19. El filo de las lealtades
En el castillo nada ocurría de frente. No había declaraciones abiertas, sino fragmentos: un gesto esquivo en Caelan cuando se nombraba a Selhara, el mutismo de Kyrion cada vez que alguien evocaba viejas alianzas, la ironía de Ezryn que nunca terminaba en confesión.
Serenya había aprendido a escuchar lo que no se decía.
Su investigación no era un acto oficial ni un deber impuesto: era un instinto. Una pulsión de saber qué se escondía detrás de tanto muro ennegrecido. Cada palabra velada parecía atar un hilo a ese pulso oscuro que latía en su vientre, como si lo que callaban resonara también en su propia carne.
Aquella mañana, el estallido de un enfrentamiento llegó hasta ella como un golpe seco en el aire.
Siguió el estruendo hasta el patio de armas, sin ser vista, donde el olor a sudor rancio y a culpas viejas aún impregnaba la piedra.
Allí, dos figuras se encaraban como si el aire hubiera olvidado moverse.
Las sombras del corredor se desplazaban con ella, escoltándola.
No era una habilidad aprendida ni una orden: era respuesta.
El primero en hablar fue Caelan.
—¿Qué diablos quieres?
Kyrion no dudó. Dio un paso al frente, el suelo resonando bajo sus botas con la gravedad de quien carga batallas y culpas.
—Quiero… quiero encontrar la manera de que vuelvas a mi rarme sin odio
El guante de Caelan golpeó contra un soporte de armas, y las espadas colgadas vibraron con un estrépito metálico. El sonido rebotó en las paredes como si anunciara un duelo inevitable.
—¿Quieres recuperar mi confianza? Empieza por explicarme por qué entregaste a Serenya a Elias. Y después respóndeme: ¿qué hizo mi padre para que mi madre lo odiara con tanta rabia?
El nombre del rey en su boca fue un latigazo. Kyrion se tensó, hombros rígidos, mandíbula endurecida. Parecía más cerca de desenvainar que de responder.
—No todas las respuestas que buscas están hechas para darte paz.
Caelan avanzó un paso más, el roce de sus botas desgarrando la grava. La mano se cerró sobre la empuñadura, nudillos blancos, el aire vibrando en torno a él como si estuviera a un solo movimiento de desatarse.
—Dime la verdad, aunque me queme.
Kyrion sostuvo su mirada y en sus labios se dibujó algo entre sonrisa amarga y mueca de dolor.
—A veces, la verdad no salva. Solo arranca lo poco que queda en pie.
Las palabras quedaron suspendidas, más pesadas que un golpe.
Serenya, oculta en el umbral, sintió cómo la tensión le atravesaba la piel.
Bastaba un gesto para que la sangre manchara la piedra.
Caelan apartó el rostro primero. La violencia quedó contenida, como un trueno atrapado en el pecho del cielo.
El eco del duelo seguía vibrando en Serenya mientras alcanzaba a Kyrion en el corredor norte. Él no se sorprendió de verla: más bien frunció el ceño, como quien sabe que la verdad siempre tiene testigos no invitados.
—¿Qué quieres de mí, muchacha? —gruñó, sin soltar del todo la rigidez del cuerpo.
—Lo mismo que Caelan —respondió Serenya—. Respuestas .
La risa de Kyrion sonó seca, sin alegría.
—No todo puede decirse. Hay lealtades que no se quiebran.
Serenya lo miró fijo, la sombra de Mirel resonando en su memoria, pero esta vez no se dejó acallar.
—¿Y existe alguien que merezca más lealtad que tu propio hijo?
Kyrion bajó la mirada, como si algo en sus hombros se quebrara.
—No hay día en que no me arrepienta de lo que hice contigo —confesó, la voz más baja, cargada de una sinceridad que parecía pesarle—.
Si pudiera desandar ese camino, lo haría.
Perdóname. —Se llevó la mano al anillo del dedo, sin darse cuenta.
Serenya lo notó: no era un gesto de arrepentimiento, sino de recuerdo.
«Un perdón no devuelve lo perdido. La culpa no cose la carne arrancada», pensó. Y aun así, una parte de ella quiso creerlo.
Serenya no retrocedió. Dio un paso más, suficiente para que la penumbra de la antorcha la envolviera.
—No me malinterpretes. No confío en ti. Y no sé si alguna vez podré hacerlo.
Kyrion sostuvo su mirada. Algo se tensó en su expresión, entre orgullo herido y una súplica apenas contenida, pero Serenya no titubeó.
—Aun así… voy a darte la oportunidad de hacer algo bien.
Solo por Caelan. —Algo se cerró entre ellos, invisible, pero firme.
Serenya lo cortó con una estocada de palabras—: Quiero que me consigas información.
