43. La grieta bajo el trono
El Salón Alto de Noctalis olía a ceniza y poder.
Las antorchas ardían sin llama, alimentadas por un fuego antiguo.
El mármol brillaba como si debajo guardara un pulso.
En el centro del círculo, Ezryn permanecía de pie, la cabeza inclinada y las manos vacías.
No había cadenas. La obediencia tenía su propio lenguaje.
Lazhar lo observaba desde el trono. Su túnica blanca contrastaba con el suelo ennegrecido, como si quisiera recordar a todos que la pureza no necesitaba excusas. Cuando habló, su voz fue calmada. Terriblemente calma.
—Tu deber era contener el caos, no invitarlo a nuestra mesa.
El silencio fue su única defensa.
—Defendiste al intruso ante los ojos de la Corte —continuó Lazhar—. Un Umbrae. Un enemigo. Y lo hiciste por ella.
Un murmullo recorrió a los consejeros. El nombre de Serenya no fue pronunciado, pero flotó en el aire con el peso de un crimen. A unos metros, Caelan estaba custodiado por dos Sangreth armados. Llevaba la ropa rasgada y el rostro endurecido. No parecía derrotado, solo cansado de estar vivo.
Lazhar se giró hacia él.
—Dime, forastero, ¿cómo atravesaste la veda?
Caelan alzó la vista. Su voz era baja, áspera.
—Se abrió para mí —respondió.
El eco de sus palabras se apagó en el mármol y Lazhar entornó los ojos.
—Mentira. Ninguna veda se abre sola.
—Tampoco lo hace una herida —replicó Caelan.
El aire se quebró. Nadie lo notó, salvo ella.
Serenya entró sin que la anunciaran. Las puertas no se abrieron: se apartaron. La luz tembló al tocarla. Los consejeros se inclinaron. Lazhar la miró con una mezcla de desprecio y fascinación.
—La grieta… —El Archiduque no ocultó su desdén—. Al fin se digna a mostrarse.
Serenya avanzó hasta el centro del círculo. No llevaba corona ni escolta.
—He oído lo suficiente.
Lazhar apoyó un codo en el trono.
—Dime, muchacha, ¿qué eres para mi hijo? ¿Amante, hechizo o advertencia?
Serenya sostuvo su mirada.
—Nada de lo que puedas controlar.
Ezryn levantó la cabeza. No habló, pero sus ojos bastaron para incendiar el aire. Caelan, a un lado, dio un paso hacia ella. Los guardias se tensaron. No hizo nada más que llevarse una mano al pecho, el mismo gesto que ella recordaba de los jardines. Un saludo prohibido.
La piedra bajo sus pies vibró, casi imperceptible. Lazhar lo notó.
—¿Lo veis? —dijo al Consejo—. El caos tiene rostro. Y late.
Sacó de entre sus ropajes un pergamino lacrado. El sello era rojo, con la marca doble de Selhara.
—Ha llegado una carta —anunció—. El Concilio convoca a los herederos.
La elección se acerca. Los linajes deben definirse antes de que la luna vuelva a alzarse completa, o el equilibrio caerá.
—Sus palabras resonaron en la sala. Luego, se volvió hacia Serenya—.
¿Qué linaje sostendrá el mundo cuando llegue el juicio?
Serenya no se movió. Podía sentir cómo las sombras bajo el suelo despertaban, respirando al ritmo de su pulso .
Ezryn dio un paso adelante.
—No le pidas eso —exigió, con voz tensa—. Si la grieta se inclina, el mundo se parte.
Lazhar sonrió sin calor.
—Pues… el Bastión decidirá por ella.
Ezryn lo interrumpió.
—Padre, la veda se abrió porque me reconoció. Mi sangre está unida a la de Caelan desde hace más de dos siglos. Si la veda respondió, fue a mí. A lo que soy. Tú recuerdas lo que sucedió. Le di mi sangre y lo salvé.
Un silencio pesado cayó sobre el Salón. Lazhar lo miró con incredulidad, como si la palabra «sangre» fuese una traición.
—¿Te atreves a afirmar…?
—No lo afirmo —Ezryn sostuvo su mirada—. Lo juro. Y tú sabes lo que significa un juramento de sangre Sangreth. La veda respondió a mi sangre porque él me lleva dentro.
Un temblor recorrió el suelo. El fuego de las antorchas vaciló. Lazhar palideció, pero sus dedos se crisparon sobre el brazo del trono. Sabía lo que eso significaba.
Morder era quedarse dentro.
—Entonces… —susurró, con voz quebrada entre la furia y el miedo—, deberás decidir antes de que esa unión te corrompa, Serenya. Si tu llamada responde a dos sangres, el equilibrio se fracturará pronto.
El suelo respondió antes que ella. Un hilo de luz recorrió el mármol, trepando desde el trono hacia el techo. La penumbra avanzó y solo quedó el resplandor violáceo, temblando entre los tres.
Dos siluetas surgieron del resplandor: Aelira y Lyeth, unidas por la misma corriente que latía bajo la piel de Serenya. No caminaban: flotaban entre los destellos, con el cabello suspendido como si respiraran dentro de un sueño.
La primera extendió una mano; la segunda inclinó la cabeza. Sus voces llegaron como un eco, mezcla de agua y de recuerdo.
—Ilhara .
La palabra la atravesó. Era la misma que había visto escrita con sangre y fuego cuando mató al soldado. La que había susurrado la grieta cada vez que intentó nombrarla. El resplandor se intensificó.
Cayó de rodillas. La piedra palpitaba bajo sus manos, viva. Ya no sentía la sangre Sangreth arder en sus venas. Tampoco el pulso oscuro de los Umbrae.
Solo aquello.
Lo otro.
El silencio se abrió como un abismo.
Ilhara.
El mundo ya no les pertenecía a ellos.