Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 21. Lo que no descansa
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21. Lo que no descansa

Al día siguiente, cuando el peso de la noche aún se resistía a ceder del todo, Serenya cruzó los corredores del ala norte. El pasillo estaba frío, como si hubiera escuchado demasiado, y se negara a guardar un secreto más.

Un dolor sordo le pesaba en el vientre desde la madrugada, esa punzada irregular que no era del todo extraña, pero que la obligaba a ajustar el paso. «No ahora», pensó, conteniendo la mueca. No podía permitirse detenerse por un malestar tan mezquino cuando la verdad seguía oculta.

No esperaba encontrarlo allí, pero Kyrion la aguardaba, sombra paciente contra la piedra. La penumbra se deslizaba sobre su armadura con familiaridad.

—Sabía que vendrías.

Serenya no frenó el paso, pero clavó la mirada en la suya.

—Si quieres hablar conmigo, será con claridad. Ya no estoy para enigmas. —No sabía de dónde había salido ese tono. Pero no lo corrigió.

Una mueca leve le cruzó el rostro, más cerca de la resignación que de la burla.

—He seguido el rastro de los hombres que atacaron a Ezryn en el bosque. Eran Virel, movidos por la rabia… pero no actuaban solos. Conocían el itinerario al detalle, cada desvío, cada guardia. Alguien les entregó la ruta y la orden.

Se detuvo para observarlo. Sus ojos desprendían destellos dorados .

—¿Alguien de confianza?

—Las hierbas lo confirman —prosiguió Kyrion, contenido—. El veneno entró con el resto de las medicinas. Alguien abrió la puerta.

Serenya tensó la mandíbula. El recuerdo de Ezryn desangrándose sobre la hierba se mezcló con el de aquel insecto muerto en la mesa de Lioran, y la náusea le subió de golpe, obligándola a tensar la mandíbula.

—¿Alguien que viajaba con nosotros, con quien compartimos el pan? ¿Sabes quién?

El dolor en el vientre se apretó un poco más.

Kyrion bajó la voz.

—No todavía. Pero no era solo contra él.

El frío del pasillo le caló la espalda. Sostuvo el gesto firme, aunque la náusea del recuerdo le revolvía el estómago.

—Entonces sigue buscando. Y cuando tengas un nombre, tráemelo a mí.

El acero de sus ojos se encontró con el de ella. Hubo algo de orgullo en esa dureza, pero también un matiz que no alcanzó a disimular.

—Tienes más derecho a esa verdad de lo que imaginas. —Su mandíbula se tensó—. No todos los reyes descansan donde deberían…

Serenya respiró hondo, plantada frente a él, sin apartar la mirada.

—No me hables con medias verdades, Kyrion… no ahora.

Él no contestó de inmediato.

—No olvides donde duermen mis lealtades, Serenya. Estoy arriesgando todo por ayudarte, por recuperar a mi hijo. Pero hay… —Se detuvo—. Hay verdades que juré guardar, aunque merezcas descubrirlas.

—Lo que me ocultan, lo descubriré sin tus enigmas.

Dio un paso hacia ella y, por primera vez, no parecía un soldado, sino un padre que buscaba algo en el rostro de su hija.

—No eres solo la heredera de una profecía. Eres más. La elección no es un mito, Serenya .

El silencio apenas había terminado de tensarse cuando Serenya sintió el mareo subirle como un golpe de hierro candente. El vientre le dolía con un tirón sordo y la respiración se le volvió desacompasada.

Kyrion se inclinó hacia ella, la mano tendida.

—Estás pálida —murmuró, con un gesto brusco que pretendía sostenerla.

Antes de que pudiera rozarla, la furia irrumpió en el corredor.

—¡Apártate de ella! —rugió Caelan, sus sombras apartando a Kyrion en un único movimiento.

Kyrion trastabilló por el impacto y alzó las manos de inmediato, retrocediendo con el ceño fruncido.

—No la toqué.

Jadeante, Serenya logró alzar la voz, aunque el aire le costaba cada vez más.

—¡Caelan, no! No es él… soy yo.

Las sombras se crisparon un segundo más antes de replegarse, obedeciéndolo.

Aún temblaba de rabia contenida. El suelo pareció quebrarse bajo los pies de Serenya.

El pulso desordenado la dobló sobre sí misma.

Caelan se arrodilló de inmediato, sujetándola entre sus brazos.

La dureza de su gesto se fracturó en urgencia.

—Respira conmigo —le murmuró, bajando el tono, casi un ruego.

Sus manos, firmes, buscaron en la memoria. Como antes. Le sostuvo la nuca y le cubrió los hombros con su capa. La calidez de aquel gesto la devolvió, poco a poco, al presente.

—No es la grieta… —alcanzó a susurrar Serenya, apoyada contra su pecho—. Solo… la regla.

