Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 16. Lo que se confiesa en la penumbra #2
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16. Lo que se confiesa en la penumbra #2

Sintió cómo su pecho se alzaba al mismo ritmo que el de él, y supo que no dormía del todo.

Él lo sabía también: que ella estaba despierta, que permanecía inmóvil porque quería prolongar ese momento.

Ninguno abrió los ojos. Fingían. Fingían con la torpeza de dos cuerpos que, al encontrarse, temen que la mínima palabra rompa el conjuro.

La manta compartida guardaba el secreto.

El calor se hizo casi insoportable y, sin embargo, ninguno cedió.

Quiso girarse, decir algo. No lo hizo. Solo dejó que el silencio se llenara con el pulso de ambos, entrelazados en una calma que no les pertenecía, pero que, por un amanecer, podía ser suya.

El momento se quebró con un golpe seco en la puerta.

—¿Se puede?

Ezryn no se movió; ella tampoco. El brazo seguía rodeándola. Solo cuando el chirrido de la madera anunció que la puerta se abría, Serenya se apartó de golpe, sorprendida por la cercanía.

Lioran asomó la cabeza por la puerta entreabierta. Tenía ese gesto entre paciente y burlón que lo hacía parecer más joven de lo que era.

—Tranquilos, no vengo a vigilar las sábanas —dijo, cruzándose de brazos en el marco—. Solo quería comprobar que los dos seguís respirando.

Un murmullo en el pasillo lo interrumpió. Voces suaves, contenidas, que no lograban disimular la curiosidad. Ladeó la cabeza con un gesto resignado.

—No estáis solos. —Señaló hacia el corredor—. Mirel, Vaelith y Theneira llevan un buen rato vigilando la puerta.

Serenya escuchó el roce de telas en el pasillo, seguido de un carraspeo disimulado.

—¿Qué hacen allí? —preguntó en voz baja, con las mejillas encendidas.

Desde el otro lado, la voz clara de Vaelith respondió—: Solo nos aseguramos de que sigas con vida. Y de que el príncipe no te consuma todo el calor.

Una risa breve se apagó enseguida y después llegó el silencio. Las tres se apartaron con la dignidad de quienes se saben descubiertas, dejando tras de sí un eco de complicidad.

Lioran arqueó una ceja.

—Ya lo ves. Un aquelarre entero custodiando tu lecho. ¿No te sientes privilegiado?

Ezryn abrió los ojos, sereno, con esa chispa insolente que lo definía.

—Deberías salir y decirles que te hice gemir toda la noche —murmuró, apenas audible.

Serenya lo fulminó con la mirada y le soltó un manotazo en el hombro, más nervioso que indignado. Él sonrió, satisfecho, mientras el rubor teñía las mejillas de Serenya.

—Preciosa —susurró, con un descaro que sonaba más íntimo que cualquier ternura.

—Suficiente —bufó Lioran, llevándose una mano al puente de la nariz—. Prefiero retirarme antes de perder el poco respeto que aún os guardo.

Con un gesto seco cerró la puerta tras de sí, dejando un silencio cargado en la habitación.

Ezryn la miró, sin apartar la chispa de los ojos.

—¿Te vas ya?

—Me esperan.

—Dame algo para recordarte hasta que vuelvas.

No fue una orden, ni un ruego. Serenya vaciló, pero al inclinarse y rozar sus labios con los de él, la duda se deshizo en un pulso compartido.

Breve. Ardiente. Ella se incorporó rápido, con el corazón golpeándole en el pecho, como si ese roce hubiera dicho más de lo que ninguno se atrevía a nombrar.

—Descansa, Ezryn.

Y salió al pasillo, donde el calor de las otras la envolvió de inmediato.

Lioran volvió a entrar, arrastrando una silla hasta el lado del lecho.

—No te emociones demasiado —dijo mientras se sentaba—. Te toca mi compañía ahora.

Ezryn sonrió de medio lado, cerrando los ojos otra vez.

El corredor olía a cera derretida. Mirel las condujo a su habitación. Era pequeña, con tapices gastados, cojines amontonados contra la pared y una mesa baja con una jarra de agua. Nada más, pero bastaba con eso: privacidad.

