25. El eco de los ausentes
El silencio aún cubría la habitación. Serenya seguía apoyada en el pecho de Ezryn, los ojos cerrados, el corazón fuera de compás por la verdad que él le había dejado en la mente. No se apartó. Tampoco quiso nombrar el nudo que le cerraba la garganta.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Serenya! —Vaelith irrumpió, quebrada de urgencia.
Ezryn se tensó, girando la cabeza con el filo de un depredador sorprendido en su guarida. Serenya apenas tuvo tiempo de apartarse, el rubor subiéndole a las mejillas como si la hubiesen sorprendido guardando un secreto demasiado íntimo.
Vaelith se detuvo en seco al verlos, los labios entreabiertos, la mirada oscilando entre ambos. Pero no hubo espacio para preguntas.
—Theneira no está. —La frase, cargada de un miedo que no intentó disimular—. Desde esta mañana… nadie la ha visto.
El aire en la habitación cambió, tan súbito como un golpe de hielo. Serenya se enderezó, separando su cuerpo del de Ezryn, no sin esfuerzo.
—No… eso no es posible. Estuve con ella esta mañana. Fuimos al mercado con Sarel.
Su amiga giró la cabeza hacia ella, incrédula.
—¿Y la dejaste allí?
La culpa le cayó como un peso en el pecho.
—Yo… sí. Ella insistió en quedarse un rato más. —Movió el ro stro de uno a otro—. Dijo que quería recorrer los puestos. Y yo… —se quebró, bajando a un murmullo— le pedí a Sarel que no la dejara sola.
«Por los dioses, que no les haya ocurrido nada», pensó.
Ezryn comenzó a caminar despacio por la habitación, cada paso medido como si ordenara pensamientos en el suelo mismo. Sus dedos jugueteaban con el brazalete de cuero de su muñeca, girándolo una y otra vez, un tic que solo dejaba escapar cuando estaba calculando.
—¿A qué hora fue eso? —preguntó sin mirarla, concentrado como el general que a veces ella olvidaba que era.
—Media mañana. Volví con Varnek.
—¿Y desde entonces nadie la ha visto? —preguntó, sin adornos.
Vaelith negó, mordiéndose los labios.
Ezryn cruzó las manos tras la espalda, girando hacia la ventana como si trazara un mapa invisible. Cuando habló, fue con el tono de quien ya ha decidido cómo se libra una guerra.
—Dos desaparecidos. O se marcharon juntos o…
—¡Sarel jamás haría algo así! —estalló Serenya, aunque la sospecha anidaba en su vientre.
—Theneira nunca me dejaría atrás —replicó Vaelith, con un temblor que no disimulaba.
— Quizás estén heridos en algún lado… —agregó Serenya—. Es el hombre de confianza de Caelan...
Ezryn se volvió hacia ellas, los ojos ardiendo en un burdeos implacable.
— Jamás es la palabra favorita de los traidores. —La miró sin parpadear—. Y Caelan ya confió una vez de más.
El peso de esas palabras se asentó en la habitación. Serenya bajó la mirada. La imagen de Theneira sonriendo entre los puestos, confiada, la golpeó con violencia. Había sido su decisión dejarla. Suya.
Ezryn dio un paso hacia la puerta.
—Necesito saber qué comprasteis, con quién hablasteis, qué camino tomasteis... Todo. —Su mirada se clavó en Serenya—. Recuérdalo con detalle.
Su voz no admitía réplica. El brazalete de Ezryn ardió con un pulso tenue, y la grieta proyectó el mercado en su mente con la nitidez de un recuerdo prestado, más vivo que la realidad.
—Recuerdo los puestos, los colores, las voces… —murmuró Serenya—. Ella probó dulces de miel, preguntó por telas… Paseamos, me contó de su ciudad y, entonces, llegamos a la herrería. Yo… la dejé allí con Sarel. Me encontré con Varnek, y regresé con él al castillo.
Ezryn entrecerró los ojos, como si colocara piezas en un tablero invisible.
—No… —murmuró Serenya, frunciendo el ceño—. Hay algo más.
Ezryn se detuvo.
—¿Qué?
—Cuando Varnek llegó… Sarel no reaccionó. No se movió para seguirnos. No discutió con Theneira. —Alzó la vista, más segura ahora—. Se quedó mirando hacia la calle del este. Como si esperara algo.
El silencio cambió de forma.
—Hay dos caminos: o Sarel la llevó a propósito, o alguien lo apartó de ella con la suficiente fuerza como para que no regresara. —Ezryn se giró hacia Vaelith, firme—. Necesitamos a Caelan. Ahora.
No tardaron en hallarlo: estaba en el patio de armas, ajustando las correas de su espada. Su sombra se erguía detrás de él, expectante, como si hubiese presagiado ya lo ocurrido.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin preámbulos, al verlos acercarse.
