Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 35. El estanque de hematita
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35. El estanque de hematita

Noctalis ya no era la misma desde aquella noche.

Las noticias seguían sin llegar y Serenya vivía con el pulso suspendido. Sin embargo, era difícil no dejarse llevar y disfrutar de lo que Noctalis (y sobre todo él) tenían para ofrecerle.

Ezryn y Serenya caminaron entre ruinas antiguas, jardines suspendidos y terrazas donde el viento sonaba a plegaria.

En el jardín del agua negra, los reflejos mostraban rostros que no eran los suyos.

En las terrazas altas, el eco de Aelira parecía seguirlos como un recuerdo que se negaba a desvanecerse.

Durante los días que siguieron, una rutina empezó a imponerse.

Tras la cena, Ezryn solía aparecer en su alcoba.

No con órdenes ni excusas, sino con el tablero antiguo de ajedrez que había pertenecido a Aelira.

Lo desplegaba sobre la mesa baja, entre dos copas y una lámpara de aceite.

Jugaban en silencio la mayor parte del tiempo.

Cada movimiento era una conversación que solo ellos entendían.

A veces ella rompía la calma con un comentario.

—No me dejes ganar —decía, moviendo una torre con precisión casi cruel.

La comisura se le curvaba sin levantar la vista.

—Nunca lo hice. —El hoyuelo desmentía sus palabras.

La primera noche que recuperaron aquel gesto, Serenya sintió algo diferente en la habitación: un temblor sutil, como si el pasado respirara desde los objetos. La segunda se permitió disfrutarlo. La tercera comprendió que la costumbre también podía ser tregua.

Una noche, mientras colocaba las piezas en su sitio, se animó por fin a preguntar por la ausencia que sentía cada noche en su alcoba.

—El anillo no está —murmuró, mirando el lugar donde solía guardarlo, antes del duelo entre Ezryn y Caelan. Antes de perderse.

Ezryn no respondió enseguida.

—Algunas cosas se pierden cuando intentas volver a encontrarlas —dijo, sin mirarla.

Ella no contestó. Sus dedos rozaron el borde del estante vacío, como si esperaran hallar todavía el peso de aquel metal.

—¿Por qué lo quieres? ¿Acaso has elegido ya? —preguntó él, ladeando la cabeza, en un gesto tan suyo que le recordó al Ezryn joven que la enamoró.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier confesión. El collar bajo la camisa de Ezryn latía con un brillo tenue, apenas perceptible. Nadie lo vio.

Serenya apartó la mano del estante, como si el aire quemara.

—¿Sabes por qué Mirel dejó Varethia? —preguntó de pronto, más para romper el eco que por curiosidad.

—No, pero he intentado averiguarlo. —Se alejó unos pasos, olvidando la partida, y apoyó la mano en la piedra—.

Cuando creí que habías muerto, busqué cualquier cosa que me ayudara a entender lo que habías sido.

Seguí rastros, nombres, archivos. Y encontré vacíos.

Fechas que no encajaban. Sombras que se borraban cuando intentaba mirarlas.

—Sus ojos se encontraron—. Hay partes de tu historia que alguien no quiso que se recordase.

Serenya sintió un temblor, una duda antigua abriéndose bajo el esternón.

—Tengo que salir de aquí —dijo, casi sin voz.

Ezryn asintió .

—Ven.

Salieron del palacio sin escolta, la niebla carmesí enroscándose a sus tobillos como un pulso que reconocía su paso.

Caminaron hasta los jardines del norte, todo allí se volvía más lento.

Olía a vainilla y a hierba húmeda, a flores que solo abrían cuando nadie miraba.

Allí, se encontraba el estanque de hematita.

El agua, inmóvil, reflejaba un cielo repleto de estrellas.

Ezryn extendió una mano sin hablar. Serenya dudó un segundo antes de tomarla. El contacto fue leve, pero bastó para devolverles algo que habían olvidado: tiempo.

Se acercaron al borde y, por un instante, todo fue como antes: risas contenidas, el aire tibio, el perfume del jardín mezclándose con la memoria de la piel.

—Aquí solíamos venir —murmuró ella—... cuando todo era más simple.

Soltó una risa baja.

—Nunca fue simple, dulzura. Solo éramos demasiado jóvenes para entender el precio.

Se llevó una mano al cuello y algo brilló entre sus dedos. Luego, sin darle importancia, lo deslizó dentro del bolsillo interior de la capa antes de dejarla caer sobre la piedra. Después se despojó de la camisa, sin mirar si ella lo observaba.

Sus cicatrices —finas, algunas aún encendidas— se dibujaron bajo la luz de la luna. El agua lo recibió sin resistencia. Durante un momento, el reflejo los mostró a ambos tal como habían sido: jóvenes, invencibles, ignorantes de cuánto podía doler el amor.

—Recuerdo que el agua siempre estaba helada —dijo ella, alzando una ceja.

