20. Entre veneno y memoria
La habitación de Lioran estaba impregnada de ungüentos resecos y de un aroma áspero a hierbas machacadas.
Sobre la mesa, una lámpara derramaba luz ámbar que se quebraba en los frascos alineados.
Serenya cerró la puerta tras de sí y alzó la mano: el aire se tensó como si una membrana invisible sellara las paredes.
—Aquí no nos escucharán —murmuró.
Lioran asintió. El cansancio se le marcaba en las ojeras, pero sus manos permanecían firmes mientras desenvolvía un paño. Sobre la madera quedó un tallo pálido, con venas azuladas que parecían reptar bajo la luz.
—Esto estaba entre las hierbas de Ezryn —explicó—. Lo trajeron el otro día, con aquellas que Lerith solicitó para tratarlo. No es de aquí. Los herbolarios lo negaron: no conocen nada parecido.
Cortó el tallo y dejó caer una gota de su savia lechosa sobre un insecto atrapado en un frasco. El animal convulsionó, patas crispadas, hasta quedar rígido.
—No mata de inmediato. Lo vacía. Si alguien con fiebre lo bebiese… —Calló.
Serenya observó el insecto inmóvil. El nombre de Ezryn aún flotaba en el aire. La lámpara titiló. El paño se contrajo, arrugado por un soplo que nadie había dado .
—Serenya —dijo Lioran, firme, sin alzar la voz—. Mírame.
Ella apretó los puños, los ojos fijos en el insecto muerto. La estancia entera parecía ceder bajo su peso. Lioran apoyó una mano en su brazo, cálida, segura.
—Ezryn sigue vivo. Contigo. Acuérdate.
El aire fue cediendo. La lámpara recuperó su luz estable y la tensión se disolvió. Serenya exhaló, el sudor perlándole la piel.
—Alguien la introdujo a propósito —expuso al fin, ronca—. No fue un error.
Lioran anudó el paño con un tirón seco.
—Y si no es de aquí… significa que hay manos extranjeras dentro del castillo.
Se pasó la mano por la frente, la respiración aún áspera. Lioran le tendió un paño limpio y ella lo aceptó, sin apartar la mirada del tallo envuelto.
—No podemos quedarnos en sospechas. —Templó el tono—. He pedido a Kyrion que nos consiga información.
El gesto de Lioran se endureció.
—¿Confiar en él? Es abrir la puerta a quien ya traicionó una vez.
—No confío —corrigió Serenya—. Le he dado una oportunidad. Y si falla, sabré dónde están sus lealtades.
La duda tensó la mirada de Lioran. Al final asintió, breve, resignado.
—Mi lealtad está contigo, siempre. No hagas nada sin avisarme. —La contempló un segundo—. Iré detrás de Ezryn. No pienso dejarlo solo mientras esto se resuelve.
—Hazlo. Yo hablaré con Caelan. Necesitamos tenerlos a los dos en pie, aunque ninguno me lo ponga fácil.
Lioran recogió los frascos, los guardó con gesto meticuloso y se ajustó la capa sobre los hombros.
—Ten cuidado, Serenya. La verdad no mata menos que un veneno.
Ella levantó el velo con un último impulso y dejó que el aire volviera a fluir, ligero otra vez.
El patio estaba casi vacío. El suelo de grava retenía aún el calor del día y las espadas de práctica descansaban contra la piedra. Caelan esperaba impaciente, con los brazos cruzados, sombra erguida entre las columnas.
—Has tardado —espetó, sin moverse.
Serenya arqueó una ceja, deteniéndose a unos pasos.
—Y aun así podría ponerte de rodillas —replicó, provocándolo, con una media sonrisa que no tenía nada de inocente—. Quizá valga la espera.
El destello en los ojos de Caelan fue breve, pero real. Descruzó los brazos y le tendió una espada roma.
—Demuéstralo.
El primer choque de metal retumbó contra la piedra, sacudiéndole los dedos y le dejó claro que no iba a ser tan fácil como había insinuado. Cada embate era una exigencia, un recordatorio de que la fuerza no concede treguas.
—Más firme —ordenó, corrigiendo la posición de su muñeca con una cercanía que no era estrictamente necesaria. El contacto le encendió la piel, aunque se retiró enseguida.
