Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 17. El eco de lo perdido
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17. El eco de lo perdido

El amanecer se filtraba turbio entre las almenas del castillo de Varethia. Caelan había despertado antes de que la luz rozara los muros. La cama donde había dormido le había devuelto un sueño sin reposo, hecho de risas apagadas y de objetos que aún guardaban calor en la memoria.

Bajó al patio de armas sin encender antorchas.

No necesitaba luz: las sombras lo reconocían.

Se despojó de la túnica y empuñó la espada.

Cada golpe descargado contra el maniquí de madera era un intento fallido de acallar el eco de la voz de su madre, la mirada de Serenya, el recuerdo de Varnek tambaleante bañado en su sangre.

En lo alto, un vencejo cortó el cielo turbio y se perdió a lo lejos.

El sudor le corría por la espalda, tibio y salado, y con cada resuello las sombras trepaban más alto, crispadas.

—Qué desperdicio.

La voz lo sorprendió. Vaelith estaba de pie en la galería, recortada contra la luz nueva. Tenía los brazos cruzados y los ojos afilados de quien observa demasiado.

—Hubiéramos tenido hijos hermosos —añadió, con una sonrisa torcida— si no amase a otra mujer.

Caelan se giró despacio, el torso desnudo marcado por el esfuerzo, el filo aún en la mano. La observó con una calma peligrosa.

—Agradezco a los dioses tu buen gusto .

Vaelith bajó las escaleras con paso seguro, sin apartar la mirada.

—No me malinterpretes. Solo digo que con menos cicatrices y menos rabia, habrías sido el marido perfecto para mi casa.

Clavó la espada en la arena. No sonrió, pero su voz salió seca y cercana.

—Y tú habrías sido demasiado para mí. —Se hizo un silencio breve, casi cómplice, antes de que él añadiera—: Ahora dime lo que has venido a decir.

Vaelith inspiró hondo, como si calibrara cada palabra.

—Tengo una sospecha.

El príncipe arqueó una ceja, pero no respondió.

—El ataque en Trenhal… —continuó Vaelith—. Pienso que pudieron ser mis padres.

Caelan no se movió, pero el puño que aún sujetaba la empuñadura se tensó hasta marcarle los nudillos. El maniquí frente a él parecía esperar otro golpe, aunque esta vez lo contuvo.

Vaelith no apartó los ojos.

—Siempre han querido más poder del que les corresponde. Con Serenya fuera del tablero, ¿qué te quedaría a ti, si no aceptar lo que nunca quisiste? Una unión con mi casa. El sueño antiguo: Virel y Dareth fundidos en un solo trono.

Caelan resopló, un gesto breve que no alcanzó a ser risa. Bajó la mirada a la arena, como si buscara en ella la fuerza para no quebrar la calma.

—Mis sombras ya me bastan como carga. No necesito también sus ambiciones.

Vaelith ladeó la cabeza.

—Precisamente por eso sospecho. No se resignarán a verte elegir a otra. Y menos a verla sobrevivir a tu lado.

Cerró los ojos un instante. El recuerdo lo atravesó como una espada: el padre de Vaelith de pie en la biblioteca del Bastión, la daga chorreando sangre, Ezryn a punto de rematarlo y Serenya interponiéndose.

El juramento de sangre pronunciado había sonado solemne, pero en su memoria siempre olió a mentira.

—Tendría que haberlo matado.

Vaelith se irguió de golpe, los ojos encendidos. Él apartó la mirada y respiró hondo, como quien doma un caballo desbocado.

—Perdóname. No debí decirlo.

El gesto de Vaelith se quebró: sus dedos se crisparon alrededor de la daga, como si necesitara ese contacto para no mostrar cuánto dolía esa verdad. El espacio entre ambos quedó suspendido, cargado de palabras que ninguno quiso añadir.

Vaelith giró sobre sus talones y ascendió las escaleras sin despedirse. Caelan permaneció allí, las sombras agazapadas bajo sus pies. Clavó la mirada en la arena un segundo más, como si quisiera enterrarse allí.

Al otro extremo del castillo, el día ya se desplegaba.

Serenya descendió los peldaños hacia el patio interior, con el vestido de lana ciruela rozando las baldosas húmedas.

El aire olía a hierro templado y a pan recién horneado; un contraste extraño, casi violento, que la acompañó hasta las puertas abiertas de la ciudad.

Afuera, la vida bullía: vendedores voceando especias, niños correteando con risas desdentadas, soldados que apartaban a la multitud con un gesto severo.

Cada paso era una revelación. La piedra negra de Varethia conservaba cicatrices de guerras antiguas, selladas a la fuerza con yeso y cal. La gente la observaba con recelo; algunos apartaban la vista con desconfianza, otros murmuraban su nombre en voz baja.

Una mujer de manos curtidas, vendedora de flores nocturnas, la miró con algo distinto. Ni miedo, ni desprecio: admiración.

—Eres la que salvó Trenhal y al príncipe, ¿verdad? —susurró, como si pronunciara un secreto peligroso .

Serenya parpadeó, el corazón encogiéndose.

—No necesitaba que lo salvaran. —La respuesta le salió firme, demasiado rápida.

La mujer abrió y cerró la boca, confundida, como si hubiera dicho más de lo que debía. Bajó la mirada a las flores marchitas en su cesto, incapaz de replicar.

Antes de que Serenya pudiera preguntar, un hombre la interrumpió desde un puesto cercano, con tono áspero.

—¿Salvar? Trajo consigo al Sangreth que arrasó con medio reino y camina a su lado.