—Y yo recuerdo que no te importaba. Siempre parecías más viva cuando temblabas —replicó él, antes de sumergirse hasta la cintura.

Serenya puso los ojos en blanco y lo siguió con la mirada, atrapada entre la distancia y la costumbre.

—No me desafíes, príncipe.

El hoyuelo apareció en su barbilla.

—¿Y si ya lo estoy haciendo?

Ella suspiró y el sonido se confundió con el murmullo del agua. Se quitó la capa y los zapatos con un gesto tranquilo. Dejó caer el vestido y entró al estanque en camisola. El frío le mordió los tobillos, pero no retrocedió. El agua se cerró a su alrededor con un sonido suave, casi reverente.

Se sumergió por completo, dejándose envolver por la quietud espesa del estanque.

El agua la cubrió, como si recordara su forma exacta.

Por un segundo, le devolvió una memoria que no pertenecía a ese lugar, sino a otro cuerpo.

Otro temblor. Lo apartó, ahuyentando una sombra.

No quería pensar en él. No frente a Ezryn.

Avanzó a ciegas, guiada solo por el pulso que intuía frente a ella, hasta que unas manos firmes la sujetaron por las caderas.

Emergió. El mundo volvió en un destello líquido.

Frente a ella, unos ojos oscuros la observaban con la intensidad de quien reconoce.

Pequeñas gotas resbalaban por los mechones de su cabello, por las pestañas, por la curva de su mandíbula.

La mirada de Ezryn descendió, casi con reverencia, siguiendo el trazo del agua sobre su piel.

Y entonces se detuvo.

Dos marcas antiguas interrumpieron el movimiento: los colmillos sobre el pecho izquierdo, donde una vez dejó su sello, y la sombra Umbrae que manchaba la clavícula derecha, viva como un recordatorio. Su expresión se quebró, casi imperceptible, antes de volver a alzar la vista hacia ella.

Serenya se perdió en esa mirada hasta que algo la detuvo: un reflejo tenue, un hilo de luz que corría desde su clavícula hasta el pecho. Una cicatriz. Y otra. Su cuerpo entero estaba trazado por líneas finísimas, casi invisibles, como si la piel guardara un lenguaje que solo la noche pudiera leer.

—¿Qué son? —preguntó al fin, sin ocultar el temblor en su voz.

Ezryn chasqueó la lengua y miró a lo lejos.

—Pactos —respondió.

La palabra quedó suspendida, densa, como si el agua misma la retuviera. Serenya bajó la vista hacia esas líneas que cruzaban su piel; no parecían heridas, sino escrituras.

—¿Con quién… o por quién? —susurró, temiendo la respuesta.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, no la miró: dejó que el silencio hablara por él. Luego, al fin, sus ojos la buscaron.

—Por ti.

El aire pareció detenerse. La frase se deslizó entre ellos como una corriente tibia, demasiado real para desoírla.

—¿Por mí? —repitió ella, casi sin voz.

Él asintió, la mirada fija.

—Es el precio que pagué por intentar reabrir la grieta. Cada muerte, cada juramento… todo lleva tu nombre.

Serenya dio un paso hacia el borde.

—¿Y este? —Sus dedos rozaron la cicatriz más larga, justo sobre el corazón.

Ezryn cerró los ojos.

—Ese fue el último. El que me prometí no repetir.

Serenya no apartó la mano; bajo su piel, el pulso lento y obstinado se negó a rendirse. Sin pensarlo, inclinó el rostro y besó la cicatriz. El contacto fue leve, un simple aleteo. Ezryn no se movió; el temblor en su pecho bastó para decir lo que las palabras no sabían.

Por un segundo, todo fue quietud. Ni culpa, ni nombre: solo la huella tibia de lo que no se puede borrar.

Sobre el estanque, flotaban las estrellas: incontables, temblando como brasas suspendidas. Ezryn alzó la vista y señaló una, aislada en la oscuridad.

—¿La ves?

Serenya siguió la línea de su mano. La estrella parecía latir, tenue y obstinada.

—Brilla diferente —murmuró .

Él asintió, y su voz se volvió un eco de otra época.

—La llamé Seryn. —Exhaló todo el aire contenido en sus pulmones—. Si unía nuestros nombres, tal vez el cielo recordaría lo que nosotros habíamos intentado olvidar.

Lo miró y el agua tensó su superficie.

—Seryn —repitió, como si la palabra doliera y curara al mismo tiempo—. Qué cursi eras.

Rio, breve y sincero, como solo lo hacía cuando no era el príncipe.

—Debería haberle puesto algo más digno… Eternidad, Inquebrantable… algo que sonara a leyenda.

—No —susurró ella—. Así está bien. Es lo único de nosotros que no necesitó grandeza.

El reflejo de la estrella titiló sobre el agua, como si escuchara. Todo lo demás —la guerra, los juramentos, los siglos— pareció no existir.