Los nombres de los herbolarios que trajeron la medicina para Ezryn.
Y lo que dijeron los capturados que lo atacaron en el bosque.
—Sus ojos chispearon con un brillo que no era solo humano—.
Si de verdad quieres demostrar que no eres enemigo, empieza por ahí.
Kyrion abrió la boca, dispuesto a insistir; sin embargo, su dureza lo detuvo. Cuando Serenya habló, las antorchas temblaron .
—Y no pienses que puedes engañarme. El poder ya no me domina… —La voz le salió más firme de lo que esperaba—. Soy yo quien lo controla.
Las llamas se estiraron, inquietas, como si respondieran a su declaración. Kyrion abrió los ojos de par en par: reconocía un linaje que no podía ignorar.
—Eres… —empezó a decir, pero se detuvo, tragándose lo que no se atrevía a nombrar.
Serenya le sostuvo la mirada, sin darle escape.
—Empieza por ahí. O sabré que tus lealtades valen más que tu hijo.
Y sin esperar respuesta, lo dejó allí, con el rostro aún encendido.
Permaneció quieto, los labios entreabiertos como si una palabra antigua se le hubiera quedado atascada en la garganta.
Serenya ya no lo miró al marcharse, pero supo —por el silencio quebrado que dejó atrás— que él había reconocido algo en ella. Algo que no necesitaba nombre.
Cuando dejó atrás la galería donde había encarado a Kyrion, un impulso condujo a Serenya hacia el jardín interior.
El aire era más fresco allí, impregnado de hierbas húmedas y tierra removida: un respiro después de lo sucedido.
Cerró los ojos, inhaló y exhaló profundamente.
Pensó en la calidez de los establos donde quedaron Fara y en Naevan. Los extrañaba.
Miró el cielo, siempre ensombrecido en Varethia. A pesar de eso, y de la desconfianza que aún notaba en gran parte de la población, la ciudad la envolvía con una calidez que la sobrecogía. No lo comprendía del todo, pero lo sentía.
Lioran apareció entre los setos, sobresaltándola. Tenía el cabello desordenado y ojeras profundas, como si las noches no le hubieran dado tregua.
—No te había visto en días —dijo Serenya, con un deje de reproche imposible de ocultar.
Él alzó los hombros, sin perder la suavidad de siempre.
—No iba a dejarlo solo, no después de lo que pasó. Prefiero cargar con su mal humor que verlo muerto otra vez en mis pesadillas.
La imagen de Ezryn herido, desangrándose, la mordió en la memoria.
—Lioran… —Su voz se quebró y luego se templó—. Hay piezas que no encajan. Siento que todos callan algo, que lo de Ezryn es solo la punta de algo más hondo.
Él la miró, como si quisiera darle respuestas que no tenía.
—Tú no eres la única que busca entender lo que arde bajo estas piedras.
Serenya sintió que ese medio reconocimiento valía más que mil negativas. No estaba sola en su sospecha. Su amigo esbozó una sonrisa cansada y dio un paso atrás, indicándole el sendero.
—Me voy a enviar su carta a Noctalis. Lazhar debe saber que está bien o enviará a los ejércitos. —Chasqueó la lengua sin humor, mientras se acariciaba la marca en el brazo—. A pesar de todo, es el heredero. Además, él prefiere tu compañía a la mía.
Serenya bajó la vista. «¿Y si fue él? Si Lazhar mandó a alguien para cobrarse la muerte de su hijo predilecto, ¿qué gana con fingir dolor? No… demasiado sucio. Pero los reyes no lloran sin cálculo».
Con un leve gesto de despedida, Lioran se retiró.
Serenya respiró hondo antes de avanzar entre arbustos. A su izquierda, un huerto pequeño dejaba asomar tallos de raíces moradas. El canto solitario de un pájaro rompía la quietud, tan incongruente allí como un recuerdo de otro mundo.
Lo vio antes de que él la notara: Ezryn estaba inclinado sobre un bancal, arrancando una fruta oscura de la rama baja. La limpió contra la manga y mordió sin pensarlo, como un muchacho que roba en un mercado. Su pecho dio un salto.
«Maldito, estúpido corazón. Ni una grieta puede conmigo, pero este hombre me desordena con un mordisco de fruta».
—¿De verdad? —dijo Serenya, arqueando una ceja.
Él alzó la vista, la boca manchada de zumo, y le dedicó una media sonrisa.
—Después de casi morir a manos Umbrae, créeme… me he ganado robar el huerto.
Serenya soltó una risa breve que se apagó bajo el peso de lo que traía dentro. Avanzó hacia él y al verlo tan vivo —despeinado, insolente, con brillo en los ojos— sintió que algo en su pecho se aflojaba y dolía a la vez.