Rumores encontrados se mezclaban en la plaza como corrientes opuestas: Caelan, el príncipe que defendía hasta sangrar; Ezryn, el enemigo que había marcado a los Umbrae con fuego y crueldad.

Una mujer más al fondo murmuró—: Dicen que un príncipe sangró por ella en el pueblo. Si es cierto, quizá no todos son como las canciones cuentan.

Serenya se detuvo, el corazón golpeando fuerte. La grieta no estaba en la piedra. Estaba en las bocas.

Una anciana de espalda encorvada se abrió paso entre la gente. Sus ojos, pequeños y brillantes, la buscaron con la urgencia de quien reconoce una leyenda.

—De niña me contaban historias —dijo, la voz desgastada—. Mi madre hablaba de un Sangreth de ojos encendidos, de cómo partía las mentes con la mirada y dejaba a la gente sin voz. No lo vi yo, lo oí en la lumbre, en las canciones que traían los trovadores.

Las palabras flotaron en la plaza: relatos heredados que volvieron más gruesas las miradas. Nadie juraba haberlo visto, pero todos recordaban lo que les habían contado los abuelos o las madres en noches de miedo. Ezryn se volvía una fábula que alimentaba tanto el terror como la memoria.

Un hombre más joven replicó desde un puesto cercano, con los brazos cruzados y el gesto duro—: Mi abuelo nos habló del príncipe que sostuvo la defensa.

No era héroe perfecto, pero no huyó cuando todos los demás ya habían caído.

Dicen que se plantó ante el Sangreth. Que lo tuvo vencido y, aun así, lo dejó vivir.

No sé si es cierto, pero así lo contaban en mi casa.

Un borracho, con la boca amarga de vino y resentimiento, añadió—: Perdón o no, el Sangreth quemó nuestras casas. Nadie olvida el olor de la ceniza.

El murmullo se propagó como fuego. Ezryn, el monstruo de las canciones; Caelan, el heredero de la gente. Todo mezclado en una maraña de voces que se contradecían.

En el centro del tumulto, un niño tiró de la falda de Serenya. Tenía las manos manchadas de harina y la seriedad de los pequeños que creen en los prodigios.

—¿Es cierto que cuando abres la grieta, ella canta contigo? —preguntó con solemnidad inocente.

Sintió cómo la ciudad se le acercaba y la apartaba al mismo tiempo.

Le resultaba imposible saber qué pesaba más: la leyenda o el hecho.

Mirel apareció, su figura recortada entre sombras y gente, y se interpuso con la calma de quien conoce el precio de quedarse.

Extendió la mano hacia Serenya sin hacer ruido.

—Vámonos —susurró—. Hay lugares que hablan solo para los que quieren oírlos.

Mientras caminaban hacia la zona más antigua de la ciudad, las voces se diluyeron, mezcladas con canciones viejas que hablaban de monstruos y de princesas, de venganzas y de rescates. Serenya comprendió que la ciudad sangraba por más de una herida.

El bullicio de la plaza se quedó atrás, devorado por el cuchicheo más tenue de los callejones. El olor a especias y sudor se deshizo, dando paso a un aroma dulzón, difícil de reconocer. Mirel no soltó su mano hasta que llegaron a un pasaje sin voces.

—No deberías haberte detenido allí —murmuró, sin reproche—. No buscan respuestas, buscan culpables.

Serenya la miró de soslayo .

—¿Y tú? —preguntó—. ¿A quién culpas? Ezryn no es inocente, pero Caelan tampoco lo es. Yo… yo no sé qué siento.

Mirel sonrió, cansada.

—No tienes por qué saberlo ahora. Déjales a ellos la obsesión por poner nombres a cada herida. Tú solo escucha lo que tu corazón te diga.

Cruzaron un arco bajo, donde el aire olía a lavanda y a tierra removida. Serenya frunció el ceño.

—¿A dónde me llevas?

—Quiero ver a alguien. —Su gesto se quebró levemente—. Ven conmigo.

Caminaron hasta una explanada discreta, cercada de cipreses. El aire era más frío allí, como si el sol se negara a entrar. Entre las lápidas de piedra oscura, la mayoría cubiertas de musgo, se detuvo con la vacilación de quien no estaba seguro de lo que buscaba.

—Aquí… debería estar.

Avanzó despacio, recorriendo con la mirada genealogías varethianas talladas en símbolos. Al fin, se inclinó ante una losa marcada con el emblema de tres espigas cruzadas. La inscripción aún podía leerse: Rhyon Lureth, amado hijo de esta tierra.

Mirel se arrodilló, los dedos crispados contra la piedra.

—Nunca había visto su tumba. —El temblor en su voz la traicionó—. Cuando murió… yo ya no estaba aquí.

Serenya frunció el ceño.

—¿Por qué te fuiste?

No levantó la mirada. Pasó la palma sobre las letras como quien acaricia una ausencia.

—No fue elección mía. —Su tono era bajo, cargado de algo que no terminaba de decir—. Me arrancaron de aquí antes de tiempo. Y Caelan… Caelan me llevó consigo.

Serenya contuvo las preguntas. Había un temblor en esa confesión que le hizo entender que había más sombras detrás, un secreto aún intacto.

—Volver significa recordar por qué me marché. Y lo que perdí para siempre.

El silencio del cementerio selló las palabras. Serenya sintió que el pecho se le apretaba.

«Te arrancaron», pensó.

Y entendió que algunas vidas se parten en el mismo punto, aunque no compartan sangre.