30. Los Caminos de Sangre
La partida fue silenciosa. Ningún pregón anunció la marcha, ninguna antorcha iluminó las murallas. Salieron a caballo bajo el amparo de la niebla, con el eco de las herraduras tragado por la humedad de la noche.
Theneira no cabalgaba: viajaba tendida en una carreta cubierta con pieles, el rostro pálido, los labios resecos, el vientre aún marcado por la herida.
El crujir de las ruedas sobre la piedra era un recordatorio constante de su fragilidad.
Vaelith no se apartaba de ella, sosteniéndole la mano como si con eso pudiera retenerla en el mundo.
Solo Caelan miró atrás. Sus ojos se aferraron al ombú que custodiaba a los suyos, antes de obligarse a volver al camino. Serenya no volvió la cabeza. El castillo respiraba a su espalda como una bestia dormida y, sin embargo, la piedra respondió, despidiéndola en un murmullo grave.
Avanzaron por senderos estrechos, bordeando ríos oscuros y colinas sin nombre. Cada paso de las bestias era un compás contenido, como si hasta ellas comprendieran que el secreto de la ruta valía más que el aire. Nadie pronunció Noctalis, pero todos sabían que el destino se acercaba.
El corazón de Serenya latía demasiado rápido. Regresaba a la tierra donde había vivido tras la muerte de su madre, a la casa que la cuidó cuando aún era niña. Las imágenes regresaron de golpe: risas junto a la lumbre, una manta áspera sobre los hombros, la voz de quien la llamó hija .
Tiró de las riendas.
—Necesito parar.
Nadie preguntó. Los condujo por un sendero entre abedules hasta un claro. Allí, un cementerio humilde con cruces cubiertas de musgo se recogía como un secreto.
Se arrodilló frente a una lápida sencilla, surcada por un trazo casi borrado: una espiral. La piedra se había hundido con los años, como si la tierra hubiera intentado borrarla.
No llevaba flores; arrancó un ramo de violetas silvestres y lo dejó sobre ella.
El viento trajo un perfume de lavanda, un eco de su infancia.
Una risa le cruzó la memoria como un suspiro.
Ezryn la miraba desde la distancia, inmóvil, el rostro indescifrable.
Caelan apartó la vista, respetando un duelo que no le pertenecía.
Mirel se inclinó y apoyó la palma en la piedra húmeda. Cerró los ojos y, con voz baja, dijo—: Hermana… la niña ha vuelto a casa.
Las lágrimas de Serenya cayeron sin permiso.
—Ya no estoy perdida, madre.
Se incorporó. Y el viaje continuó.
Pasaron días en la ruta, sin escolta que los delatara. Cabalgaban al alba y acampaban al ocaso; hogueras pequeñas, cubiertas con piedras y ramas húmedas. Compartían pan duro, queso curado y frutos secos. Lioran pescaba en arroyos; una vez, Caelan abatió un ciervo que cocinaron con ceremonia.
Los turnos de vigilancia se repartían con rigor.
Ezryn y Caelan se alternaban; Lioran mantenía la calma, Vaelith la furia contenida, Mirel el ojo paciente.
Serenya tomaba su puesto junto al fuego, la mano siempre cerca de la daga, escuchando el bosque.
Theneira quedó en la carreta; alguien velaba por ella cada descanso: Vaelith sujetaba su mano, Mirel vigilaba los vendajes, Serenya le ofrecía agua y palabras quedas.
Los días transcurrieron sin sobresalto, el cielo cubierto como si la tierra misma guardara su secreto. Cada noche, sin embargo, el poder latía en Serenya con más fuerza, marcando los pasos hacia lo inevitable.
Llegaron a la frontera al caer la tarde. Un muro de piedra negra se alzaba como una herida abierta en la tierra, coronado por un arco de hierro donde las runas Sangreth ardían en rojo. Junto al muro, un altar de roca porosa parecía palpitar: en sus vetas latían venas enterradas.
Un guardián esperaba, el rostro endurecido por cicatrices.
Ezryn se adelantó. Hundió un cuchillo en su palma y dejó caer su sangre sobre la piedra.
Al instante las venas de la roca se encendieron, rojas y palpitantes.
Un murmullo profundo los envolvió, orgánico, como si Noctalia respirara desde sus entrañas.
—Los Caminos están abiertos —dijo el guardián con reverencia.
Ezryn no lo miró. Se volvió a los Sangreth armados en la frontera; sus ojos burdeos ardían.
—Viajaréis con ellos —ordenó, señalando a Caelan, Lioran, Mirel, Vaelith y la carreta de Theneira—. Y escuchadme: si uno solo osa faltarle al respeto a mis invitados, desgarraré su mente hasta que implore la muerte.
El silencio olía a hierro y miedo. Lioran inclinó la cabeza y aceptó la carga de conducir a los suyos por el camino común.
Ezryn se volvió hacia Serenya. El fulgor de las venas iluminaba su rostro.
—Tú vienes conmigo.
Serenya dio un paso atrás. La voz le salió tensa, dolida.
—¿Y ellos? ¿Voy a dejarlos atrás como si fueran prescindibles?
Ezryn no vaciló. El resplandor le tiñó el rostro en un carmesí inquietante.
—Nadie los tocará mientras yo respire. —No había duda en sus palabras—.
Ellos llegarán por el camino común, con tiempo para reagruparse y preparar lo que viene.
—Su mirada se volvió filo, más intensa que el resplandor de la piedra—.
Yo debo llegar hasta Lazhar antes que nadie.
Si no intercedo, no abrirá las puertas para ellos.
Mi sangre corre en ti… y en esta tierra, ese vínculo vale más que cualquier decreto.
La carreta de Theneira crujió en la penumbra, Vaelith se lastimó los labios de apretarlos tanto, Mirel mantenía la mirada baja, y Lioran permanecía erguido, atento a todo. Pero fue Caelan quien la detuvo: sus ojos se clavaron en los de ella, oscuros, cargados de sombras. Solo apretó los puños.
Ezryn habló entonces, sin apartar la vista del suelo que palpitaba.
—Intenté matarlo —expuso, sin ira. Nadie respiró—. Más de una vez. Cuando lo tenía al alcance… no pude.
Serenya lo miró, sin saber si aquello era una confesión o una herida abierta.
—¿Por qué?
—Porque algo me detenía. —Sus ojos se alzaron a los de ella—. Y ahora sé que eras tú.
La grieta se estremeció bajo sus pies, como si reconociera el nombre que aún no se decía.
Ezryn dio un paso, rozó el aire con la mano, y el resplandor carmesí respondió como una lengua viva.
—Vamos.
Ella bajó la cabeza un momento. Luego, extendió la mano y dejó que Ezryn la tomara.
El suelo se abrió bajo sus pies. Las venas rojas palpitaban como arterias, y Serenya sintió la tierra reclamarla.
El mundo se convirtió en un torrente ardiente que los impulsó hacia adelante, más rápido que cualquier caballo. El calor los envolvía, denso y eléctrico, como si viajaran dentro de un pulso vivo que no admitía escapatoria.
Ezryn estuvo a su lado, tan cerca que el aire entre ellos dejó de ser suficiente. La tierra los tragó, y el resto del mundo dejó de existir.