Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 28. Marcas en la sombra
42%

28. Marcas en la sombra

El eco de la muerte de Sarel aún vibraba en las paredes cuando Serenya salió de las mazmorras. La daga seguía húmeda en su mano, pero no de sangre: algo más oscuro, más denso. Su poder había respondido. Había recorrido su brazo, había afilado el gesto… pero la decisión había sido suya.

La oscuridad se arremolinaba bajo su piel, exigiendo más, un pulso vivo que no se apagaba con la muerte.

Ezryn no la siguió; se quedó mirándola con esos ojos burdeos encendidos, grave.

Ve con él, había dicho. Y ella lo hacía, porque lo necesitaba.

Porque podría haberlo perdido… y necesitaba sentir que no lo había hecho.

No eran sus pies los que decidían el camino.

Era algo más hondo. Más antiguo. Esa sensación que nunca había sabido explicar cuando se trataba de Caelan.

No era deseo. No exactamente. Era ese instante —raro, inconfundible— en el que el cuerpo reconoce antes que la mente, y algo en ella se tensaba con solo saberlo cerca.

Una reacción limpia, sin pensamiento, sin permiso.

La primera vez había sido así. No lo había rozado, ni siquiera lo había buscado, y aun así su piel había respondido con una certeza que no venía de ningún lugar que pudiera nombrar, que no había pedido y que no supo —o no quiso— desmentir del todo.

Lo había ignorado. Había seguido adelante, pero no había desaparecido.  Nunca lo hacía. Tampoco entonces.

Una atracción ciega la arrastraba a través de corredores y escaleras como si el castillo mismo la guiara. Las piedras vibraban bajo su paso. Las sombras reptaban por los muros, adelantándose. Cada rincón susurraba un nombre que no necesitaba pronunciar.

El aire cambió al acercarse al ala oeste: más húmedo, cargado de vapor. Un murmullo sordo, como de agua agitándose en su propio pecho, se filtraba desde detrás de una puerta antigua, marcada por runas casi borradas. No había dudas. Él estaba allí.

Empujó la puerta y lo vio. De espaldas, dentro de la antigua sala de termas, hundido hasta la cintura en el agua humeante. El vapor se deslizaba por su piel desnuda como una segunda sombra, perlada de gotas que resbalaban lento por cada línea de músculo. Los tatuajes Umbrae vivos bajo la humedad.

Caelan no miró atrás. La sentía en la espalda. En la piel. Y aun así, por un instante, Serenya no se movió.

Lo miró. Solo eso. Como si necesitara asegurarse de que no era un recuerdo mal cosido a la realidad. De que no llegaba tarde a algo que ya había terminado.

El alivio no fue suave. Fue violento. Le atravesó el pecho.

Seguía vivo.

Seguía ahí.

Y su cuerpo necesitaba comprobarlo.

Entonces se movió. Porque no tocarlo ya no era una opción.

Serenya se sumergió en el agua sin dudarlo y la piel fue lo único que llevó consigo. Lo tocó de inmediato, sin preámbulos, con propósito.

—Sigues marcado —susurró con rabia contenida—. Pero no roto.

Sus dedos rozaron su nuca, dándole espacio para apartarse si lo necesitaba. Caelan cerró los ojos un instante e inspiró profundo. Y no se apartó. Eso —más que cualquier palabra— terminó de romper lo que aún quedaba en pie.

Serenya deslizó la mano por sus hombros, despacio, para reconocer. El calor, la tensión, la vida bajo la piel.

—Pensé que te perdía —murmuró, más bajo.

El aire se tensó entre ambos. Caelan no respondió de inmediato, pero algo en su postura cambió.

—Yo también —dijo al fin, casi en el mismo aliento.

Serenya no esperaba aquella respuesta. No de él, ni dicha así. Porque Caelan siempre había parecido hecho de algo más resistente que el resto del mundo.  Aquello no sonó a fortaleza, sino a miedo. Y fue eso lo que terminó de romperla.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, acortó la distancia que aún quedaba entre ellos. Simplemente para estar cerca. Sus brazos rodearon su cintura y apoyó la frente contra su pecho húmedo.

Durante un instante no ocurrió nada. Luego, sintió cómo el cuerpo de Caelan se tensaba bajo sus manos. Y después cedía. Despacio.

Los brazos de él la rodearon con fuerza, atrayéndola contra su cuerpo hasta borrar el último espacio entre ambos.

El calor de su piel. El agua deslizándose entre ellos. El sonido de su respiración. Todo desapareció bajo una sensación mucho más simple y mucho más peligrosa.

Alivio.

Serenya cerró los ojos porque aquello era real. Seguía vivo. Notó los labios de Caelan rozarle el cabello. Un gesto pequeño. Casi involuntario. Y, sin embargo, algo dentro de ella se quebró.

—No vuelvas a hacerme eso —murmuró contra su pecho.

Sintió la risa grave de él vibrar bajo su mejilla.

—Intentaré no volver a dejar que me secuestren.

Aquello arrancó de sus labios una carcajada breve, ahogada, absurda después de todo lo ocurrido.

Cuando levantó la cabeza para responderle, descubrió que él ya la estaba mirando.  Muy cerca. Demasiado cerca.

El humor desapareció primero. Luego, el aire. Y después todo lo demás. Porque había cosas que podían ignorar. Mentiras que podían contarse. Preguntas que podían seguir evitando. Pero no aquello. No después de haber estado a punto de perderse.

