36. La tumba y la herida
La luz de Noctalis era inestable, como si dudara entre el amanecer y el crepúsculo. Serenya despertó con la sensación de haber dejado algo sin cerrar. Había soñado con agua, con una voz que decía su nombre desde debajo de la superficie. Al despertar no supo si aquella voz la llamaba o la reclamaba.
El fuego del hogar era un rescoldo. Se incorporó despacio, envuelta en esa quietud tibia que dejan las noches que no terminan de ser sueño.
Se acercó al tocador. El espejo la devolvió más pálida, más delgada, con los ojos demasiado lúcidos.
Tomó el cepillo y deslizó las cerdas por el cabello, mechón a mechón.
Cada movimiento era una forma de sostenerse.
Recordó a Mirel, cepillándole el pelo entre risas, obligándola a hablar cuando ella solo quería callar. Aquella presencia le faltaba.
El sonido del cepillo se volvió casi hipnótico. Y entre un pensamiento y otro, le vino una imagen: Aelira, trenzándole el cabello junto a una ventana abierta, mientras afuera llovía.
«Cada nudo es una historia, hija. No los arranques, apréndelos».
Serenya se quedó inmóvil.
«¿Y si el castillo también tuviera nudos?», pensó. «¿Y si Noctalis, con sus puertas vivas y su piedra que respira, solo espera algo… o a alguien? ¿A quién dejarás entrar esta vez?», se preguntó en voz baja, y el eco le devolvió un escalofrío.
Se vistió sin prisa. Eligió un vestido sencillo, oscuro, que dejaba el cuello descubierto. El roce de la tela sobre la piel la hizo consciente de lo que aún dormía allí.
La habitación estaba tranquila, salvo por el rumor distante del viento rozando los vitrales. Pensó en los demás. En Caelan, con sus ojos de tormenta. En Theneira, todavía convaleciente. En Lioran, cuya calma siempre había sido su ancla. En Vaelith, una aliada entre los enemigos.
Demasiados días sin noticias. Demasiados pasillos vacíos.
La luz se derramó sobre el suelo, roja y líquida. Serenya alzó la vista: algo en la atmósfera había cambiado. Un hilo de brillo se deslizaba entre las columnas, como un reflejo que quisiera guiarla hacia el exterior.
Entonces, lo vio.
Desde la galería alta, a través del velo de la bruma carmesí, distinguió una figura encapuchada en el patio inferior.
Era él. No podía ver su rostro, pero lo reconocería en cualquier lugar. Avanzaba sin escolta, sin insignias. No caminaba como un príncipe. Caminaba como alguien que se dirigía a un lugar donde la sangre pesaba más que la memoria.
Una figura aguardaba en la sombra. Más baja, cubierta por una capa gris. Se detuvo. Hubo un gesto, un intercambio de palabras que el viento no trajo. Luego un toque, apenas un roce de manos. Y un abrazo, rápido, casi furtivo.
El corazón le dio un salto. La encapuchada retrocedió y se perdió rápidamente, sin mirar atrás. Ezryn la observó irse, inmóvil, hasta que desapareció. Después, giró sobre sí mismo y siguió su camino hacia el ala restringida.
Serenya dudó. Podría haberlo dejado ir, haber fingido no haber visto nada. Pero el instinto fue más fuerte que la prudencia. Tomó su abrigo y lo siguió.
El pasillo descendía en espiral, hacia las partes más antiguas del palacio. Olía a historia sellada. Cuando dobló la última curva, lo vio frente a una puerta baja, decorada con un sello real fracturado.
Ezryn no se volvió, pero habló igual.
—Sabía que vendrías .
Su voz era calma, resignada. Ella se detuvo, todavía con la imagen del abrazo clavada en la mente.
—¿A quién esperabas? —preguntó, más áspera de lo que pretendía.
—A nadie —dijo él, sin alzar la vista—. Solo a mis muertos. —Giró el pomo. El aire que emergió era denso, con olor a tierra vieja—. Elías reposa aquí.
El nombre no hizo ruido. Pero dolió. Serenya no respondió. Aquello que no la dejaba sola pareció apretar su vientre, como si también recordara.
Ezryn entró y ella lo siguió. En el centro de la sala, una losa de piedra rojiza reflejaba la luz como si respirara.
—Era mi hermano —murmuró, arrodillándose ante ella—. Y aun así, lo dejé volverse aquello que te hirió.
Serenya no apartó la vista. El recuerdo de Elias volvió, nítido y violento: sus manos sobre su cuerpo desnudo, su boca sobre su vientre, la fuerza, el miedo, la sangre. El instante exacto en que el poder se desató.
Los pulmones no obedecieron. El cuerpo se cerró sobre sí mismo. Intentó inspirar, pero el mundo se estrechó entre sus costillas.
Ezryn lo sintió. No porque la mirara, sino porque su pulso cambió. El pulso de sangre —esa vibración antigua de la sangre Sangreth— se activó sin que lo ordenara. Dio un paso hacia ella, lento, con las manos abiertas.
—Mírame.
No la tocó todavía. La sangre respondió antes que él. Era una magia instintiva, íntima: dos corazones buscando el mismo ritmo.
Se sacudió. El aire volvió en ráfagas cortas, torpes, hasta que una de ellas fue completa. El temblor no cesó, pero empezó a encontrar su ritmo: ya no era huida, era regreso.
—No estás allí. Estás aquí.
Las palabras no eran consuelo, eran anclaje. Y, por primera vez en mucho tiempo, la grieta dentro de ella no se agitó: escuchó .
Habló de nuevo, con emoción contenida.
—Sé por qué lo hiciste. Sé lo que él intentó. —Tragó saliva—. Pero parte de mí aún lo llora.
Ella dio un paso hacia él.
—No lo llores por lo que fue al final —susurró—. Porque ese hombre… no era el que tú recuerdas. Ni el niño que yo conocí.
—No lloro eso —respondió, con voz temblorosa—. Lloro al hermano que quise antes de que la oscuridad lo reclamara.
Ezryn bajó la mirada, sin atreverse a tocarla. El miedo le tensaba las mano. Serenya respiró despacio.
—No me temas.
—No te temo a ti. Me temo cuando estoy cerca de ti.
Sus respiraciones se cruzaron y todo volvió a callar.
—No fue solo él quien me marcó. Fue lo que esa noche despertó. —Se tocó el vientre, leve—. La grieta nació de eso. No del poder… del dolor.
Ezryn cerró los ojos.
—Y yo no supe protegerte.
—Ya no necesito que lo hagas. —Lo miró—. Solo que recuerdes.
Él se incorporó y le tendió la mano. Serenya la tomó con una calma que no sentía del todo.
Caminaron juntos hasta la galería. La luz rojiza del día se extendía por los pasillos.
Frente a su habitación, él se detuvo. Ezryn giró su mano y besó el hueco entre sus dedos.
El gesto fue leve, casi un rezo. Así la reconocía siempre.
—Descansa, Serenya.
—Tú también, Ez. Si puedes.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, algo murmuró bajo su piel, con algo parecido a compasión.
«Incluso el fuego necesita una raíz».
Y el silencio volvió a ser refugio.