Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 26. Las grietas en casa
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26. Las grietas en casa

La noche había caído sobre Varethia como un manto de hierro. La luna, un delgado filo de plata, se abría paso entre nubes pesadas que parecían arrastrar consigo el silencio de un mundo en suspenso.

Desde las murallas, los vigías casi no se atrevían a respirar; en los jardines, las fuentes callaban como si hasta el agua temiera romper la quietud.

El castillo entero vibraba bajo esa espera: un rumor de pasos contenidos, de antorchas que chisporroteaban más de lo debido, de puertas que se cerraban con un cuidado excesivo.

Serenya estaba en la sala alta, la de los ventanales que miraban hacia el patio de armas.

Allí, la piedra parecía más fría que nunca.

Ezryn aguardaba a su lado, recostado contra el muro, con una mueca tranquila diseñada para ocultar demasiado.

Lioran se mantenía de pie junto a la mesa larga, la espalda erguida, las manos enlazadas, como un juez paciente que espera la confesión de los culpables.

Ella no se había sentado. La tensión seguía clavada en el cuerpo, como si en cualquier momento fuera a girarse y salir.

Dio un paso hacia la puerta.

—Ni se te ocurra —murmuró Ezryn, sin apartarse del muro.

Serenya se detuvo.

—No vas a ir sola —añadió, más bajo—. No esta noche.

Se llevó las manos al rostro, exasperada .

—Moverte ahora es exactamente lo que esperan —intervino Lioran, con calma—. Si hay una trampa, sigue abierta.

El impulso no desapareció. Solo cambió de forma.

Nadie encontraba reposo en la sala. Vaelith no podía estar quieta. Caminaba en círculos, los dedos crispados en la tela de su falda, la respiración a saltos. Cada paso resonaba como un latido roto en el suelo.

—No puedo… no puedo quedarme de brazos cruzados —repetía, una y otra vez, como si al pronunciarlo encontrara el aire que le faltaba.

Serenya dio un paso hacia ella, pero antes de llegar a tocarla, Mirel, quien había regresado horas atrás, sin que nadie supiese exactamente de dónde, la alcanzó. Le sujetó los hombros con firmeza, sus ojos oscuros ardiendo de una calma prestada.

—Si te rompes ahora, ¿quién sostendrá a Theneira cuando vuelva?

La heredera apartó la vista, pero el temblor en sus labios la delataba. Mirel no cedió: la rodeó con un gesto seco y la sacó de la sala, cerrando la puerta tras de sí.

Nadie habló.

Un murmullo áspero se filtró desde el pasillo. Una voz que no pertenecía a la calma de la sala.

Serenya alzó la cabeza.

Ezryn ya estaba en movimiento.

Cruzó la estancia y abrió la puerta.

En el pasillo, bajo la luz temblorosa de las antorchas, Selhara se erguía como una sombra real.

Su figura estaba envuelta en un resplandor azulino, las trenzas agitándose en un aire que no corría.

El poder se filtraba en cada fibra de su cuerpo: sus ojos, tan semejantes a los de Caelan, ardían con un fulgor que imponía silencio antes de que pronunciara una sola palabra.

—¿Lo has permitido? —Selhara lo miró como si no lo reconociera.

Kyrion aguantó su mirada .

—Lo vi marcharse —admitió—. Es mi hijo, sí… pero no tengo autoridad para imponerle nada. —Levantó el mentón, el orgullo colándose en su gesto—. Caelan no se inclina ante nadie.

Selhara avanzó un paso, con furia contenida.

—Pues entonces debiste acudir a quien sí la tiene. —Su tono fue un golpe seco, regia, inapelable—. A mí. Yo soy su reina. Si no podías detenerlo, debiste traerlo ante mí.

Las sombras de Kyrion se agitaron en torno a sus botas como bestias inquietas, pero él no se movió.

—Él no se dejaría arrastrar ni por un rey —gruñó.

—Lo hubiera hecho por su madre. —El veneno en las palabras de Selhara partió el aire—. O al menos, por su reino.

Se giró de golpe, la capa ondeando tras de sí como una llamarada oscura.

El silencio que dejó detrás no fue alivio.

Ezryn no apartó la mirada de Kyrion.

—No tienes nada que hacer aquí —dijo al fin, sin alzar la voz.

Kyrion no se movió.

—Puede que no —respondió—. Pero sigue siendo mi hijo.

—Curioso momento para recordarlo —replicó Ezryn, seco.

La tensión se estiró entre ambos como una cuerda a punto de romperse.

—Basta. —Serenya dio un paso al frente—. Se queda.

Ezryn giró la cabeza hacia ella, despacio.

—¿Estás segura?

—No —admitió—. Pero prefiero tener cerca a quien ya ha demostrado de lo que es capaz.

Solo el ulular de un búho se escuchó en el castillo.

Luego, Ezryn exhaló por la nariz y Kyrion cruzó el umbral.

Afuera, la luna seguía pendiendo como una hoz fría; las guardias cambiaban, los soldados murmuraban entre ellos, y el castillo contenía la respiración. Adentro, la conversación se afinó hasta convertirse en estrategia.

