Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 23. Iria
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23. Iria

La puerta no cedía. Serenya movió el picaporte una y otra vez, primero con paciencia; luego, con rabia contenida. El pasillo estaba vacío, enmudecido, como si todo el castillo supiera que no debía acercarse allí.

—¿Qué escondes, Caelan? —murmuró.

La madera permaneció implacable. Probó con la fuerza, con un tirón que le tensó los hombros. Nada. El cerrojo parecía encajado en lo más profundo del marco, como si formara parte de la propia puerta.

Se apoyó en la puerta, el aliento áspero contra la madera fría. «Déjate guiar por el instinto», recordó la voz de Lioran, firme como si estuviera a su lado.

Cerró los ojos, contuvo el aire y dejó que el poder pulsara bajo su piel. No bastaba con empujar. Tenía que escuchar. Las sombras se deslizaron primero con torpeza, tanteando los bordes como dedos ciegos. La madera resistió, vibrando como si reconociera la intrusión.

—Vamos… —susurró entre dientes, sintiendo cómo la energía la drenaba con cada intento.

El pulso respondió al fin. Los filamentos se colaron bajo el marco, explorando el mecanismo oculto hasta encontrar el punto exacto. Un chasquido seco quebró el silencio.

El cerrojo cedió.

El aire que escapó de la estancia olía a cuidado, no a abandono. Empujó la puerta con cautela. Dentro, la penumbra la envolvió como un secreto intacto.

Los vestidos colgaban de ganchos de madera, aún perfumados de hierbas dulces.

Sobre un tocador de espejo limpio descansaban peines de marfil y frascos vacíos que alguien se había molestado en alinear con precisión.

El lecho estaba tendido, sin arrugas, como si cada mañana unas manos invisibles se encargaran de mantenerlo digno.

En la esquina, un detalle quebró su aliento: un arcón abierto dejaba ver muñecas de trapo, un caballo de madera y un pequeño vestido plegado con esmero. Era también una habitación de niña.

Serenya avanzó despacio, recorriendo con la yema de los dedos la barandilla de la cama, la tela de un vestido oscuro, el lomo gastado de un libro de fábulas. Todo estaba vivo, como si alguien lo cuidara todavía.

El chirrido de la puerta la heló. Se giró en seco. El hombre que la desvelaba estaba en el umbral. No llevaba armadura ni armas, solo la sombra que había guardado más de lo que podía sostener. Sus ojos se clavaron en los suyos con una dureza que no le había visto nunca.

—¿Qué haces aquí? —No fue un rugido, pero la tensión contenida valía más que cualquier grito.

Serenya apretó los puños, forzándose a sostenerle la mirada.

—Busco respuestas. Y parece que tú llevas años escondiéndolas.

Caelan cerró la puerta tras de sí y el golpe seco resonó como una sentencia.

—No tienes derecho a estar aquí.

Serenya no retrocedió. Dio un paso hacia el tocador, donde los frascos alineados parecían vigilarla.

—¿Y tú sí tienes derecho a esconder todo esto?

—Su mano rozó el borde de un vestido colgado, la tela temblando entre sus dedos.

Un eco infantil estremeció la estancia: no un sonido claro, sino la sensación de una risa que nunca debió apagarse—.

Una vida entera encerrada, como si nunca hubiese existido.

Caelan se movió con rapidez, deteniendo su gesto con la suya. Su agarre no fue violento, pero sí inapelable. La miró primero a ella. Luego a la habitación.

—No toques nada.

La rabia ardió bajo la piel de Serenya.

—¿Por qué ocultar una habitación como si fueran fantasmas?

La pregunta quedó suspendida, desgarradora.

Caelan sostuvo su mirada más de lo debido y algo se quebró en su expresión: una herida tan antigua que parecía no pertenecer al presente.

Desvió la vista un segundo, como si la penumbra pudiera tragarla a ella también.

Pero cuando volvió a mirarla, ya no quedaba nada que atravesar.

—Vete.

El tono no fue un grito, pero pesaba como una sentencia. Serenya dio un paso hacia él, obstinada.

—No hasta que me digas quién dormía aquí. —Su voz tembló, pero se sostuvo—. ¿Tu esposa?

El gesto de Caelan fue un latigazo.

—No te atrevas.

No retrocedió.

—¿Quién? No me digas que esta habitación está vacía. No me digas que este perfume, estas muñecas, esta cama tendida… son un recuerdo inventado.