Caelan parpadeó, sorprendido. Luego asintió con gravedad, como si de pronto comprendiera todo.

—Ven. —Su tono se volvió casi íntimo—. Aquí no.

La acompañó hasta su habitación y, una vez allí, la ayudó a recostarse. Se movía con una naturalidad que desarmaba: cerró las ventanas para templar el aire, encendió la lámpara más tenue y la arropó con una manta ligera.

—¿Quieres que te consiga algo? —preguntó, inclinándose lo justo para mirarla a los ojos.

Serenya negó con un gesto breve, aunque en su interior lo agradecía. El cansancio le pesaba demasiado como para fingir dureza.

El guerrero dudó y, finalmente, se retiró.

El tiempo se volvió lento hasta que regresó. Llevaba una bandeja: una taza de té humeante cuyo aroma amargo delataba hierbas para el dolor, un trozo de chocolate y un pequeño saco de lino relleno de semillas calientes.

—Esto ayuda más de lo que crees —dijo, colocando todo con cuidado sobre la mesa.

Sin mirarla, tomó el saco de lino y lo apoyó sobre su vientre, sosteniéndolo un segundo más de lo necesario antes de retirarse.

Serenya lo miraba en silencio, demasiado agotada para esconder la sorpresa.

—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó al fin, mezcla de curiosidad y desconfianza.

Caelan le acercó el té sin apartar la mirada de ella. Dejó la taza de su lado derecho, sabiendo que prefería ese ángulo. Por un momento, la dureza de su rostro cedió a algo antiguo.

—No es la primera vez que hago esto —murmuró, casi para sí.

Lo observó, desconcertada. Había algo en su tono que no pertenecía al presente.

Cuando la puerta se cerró, la estancia quedó en un silencio denso, roto solo por el chisporroteo de la lámpara. Serenya llevó una mano al saco de lino sobre su vientre, intentando calmar el dolor… pero el verdadero ruido no estaba en su cuerpo.

No todos los reyes descansan donde deberían.

Las palabras de Kyrion giraban como cuchillas.

«¿Dónde está su cuerpo? ¿Quién lo ha visto realmente?»

Cuanto más lo pensaba, menos sentido tenía. Si el rey no estaba en su tumba, significaba que alguien había mentido.

Se incorporó levemente y bebió el té, en sorbos pequeños.

El recuerdo del tallo venenoso sobre la mesa de Lioran volvió a atravesarla como una astilla. El veneno, la ruta filtrada, la emboscada en el bosque. Hasta entonces había querido verlos como sucesos aislados, pero ¿y si todos eran hilos de un mismo telar?

El veneno había entrado mezclado con las medicinas, como si alguien conociera cada envío que atravesaba las puertas.

Los atacantes del bosque sabían de antemano el itinerario, cada desvío, cada guardia.

Ezryn no debía salir con vida de aquella emboscada.

Y Kyrion… Kyrion hablaba de lealtades selladas, pero nunca las nombraba del todo.

Cuanto más lo pensaba, más nítida se hacía la conclusión: había alguien dentro moviendo las piezas, alguien que conocía demasiado bien lo que estaba haciendo y que no temía jugar con vidas ajenas, la suya incluida.

La grieta le palpitó bajo la piel, vibrando como si aprobara sus sospechas.

—Si el rey no está muerto —susurró en voz baja, un fantasma en la penumbra—... nada de lo que nos han contado lo está.

Terminó el té y lo dejó en la mesa de noche con un leve ruido que reverberó en la habitación vacía. Se arropó mejor, los ojos ardiéndole por el dolor, pero en su cabeza nada se detenía, ni siquiera cuando la alcanzó el sueño.

Cuando despertó más tarde, la lámpara estaba apagada y el dolor se había reducido a un murmullo soportable. El té y el calor habían apaciguado lo peor.

El comedor del ala baja estaba abierto. Sobre la mesa había pan fresco, un cuenco de frutos y una jarra de agua especiada. Lioran y Ezryn conversaban con las mujeres; Theneira reía por algo que Vaelith acababa de susurrarle al oído.

—¿Y Mirel? —preguntó Serenya, tomando asiento.

—Ha ido al pueblo —respondió Vaelith, sirviéndole un poco de fruta—. Apenas pisa el castillo. Siempre encuentra excusas para estar fuera.

Serenya asintió, aunque la idea se le quedó clavada. «Nunca comparte la mesa. Siempre lejos, como si algo la empujara a huir».

El almuerzo transcurrió sin más, pero al levantarse notó la ausencia de Caelan. No estaba ni en el patio de armas ni en los corredores principales. Algo en su instinto le dijo que no era casualidad.

Horas más tarde, al pasar por la galería alta, creyó verlo doblar hacia el ala más antigua del castillo. Una puerta se cerró con suavidad tras él.

La sospecha la atravesó como un latido.