Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 27. La noche en vela
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27. La noche en vela

La sala se había quedado sin palabras. Solo el crepitar tenue de las lámparas de aceite y el roce de las botas contra la piedra llenaban el vacío.

Ya no había más mapas que desplegar, ni más rutas que discutir: todo lo habían repasado una y otra vez hasta desgastarlo. Lo único que quedaba era la espera.

Una mancha de cera extendida sobre la mesa atrapaba la mirada de Serenya, mientras sus manos enlazadas en el regazo contenían la tensión que le atenazaba el pecho. Enfrente, Lioran había cruzado los brazos sobre el pecho y sostenía los ojos entrecerrados, rehusando entregarse del todo al cansancio.

De un lado a otro, pasos incansables quebraban el silencio. Ezryn caminaba con la inquietud de un depredador enjaulado, solo eso delatando su furia contenida.

Kyrion permanecía junto a la puerta, inmóvil, la espalda apoyada en la piedra. Parecía tallado en hierro, como si se hubiera condenado a no dormir nunca más.

Serenya se venció hacia delante, los brazos sobre la mesa, los párpados cayendo como puertas selladas.

Lioran cedió al fin, inclinando la cabeza en sacudidas breves.

Ezryn resistió más, los ojos encendidos en la penumbra, hasta dejarse caer en una silla, el cuerpo doblado, los labios torcidos como si aun en sueños discutiera con alguien. Así los alcanzó el amanecer.

Los gritos estallaron desde el patio, atravesando las ventanas como cuchilladas.

Serenya abrió los ojos de golpe; Ezryn ya se había erguido, el brazalete vibrando en su muñeca con un pulso que parecía responder a su rabia.

Lioran se enderezó bruscamente, buscando el origen del alboroto.

Kyrion no se movió: ya tenía la mano en el picaporte, como si hubiese aguardado ese instante.

El portazo retumbó y Varnek irrumpió tambaleante, cubierto de polvo y sangre seca, la capa hecha jirones, los ojos hundidos por el cansancio. Un tajo le cruzaba el pecho y la respiración se le rompía como si hubiera corrido sin tregua.

—Lo tienen —jadeó. Avanzó hasta la mesa y arrojó un pliego arrugado, manchado de barro. El sello roto era inconfundible—. Los Dareth exigen un matrimonio. Vaelith y Caelan. Si no, matarán al heredero. Y a Theneira.

Hasta las paredes parecieron contraerse.

Una mano temblorosa —la de Serenya— se estiró hacia el pliego.

Lioran apretó los puños hasta volver blancos los nudillos.

Ezryn calló, pensativo. Y en el umbral quedaba una sombra.

Nadie lo oyó partir. Solo el vacío que dejó atrás anunció que ya se había ido.

La reina escuchó la noticia con la espalda recta y los ojos incendiados. El pliego aún temblaba en su mano cuando lo arrojó sobre la mesa, como si el papel en sí fuese veneno.

—Creen que pueden negociar con mi hijo como si fuera una ficha en su tablero. —Sus palabras resonaron como un trueno—. Que se preparen para pagar el precio de la osadía.

No necesitó dar más órdenes. El salón entero se agitó como un panal herido.

Capitanes despertados de madrugada, mensajeros corriendo por corredores estrechos, campanas tañendo con furia.

Afuera, los establos se llenaron de relinchos, los herreros encendieron hornos, y los soldados comenzaron a armarse con la disciplina de quienes saben que la guerra nunca avisa, solo llega.

Ezryn permanecía de pie junto al mapa, demasiado quieto para alguien que odiaba esperar.

—Cada hora que perdemos aumenta su ventaja —dijo con tono de general.

Selhara lo fulminó con la mirada, su poder vibrando en el aire como una amenaza.

—He dicho que será mi ejército quien se mueva. No el tuyo. —Sus trenzas se agitaron—. Esta es tierra Umbrae. Aquí se obedece mi voluntad, no la de un Sangreth.