Ezryn la observó, masticando su silencio.
—Vienes con preguntas —murmuró—. Siempre vienes con preguntas.
Serenya respiró hondo, sabiendo que cualquier equilibrio podía romperse con la primera frase.
—¿Qué quieres saber?
Apuró los labios. Había demasiadas piezas sueltas. Eligió la que más ardía en su vientre.
—Cuando entraste en territorio Umbrae, después de que…
Ezryn no la dejó terminar. Alzó la fruta mordida como si brindara y, en su voz, veneno mezclado con ternura rota.
—¿Después de que te enamoraste de otro, casi me abandonaste, yo estuve a punto de matarlo delante de ti y casi incendiaste el mundo?
La sangre subió a las mejillas de Serenya; no esperaba esa estocada tan directa.
—Ezryn…
Él sonrió con una amargura mal disimulada.
—No me preguntes por mis pasos en Virelia, Serenya. Ya cargamos suficientes cenizas entre los dos.
—Pero necesito saberlo. ¿Fue solo venganza?
El brillo de sus ojos se enturbió. Pareció que iba a contestar con sinceridad, pero apareció una media sonrisa ladeada.
—Siempre eliges la pregunta que menos puedo responderte.
La miró con exasperación contenida.
—No me sirve que sonrías como si todo fuera un juego.
Guardó silencio unos segundos, los dedos apretando la fruta como si quisiera estrangularla. Cuando habló, ya no había burla en su voz.
—Fue venganza, claro. Odio, desesperación.
Estaba ciego por el dolor. No me importaba nada más que volver a tenerte entre mis brazos.
—Lanzó la fruta contra un muro; estalló dejando una marca—.
Habría quemado el reino si eso me hubiese dado respuestas.
Si me hubiese permitido obtener lo que deseaba.
—Se tragó lo que no quiso decir en voz alta, y añadió con amargura—: Pero no fue solo eso.
Buscaba algo que nunca encontré. Pensé que tal vez podía traerte de vuelta.
O hallar un rastro que explicara por qué te perdí.
La confesión quedó cruda en el aire. Serenya sintió su piel erizarse: era lo más parecido a una verdad que él le había dado en mucho tiempo.
El suelo cedió bajo su pie y, de pronto, Ezryn perdió el equilibrio. Fue un tropiezo torpe. Serenya reaccionó sin pensar y lo sostuvo con el brazo enredado en su cintura para evitar la caída. Ezryn chocó contra ella con un golpe suave; un calor inmediato la recorrió.
El aire se les fue de golpe. Quedaron suspendidos, su respiración rozando la mejilla, cálida y cargada de zumo dulce y algo más antiguo.
Serenya sintió su cuerpo, la tensión de los músculos bajo la tela; la vibración de un corazón que latía como el suyo.
Ezryn no se apartó. La sonrisa pícara asomó en sus labios, demasiado cerca, al igual que el tonto —y adorable— hoyuelo en su mentón.
—¿Ves? Siempre termino en tus brazos —murmuró, casi ronco—. Empiezo a sospechar que lo planeas.
Serenya lo empujó, sin soltarlo; la risa se le escapó a pesar del peso que llevaba dentro. El recuerdo de su primer beso —inevitable, nacido de un tropiezo que él convirtió en abrazo— vibró entre ambos como una chispa que no se apaga.
Él no apartó la mirada. Su gesto se volvió casi insolente.
—¿Reconoces el truco? —susurró—. La primera vez fingiste tropezar… y yo te atrapé.
El calor de la memoria le encendió las mejillas. Ezryn inclinó el rostro, acercándose lo justo para que el aire ardiera .
—Ahora soy yo quien cae, Serenya. Y sigo prefiriendo hacerlo en tus brazos.
El silencio del jardín los envolvió; solo el canto obstinado del pájaro insistía. Ezryn se inclinó hacia ella, con la certeza de quien no pide permiso.
«No debo… y, sin embargo, mi cuerpo ya lo eligió».
Cuando sus labios se encontraron, no hubo torpeza: solo fuego. El beso la arrasó: ardió en la boca, en la piel, en su interior que palpitó como si reclamara ese contacto. Se olvidó del aire y la culpa.
Sus dedos se aferraron a su nuca. Por un instante no hubo reinos en guerra, ni atentados, ni misterios: solo Ezryn, solo esa llama que siempre había temido y deseado.
Se separaron, compartiendo el mismo aliento.
La frente de él rozó la suya. Y entonces, más íntimo que un susurro, lo escuchó en su mente.
—Que me odien todos, que arda el mundo… eres la única condena que elijo.
Serenya tembló y dejó que su pensamiento se entrelazara con el suyo, inevitable y desnudo.
—Si soy tu condena, tú eres la mía. Y no quiero escapar.