Ezryn habló primero, su voz meditada, como si cada palabra formara parte de algo ya trazado.
—Theneira no ha regresado desde esta mañana. Serenya la vio por última vez en el mercado, junto a Sarel. Después, desapareció.
El rostro de Caelan se endureció, pero no perdió la calma .
—Saldré a buscarlos.
—No tan rápido —intervino Ezryn, cortante, pero sereno—. El hecho de que Sarel estuviera con ella no garantiza nada. Puede que la protegiera… o que la apartara.
Caelan gruñó, un rugido contenido.
— S no. —Su sombra se agitó, como si respondiera a su voz—. Conozco a ese hombre desde que nació. Lo sostuve en brazos cuando aún no caminaba. No dudo de él.
—Y, sin embargo, alguien sabía el itinerario exacto de Ezryn cuando lo emboscaron en el bosque —replicó Lioran, que había aparecido junto a ellos sin que nadie se percatase de ello—. Los cuchillos siempre entran por la espalda de mano de quienes confiamos.
Serenya dio un paso al frente, el corazón ardiéndole en la garganta.
—Voy con vosotros. Fue decisión mía dejarla allí.
—Y yo también —añadió Vaelith, con una determinación que no admitía dudas.
Pero Caelan alzó la mano, imponiéndose con la autoridad de hierro que no permitía réplica.
—No. Os quedaréis aquí.
—Tengo el poder de las Kael, Caelan —dijo Serenya, alzando el mentón—. No me obligarás a quedarme aquí mientras mi amiga puede estar sufriendo.
—Ni a mí —sostuvo Vaelith—. Es todo para mí.
Las sombras de Caelan golpearon el suelo como un latigazo, y su voz retumbó contra la piedra.
—¡He dicho no!
El silencio cayó de golpe, espeso, como si el propio castillo lo acatara. Sus ojos, oscuros e implacables, las recorrieron a ambas.
—No te arriesgaré —insistió, clavando sus ojos color tormenta en Serenya—. Ni tampoco perderé a una heredera.
—Iré yo —Ezryn dio un paso al frente, las manos en los bolsillos de su pantalón, la vista al frente.
El príncipe Virel se irguió en toda su estatura. La penumbra marcando cada uno de sus rasgos.
—No pondré a un Sangreth en una trampa en mis tierras —añadió—. Menos aún a uno que hace unos días agonizaba en mi castillo.
Ezryn arqueó una ceja, con esa sonrisa ladeada que era provocación pura.
—Vaya… no sabía que te preocupabas tanto por mí. Casi me conmueve.
Caelan le sostuvo la mirada, implacable. Antes de que pudiera escalar más, la voz de Lioran cortó el aire, seca como filo.
—No es cuestión de conmoverse. Es cuestión de sobrevivir. Y si alguno de vosotros olvida eso, Theneira pagará el precio.
Ezryn se irguió. Ya no era solo él, era el príncipe Maldrick.
Dio un paso al frente. Un segundo más y aquello habría estallado.
Entonces, Lioran colocó una mano firme en su brazo y se inclinó hacia su oído.
Nadie oyó lo que le dijo, pero bastó. El burdeos de sus ojos chisporroteó de rabia contenida…
y se apagó en silencio. Chasqueó la lengua, torciendo la boca, como si detestara acatar incluso cuando lo hacía.
El aire se tensó todavía más, hasta que Vaelith lo quebró con un golpe de voz.
—¿Os escucháis? Medís fuerzas como si esto fuera un duelo de egos. ¡Ella está desaparecida! —Las lágrimas anegaban sus ojos—. Theneira vale más que vuestras sombras, vuestros reinos y vuestras cicatrices. Así que dejad de medir quién manda y moved los pies.
Las paredes parecieron estremecerse. Algo en la habitación se volvió brutal de pronto. Caelan alzó la mano otra vez, su sombra golpeando el suelo como un sello.
—Basta. Este es mi reino. Mi voluntad es ley.
Las palabras de Caelan cayeron como una sentencia.
En ese momento, Varnek apareció en el umbral, el manto aún sobre los hombros. Avanzó hasta situarse junto a Caelan con naturalidad.
—No irá solo. Yo lo acompaño .
Durante un minuto, nadie respiró. Serenya sintió su poder embargarla con violencia, presintiendo que esa decisión sellaba algo más profundo que un simple rastreo. Caelan sostuvo su mirada, y un destello casi humano cruzó por sus ojos antes de asentir.
—Seremos dos.
Y sin añadir nada más, ajustó la espada al cinto y salió junto a Varnek. Las sombras lo siguieron como un ejército silencioso, hasta que ambos se perdieron en los corredores.
El eco de sus pasos se desvaneció, pero algo seguía rugiendo en su vientre, insumiso. «Puede que este reino obedezca a Caelan… pero yo no soy sangre ni sombra. Y antes de que la noche caiga, iré a donde deba estar», se prometió a sí misma.