Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 28. Marcas en la sombra #2
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28. Marcas en la sombra #2

—Ya lo estoy —confesó Caelan, y se lanzó a su boca como si fuera agua en el desierto.

Lenguas, dientes, aliento compartido. Las manos de él descendieron por su cintura, la aferraron con fuerza, le apretaron las nalgas como si fueran suyas desde siempre. Ella lo arañó en el pecho, lo besó en la mandíbula, bajó a su cuello, lo lamió, lo mordió, mientras Caelan gruñía de placer.

—Joder, muérdeme otra vez… —susurró con voz rota.

—¿Así? —murmuró, y le clavó los dientes en el hombro, justo donde la tensión le ardía.

Él la levantó de golpe por los muslos, la empujó contra su propio cuerpo, la lamió desde el ombligo hasta el pezón, saboreándola.

—Estás tan mojada que voy a entrar sin esfuerzo —jadeó contra su piel—. Solo que aún no te lo mereces.

Ella se rio entrecortada.

—¿Y si me porto bien?

—Si te portas bien… —le lamió el pezón, luego lo mordió con los dientes apretados— tal vez te deje tragarme primero.

—¿Tragarte? —ronroneó ella, deslizándose por su cuerpo—. Voy a comerte hasta que me duela la mandíbula. Y cuando termines de gritar, vas a pedirme más.

Sus labios llegaron al vientre de él. Lo besó allí. Luego bajó. Despacio. Con los ojos fijos en los suyos. Pero justo cuando él pensó que iba a cumplir su amenaza, ella se apartó. Se sentó sobre sus muslos. Sonrió. Pura condena.

—¿Tienes prisa? Yo no.

De un gesto, las sombras de ella surgieron como dedos líquidos.

Lo acariciaron. Lo envolvieron. Le rozaron donde el cuerpo pierde toda defensa, la base, el tronco, la punta...

Caelan gritó, un rugido que hizo vibrar la piedra bajo ellos; las sombras le amarraron los brazos y las piernas hasta dejarlo indefenso frente a ella.

—Vas a pagar por esto, Serenya.

Ella lo miró con deseo puro, ardiendo en la mirada. Su pecho subía y bajaba.

—Entonces tómame si puedes.

Serenya se irguió sobre él. Las sombras seguían sujetándolo, retorciéndose alrededor de sus muñecas como brazaletes de oscuridad viva. Su cuerpo tenso. Duro. Esperando. Ella lo miró desde arriba, con la boca entreabierta, el cabello cayéndole como una cascada sobre los pechos.

—Hazlo —murmuró él—. Reclámame.

Y por un instante no fue el heredero ni la sombra, sino un hombre ofreciéndose al borde del abismo. No sabía si estaba pidiéndolo… o entregándose. No luchó. Se dejó sostener por las sombras.

Lo montó, tomando lo que él ya le había ofrecido.

Como si ya fuera suyo. Como si la grieta hubiera encontrado al fin un lugar donde abrirse.

Descendió despacio. Milímetro a milímetro.

Con los ojos fijos en los suyos. Con la boca entreabierta y un gemido ronco temblándole en el pecho.

A Caelan se le escapó el aire, pero no dejó de mirarla.

—Dioses… —gruñó, con los dientes apretados—. Estás tan jodidamente mojada que me resbalas hasta el alma.

Serenya se arqueó, tragándoselo entero.

—¿Lo sientes? —susurró, moviendo las caderas en círculos, lentos, implacables.

Lo apretó. Firme. Hasta que él dejó de respirar un segundo. Caelan la miraba como si fuera un milagro hecho carne. Como si cada gemido suyo fuera una religión que estaba dispuesto a adorar de rodillas.

—Muévete —rogó él, y esta vez no hubo orgullo en la voz—. Por favor.

—¿Por favor? —ronroneó ella, mientras subía y bajaba, dejando que solo la punta entrara y saliera en una tortura deliciosa—. ¿El príncipe suplicando? Me gusta.

Y siguió. Lo cabalgó con una cadencia que parecía mística. Lo apretaba en cada vaivén, sosteniéndolo un segundo más de lo necesario. La piel de sus muslos chocaba con sus caderas con un sonido húmedo.

—¿Te gusta sentir cómo te exprimo, Caelan? —murmuró mientras se inclinaba hacia él, los pezones rozando su pecho—. ¿ Te gusta que te folle como si solo tú pudieras llenarme?

—Me estás volviendo loco… —Se removió, intentando soltarse de sus sombras—. Quiero morderte. Quiero romperte.

—Hazlo —retó ella—. Rómpeme con la lengua. Con los dientes. Pero no me quites el control. Hoy, mando yo.

