29. El último murmullo de Varethia
El vapor se pegaba a la piel, tibio, mezclando sombra, piedra y el rastro reciente del deseo.
Serenya apoyó la cabeza en el pecho de Caelan, escuchando su respiración todavía agitada.
El silencio cayó entre ellos, y bajo su vientre el poder latía como un segundo corazón, marcándola más hondo que nunca.
Rozó la pregunta en sus labios, suave, sin filo:
—Háblame de ella. De la mujer que amaste.
Caelan no respondió de inmediato. Sus dedos se tensaron bajo los de ella. La respiración se le quedó a medio camino, como si algo en su interior dudara si salir o quedarse donde estaba.
Serenya no insistió. Solo lo acarició, lento, trazando círculos sobre su pecho, esperando.
Él bajó la mirada un instante. Cuando habló, lo hizo sin levantarla del todo.
—Se llamaba Naerys.
La voz le salió más baja, más áspera de lo habitual.
—No fue fuego ni tormenta. Fue —exhaló— mi amiga. Mi risa cuando había olvidado cómo sonaba. —Sonrió, los ojos perdidos en el fondo de las termas—. Cuando la grieta me dejó vacío, ella me enseñó que todavía podía vivir…
Serenya se apoyó sobre el codo. Cuando Caelan volvió a alzar la mirada, no fue hacia ella.
—Compartimos una vida tranquila, sencilla, hecha de gestos pequeños. —Por primera vez, en mucho tiempo, sonrió de verdad—. Murió de vieja, con mi mano en la suya. Toqué el evaran mientras su aliento se apagaba. No hubo miedo, solo paz. Se fue como había vivido: serena.
Guardó silencio antes de continuar. Serenya deslizó los dedos hasta su mano, entrelazándolos con los suyos sin apretar, como si bastara con estar.
—Tuvimos a Iria. Era mi orgullo.
Algo en su expresión cedió apenas, tan leve que casi no estaba.
—La vi casarse con Varnek, esperar un hijo.
Pero el niño… —Tragó saliva, la voz tensándose—.
Nació muerto. Lerith intentó salvarla… —Las palabras se atascaron un segundo en su garganta—.
Pero una hemorragia la consumió. No quiso luchar.
Se dejó ir, y con ella se me apagó el futuro.
Habían elegido un nombre, pero nunca llegamos a pronunciarlo.
Descansan juntos, bajo el olmo que ella cuidaba desde niña.
Allí, aún me parece oír su risa… y el silencio del hijo que nunca respiró.
Serenya lo miró en silencio, los dedos rozándole la mejilla. No había reproche, solo ternura. Se inclinó apenas y rozó su frente con los labios.
Caelan no se movió al principio. Luego, alzó la mano y le sostuvo la cara, el pulgar deteniéndose un instante en su pómulo, como si necesitara comprobar que estaba allí. La miró.
—Con ella no ardía —susurró él—. Contigo ardo hasta en los huesos.
Serenya no apartó la mirada, el calor de su mano aún en la mejilla.
—Pero contigo no ardo para consumirme. Lo hago para despertar.
Serenya lo besó despacio, con la ternura de quien recoge un secreto demasiado tiempo enterrado.
Cuando salieron de la antigua terma, Ezryn los esperaba en el corredor. Sus ojos se clavaron en ella. Serenya entendió. No era renuncia. Era decisión. Algo en él se tensaba como un hilo llevado al límite… y aun así no cedía.
No la detenía porque había elegido no hacerlo.
La sala de guerra olía a cera derretida y a humo viejo. Los mapas, extendidos como pieles tensas sobre la mesa, parecían respirar. Las velas exhaustas dibujaban sombras que se estiraban hasta el techo, como si el castillo mismo quisiera escuchar.
Selhara estaba erguida junto al ventanal, la espalda recta, los ojos duros. No era madre. Era reina. Y en su silencio había un resentimiento callado que la mantenía siempre a distancia de Serenya, como si su sola presencia fuese una afrenta que no podía nombrar en voz alta.
—Varethia ya no es segura —sentenció, sin alzar la voz.
Cada sílaba cayó como hierro en la piedra—.
Y Noctalis no esperará eternamente. —Sus ojos se clavaron en Ezryn, con desdén apenas velado—.
El archiduque Maldrick te reclama. Ha enviado un mensaje solicitando tu presencia inmediata.
—Sonrió altiva—. Y todos los aquí presentes sabemos que una solicitud suya es una exigencia.
