24. El precio de las tumbas
Serenya salió como una exhalación, casi tropezando con el marco de la puerta. El frío del pasillo la golpeó en el rostro como un cuchillo helado, pero no bastó para limpiar la quemazón en su pecho.
Y, detrás de todo, lo insoportable: Caelan había vivido. No un día, ni un año. Una vida entera. Amó, sostuvo, enterró. Fue padre. Y el vértigo la atravesó con un número que no sabía pronunciar sin náusea:
Doscientos treinta y cinco.
Ella tenía veintiún años cuando el mundo la tragó. Veintiún años… y ningún lugar donde colgar el tiempo.
No quiso hablar. No tenía a quién. Solo siguió andando.
Atravesó corredores atestados de gente, pero nadie la rozó.
Los criados, los soldados, hasta los consejeros que murmuraban entre sí, todos se apartaban al sentirla.
El aire alrededor de Serenya vibraba como si estuviera cargado de tormenta.
El castillo parecía notarlo también: las antorchas chisporroteaban, las piedras se tensaban bajo sus pasos, como si sus entrañas reconocieran por fin a quien había vuelto.
No supo cuánto tiempo duró ese vagar, hasta que un olor terroso le rozó la nariz. Levantó la vista y se encontró en los jardines bajos, donde las criptas de piedra se alineaban con solemnidad antigua.
Avanzó leyendo nombres tallados, uno tras otro, como si fueran clavos en piedra. Todo estaba cuidado: flores frescas, hierbas secas, ofrendas mínimas dejadas por manos que aún creían en algo.
Y entonces lo notó.
Faltaba uno.
El último rey no estaba junto a sus predecesores. Su tumba se hallaba en un recodo lateral, donde el musgo trepaba con menos timidez y el sol apenas alcanzaba. No era abandono: la piedra estaba limpia, la ofrenda cuidada, como si alguien vigilara que la memoria se mantuviera.
«¿Qué clase de rey descansa lejos de los suyos?»
—No todos los nombres pueden reposar entre iguales. Algunos rompieron el orden que los sostenía. —La voz llegó suave, casi un roce de sombra.
Selhara estaba allí, tan silenciosa como un recuerdo. Sus ojos, oscuros y serenos, se posaron en la lápida apartada con una calma imposible de descifrar.
—¿Qué hizo? —preguntó Serenya.
Selhara tardó un latido.
—Lo suficiente.
Caminó entre las sombras y desapareció sin mirar atrás, dejándola con más preguntas que certezas, sola frente a una losa que parecía pesar más que todas las demás juntas.
Serenya extendió la mano casi sin pensarlo. La yema de sus dedos rozó la piedra fría. Un escalofrío le recorrió la piel y las sombras a su alrededor se arremolinaron en sus manos. Creyó escuchar algo antiguo que la nombraba, como si aquella tumba guardara algo aún despierto.
Retiró la mano de golpe, el corazón desbocado. Había algo en esa tumba que la reclamaba, aunque no supiera con qué voz. Iba a insistir, a quedarse allí, cuando un murmullo conocido le llegó desde el otro extremo del jardín.
—… No puedes seguir cargando con esto tú solo —Lioran, firme, reconocible.
Serenya levantó la cabeza. Lo buscó con la mirada y lo distinguió junto a Ezryn, bajo las ramas desnudas de un roble que se curvaba hacia la piedra. Estaban de pie, los dos enfrentados, sus siluetas recortadas contra el gris del cielo.
Sin pensarlo, se apartó de la tumba. Sus pies la llevaron hacia ellos con la urgencia de quien se aferra a lo vivo para no hundirse en lo muerto.
—Necesito hablar contigo —Sus ojos buscaron solo a Ezryn.
Lioran la escrutó, como si quisiera asegurarse de que podía dejarla en esas manos. Al final asintió, sin añadir nada, y se alejó entre los senderos del jardín.
—No aquí —le dijo, inapelable, y la cogió de la mano. Su calor la envolvió y, por un segundo, el mundo pareció desvanecerse, como siempre le pasaba cuando estaba con él—. Ven.
La condujo por pasillos estrechos, subiendo dos tramos de escalera, hasta llegar a la habitación de Serenya. Abrió la puerta y esperó a que entrara antes de cerrarla con un golpe quedo. El silencio los rodeó, espeso, como si las paredes fueran cómplices.
—Ahora dime —ordenó, apoyándose contra la mesa, los brazos cruzados—. ¿Qué te tiene así? —Se inclinó y esa sonrisa ladeada apareció como un relámpago—. ¿O simplemente querías tenerme a solas? Porque no me quejaría, la verdad.
Serenya se rio a pesar suyo. Ezryn siempre lograba eso: brindarle alivio incluso cuando estaba al borde de romperse. Meneó la cabeza y tragó saliva, incapaz de mantenerle la mirada más de un segundo. Le quemaba el pecho.
—Caelan… —empezó, restregándose las manos, como si no supiera de qué manera continuar—. Tenía una esposa. Una hija. Un nieto.
Ezryn enarcó las cejas, sorprendido.
—¿Qué?
