Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 22. Nombres ocultos
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22. Nombres ocultos

Serenya volvió al pueblo al amanecer. Y al siguiente. Y al siguiente. El castillo empezaba a quedarle estrecho, como si las piedras susurraran medias verdades, pero se negaran a completarlas. Necesitaba encontrar algo que encajara antes de que la incertidumbre la devorara.

Avanzaba entre los puestos con paso curioso, aunque Theneira no dejaba de reírse de todo lo que veía: telas colgadas como banderas, hogazas que aún humeaban, niños descalzos corriendo con manzanas en las manos.

—No se parece en nada a las ferias de mi hogar —murmuró, probando una fruta confitada y poniéndola frente a los labios de Serenya—. Aquí la gente sonríe. En Velarion, nadie se atrevería a hacerlo, al menos no cuando los Dareth están delante.

Sarel, el soldado que las guiaba —un hombre enjuto, de barba rala, a quien todos llamaban simplemente S —, caminaba a su lado con gesto seguro, como si conociera cada callejón.

—El mercado es viejo, está repleto de secretos que ni siquiera las guerras lograron borrar —explicó.

Serenya lo observó de reojo. Sarel iba un paso delante, como si hubiese elegido el camino antes de que ellas lo pensaran. El parloteo de Theneira la sacó de su ensimismamiento. No había callado desde que salieron del castillo. Era la primera vez que se adentraba en Varethia y todo la deslumbraba .

—Allí, el sol brilla más. O quizás es el hielo lo que lo vuelve más intenso. No lo sé…

Doblaron por un callejón. El calor de la forja les golpeó de frente: hierro al rojo vivo, martillos cayendo, el crujido del fuego.

Entre los aprendices, un hombre de hombros anchos y manos curtidas alzó la vista hacia ellas.

Su piel estaba marcada por cicatrices leves y, bajo el delantal tiznado de hollín, había una dignidad impropia de un obrero cualquiera.

Serenya lo miró de frente. El hombre, en lugar de ignorarla como los demás, se inclinó con una reverencia contenida.

Frunció el ceño.

—¿Por qué…?

El herrero sostuvo su mirada con un respeto tenso, como si al hacerlo quebrara una norma no escrita.

—La profecía habla de la sangre que regresaría a estas puertas —explicó, levantando un poco la voz para hacerse entender bajo el ruido del yunque—. Y ese pulso está en ti.

Las palabras se le clavaron como un hierro incandescente. No tuvo tiempo de responder: un estrépito de cascos retumbó en la plaza, levantando polvo. Serenya giró, el corazón acelerado, esperando ver a Caelan. Pero el jinete que desmontaba no era él.

Varnek saltó del caballo con ligereza, cayendo a dos pies sobre la grava, con la seguridad de quien domina la escena.

Llevaba un manto de gala sobre la ropa oscura, el broche metálico resplandeciendo en el pecho.

Nada quedaba del joven de Trenhal; cada pliegue de su atuendo lo acercaba más a un príncipe que a un artesano.

Sonrió, con ese gesto fácil que parecía reclamar la atención sin esfuerzo. Un criado se adelantó y se inclinó.

—Alteza.

Varnek negó con brusquedad, aunque la curva no se borró de sus labios.

—Soy solo Varnek.

El eco de aquella palabra quedó suspendido, prohibido y revelador a la vez.

— Milady —dijo, con una cortesía que parecía ensayada y natural a la vez—. Justo iba de camino al castillo para presentarme ante la reina. ¿Me permitirías escoltarte de regreso?

Varnek le ofreció el brazo a Serenya con desenvoltura, y al mismo tiempo entregó las riendas a un criado que ya corría a sostener el caballo. Serenya aceptó el gesto con una leve inclinación de cabeza. Juntos emprendieron el camino hacia las murallas.

—Id vosotros —interrumpió Theneira, cruzando los brazos—. Yo quiero quedarme un poco más.

