45. La verdad oculta
Mirel miró hacia ambos lados, parecía buscar una salida que no existía. Serenya la observó un segundo más de lo necesario. Y entonces ocurrió algo extraño.
Un destello abrupto: un pasillo estrecho, olor a metal viejo, manos manchadas que no eran las suyas. Un miedo que no le pertenecía… y, aun así, la atravesó. Si la dejaba marcharse, la verdad volvería a esconderse.
—He pedido que te suban el desayuno. —Mirel evitó sus ojos—. Voy a avisar para que…
—Para que no muera de hambre antes de descubrir la verdad, sí, ya sé —completó Serenya.
El leve arqueo de labios de Mirel fue lo más parecido a una risa en días. Pero Serenya no la acompañó. Levantó la mano y sin dar ninguna orden, la sombra obedeció. La puerta se cerró con un golpe seco. No tembló ninguna llama. Solo Mirel.
—No es necesario que vayas a ninguna parte —dijo Serenya.
La mujer se quedó inmóvil, aunque su respiración se quebró.
—Serenya… —empezó.
—Ya no puedes seguir callándolo —la interrumpió, firme—. Anoche, lo vi.
El grimorio estaba sobre la cama, tibio, como si hubiera despertado antes que ellas. Las sombras, recogidas a los pies de Serenya, esperaban: quietas, pero atentas. Mirel dio un paso hacia atrás. No llegó lejos. La sombra en la puerta vibró, un aviso silencioso.
—No te voy a hacer daño —le aseguró Serenya—. Eres la única persona que siempre quiso protegerme, pero necesito la verdad.
Mirel cerró los ojos un segundo, como quien se prepara para un golpe que no llega.
—¿Qué… viste?
Serenya no respondió de inmediato. No necesitaba apresurarlo: sabía que cada palabra iba a cortar.
—Vi fuego —comenzó—. Y a una mujer huyendo embarazada. Vi un reino arder detrás de ella. Un trono vacío. Una corona rota en el suelo. Y el rostro de un hombre que ya no respiraba.
Mirel apretó los labios y un sonido leve escapó de su garganta, mezcla de pena y resignación.
—No querías que lo supiera así —continuó Serenya—. Lo entiendo, pero ya lo sé.
Abrió los ojos. Estaban llenos de tristeza y resignación.
—Serenya… yo…
—No me mientas —dijo ella, con una suavidad que dolía—. No a mí.
Llevándose una mano al pecho, Mirel suspiró.
—Aurenya… tuvo que huir. Tu padre… —La palabra le tembló—. El rey Umbrae no podía protegerla.
Serenya no pestañeó, pero algo en ella se agitó. Un latido. Uno solo. La sombra detrás de ella cambió de forma apenas un instante, respirando distinto, igual que un animal cuando huele sangre propia.
—¿Y Selhara?
Un estremecimiento atravesó a Mirel.
—Selhara lo descubrió —susurró—. Ella y Kyrion vieron algo entre ellos mucho antes de que el rey quisiera admitirlo. Kyrion intentó ocultarlo todo. Quería proteger al rey y… amaba a Selhara… demasiado. Veía lo que esa verdad le haría. Pero ella terminó enterándose igual .
La sombra en la puerta se crispó sin que Serenya detuviese el movimiento.
—Selhara esperó —continuó Mirel—. No sé por qué no actuó al momento. Esperó como un depredador agazapado. Cuando estuvo segura, prometió que ese niño nunca vería la luz.
Serenya sostuvo la mirada sin pestañear.
—¿Tú estabas allí?
Mirel asintió, tragando dolor.
—Aurenya era como mi hermana. Yo ayudaba a que se vieran a escondidas: vigilaba pasillos, inventaba excusas, desviaba criadas.
Cuando supe que estaba embarazada, la ayudé a huir de Varethia.
Pero Selhara me encontró antes de que yo pudiera irme.
Me torturó buscando un nombre que no dije.
—Guardó silencio un minuto antes de continuar—: Pasaron años.
Pensé que moriría rodeada de ratas, hambre y podredumbre.
No había nadie con quien conversar; solo un guardia que dejaba agua y comida.
Hacía frío siempre y una hendija dejaba pasar un poco de luz del sol, nada más. Son años que prefiero olvidar.
Se pasó una mano por el rostro, como si el recuerdo pesara todavía. Los ojos de Serenya se empañaron.
—Empecé a perder la cabeza. Pensaba en cómo quitarme la vida. Nadie sabía dónde estaba, nadie iba a buscarme y de Aurenya no supe nada más. Creí que estaba muerta, como decían.