Por un instante recordó aquel duelo en el Bastión. El dolor no era ajeno; lo había sentido como propio. La ironía quiso asomar, pero se quebró antes de llegar a sus labios.
—¿Un nieto? —La comisura de su boca se tensó—. Eso no lo vi venir.
—Ezryn —le cortó, fulminándolo con la mirada—. Hablo en serio.
—Y yo también —replicó él, encogiéndose de hombros—. No hay nada serio en que estés celosa de una muerta.
—Vivió todo lo que yo no tuve —murmuró, atropellada—. Años. Una casa. Una hija. Y yo… yo me quedé en veintiún años. —Se llevó la mano al vientre—. ¿Qué soy yo frente a eso? ¿Qué puede significar lo que siento para él, si ya tuvo una vida entera antes de mí… y la perdió?
Ezryn se enderezó despacio, descruzando los brazos. Caminó hacia ella sin apartar los ojos, hasta rodearla con los suyos y apoyarla contra su pecho. Sus manos se cerraron sobre su espalda, sujetándola cuando el temblor la deshizo.
Una visión imposible la cegó: dos Serenyas enfrentadas, la joven intacta y otra anciana que nunca existió, como si el tiempo la reclamara por partida doble. Ezryn bajó la cabeza sobre su cabello y la dejó hablar. No la interrumpió, aunque en su silencio había un filo contenido.
—Y pienso en ella… en esa mujer que lo acompañó hasta la vejez, en esa hija que llenó la casa de muñecas, en ese niño que jamás respiró. Y me arde, Ezryn. Me arde aquí dentro. —Golpeó su propio pecho con la palma—. No debería dolerme, pero duele. Como si me robara un lugar que nunca tuve.
Él la apretó más fuerte, hasta casi impedirle respirar y, por fin, murmuró contra su oído:
—Lo que te duele… son tus celos.
Negó con la cabeza.
—No. No es eso. No puede ser eso.
Ezryn rio bajo, sin humor.
—¿Ah, no? —Se apartó lo justo para mirarla a los ojos, con esa media sonrisa que era calidez y cuchillo a la vez—. Entonces dime qué es, porque todo lo que acabas de escupirme huele exactamente a eso.
—No lo entiendes… —Sus palabras se atropellaban—. No son celos. Es… es que pienso en todo lo que él tuvo, en todo lo que yo no, y me siento como una niña comparada con él. Como si siempre estuviera llegando tarde .
Ezryn la estudió con tranquilidad, hasta que su mirada se endureció.
—Lo entiendo mejor de lo que crees. —Su voz bajó, grave, cargada de un trasfondo que no revelaba—. Tal vez demasiado.
La respiración de Serenya se cortó. Había algo en ese tono, como si Ezryn hablara de un dolor que también había probado.
—Sí —susurró al fin, incapaz de sostenerlo más—. Estoy celosa de una muerta, Ezryn. ¿Lo entiendes?
Él soltó una carcajada seca, incrédula, y le enmarcó el rostro con las manos.
—Claro que lo entiendo. —Se apartó lo justo para mirarla—. Pero dime… ¿Qué esperabas de él? ¿Que no viviera?
Su pecho se contrajo.
—Ezryn… —La ternura endulzando el nombre.
Él bajó la mirada, el filo de la ironía volviéndose más oscuro.
—No soy un santo. Viví, toqué, probé… —Su sonrisa se torció con desdén—. Y nada de eso valió la pena como para dejar huella. Lo único que se quedó… fuiste tú. —Sus ojos se clavaron en los de ella, rojizos, encendidos—. Nadie está tan loco como para retener un fantasma.
El silencio cayó entre los dos. Ezryn no apartó la mirada.
—Dices que lo amas. Dices que me amas. Y aun así lo quieres solo para ti. ¿Amar a dos hombres no es bastante carga?
—Ezryn…
—No —la interrumpió, acariciándole la mejilla con el pulgar, suave, aunque sus palabras fueran duras—.
No te comportes como una niña, Serenya. No conmigo.
Ni con él. Ya no tienes veintiún años, aunque la grieta te arrancara de Thelarys.
No eres la misma: ni en la carne, ni en el alma.
—Su mirada se suavizó un segundo, lo justo para que doliera más—. Sigo aquí.
Serenya temblaba entre sus brazos, rota entre el consuelo y el peso de sus verdades, como si reconociera en esas palabras su propia condena.
Y, aun así, él no se apartó. La sostuvo con fuerza, apoyó el mentón en su coronilla.
Ella cerró los ojos, desarmada, y se dejó arrullar por el ritmo de su corazón: un golpe áspero que, sin embargo, era lo único estable en medio del derrumbe.
Ezryn respiró hondo sobre su cabello, como si contuviera algo que no debía decir. Entonces lo oyó. No en sus labios, sino en la punzada ardiente que atravesó su mente, tan nítida que la hizo estremecer.
—Quizá lo que más te duele no es que él amara antes.
Serenya lo escuchó y se estremeció. El corazón le retumbó en la garganta, como si esa verdad hubiera estado aguardando desde siempre.
«Ojalá pudiera odiarlo por hablarme así», pensó, pero hasta el odio se le negaba.