Lo hizo gemir. Abrió más las piernas, lo tragó hasta la base. Subió. Bajó. Se frotó contra su piel. El placer comenzó a apoderarse de ellos. Cuando Caelan sintió que ya no podía más, las sombras liberaron sus muñecas.

La agarró por la nuca y la atrajo a su boca. La besó con los dientes, con la lengua, con el alma. Le mordió el labio, el cuello, la clavícula. Ella gemía sobre él, se apretaba, se enloquecía. Y él… él estaba al borde de la locura.

—Cuando me sueltes las piernas, no me vas a contener.

—Eso espero —murmuró, y siguió torturándolo.

Ella siguió moviéndose sobre él, llevándolo al límite sin concederle todavía el control. Lo apretaba en cada bajada y lo sostenía un segundo más de lo necesario. Sus sombras vibraban alrededor, tensas, expectantes.

Cuando por fin lo liberó, Caelan no dudó. La giró con un movimiento seco y la hizo caer sobre la piedra tibia de la orilla. Se colocó entre sus piernas sin salir de ella, sosteniéndola por las caderas.

Sus miradas chocaron un segundo —oscuro, cargado— antes de que él comenzara a moverse. No fue suave. La embistió firme, profundo, marcando el ritmo con el cuerpo entero. El sonido húmedo rebotó contra las paredes de la terma.

—Más —exigió ella.

Él aceleró. La sostuvo con una mano y con la otra buscó el punto exacto entre sus cuerpos. La sintió tensarse, abrirse más, aferrarse a él como si quisiera arrastrarlo consigo.

—Te voy a llenar hasta que no sepas si el calor entre tus piernas es mío o tuyo —murmuró contra su boca.

Ella se quebró primero. El orgasmo la atravesó desde el vientre hacia arriba, cortándole la respiración, apretándolo con una fuerza casi violenta. Caelan gruñó al sentirla quebrarse así sobre él. Y entonces la sostuvo con más fuerza.

Sus manos se cerraron sobre su cuerpo, marcándola, arrastrándola contra él mientras el ritmo cambiaba, más hondo, más firme, más suyo. No la apartó. No rompió la distancia.

Recorrió su pierna y, en un movimiento fluido, la enganchó sobre su brazo. Una leve curvatura tensó su boca, casi salvaje.

—Aún no —murmuró, con la voz tensa—. No hemos terminado.

La sostuvo abierta para él, sin dejar de mirarla. Sus manos ya no eran suaves: la guiaban, la fijaban, la acercaban más. Serenya sintió el calor arremolinarse otra vez en su interior. El placer volvía a crecer, embestida a embestida.

Se aferró a su espalda, respondiéndole sin medida. La cabeza se le fue hacia atrás sin poder evitarlo. Su cuerpo tomó el control, moviéndose, yendo a su encuentro. El cuerpo de Serenya todavía temblaba cuando la llevó con él, sin soltarla, sin darle espacio para caer del todo.

Y cuando finalmente se quebró, lo hizo contra ella, aferrado, hundiéndose hasta el fondo como si ese fuera el único lugar donde podía quedarse.

El gemido se le escapó áspero, contenido, y su cuerpo se tensó por última vez antes de ceder.

Pero no se apartó. Se quedó dentro, respirando contra su piel, aún aferrado a ella.

Serenya no había terminado. El calor seguía creciendo, en espiral, tomando de nuevo el control de su cuerpo.

Se aferró a él, buscándolo sin pensar, moviéndose contra su cuerpo en una insistencia que ya no era ritmo, sino necesidad.

Caelan exhaló contra su cuello, dejándose arrastrar por ese impulso, sosteniéndola mientras seguía moviéndose con ella, sin apartarse.

Más hondo. Más lento. Como una segunda ola que no rompía, sino que la envolvía por completo.

Se tensó contra él, aferrándose con una fuerza nueva, el aliento deshecho en su piel. Y solo entonces el cuerpo cedió.

Quedaron así, unidos, respirando el mismo vapor. El agua volvió a aquietarse. Las sombras se deslizaron alrededor, satisfechas, como si hubieran sido testigos de un pacto antiguo. Caelan apoyó la frente en la de ella. Ya no había amenaza en sus ojos. Solo algo crudo.

—Nadie me ha tocado así jamás… No por fuera. Por dentro. —Respiró hondo, todavía dentro de ella—. No me dejes otra vez.

Serenya le sostuvo la mirada.

—Nadie te ha visto entero.

En ese silencio cargado de vapor y sombra, ambos supieron que aquello no terminaba allí. Era una marca. No en la piel. En el lugar donde arde.