Bloqueó un golpe, luego otro. La práctica se convirtió en pulso: avanzar, retroceder, resistir. Serenya sintió que cada impacto le arrancaba aliento y memoria.
Un tropiezo la dejó descubierta. Caelan la sujetó por la muñeca, firme, obligándola a sostenerle la mirada. Un destello de otra vida, un recuerdo callado que ninguno se atrevió a nombrar.
Desde la galería superior, Ezryn los observaba. La sombra le cubría medio rostro, pero no ocultó la curva amarga de su sonrisa antes de desvanecerse.
Caelan soltó a Serenya, recogió la espada y retrocedió un paso.
—Otra vez —dijo, seco.
Ella levantó el arma, jadeante, sin ceder un ápice.
—Las veces que haga falta .
Ezryn estaba sentado en el borde de una pila de piedra, el codo apoyado en la rodilla, mordiendo sin prisa una fruta oscura.
Lioran se acercó con paso medido. Varias personas del patio se apartaron discretamente; una mujer bajó la cabeza y cruzó los dedos sobre el pecho en un gesto de protección.
Nadie lo nombró, pero el silencio en torno a él pesaba más que cualquier título.
—¿Sigues probando suerte con los huertos ajenos? —preguntó Lioran, intentando una ironía ligera.
Ezryn lo miró de reojo.
—Prefiero robar fruta que vidas. Aunque no siempre me den a elegir.
Su amigo siguió el ángulo de su mirada y descubrió lo evidente: Serenya en el centro del patio, cruzando espadas con Caelan.
—No sabes mirar otra cosa que no sea ella.
Ezryn giró la fruta entre los dedos, dejando que el zumo goteara sobre el suelo.
—Hay fuegos que no se apagan por elegir mirar a otro lado.
Su amigo lo estudió con gesto hosco.
—Y hay fuegos que consumen a los que se acercan demasiado.
En los ojos de Ezryn brilló algo más turbio que diversión.
—O que no se apagan hasta que todos arden juntos.
La frase quedó en el aire, vaga, sin dueño claro. Cualquiera lo habría tomado por una fanfarronada más, pero Lioran lo entendió. El silencio que se abrió entre ambos pesaba distinto: no era el de los criados que huían de Ezryn, sino el de una verdad que prefería no nombrarse.
Ezryn mordió la fruta una última vez y dejó el resto sobre el suelo, a su lado, como si ya no tuviera importancia.
—Y aun así me llamas herida. Quizá solo soy el recordatorio de lo que falta para cerrarla.
En el centro del patio, el metal chocaba con un ritmo severo, marcado por su exigencia.
—Más rápido —ordenó Caelan, girándole la muñeca para forzar la guardia.
Serenya contuvo un bufido y respondió con un golpe que casi le rozó el hombro.
—Te quejas de mi demora, pero puedo derribarte aún llegando tarde —espetó, sin ceder.
Caelan entrecerró los ojos, sosteniendo el empuje con facilidad.
—Entonces hazlo.
Un nuevo choque resonó, más fuerte. Serenya avanzó dos pasos, sintiendo la adrenalina recorrerle la sangre.
Al alzar la vista, lo vio: Ezryn, bajo el sol gris de Varethia, sentado con Lioran.
El rojo de sus labios manchados de fruta la atravesó como un latido en carne viva.
Su pulso se quebró. La guardia cedió y Caelan no lo desaprovechó: la derribó con un giro seco, la espada roma apoyada contra su cuello antes de que pudiera recuperar el aire.
—Nunca apartes la vista —le indicó, cortante.
Serenya lo fulminó con los ojos, pero no replicó. El peso de su cuerpo sobre ella la devolvió a otro tiempo.
◆◆◆
Un patio más luminoso, espadas de madera demasiado pesadas para sus manos.
El sol arrancaba reflejos al cabello revuelto de Caelan, más largo de lo que las normas permitían, indómito como él.
Sus hombros no tenían la anchura que adquiriría con los años, pero su mirada ardía ya con la misma fuerza: orgullosa, desbordante, destinada a pesar más de lo que un muchacho podía sostener.
Tenía la alegría de quien no carga un reino sobre los hombros.
—Tu brazo está suelto. Déjame.
