44. Lo que despierta bajo la sangre
El Salón Alto aún no había recuperado el aire. Lazhar fue el primero en romper el silencio. Sus manos temblaban. Lágrimas contenidas le tensaban la mirada.
—Tus sombras. Lo que hiciste en los jardines… no pertenece a ninguna magia viva.
Serenya sostuvo su mirada sin pestañear y el Archiduque ladeó la cabeza, en un gesto muy similar al de Ezryn.
—Hace siglos no veía a nadie moldear la oscuridad así.
No se despidió. Giró sobre los talones y se alejó. La túnica blanca arrastró algo que no era tela: sospecha.
Ezryn no se apartó cuando ella se acercó. Inclinó la cabeza, como si necesitara verla desde un ángulo que solo él conocía.
—¿Sabías que Caelan podía cruzar la veda? —preguntó Serenya.
Ezryn levantó una ceja, divertido.
—Lo intuía. —Una sonrisa leve, casi cruel, curvó su boca—. La sangre hace cosas… inesperadas.
Su voz llegó después en su mente, como un roce.
—Y tú sabes lo que hace la mía cuando decides provocarla.
El contacto mental la estremeció.
Continuó, sin suavidad alguna, para que todos los escuchasen.
—Él pudo enseñarte su reino a solas mientras yo estaba… in dispuesto. —Una pausa, medida—. Supongo que quería la misma oportunidad.
Serenya frunció el ceño.
—Pero no me has mostrado todo.
Ezryn no sonrió. Una respiración. La sala pareció encogerse.
—Aún no.
Nada más. Solo dejó caer un destello de ironía en la comisura del labio.
Una voz cruzó la mente de Serenya como un hilo encendido.
—Y cuando te lo muestre… no volverás a mirar el mundo igual.
No supo si la pronunció él o el vínculo la inventó.
Ezryn desvió por fin la mirada hacia Caelan.
—Todos tenemos secretos. —Se inclinó hacia Serenya. El espacio entre ambos ardió—. Unos los arrastran… —Acarició suavemente su hombro hasta el codo—. Otros esperan a que alguien los vea.
Serenya no respondió. Lioran apareció a su lado, silencioso como siempre.
—Vamos —murmuró.
El pasillo los recibió con aire frío. Las lámparas se inclinaron a su paso, como si reconocieran algo en su sombra.
—Cuando nos conocimos —dijo Serenya mientras caminaban—, dijiste que algún día entendería lo que hacéis vosotros.
—Lo mantengo.
—Nunca dijiste quiénes sois.
Lioran tardó en responder.
—Antes que yo, hubo otros. Nacidos entre linajes, sin hogar en ninguno.
—¿Exiliados?
—Guardianes —corrigió—. Los echaron por proteger a las Kael cuando el mundo decidió olvidarlas.
—¿Y tú?
—Soy lo que queda —dijo, sin pena ni orgullo .
Llegaron a una sala sin ventanas. Una lámpara temblaba, indecisa. Lioran dejó la puerta entreabierta.
—Practiquemos.
Serenya alzó la mano. Las sombras acudieron sin ser llamadas, envolviendo sus dedos como si despertaran con ella.
—No las dirijas —la guió Lioran—. Ellas recuerdan antes que tú.
La oscuridad se tensó, flexible. La lámpara parpadeó.
Al apoyar la mano, una arista de la piedra abrió la yema del dedo de Lioran y una gota carmesí cayó.
La sombra la atrapó en una espiral. El brazalete —siempre mudo— brilló rojo y las runas antiguas se encendieron, una tras otra. Su amigo se tensó.
Serenya cerró los dedos. Sombra y sangre se fusionaron un instante. Un gesto simple. Prohibido. La gota regresó a la piel de Lioran como si nunca se hubiese ido.
El silencio se volvió espeso.
—Suficiente —dijo él, demasiado rápido.
Serenya lo miró.
—¿Por qué?
Los ojos de su amigo parecieron más viejos que él.
—Porque eso no se enseña —murmuró—. Te obedece.
La lámpara se apagó sin viento. Lioran la acompañó hasta su puerta y se despidió.
—Ten cuidado, Serenya. Las respuestas duelen más que las preguntas.
El grimorio la esperaba sobre la mesa. Las runas del borde vibraban como respiración contenida.
Se quedó dormida sin quererlo.
Un roce de página la despertó.
El libro de raíz estaba abierto. Una palabra emergía de la tinta.
Ilhara.
Las sombras de la habitación se elevaron. No para asustarla: para mostrarle destellos.
Un rey arrodillado.
Una corona rota.
Fuego antiguo.
Y un susurro: «Lo oculto no duerme».
La visión se deshizo. El libro se cerró.
Cuando Mirel entró al alba, la encontró despierta, mirando hacia la ventana.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
Serenya apoyó la mano en el grimorio.
—Creo que ya sé qué preguntar.
—¿A quién?
Ella la sostuvo con la mirada.
—A ti. Ya no puedes seguir callándolo.
Mirel bajó los ojos.
Y ese gesto lo confirmó todo.