Debes presentarte ante él antes de que envíe sus ejércitos, suponiendo que te hemos matado.
Ezryn inclinó la cabeza, un gesto ambiguo entre respeto y desafío. Lioran a su lado estudiaba a la reina con calmada atención. Entonces, Selhara giró hacia Serenya. El aire pareció crisparse.
—Y tú, grieta encarnada… —El título sonó como condena—. La elección que la profecía escribió te espera en Noctalia. No rehúyas más: tarde o temprano, tendrás que decidir.
Ezryn cuadró los hombros y, como príncipe, rompió el silencio.
—Solo la sangre Sangreth puede cruzar las puertas de Noctalis. Así, lo dicta la Veda .
El pulso golpeó bajo la piel de Serenya.
—Dime, Ezryn, ¿cómo entraré yo?
El aire se tensó, denso. Su amigo, apoyado contra la mesa, soltó una risa seca, como si aquello le resultara previsible.
—Si alguien puede romper una veda con solo mirar las murallas, es ella.
Mirel, que hasta aquel momento había guardado silencio, habló con un temblor grave en la voz—: ¿Y qué pasará con nosotros? ¿Quedaremos fuera mientras vosotros dos entráis?
La sombra de la pregunta atravesó la sala como un puñal. Los ojos de Selhara se clavaron en ella, cargados de un odio antiguo. Sus dedos apretaron el borde de la mesa como si quisiera quebrarlo.
—A ti, ni las murallas ni los ejércitos deberían abrirse jamás —espetó, con palpable desdén.
Imperturbable, el príncipe Maldrick respondió, la voz baja, medida.
—Intercederé ante el archiduque Maldrick. Ningún decreto es absoluto si se negocia con poder.
En su mente, como un susurro que Serenya percibió con nitidez, dejó caer el veneno.
—Serenya —murmuró su nombre con esa cadencia única que la incendiaba— , hace años que tienes sangre Sangreth corriendo por tus venas. Cuando bebes, reclamas. Cuando muerdes, algo del otro se queda en ti.
El recuerdo la desgarró como un zarpazo: el sabor metálico en la lengua, el ardor de la herida abierta, el instante en que sus bocas se confundieron en sangre… y en algo que había ido más allá del deseo.
No fue el cuerpo lo primero que emergió, sino esa certeza imposible de haber estado unida a él sin distancia, sin límite, en un punto donde no existía separación.
Después llegó lo demás: un calor bajo, lento, que no nacía del presente, sino de la memoria de lo que habían sido en aquel instante, de cómo su cuerpo había respondido entonces y de cómo al evocarlo, lo reproducía sin pedir permiso.
Apretó los muslos para contener esa respuesta que parecía venir de otro momento, de otra versión de sí misma que aún permanecía en él.
Bajó la vista, no en rendición, sino para sostener el temblor que le atravesaba la piel, la memoria y algo más hondo que no quería nombrar.
Selhara giró entonces hacia Caelan. Las velas parecieron inclinarse con el movimiento, como si la piedra misma aguardara su decreto.
—Tus sombras aún tiemblan —dijo, implacable—. Preferiría que te quedaras. Pero no lo harás. Irás con ella. No dejaré que él —casi lo escupió, con desprecio— sea el único a su lado.
Caelan apretó la mandíbula, los puños cerrados contra el borde de la mesa.
—No soy una pieza en el tablero.
—Sí, lo eres —lo cortó Selhara, sin titubeo—. Y mientras mi corona pese, se te moverá donde yo decida.
Un mensajero irrumpió sin aliento, manchando el suelo con barro y sangre seca.
—Los Dareth han cruzado el paso de Ydren. —Sus palabras cayeron como piedras—. Quemaron tres aldeas al norte.
Selhara ni siquiera pestañeó.
—Que ardan —murmuró—. A veces el fuego limpia mejor que el juicio.
Las palabras se apagaron, y algo pesado quedó suspendido en las paredes. Serenya lo sintió: las piedras vibraban, un rumor antiguo que despedía a los suyos. Se alzó entonces. Su voz salió grave, arrastrada por un pulso que no era solo suyo.
—Iremos. No a buscar paz… sino a reclamar la herida donde comenzó todo.
Las velas titilaron, como si el castillo entero hubiera escuchado. Afuera, un viento súbito golpeó los ventanales, arrancando un gemido.
Varethia quedaba atrás. Noctalis los esperaba: fría, vedada, con las fauces abiertas.