Tajante.

Ezryn no replicó; quien lo hizo, en cambio, fue Lioran.

—Una ofensiva precipitada sería un suicidio. Los Dareth esperan que reaccionemos con rabia.

La reina le sostuvo la mirada con dureza.

—No necesito consejos de extranjeros. —Se giró hacia los capitanes—. Movilicen a los destacamentos. Si Varethia se incendia, arderá bajo mi orden.

Serenya luchaba con aquello que bullía su interior, desbordada por la idea de ellos a merced del enemigo. Se llevó una mano al pecho, como si pudiera contener la sacudida en carne propia.

—¿Y si ya es tarde? —murmuró.

Selhara la miró y, por un latido del mundo, algo en sus ojos cedió. Enseguida recuperó la dureza de la reina.

—No habrá tarde mientras yo respire.

El salón volvió a llenarse de pasos y voces, hasta que un rumor distinto comenzó a crecer en el patio. Voces más altas. Pasos que corrían. El retumbar de cascos atravesando el portón principal.

Serenya levantó la cabeza, con el corazón golpeándole en la garganta.

—Caballos —susurró.

Y entonces los gritos atravesaron el castillo.

El estrépito se hizo más claro. Ezryn fue el primero en moverse. Cruzó la sala y abrió las puertas hacia el patio. El aire frío les golpeó el rostro.

En el centro del empedrado, entre guardias que retrocedían, aparecieron dos caballos.

Caelan iba erguido a pesar de la palidez, con las muñecas marcadas por los grilletes recientemente rotos.

Su sombra lo envolvía débil, temblorosa, como un eco apagado.

Kyrion sostenía a Theneira sobre la silla.

La sangre le empapaba el costado de la túnica; el rostro lívido, los ojos cerrados, apenas aferrada a la vida.

Y arrastrado con una soga al cuello, atado de manos, venía Sarel: el hombre que había sido de la confianza de los Umbrae, reducido a una mirada perdida.

Serenya dio un paso al frente, la garganta estrangulada.

—Theneira…

Caelan desmontó de un salto, tambaleante, pero todavía con la estampa de un príncipe que no se quiebra ante nadie. Se acercó al caballo de Kyrion y tomó a Theneira en brazos.

—Vive. Pero necesita a Lerith ya.

Vaelith corrió hacia ellos. Sus manos temblaban, pero aun así apartó con cuidado el cabello pegoteado de sangre de su frente.

—Mírame, Theneira. Aguanta.

Un niño que había estado jugando en la entrada soltó todo y salió disparado, gritando el nombre de la sanadora por los corredores.

Lerith llegó poco después, sin aliento, los ojos alarmados. No traía bálsamos ni vendas, solo la autoridad de su voz.

—¡Llevadla a la sala de curas! —Se inclinó lo justo para comprobar la herida, y alzó la mirada sin admitir réplica—. Ahora. Si la demoráis un instante más, la perdemos.

Los guardias obedecieron sin vacilar. En un abrir y cerrar de ojos, Theneira desapareció en un torbellino de órdenes y respiraciones agitadas.

De la larga escalera descendió Selhara. La corona no cayó de su frente, pero en ese momento no fue reina, sino madre: tomó el rostro de Caelan con ambas manos, como si quisiera memorizarlo de nuevo, como si no creyera que aún respiraba. Tembló, aunque no se quebró del todo.

—Mi hijo…

Caelan agachó la cabeza.

—No pudieron con nosotros.

En ese gesto, breve como un parpadeo, sus ojos buscaron los de Kyrion. No hubo palabra, pero el reconocimiento estaba allí.

Kyrion inclinó el rostro, como quien acepta una deuda que nunca será dicha en voz alta.

Selhara lo notó. La mandíbula se le tensó, ocultando entre orgullo y rencor aquello que no podía permitirse mostrar.

Solo entonces soltó a Caelan, recomponiéndose.