La grieta en el pecho de Serenya palpitaba, como si reconociera la herida de él.

—¿Dónde está ella, Caelan?

Su respiración se volvió áspera. Sus sombras golpearon las paredes como aves atrapadas.

—Era de Iria. —Se quebró en un murmullo que parecía arrancado con tortura. Nunca antes lo había visto tan roto—. Mi hija.

Serenya se heló. El nombre la atravesó como un eco imposible.

—Tu hija… —repitió, y en su mente las piezas encajaron con brutal claridad—. Entonces… Varnek. Por eso, lo llaman alteza.

El corazón de Serenya empezó a latir más rápido. Un mareo súbito la embargó.

No era solo el título. Ni el linaje.

Era el tiempo.

Las palabras de Caelan regresaron como un golpe seco: «La grieta no solo se la llevó a ella. También nos marcó a quienes la vimos romper el mundo».

El aire le faltó.

«Yo ya tendría que haber muerto hace más de un siglo».

Su respiración se volvió superficial.

«A los que estábamos allí… nos detuvo el tiempo».

No del todo. No como un hechizo.

Como una herida que nunca cerró.

Serenya sintió un frío lento deslizándose por la espalda.

Caelan no era viejo.

Era antiguo.

Y, sin embargo, seguía allí.

Levantó los ojos hacia él y lo vio apretar los dientes, como si el nombre de Varnek le incendiara las venas.

—La amaba —explicó al fin, sin apartar la vista de la cama intacta—.

Como si el mundo no pudiera tocarla mientras él estuviera delante.

—Una sombra de sonrisa cruzó su boca y murió casi de inmediato—.

Eran inseparables, y tan jóvenes... Tuvimos que darles permiso, ¿sabes?

Si se lo negábamos, habrían huido igual.

El recuerdo le tensó la mandíbula.

—Varnek no es mi sangre. —La mirada se le endureció—. Pero es lo que me queda de ella. —Tragó saliva—. Fue su esposo. Su compañero. El padre de su hijo. —Una pausa. Solo un latido—. Y desde ese instante… lo miro como a un hijo. Aunque el mundo diga otra cosa.

Serenya tuvo que obligarse a respirar. No reconocía al hombre que tenía delante: el Caelan que hablaba ahora lo hacía con una ternura herida, con un amor que parecía imposible en su forma habitual de estar en el mundo.

Él desvió la mirada hacia la cama intacta. En ese gesto había un vacío que no cabía en la habitación .

—Yo estaba afuera. Esperando. —La voz le salió áspera—. Ella gritaba… y Varnek estaba dentro.

Las sombras vibraron contra las paredes.

—Confiaba en que el mundo no me la quitaría. —Negó, como si aún discutiera con el recuerdo—. Cuando el silencio cayó… supe. Enterré a mi hija. —Una pausa—. Y a lo que no llegó a vivir.

Algo se cerró entre ambos.

—¿Y tu esposa?

Caelan pasó la mano por el cabello de una muñeca.

—La amé. —No fue grandilocuente, fue simple—. Me sostuvo cuando todo lo demás se quebró. —Sus dedos se tensaron—. Vivimos lo suficiente. —Alzó la vista, y en sus ojos no había furia. Solo cansancio antiguo—. La vi apagarse despacio. Con mi mano en la suya.

Silencio.

—Ahora vete.

Ella dio dos pasos hacia él, con la intención de cogerlo entre sus brazos.

—Caelan… Yo…

El filo de su paciencia se quebró. Avanzó hacia ella, la sombra de su cuerpo envolviéndola.

—¡Basta! —rugió, y su furia estremeció las paredes—. Ya lo sabes. ¡Ahora, vete!

Las sombras estallaron alrededor, negras y desatadas, golpeando los muros, el suelo, el aire mismo. Pero antes de que tocaran un vestido, un peine, una muñeca, se replegaron con violencia contenida. Caelan temblaba, cada músculo encendido, como si domar esa energía lo desgarrara por dentro.

Serenya lo miró, el corazón retumbando en sus costillas. Pensó en intentarlo de nuevo, en tenderle la mano, pero la rabia en sus ojos era imposible de atravesar. Retrocedió. El aire de la estancia seguía impregnado de perfume, pero estaba cargado también de un dolor insoportable.

Sin decir nada más, salió y dejó que la puerta se cerrara detrás de ella, sellando otra vez un secreto que pesaba más que cualquier cadena.