómo el aire cambiaba de nuevo. Lioran caminaba a su lado en silencio. Cuando cruzaron la veda, la presión se cerró, como si el mundo estuviera reajustando su forma alrededor de ella.

Por primera vez, no fue ella quien miró al mundo.

Fue el mundo el que la reconoció.