Dio un paso atrás, los ojos como acero, reina otra vez.

Serenya, al otro extremo, lo observaba. El corazón le ardía en la garganta: vio el tajo en su piel, la sombra debilitada, la palidez en los labios…

y esa necesidad absurda, inmediata, de comprobarlo por sí misma, de tocarlo y cerciorarse de que seguía allí, intacto bajo la herida.

Se obligó a respirar. Estaba vivo. Y el alivio dolía más que la angustia.

Ezryn reparó en Sarel, maniatado y hundido de rodillas.

—Ahí está la primera pieza.

Selhara lo fulminó con la mirada, pero no lo contradijo.

—Aquí está vuestro traidor —Kyrion se adelantó unos pasos, la mirada clavada en la reina.

El eco de esas palabras resonó en cada muro, como si el castillo mismo las hubiera estado aguardando.

—A las mazmorras —ordenó Selhara.

Los soldados arrastraron a Sarel, el tintineo de las cadenas resonando en los muros como un juicio adelantado. Cerró los ojos un momento, mientras apretaba los puños, y, luego, se volvió hacia Kyrion. Nadie más oyó lo que dijo.

—¿Estás bien?

Un asentimiento, seco. Selhara parpadeó.

—Ve a la sala de curas. Debemos asegurarnos de que estás bien —le exigió a Caelan, clavando sus ojos en él.

—Estoy bien, solo unos rasguños. Me golpearon por detrás y me dieron un tónico para evitar que mis sombras me respondiesen. —Los ojos buscaron a Kyrion—. Sin él, no estaría aquí.

En ese momento, Varnek irrumpió, con la ropa desgarrada y la piel marcada por heridas. Tras él, una joven de cabello oscuro lo siguió; los ojos encendidos de lágrimas lo delataron antes que las palabras. Sin contenerse, corrió hasta él y se aferró a su brazo.

—Pensé que no volverías —murmuró.

Varnek inclinó la frente contra la de Caelan y la guerra pareció detenerse en ese abrazo. Fue breve, pero bastó para devolver al salón un aire distinto: no todo era traición y pérdida, también quedaba algo por lo que luchar.

Selhara no dio margen a la emoción. Alzó la voz, devolviendo a la sala su gravedad.

—El traidor será interrogado. Y no por cualquiera. —Sus ojos recorrieron a todos hasta posarse en Ezryn—. Sangreth, tú leerás su verdad. Nadie en esta sala sabe arrancarla como tú.

Caelan asintió con dificultad.

—Es lo que corresponde. Yo no podría. Mi sombra sigue debilitada y no me arriesgaré a que escape a través de mí. —Lo miró con respeto—. Debes hacerlo.

Ezryn se detuvo, su mano buscó el pecho, justo donde bajo la tela reposaba el colgante que nadie veía. Lo apretó un segundo, como si la decisión se anclara ahí, en un peso secreto.

—Será un juicio íntimo.

Serenya dio un paso hacia él.

—Te acompaño.

Ezryn meneó la cabeza, lento.

—No. No quiero que me veas así.

Ella no replicó en voz alta. Su mirada lo sostuvo y su pensamiento viajó directo a él, sin escapatoria.

—Te acepto. Todo. Lo que quieras mostrarme… y lo que no.

El burdeos de sus ojos titiló, como una chispa ahogada antes de prender fuego. Cerró los dedos sobre el colgante y apartó la vista, brusco, como quien no soporta ser desarmado. Asintió y sin mirarla caminó hasta las mazmorras.

El aire allí se pegaba a la piel como un sudario húmedo. Las antorchas chisporroteaban contra la piedra rezumante y cada paso retumbaba como si el propio castillo quisiera escuchar.

Sarel aguardaba, encadenado a un bloque de hierro, la piel marcada por la soga y los ojos brillando con un desprecio que no se molestaba en ocultar. Al verlos entrar, sonrió. No era la sonrisa de un hombre derrotado, sino de quien cree haber vencido incluso en la derrota.