La mirada de Caelan descendió hasta su boca. Solo un instante. Serenya sintió la tensión recorrerle la piel como un hilo encendido.

—Sigues aquí —susurró.

Los ojos de él se suavizaron.

—Sigo aquí.

Aquello debería haber sido suficiente. No lo fue. Nunca lo era con él.

Fue Caelan quien terminó de inclinarse. Lento. Dándole tiempo para apartarse. Dándole una salida que ninguno de los dos quería. Y cuando sus labios se encontraron, ninguno de los dos tuvo prisa.

—Te necesito —musitó él— y hace mucho que no necesito a nadie.

Serenya recorrió su cuerpo, acariciando desde los hombros hasta las caderas. Caelan se tensó, el agua vibrando alrededor de su cuerpo… pero no se apartó. La buscó. La sostuvo ahí.

—Estás lleno de sombras. —Su voz le rozó el pecho—. De guerra. De silencio. Pero debajo de todo eso… —Su mano descendió—. Estás tú. No el heredero. No lo que cargas. Solo tú. Caelan no se movió de inmediato.

Sus dedos se cerraron sobre su cintura, para asegurarse de que seguía ahí. El pulso le golpeaba en la garganta, desacompasado, como si su cuerpo no hubiera decidido todavía si retroceder o terminar de caer.

La miró un segundo más de lo necesario, como si estuviera a punto de decir algo.

No lo hizo. Pero ese instante quedó entre ellos.

Exhaló, el aire quemándole los pulmones.

En lugar de apartarla, dio un paso hacia ella.

En sus ojos no había dudas, solo una elección consciente.

Y en ese gesto, Serenya lo entendió. Era la misma urgencia que la había arrastrado hasta allí.

La forma más primitiva de no soltarse.

De no deshacerse el uno del otro.

La verdad la golpeó con una fuerza inesperada.

Aquello era exactamente lo que había estado evitando desde que recuperó los recuerdos.

La facilidad con la que Caelan encontraba siempre el camino hasta las partes de ella que prefería mantener cerradas.

Y eso era mucho más peligroso que cualquier beso.

Sintió el impulso absurdo de decir algo. De responder. De admitir que ella también lo había necesitado. Que había recorrido medio castillo porque el simple hecho de no saber dónde estaba le resultaba insoportable. Pero las palabras se quedaron atascadas.

Abrir aquella puerta significaba aceptar demasiadas cosas. Y Serenya todavía no estaba preparada para mirarlas de frente.

Dudó un instante. Si lo sentía… si respondía… entonces era real. Y no podía permitirse que lo fuera.

Así que hizo lo que mejor sabía hacer. Refugiarse en el lenguaje que nunca le había fallado. Sus dedos lo envolvieron, palpitante, deslizándose arriba y abajo con una cadencia lenta.

La otra mano descendió entre sus piernas, masajeándolo con una suavidad más íntima que obscena, como si acariciara un talismán prohibido. Su cuerpo tembló, pero no se apartó. La sonrisa que sostuvo lo decía todo: se entregaba por completo, sin reservas.

—¿Te gusta cuando te busco así? —susurró ella, mojándose los labios.

—Serenya…

—¿Sí? —Le rodeó la punta con la mano, haciéndolo estremecerse—. ¿Qué quieres hacerme, Caelan? ¿Enterrarte tan profundo que me tiemblen las piernas durante días?

Apretó los dientes. La mandíbula tensa. El pecho agitado. Estaba al límite. Y ella subió el nivel: extendió la mano y el agua respondió. Una corriente helada se deslizó entre ellos, una caricia tan fría que le arrancó un jadeo.

—¿Qué…?

—Relájate —dijo ella, mordiéndose el labio inferior en un gesto juguetón—. Te prometo que va a mejorar.

Y mejoró.

El agua se encendió como una lengua ardiente, mientras ella seguía acariciándolo con precisión. Caelan gimió, un sonido puro, masculino, desarmado.

—Mírame —ordenó ella.

Obedeció. Y la vio. Ella abrió las aguas frente a él, arrodillada, el cabello mojado pegado al rostro, los pezones duros. El agua goteaba cuando bajó la cabeza… y lamió la punta. Solo una lamida. Lenta. Lujuriosa. Delicada como una maldición.

—Dioses… —jadeó Caelan.

—Te saboreo —susurró ella—. Y quiero más. Pero no aquí.

Y corrió. No esperó a que él reaccionara. Se impulsó hacia atrás, el agua resbalando por su cuerpo. Su risa estalló, cristalina, sucia. Los pezones erguidos por el aire.

—¿A dónde crees que vas? —gruñó Caelan.

Ella solo lanzó una mirada por encima del hombro.

—¿Tanto te cuesta atraparme?

Con movimientos gráciles, dejó caer el agua para complicar el avance de Caelan. Él la siguió. Sin sonrisa, sin juegos. Sus sombras, debilitadas todavía por el tónico, intentaban alzarse como serpientes cansadas. Aun así, avanzaba como una bestia hambrienta.

—Juro por todos los dioses —bufó, justo antes de alcanzarla— que te voy a follar tan duro que no vas a volver a correr nunca más.

Ella giró justo cuando la atrapó. Cayeron juntos sobre la orilla, la piedra tibia bajo la espalda de Serenya. Las sombras de Caelan temblaron alrededor, incapaces de formar más que un velo oscuro. Ambos rieron, los cuerpos entrelazados, ardientes.

—¿Eso crees? —susurró ella, con la respiración agitada—. Tal vez sea yo la que te deje temblando.