Sus manos sobre las de ella, cálidas, pacientes, corrigiendo el movimiento hasta que la madera silbó en el aire como debía. Rio, un sonido claro, libre de las sombras que más tarde echarían raíces en él .
La grava raspándole la piel tras una caída torpe. Caelan tendiéndole la mano de inmediato, polvo en los nudillos, la frente empapada de sudor, la paciencia intacta en la mirada.
—No temas caerte. Lo importante es que te levantes más rápido de lo que caes.
Ella le lanzó una mueca fingidamente molesta y él contestó con una sonrisa que le arrancó otra, inesperada, que ardió más que el sol sobre sus cabezas.
Caídas, correcciones, bromas murmuradas entre jadeos. A ratos parecía que se entrenaban, pero en realidad se estaban descubriendo: dos jóvenes probando su fuerza y en medio de cada golpe fallido hallaban una complicidad que no buscaban y que terminó aferrándose a ellos sin que se dieran cuenta.
Caelan era distinto, pero en él ya latía aquello que la ató a él: la firmeza que cuidaba, la dureza que desafiaba, la ternura que se filtraba cuando creía que nadie lo miraba.
En ese suelo —de polvo, sudor y risas compartidas—, la amistad se convirtió en algo más.
◆◆◆
El presente la reclamó de nuevo: el patio gris, la espada roma en su cuello, el cuerpo de Caelan sobre el suyo.
El recuerdo aún ardía en su piel, pero era la realidad lo que la desbordaba.
El aire le llegaba impregnado de él: sudor, hierro, cuero, un rastro tenue de canela que siempre lo acompañaba, incluso en la arena.
Su mano se deslizó sin querer hasta apartarle un mechón de la mejilla.
Fue una pausa en el mundo, antes de volver a la rigidez, pero ella lo sintió como una caricia escondida bajo la armadura.
Su respiración chocaba contra la suya, áspera y cercana.
Sentía el latido de su pecho, firme, contra el propio; la fuerza contenida en los músculos que la mantenían inmóvil, la proximidad brutal de un hombre que no necesitaba magia para doblegarla.
Una punzada le atravesó el vientre. No había olvidado esa sensación: la de ser contenida y puesta a prueba al mismo tiempo.
«Si me besara ahora, no lo detendría», pensó Serenya.
Ezryn aún le ardía en los labios; Caelan la contenía con su fuerza. Dos memorias, dos presencias, un único cuerpo que no sabía cómo elegir.
Apartó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. Ese gesto fue su único refugio. Y comprendió, temblando, que el amor podía doler en dos direcciones al mismo tiempo: en el recuerdo de lo perdido y en el presente que la envolvía.
El eco del patio la acompañaba cuando buscó refugio en las estancias altas. Allí encontró a Mirel y Theneira, recostadas en un diván bajo una ventana entreabierta. La luz entraba oblicua, bañando la habitación con un resplandor cansado, y el aire olía a mermelada y a tela recién lavada.
Theneira había conseguido un cuenco de frutos secos y los lanzaba uno a uno hacia la boca de Mirel, que fingía no atinar nunca para arrancarle una carcajada. Serenya se dejó caer junto a ellas y, por un momento, el peso que cargaba se volvió lejano.
—Vas a matarla de hambre —rio, cuando otra almendra rebotó en la frente de Mirel.
—Y tú de preocupación —replicó Theneira, con esa agudeza que siempre desarmaba.
Las tres rieron y la ligereza se expandió por la sala como un bálsamo inesperado. Hablaron de colores de vestidos, de guardias torpes, de recuerdos de infancia. Serenya se sorprendió sonriendo sin esfuerzo, como si todavía fuese posible sostener esa intimidad en medio de una guerra.
Hasta que Mirel, en un tono demasiado casual, preguntó—: ¿Y Vaelith? No la he visto en todo el día.
La carcajada de Theneira se quebró a medias. Se encogió de hombros, sin apartar la mirada del cuenco.
—Anda… ocupada. —Giró la almendra entre los dedos hasta partirla sin querer. La pausa fue breve, pero suficiente pa ra delatarla.
Serenya la observó en silencio. Mirel abrió la boca para insistir, pero Serenya le rozó la mano y negó con la cabeza. La risa regresó, aunque más tenue. La ausencia seguía flotando entre ellas, cargada de preguntas sin respuesta.