Serenya se sentó en el borde de la mesa, las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Ezryn paseaba cortas distancias, repasando posibles rutas y tiempos, como un hombre que ensaya una batalla.

Lioran apoyó el mentón en el dorso de la mano y desplegó el mapa: calles dibujadas, horarios marcados, la herrería, el mercado, los accesos.

—Lo primero —empezó Ezryn—... ¿quién sabía que iríais al mercado hoy? ¿Quién podía coordinar una emboscada con precisión?

—Solo quienes hubieran visto la salida —respondió Lioran con la voz rasposa del que cuenta horas—. Y quien sabe el calendario de los guardias. Y Sarel —agregó—. Él también conocía nuestro itinerario desde el Bastión hasta aquí…

Serenya tragó saliva.

—Sarel es un hombre de Caelan —murmuró ella—. Protegía a la familia desde siempre. ¿Por qué querría traicionarlos?

Ezryn clavó la mirada en el mapa, señalando puntas de calle.

—Porque alguien confiable abre puertas. La mejor manera de envenenar un sistema es desde dentro. Si Sarel participó, lo hizo porque le pagaron o le chantajearon.

—O porque le hicieron creer —añadió Lioran—. Las lealtades se compran y se rompen con promesas de sangre o de salvación. No descartes que haya habido coacción.

Kyrion, que hasta entonces había permanecido a un lado, sudor frío en la sien, se acercó al centro de la mesa con los pasos lentos de quien mide su propio peso. No le gustaba hablar por hablar.

—No os engañéis —aseguró, con voz grave, contenida—. Nadie es incorruptible. Yo traicioné creyendo que hacía justicia.

Las palabras quedaron en el aire, cortando como espejos rotos. Serenya lo miró en silencio.

—¿Crees que él…?

Kyrion negó despacio.

—No lo sé. Pero todo el mundo puede flaquear. Hasta el más leal .

Ezryn giró hacia él, los ojos burdeos brillando con un filo que no se dejaba domesticar.

—Un soldado que se deja tentar por otra causa deja de ser soldado. Pasa a ser un arma en manos del enemigo.

Lioran bufó, con ironía.

—Y las armas siempre apuntan a donde más duelen. —Sostuvo la mirada de Kyrion más de lo necesario antes de añadir, con calma gélida—: Sobre todo cuando se confía en quien no se debería.

La distancia pareció tensarse entre ellos, como si incluso las sombras esperaran un movimiento.

—Basta. —Serenya no tembló, aunque el corazón le ardía—. Kyrion me estaba ayudando a investigar tu ataque.

Ezryn arqueó una ceja, girando despacio el brazalete en su muñeca.

—¿Investigando qué, exactamente? —preguntó, con esa media sonrisa, que olía más a amenaza que a humor.

Respiró hondo.

—Entre las hierbas que usaron para curarte había veneno.

Dejó de mover el brazalete y su sonrisa se borró. Lioran asintió, grave, como quien confirma una herida abierta.

—Lo descubrí cuando revisé las mezclas. Era una rama extraña, enmascarada entre raíces medicinales. No era de Varethia.

Ezryn giró la cabeza hacia Kyrion, los ojos burdeos encendidos.

—Y tú lo sabías.

El mayor le sostuvo la mirada, imperturbable.

—No lo supe hasta que Lioran me lo mostró. Pero lo reconocí. Venía del oeste. Alguien quiso debilitarte para que la fiebre acabase contigo.

Serenya sintió su cuerpo responder a ese nombre nunca dicho.

—Conveniente… —Ezryn ladeó la boca en un rictus oscuro—. Siempre eres el primero en señalar de dónde vienen los fantasmas. Casi parece que los hayas visto de cerca .

Serenya bajó la mirada hacia el mapa. El fuego en su interior crepitaba, y las palabras se le escaparon antes de medirlas.

—¿Y si son los Dareth?

Tres pares de ojos se clavaron en ella. Tragó saliva y siguió, aunque la garganta le ardía.

—Si Ezryn moría aquí, Lazhar tendría sangre que vengar. Y mientras Virel y Maldrick se despedazaban, los Dareth podrían erigirse como los únicos capaces de sostener el trono.

Los dedos de Ezryn juguetearon con el brazalete de cuero en su muñeca, con esa insistencia que lo delataba cuando la mente corría más rápido que la lengua.

—¿Quieres decir —arqueó una ceja, la sonrisa ladeándose con desdén— que todo esto fue para usarme como chispa de guerra?

—Para usarnos a todos —corrigió Serenya, con un temblor que no supo contener—. Yo misma pude haber muerto allí, solo para justificar el movimiento. Una grieta menos que complicase el panorama, un heredero caído, y los Dareth con la llave en la mano.

Ezryn inclinó la cabeza, observándola como quien estudia una partida de ajedrez. La burla seguía en sus labios, pero sus ojos brillaban con una lucidez peligrosa.

—Entonces, no fue un error. Fue un tablero. Y nosotros, las piezas.