34. La cena y el eco
Un golpe seco quebró el silencio. Tres toques precisos: no de un sirviente, sino de alguien que no pide permiso. Serenya se volvió hacia la puerta, el corazón latiendo con una calma forzada.
—Adelante —invitó.
Lazhar cruzó el marco con la serenidad de quien nunca teme ser esperado.
No llevaba escolta ni corona. Solo el peso de sí mismo.
En sus manos, sostenía un vestido. Rojo profundo, con reflejos que se movían como hilos vivos bajo la superficie, a veces burdeos, a veces dorados.
El mismo que Aelira había llevado en la fiesta de compromiso con Ezryn.
La noche en que comprendió que él sería su principio o su ruina.
No supo qué temía más: el recuerdo o al hombre que lo traía.
—Aelira te amaba —soltó sin preámbulo. Por una vez, sonaba sincero y, por eso, dolía más—. Más de lo que yo supe comprender. Te consideraba la hija que el destino nos negó. —La miró como si fuese un retrato que una vez le perteneció—. Toda hija encuentra el camino de vuelta —añadió.
Avanzó un paso y extendió el vestido entre las manos. No lo arrojó ni lo ofreció: lo sostuvo, casi con reverencia, como si el tejido tuviera alma.
Serenya no se movió.
—¿Por qué traérmelo tú? —preguntó, sabiendo que la respuesta sería una trampa .
Lazhar sonrió, sin mostrar los dientes.
—Porque Aelira lo habría hecho. Y porque hay recuerdos que solo cobran sentido cuando se devuelven en persona.
Ella bajó la mirada hacia el vestido. Olía al perfume leve que siempre rodeaba a Aelira, la dulzura inadvertida de una mujer que había creído en la paz hasta el final. Que había dado su vida creyendo que el sacrificio podía salvar al mundo.
Lazhar se detuvo a su lado.
—Te vi caminar por los pasillos como ella.
Algo suyo sigue latiendo en ti, aunque no compartáis sangre.
—Tomó aire y, por un segundo, pareció muy viejo—.
Todo puede perdonarse dentro de la familia.
La ciudad te reconoce. El trono Maldrick siempre te esperó.
—El tono se volvió más bajo, más íntimo—.
Vístelo esta noche. No como mandato… sino como legado.
Noctalia recuerda a los suyos, y tú aún no has decidido de qué lado estás.
Serenya le sostuvo la mirada sin retroceder. En ella había una amenaza y una piedad que dolía más que el desprecio.
—No temas, Serenya —susurró e inclinó la cabeza. No fue cortesía—. No vine a forzarte. Solo a recordarte lo que ya eres.
Se marchó con la misma calma con la que había llegado.
Su ausencia tardó en asentarse. El vestido, entre sus manos, parecía respirar.
No lo soltó. Solo pensó en Aelira, en la risa que creía olvidada, en la ternura que el tiempo había vuelto casi sagrada.
Y aunque sabía que el gesto era veneno, no pudo negarlo.
El tejido aún guardaba calor y había guerras más sutiles que librar con el Archiduque.
Se vistió sin ayuda. Cada lazo, cada pliegue, le recordó que en Noctalis hasta el adorno era un juramento.
Cuando las puertas se abrieron, la noche ya había entrado.
El pasillo que conducía al salón se desplegó como una cicatriz luminosa: mármol travertino atravesado por venas doradas que latían al compás de sus pasos.
El corredor olía a vino añejo, a piedra caliente, a promesas que habían sido pronunciadas una vez y que aún no sabían morir. A cada metro, Serenya reconocía algo.
Allí, en esa esquina donde el corredor se ensanchaba, Ezryn la había besado hasta robarle la respiración.
No con deseo. Con furia contenida, como si besarla fuera el único modo de no destruir el mundo.
Más adelante, en el arco del ventanal que daba al río de fuego, Aelira solía esperarlos, fingiendo no ver cuando sus manos se rozaban a escondidas.
Y en aquel tapiz —el del ascenso de los Sangreth—, había visto una noche a Caelan, oculto entre los pilares, observando sin acercarse. Su mirada era una herida.
Ninguno de los tres había sido inocente desde entonces.
Cada paso era un regreso y una condena.
El salón se extendía ante ella. Dos copas, dos cubiertos, un banquete preparado para una conversación que no prometía alimento. Cada piedra parecía reconocer su paso y probar cuánto de aquella antigua Serenya seguía existiendo dentro de la mujer que vestía el color de la casa que la había devorado.
Ezryn la esperaba al final de la mesa.
—Como puedes ver, la sutileza de mi padre no ha cambiado —dijo, con esa calma que era siempre una forma de dolor. La máscara de príncipe que se había puesto al ingresar a la ciudad se escurría al encontrarse a solas.
Ella no respondió, pero la comisura se le curvó. Caminó hasta el otro extremo y al hacerlo notó que los pasos de ambos resonaban igual. Ezryn apartó la silla para ella. Serenya se detuvo, enarcó una ceja y lo miró con picardía.
—¿Sigues haciendo esto?
—Mi madre nunca me perdonaría que olvidara lo que me enseñó —respondió él, y el tono fue más suave de lo que pretendía.
Un sonido breve, que parecía un suspiro rescatado del pasado, escapó de su garganta. Se sentó y lo miró caminar con parsimonia, con esa elegancia suya que podía ser un arma o una plegaria .
La comida humeaba con aromas antiguos: vino especiado de fuego rubí, denso y brillante; carne de drakón asada en miel de granada y polvo de azufre dulce, jugosa hasta el exceso; raíces confitadas en especias ardientes, que quemaban y perfumaban al mismo tiempo; y Draesh, frutos carmesí de piel tersa y pulpa densa, dulces al primer mordisco y con un regusto ácido que ardía como vino joven.