Serenya la miró con paciencia resignada.

—Entonces quédate, pero no sola. —Se volvió hacia su guía—. Sarel, acompáñala y no te apartes de su lado.

El soldado inclinó la cabeza, obediente.

—Pero señora… debería ir con usted.

Serenya solo lo miró, sus ojos tornándose dorados. Controló su temperamento y le sonrió.

—Por favor, Sarel.

—Como ordene.

Theneira le dedicó a Serenya una sonrisa traviesa antes de girarse hacia los puestos del mercado, impaciente por perderse entre colores y voces.

Serenya, en cambio, caminó junto a Varnek hacia el castillo. El murmullo del mercado fue quedando atrás mientras él dejaba caer comentarios sueltos sobre Varethia.

—Varethia siempre huele distinto al amanecer —comentó él, casi para sí—. A especias… y a sal.

Serenya lo miró de reojo.

—¿Te criaste aquí?

Varnek negó con suavidad.

—Aprendí a volver. Es diferente.

Siguieron caminando en silencio. La inquietud terminó por empujarla a hablar.

—En el pueblo te han llamado alteza . ¿Por qué?

Varnek giró hacia ella como si hubiese esperado la pregunta .

—El pueblo nombra lo que cree suyo.

—¿Y qué creen que eres tú?

Como única respuesta, una leve sonrisa.

Antes de que pudiera repreguntar, el patio del castillo se abrió ante ellos. Selhara descendía los escalones de mármol con el porte de una reina, pero sus brazos se extendieron con la ternura de una madre al recibirlo.

—Varnek. —Su voz, cálida, quebró el aire frío. Serenya abrió los ojos. Nunca había escuchado ese tono en Selhara, ni siquiera cuando se dirigía a su propio hijo—. Has vuelto al fin.

Lo abrazó sin reservas y él respondió con naturalidad, como quien regresa a un lugar que siempre le perteneció.

Kyrion aguardaba a un lado, inmóvil, pero cuando Varnek se apartó de Selhara inclinó la cabeza en ese saludo Umbrae que no era pleitesía, sino reconocimiento. Serenya se volvió piedra: Kyrion no lo hacía con cualquiera.

Los criados se alineaban a lo largo del patio y, uno tras otro, repetían la misma leve inclinación de cabeza que Serenya había visto en el pueblo. Ese reconocimiento callado envolvía a Varnek como un manto invisible.

Caelan apareció, vestido sin gala ni armadura, tan sobrio como siempre.

Sus pasos no llevaban la rigidez del hierro, sino la gravedad de lo inevitable.

Se acercó a Varnek sin dudar y le sostuvo la nuca con firmeza.

Varnek respondió del mismo modo y durante un instante apoyaron sus frentes en un gesto breve, solemne, cargado de una historia que ella no alcanzaba a comprender.

Al separarse, la mirada de Caelan rozó a Serenya un segundo más de lo debido. Ese silencio pesó más que cualquier palabra.

Ambos sonrieron, se dieron la vuelta y caminaron junto a Selhara y Kyrion hacia el interior del castillo. Varnek no necesitó indicaciones: avanzó por los corredores con la seguridad de quien conoce cada piedra.

Serenya se quedó en el patio, observando cómo la puerta se cerraba tras ellos. El eco de los saludos aún pesaba en el aire. Alteza , le habían dicho en la plaza. Y, entre las murallas donde Caelan reinaba con sombra y hierro, todos parecían confirmarlo sin nombrarlo.

El desconcierto se le clavó como una astilla. No fue hacia la sala de Selhara, sino hacia la puerta.

El pasillo estaba en penumbra, impregnado de una quietud distinta al resto del castillo. No había guardias ni criados. Solo esa puerta cerrada que guardaba algo que no debía existir.

Serenya apoyó la palma contra la madera. El poder latió bajo la piel, ansioso, como si también quisiera saber qué se ocultaba allí dentro.

Inspiró hondo y empujó el picaporte.