Ezryn se acercó despacio.

—Sabes lo que viene —murmuró.

Sarel escupió al suelo.

—Lo que viene es la caída de vuestra estirpe. Mezclarse con la sangre de la perdición Kael… eso sí es traición. Y tú, Sangreth, no eres mejor: llevas la podredumbre en los huesos.

Serenya sintió cómo rugía lo que escondía en su interior. El odio de Sarel era antiguo, como una raíz negra.

Ezryn alzó la mirada. No necesitó moverse ni pronunciar palabra.

Su don se expandió hasta el traidor. Al principio, Sarel solo se sacudió en las cadenas, con una sonrisa torcida aún prendida en sus labios.

Pero en segundos la risa se quebró: sus ojos se abrieron desorbitados, el aliento se le cortó en el pecho, la piel enrojeció como si estuviera ardiendo por dentro.

—Sirvo a los Dareth… —escupió entre espasmos—. No por oro ni promesas… sino porque es la única sangre que merece reinar. Virel, Maldrick, Kael… deformidades, errores de los dioses. Yo solo… limpié el camino.

Las palabras eran nada frente a lo que él veía. Las imágenes lo golpearon como cuchilladas.

El pasillo del Bastión, soldados aguardando la señal, la sombra de Serenya desatada y un cuerpo quebrado contra la piedra. La voz de Sarel susurrando a espaldas de Caelan, indicando rutas, horarios, el sitio perfecto para la emboscada .

Su mano sellando el mensaje que avisaba a los Dareth de que Serenya había entrado al Bastión, de que se acercaba al heredero.

La figura de Elias inclinada sobre Kyrion, la tentación al oído, y detrás de él, la sombra de Sarel abriendo la puerta para que el veneno de las palabras entrara.

Sus ojos contemplando cómo él mismo realizaba un juramento de sangre la noche en que enfrentó a Elias.

Una antorcha en un mapa, señalando caminos errados, desviando huestes para que la sangre hiciera el resto.

Sintió la garganta arder, el juicio íntimo rugir a través de él como una bestia que quería acabar de una vez. No apartó la mirada: obligó al traidor a exhalar cada crimen, cada traición como si fueran su última respiración.

El rostro de Ezryn se contorsionó y Serenya lo entendió de golpe: no estaba destruyendo solo a Sarel. Dio un paso al frente, el corazón latiendo como un segundo tambor en su pecho.

—Ezryn.

Él giró un poco la cabeza. En sus ojos ardía la furia… y algo peor: la fatiga de quien se condena con cada acto.

—Déjame terminar —murmuró, ronco.

Serenya negó, con firmeza.

—No. No ensucies más tu alma. Déjamelo a mí.

Sus pupilas se dilataron y el mundo pareció estrecharse hasta quedar reducido a ese hombre encadenado frente a ella. Fue una decisión fría, tomada en el lugar exacto donde ya no cabía más duda.

Sarel abrió la boca para maldecirla, pero el acero fue más rápido y le cortó la palabra antes de que existiera.

La hoja encontró su garganta con una precisión limpia…

y algo en la grieta rugió con ella. No hubo grito ni exceso, solo el impacto sordo del cuerpo contra la piedra y el eco mínimo de las cadenas al tensarse.

Serenya sostuvo la escena sin parpadear. Solo cuando el silencio se asentó de nuevo sintió el temblor en las manos y comprendió que aquella muerte no había sido impulso, sino elección. Había cruzado una línea que ya no volvería a desandar.

Los ojos de Ezryn no mostraban burla ni condena, sino un reconocimiento extraño. Se acercó lo suficiente para que solo ella lo oyera.

—Ve. —Sonrió, pero la luz no llegó a su mirada—. No soy yo quien te pesa en el pecho.

Serenya no apartó la vista. Algo se agitó en su interior, vivo, ajeno a toda obediencia.

No hizo falta responder.