Serenya los había amado una vez, cuando creía que Noctalis era un refugio y no una sentencia. Ezryn recordaba haberle robado uno entre risas, siglos atrás, cuando la mancha roja en su boca aún era una promesa.
—Tu padre vino a verme antes del ocaso. No trajo amenazas, sino recuerdos.
Pensé que estaría presente —dejó caer Serenya, sin mirarlo, mordiendo un Draesh sin prestar atención al resto de platillos.
El fruto se partió bajo sus dientes con un chasquido húmedo.
El zumo tibio le manchó los labios, y ella pasó la lengua despacio para recoger la última gota. Sus ojos se entrecerraron de placer.
Ezryn respondió a sus palabras, pero su mirada se detuvo en el gesto, en esa memoria viva del deseo que nunca había aprendido a morir.
—Lazhar nunca asiste cuando cree haber ganado —explicó, con voz controlada, como si pronunciara una estrategia—. Le gusta que juguemos en su mesa, aunque no esté presente.
—Qué eficiente —susurró ella.
—Qué predecible —corrigió él y, luego, añadió, casi sin pensarlo—. Aunque hay gestos que ni el tiempo ni la culpa consiguen volver inocentes.
El color del fruto en su boca, el brillo húmedo del vino: todo tenía la textura de algo que ya había ardido antes. El silencio no incomodó. Fue un suspiro compartido que sabía a lo que habían sido, y a lo que aún eran.
El fuego danzaba sobre los muros. El sonido de la respiración se confundía con el del vino al caer en las copas. Era una intimidad que dolía porque pertenecía a otro tiempo .
—¿Qué te dijo tu padre? —preguntó Serenya al fin, sin mirarlo.
La pregunta fue casi cotidiana, más que cualquier caricia. Ezryn bajó la vista a su copa, girando el vino como si buscara respuestas en el reflejo.
—Nada que no esperase —dijo, medido, como si ya conociera el final de esa conversación—. Que el reino necesita orden. Que tu poder debe pertenecer a los Sangreth. Que tú deberías casarte conmigo.
Serenya soltó una risa seca, breve.
—Al menos es coherente con su enfermedad.
Ezryn ladeó la copa, pensativo.
—No suelo estar de acuerdo con él —sostuvo con un hilo de sarcasmo—, pero en esa última parte… admito que no me parece tan terrible.
Serenya levantó la mirada, incrédula, pero el brillo en sus ojos no era del todo enojo. Él mostró la clase de sonrisa que no busca perdón.
—Pero no hablemos aquí —murmuró, bajando el tono—. Las paredes oyen más de lo que uno confiesa.
—Entonces, hagamos que callen.
Alzó una mano. La temperatura descendió. El fuego vaciló y un pulso invisible cruzó la sala, cerrando las puertas con un chasquido firme. Las llamas se volvieron azules. Lo que quedó fue una calma densa, como si todo lo vivo se hubiese apartado para mirar.
Ezryn la observó sin moverse.
—¿Desde cuándo sabes hacer eso?
—Desde que acepté que no necesito permiso —respondió.
Él asintió y por primera vez en la noche su voz se volvió honesta.
—Lazhar impuso su corona. Solo un Umbrae podrá entrar en Noctalis.
Serenya lo miró sin entender.
—¿Uno?
—El resto esperará fuera, en un refugio que estoy preparando cerca del límite norte. —Hizo una pausa—. Pero no será Caelan.
La frase no hizo ruido. Pero partió algo.
Durante un segundo, nada sucedió. Luego, la piedra tembló.
Una corriente de sombra y luz ascendió desde el suelo, envolviéndola.
Su respiración se volvió una llama. Ezryn no retrocedió.
Durante un segundo, el nombre antiguo rozó su lengua; un nombre que nadie había vuelto a pronunciar en siglos.
—Serenya —se corrigió, con una calma reverente.
Ella giró hacia él, los ojos ardiendo con una claridad que dolía.
—¿Hasta cuándo piensa tu padre decidir quién puede tocarme, quién puede verme, quién puede vivir?
El salón pareció abrirse en mil reflejos. Ezryn cruzó el espacio en dos zancadas y la alcanzó antes de que la energía la devorara. La contuvo con su presencia, con esa forma de reconocerla que no necesitaba fuerza. El poder cedió, como una ola que, al ver la orilla, se rinde.
Ezryn habló, temblando entre la reverencia y el desgarro.
—Así… exactamente así, como siempre supe que acabarías destruyéndome.
Serenya se permitió un segundo de quietud. El dolor, el deseo y la memoria fueron una sola respiración. Cuando se separaron, todo olía a recuerdos.
—Te engañé —dijo ella al fin.
Él no fingió sorpresa.
—¿A qué viene esto?
—No fue por deseo —continuó—. Contigo dejé de ser yo.
Me volví lo que necesitabas: perfecta, contenida, la sombra dócil del príncipe que el mundo esperaba.
—Meneó la cabeza con un temblor leve—. Y entonces apareció él y me miró…
de verdad. No a través de la sangre ni del poder, sino como si todavía quedara algo en mí que no tuviese dueño. Y respiré de nuevo.
No había ira en la mirada masculina. Solo cansancio y algo que dolía demasiado para tener nombre .
—Ojalá hubiese sido tan simple —murmuró—. Pero hay lazos que no saben morir.
Ella lo miró y, por primera vez, entendió que no hablaba de celos, sino de destino.