Theneira cerró la puerta con un golpe seco.

—Bien. Ahora habla. —Se acomodó en un cojín y levantó ambas cejas—. ¿Qué hacías tú en esa cama?

Serenya respiró hondo.

—Me quedé con Ezryn. Porque quería estar allí. Porque necesitaba sentirlo vivo a mi lado.

No hubo titubeo en su voz.

Theneira soltó una carcajada seca.

—Al fin alguien lo dice sin adornos.

Seria, Vaelith ladeó la cabeza.

—No tienes que justificarlo, Serenya. Hay noches que salvan más que cualquier ejército.

La mano de Mirel le apretó los dedos con suavidad.

—Después de lo que has cargado, ¿de verdad crees que alguna de nosotras te reprocharía haber buscado calor?

El silencio que siguió no fue incómodo: estaba lleno de reconocimiento. Bajó la mirada, pero una sonrisa leve se dibujó en sus labios.

—Por un rato, todo lo demás dejó de existir.

—Eso es amar —dijo Vaelith, sin dramatismo, como quien nombra una verdad simple.

—No quiero fingir. Lo sentí… cerca. Con Ezryn fue verdad, y no pienso negarlo. —Serenya bajó la vista, como si las palabras ardieran—. Pero al mismo tiempo… Siento que si uno cae, el otro me atraviesa igual.

—Las profecías no piden comprensión. Piden sangre —dijo Vaelith, y tras suspirar, agregó—: Y una elección nunca sale indemne.

Theneira resopló.

—O tal vez eres tú la que se permite sentir más de lo que está permitido. Y eso no es maldición, es libertad.

—No intentes explicarlo ahora. Solo vívelo. El peligro ya vendrá de sobra sin que lo llames —añadió Mirel, cogiéndole las manos.

Serenya las apretó, buscando el coraje para continuar.

—El ataque en Trenhal… trataron de matarme. No iban a por la aldea, iban a por mí. Vi a Caelan luchar como un hombre desesperado, perdido. Jamás lo había visto así. Y en medio de todo, su amigo… Varnek… casi muere por defendernos.

Mirel inclinó la cabeza, sorprendida.

—¿Caelan, perdido? No encaja con él. Y menos delante de otros.

Serenya asintió.

—Me inquieta. Sentí ganas de protegerlo, de evitarle cualquier dolor.

—A veces el amor no se mide en certezas, sino en ese miedo a perder. Es torpe, irracional… pero verdadero.

El canto de un pájaro en la ventana atrajo todas las miradas.

—¿Y sobrevivió? —preguntó Vaelith al fin.

—Sí, pero estuvo al borde. —Serenya sacudió la cabeza, todavía con la imagen grabada—. El miedo en los ojos de Caelan… no lo olvidaré. No sé si luchaba por mí, por su amigo, o por no perderlo todo de una vez.

—Si los dioses juegan contigo, lo hacen sin piedad. —Theneira dejó escapar un silbido bajo.

Vaelith apoyó la mano en el hombro de Serenya.

—Más que nunca, no cargues sola con esto. Nosotras estamos aquí.

Mirél se levantó despacio y fue hasta un arcón en la esquina. Rebuscó entre telas y sacó un vestido de lana suave, color ciruela, con bordados discretos en los puños y en el dobladillo.

—Pruébatelo. El vestido que te dieron ayer parece hecho para un funeral y, además, te queda grande.

Serenya lo rozó con los dedos y se detuvo en las costuras: pequeñas espirales cosidas en hilo plateado. El mismo diseño que había visto una y otra vez en las prendas que encontraba dobladas en el Bastión, sin saber nunca quién las dejaba allí.

Alzó la mirada hacia su amiga, con sospecha.

—Este bordado… ya lo tuve entre mis manos.

Las otras mujeres se quedaron en silencio. Mirel le sostuvo la mirada, sin apartarla. Luego bajó la voz.

—Sí. Fui yo quien dejaba ropa limpia en tu lecho en el Bastión. No podía darte libertad, pero podía darte dignidad.

Vaelith arqueó las cejas.

—Entonces no solo eres Umbrae. Eres de Varethia.

Asintió con desgana.

—Lo soy. Y basta con eso, por ahora.