Cuando el silencio se asentó, Ezryn extendió una mano y la ayudó a salir del estanque. La camisola se pegaba a su piel; el frío la estremecía, pero no retrocedió.

Él, con los pantalones empapados, la contempló un segundo —con hambre— antes de apartar la vista. Se inclinó para recoger su capa. Un destello. Y se cubrió con el tejido oscuro.

Todavía descalza, Serenya se apartó hacia la piedra donde había dejado el vestido. La tela estaba seca, tibia por la magia viva del lugar. Se quitó la camisola mojada y se puso el vestido directamente sobre la piel. No buscó ocultarse: en aquel silencio, el pudor era una palabra antigua.

Ezryn esperó de espaldas hasta que la oyó moverse.

—Listo —le avisó ella.

Él se volvió y asintió.

Caminaron sin rumbo, dejando un rastro de agua que marcaba su paso. Noctalis los envolvía con un resplandor apagado, como si también recordara .

—Este lugar sigue oliendo igual —murmuró Serenya.

—A miedo y a recuerdos —replicó él.

—A ti —lo corrigió.

Subieron juntos hacia la galería alta. Allí, entre los ventanales, se extendía el eco de lo vivido: los entrenamientos al amanecer, los murmullos robados, los años que creyeron eternos.

Serenya se detuvo junto a una columna.

—Aquí solía pensar que te conocía —dijo, sin mirarlo y una mueca triste tiñó su rostro.

—¿Y no era así?

Negó con suavidad, apoyando las manos en el barandal.

—Conocía al hombre que me amaba, pero no al príncipe que le debía obediencia a otro. No sabía quién eras cuando no te miraba. No conocía tu don, ni lo que tu padre esperaba de ti. Y tú tampoco me dejaste verlo.

Él bajó la mirada.

—No era desconfianza. Era miedo.

—¿A qué?

—A que si veías lo que había en mí, dejaras de amarme.

Se quedó callada largo rato. La quietud entre ellos era cómoda, aunque extraña. Nadie le creería si contara que Ezryn era capaz de esperar algo… o a alguien.

—Y ese miedo fue el resquicio —dijo al fin Serenya.

—¿Resquicio? —Frunció el ceño.

—Por ahí entró Caelan. —No lo dijo con culpa, sino con verdad—. No entró entre nosotros como enemigo. Solo encontró el hueco que dejaste.

Ezryn respiró hondo.

—Lo sé. Lo supe incluso antes que tú.

Su voz tembló.

—Fue respiro. Contigo me ahogaba en silencio; con él aprendí a respirar otra vez.

La ciudad pareció detenerse. Seryn brillaba sobre ellos, obstinada, como un testigo. Ezryn alzó la vista.

—Y, sin embargo, sigues aquí .

—Porque lo que me ata a ti no es solo amor —susurró ella—. Tú eres caos, Ezryn: fuego que quema, una voz que me empuja a romper lo que soy. Y él…es calma. Refugio. El lugar donde mi cuerpo deja de temblar.

Se mojó los labios, sin saber si continuar o no.

«¿Qué más da? Con él puedo ser yo misma»…

—Tú me despiertas, Ez. Me desafías. Él me contiene para que no me deshaga. Y sin los dos, no sabría dónde empieza mi fuerza… ni dónde termina mi ruina.

El diminutivo, rescatado de otra vida, le rozó el pecho como un golpe suave. No respondió; bajó la mirada y una sonrisa le tembló en los labios.

Caminaron hasta el borde de la terraza. Noctalis ardía bajo ellos, inmensa, brillante. Por un momento, ninguno supo si la luz venía de la ciudad… o del incendio que aún llevaban dentro.

El viento cambió, trayendo el perfume de las flores nocturnas y el murmullo distante de las torres. Serenya se abrazó, no por frío, sino por costumbre. Él la observó con esa atención que parecía una forma de tacto.

—Deberías descansar.

Ella asintió, aunque ninguno de los dos hizo ademán de moverse. El silencio se alargó, pesado y necesario. Luego, sin aviso, él dio un paso hacia ella. No fue un impulso, sino una despedida breve de algo que no sabían si volvería.

Le tomó la mano y la besó entre los dedos. Un beso leve, fugaz. Un gesto que recordaba la noche en que se habían conocido.

Serenya no habló. Solo lo miró, sin perdón ni promesa.

Y aun así, algo dentro de ella seguía preguntando quién era para que el mundo la quisiera dividir.

Ezryn sostuvo esa mirada un segundo más y, luego, se apartó.

El sonido de su capa al girar fue el único testigo del adiós.

Ella lo vio alejarse y regresó a su alcoba.

Se dejó caer sobre la cama sin desvestirse.

Noctalis se filtraba por las ventanas como un pulso vivo. La grieta, dentro de ella, murmuraba en un idioma que no era suyo. No dolía. Solo recordaba.

«El fuego y el refugio no se oponen, hija. Se buscan».

Cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no soñó con miedo, sino con luz.