Un escalofrío recorrió la espalda de Serenya. Las sombras de la estancia se alargaron sin que ella las llamara.
—Un día —continuó Mirel—, Caelan empezó a bajar a las mazmorras por la noche.
Nunca le pregunté por qué, ni siquiera sabía quién era.
Tendría unos quince años. A veces se sentaba del otro lado de los barrotes y hablaba de cosas que no importaban.
Al principio, yo no respondía. Con el tiempo dejó de mirarme como a una prisionera…
o al menos así lo sentí. —Inspiró hondo antes de seguir—.
Una noche llegó distinto. No sé qué había pasado arriba.
No me prometió nada, pe ro no volví a despertar en aquella celda.
Fui trasladada, desterrada dentro del Bastión para sobrevivir.
Supe después que había usado un nombre que no debía. Nunca lo olvidé.
Serenya contuvo el aire. Las piezas empezaban a encajar con una precisión incómoda.
—Entonces… ¿mi madre vivió escondida todos esos años?
Mirel negó despacio.
—No lo sé con certeza. Solo sé que su magia me encontró en el Bastión mucho tiempo después. Fueron dos frases y una ubicación. «Estamos bien. Prométeme que, si algo me sucede, cuidarás de ella».
Serenya alzó la mirada.
—No escribió mi nombre.
—No, pero yo ya lo conocía. Supongo que vivió lejos de todos. De la corte, del dolor, de tu padre. Te tuvo en brazos cada día de tus primeros años, pero nunca te habló de sus temores.
Serenya recordó a su madre pidiéndole, cuando era niña, que no jugara con sus sombras cuando estaba triste. Durante años creyó que era una advertencia sin importancia.
—Cuando me sacaron de las mazmorras —continuó Mirel—, supe que el rey había muerto en un accidente de caza.
Eso fue todo lo que se dijo. —Hizo una pausa breve—.
Recuerdo que hace muchos años Kyrion lo mencionó una vez, de pasada.
No habló del accidente, sino de él. Dijo que no había sabido vivir después de la pérdida.
Serenya no respondió de inmediato. Recordó a su madre, ya enferma, hablándole en voz baja una noche en que las sombras se agitaban demasiado.
«Hay muertes que no son del cuerpo», había dicho aquel día. «Y hay verdades que solo se entienden cuando ya es tarde».
En aquel momento, Serenya no lo había comprendido.
—Mi madre murió de tristeza —dijo al fin—. Lo sé ahora.
Mirel se acercó y la rodeó con los brazos.
—A veces —murmuró—, aunque el cuerpo siga vivo, hay pérdidas que no se superan.
Serenya apoyó una mano en su espalda mientras las piezas empezaban a ocupar su lugar. Selhara había amado al rey. Y él eligió a otra. Serenya entendió qué clase de herida no se nombra.
Las sombras se movieron.
Una figura infantil atravesó la pared como un reflejo mal encajado. Ojos demasiado lúcidos para pertenecer a un sueño. Lyeth.
«Siempre fuimos dos mitades del mismo error».
El susurro la atravesó sin voz. Y luego desapareció.
Las sombras se inclinaron detrás de ella, como si reconocieran algo que no podía fingirse. Mirel contuvo el aliento.
—Serenya… —murmuró—. ¿Qué piensas hacer?
Ella ladeó la cabeza, como si calibrara el peso de la pregunta.
—No lo sé aún. Pero sé lo que podría hacer.
Mirel tragó saliva.
—Si te unes a Ezryn… —Sus ojos se humedecieron—. Para muchos, eso bastaría.
Serenya calló unos segundos, antes de hablar.
—Esa sería la solución que todos esperan. La que otros querrían imponerme.
Las sombras detrás de ella se tensaron, como si captaran lo que no se atrevía a decir. Y Mirel también lo vio. Un destello de algo que no era duda… sino elección todavía sin nombre.
—No voy a permitir que mi sangre decida por mí.
Apoyó la mano en el grimorio. Las runas respondieron, latiendo bajo su piel. Mirel dejó caer los hombros, como si esas palabras la hirieran y la aliviaran a la vez. Serenya sostuvo su mirada con la firmeza de quien ya ha visto demasiado para mentir.
Las sombras se inclinaron detrás de ella. Como origen.
Mirel no intentó detenerla, porque Serenya ya no estaba del todo allí. Su atención parecía desplazada, vuelta hacia un lugar que no pertenecía a la sala.