16. Lo que se confiesa en la penumbra
El salón de audiencias estaba casi vacío, iluminado solo por el resplandor lechoso que se filtraba a través de las vidrieras altas.
El polvo flotó en los haces de luz, girando despacio, ajeno al juicio que aguardaba en la piedra.
El eco de sus pasos rompía el silencio como un golpe seco, cada uno más denso que el anterior.
Caelan atravesó la galería sin anunciarse. Las sombras lo seguían, tensas, crispadas, como si aún llevaran en la piel el eco de lo que había presenciado: Serenya inclinándose sobre Ezryn, la ternura derramada en cada gesto.
La escena lo había atravesado con una punzada que no esperaba.
No porque no supiera que había un lazo entre ellos —lo había sentido desde el inicio—, sino porque, por un latido fugaz, había querido ser él quien sostuviera esa mirada, quien recibiera esa calma.
Y, sin embargo, lo único que le había quedado era la soledad.
La imagen de Varnek sangrando volvió a morderle la memoria. El cuerpo tambaleante, la mano manchada de rojo, la desesperación que lo había paralizado. No había podido moverse. No había podido salvarlo. Serenya lo había visto. Lo sabía. Y ese conocimiento ardía en su piel como un hierro marcado.
Cruzaron miradas en el pasillo antes de que ella cerrara la puerta tras de sí.
No hubo reproche en sus ojos, pero tampoco absolución.
Solo ese peso insondable que lo hacía sentir desarmado, reducido a un silencio que no sabía traducir en palabras.
Cada sombra que lo rodeaba parecía arrastrar esa misma carga.
Al llegar al estrado, alzó la cabeza. Selhara lo esperaba, inmóvil, rodeada de terciopelo oscuro. Su madre lo miraba como a un soldado que vuelve de la guerra: evaluando primero las heridas antes de escuchar el relato.
Caelan apretó la mandíbula.
—Fuimos atacados —dijo Caelan sin rodeos—. Fuego, flechas, gritos. No buscaban arrasar la aldea: venían por Serenya.
—¿Dónde?
—Trenhal.
Los dedos de Selhara se crisparon sobre la copa, aunque su rostro se mantuvo imperturbable.
—¿Y el resultado? —preguntó, tan controlada que casi parecía desinteresada.
—Contuvimos el asalto. —Respiró hondo—. Varnek resultó herido.
El cristal se quebró entre los dedos de la reina. El vino se derramó como sangre sobre la alfombra.
—¿Varnek? —Lo miró con un brillo que no alcanzó a disimular—. ¿Sigue con vida?
—Sí. —Caelan inclinó la cabeza, con la rabia atravesándole el pecho—. Pero estuvo cerca.
Selhara dejó la copa rota sobre la bandeja y respiró hondo, recuperando la calma con un gesto ensayado.
—¿Cómo está?
Caelan supo que hablaba de Varnek y, por un instante, el recuerdo lo atravesó: su sonrisa breve, aún pálido. Sintió el calor que lo había desbordado al verlo respirar.
—Vive. Y sonríe. No lo había visto hacerlo en mucho tiempo. —Se detuvo, como si la confesión le pesara—. Y yo… soy feliz por él .
El brillo que cruzó los ojos de Selhara fue rápido, pero inequívoco. Luego, como si borrara cualquier vulnerabilidad, enderezó la espalda.
—Merece ser feliz. ¿Sabes quiénes fueron los responsables del ataque?
—Podría ser cualquiera. Todos quieren verla muerta… incluso mi familia. —Sus sombras se crisparon, trepando por las columnas como si no soportaran más silencio—. Quiero a Kyrion preso —exigió Caelan sin preámbulos, desprovisto de cortesía—. Ahora.
Su madre lo miró con la condescendencia reservada a los niños.
—¿Preso? —repitió con calma venenosa—. ¿Con qué pruebas? ¿Con tus presentimientos? ¿Con las sombras que solo tú escuchas?
El pecho de Caelan se alzó en un resuello.
—Sabes lo que vi. El ataque en el Bastión no fue azaroso. Él la entregó.
Algo brilló en los ojos de Selhara. Luego desapareció, como si nunca hubiera existido.
—Cuidado —respondió, midiendo cada sílaba—. Kyrion es tu padre.
Caelan sintió que la palabra se le clavaba como hierro al rojo. Su voz salió más áspera, quebrada por la furia que casi no lograba contener.
—Padre… —escupió—. Me mintió toda la vida. Me hizo pelear por un trono que no me pertenece. He cargado muertos y perdido todo lo que amé por una causa que no era mía. No soy el heredero. Soy un bastardo. ¿No es cierto, madre?
Una memoria lo atravesó: el rey —al que había llamado padre— alzando a Lyeth sobre los hombros, la risa de un niño rebotando en la sala. Ese recuerdo dolió más que cualquier palabra.
—Cae…
—¡No! Él la entregó a ese monstruo. Pudo haber perdido todo: poder, cuerpo, nombre. ¡Yo podría haber perdido lo único que me ata a este mundo!
Las sombras a su alrededor se crisparon violentas, como si quisieran arrancar las vidrieras de cuajo.
—¿Y tú…? —La mirada de Caelan se clavó en Selhara, ardiendo de incredulidad—. ¿Tú lo eliges a él? ¿Todavía lo cubres? ¿Después de lo que hizo?
Selhara pareció agradecerle la claridad del golpe; apoyó la mano en el brazo del trono y habló sin suavizar.
—¿Crees que no pensé en apartar a Serenya?
—Al pronunciarlo, Selhara rozó el broche del manto.
Caelan notó el temblor y lo leyó como traición calculada—.
Lo hice. Y lo pensé como quien mueve fichas en un tablero.
Pero ahora que la he visto, entiendo otra cosa: puede ser el único futuro que aún nos pertenezca.
Tú la deseas, el Sangreth también. Y ella decidirá qué reino prevalece.
Alzó las manos al cielo, dejando que la penumbra cubriese la sala. Caelan ni pestañeó, conocía esos trucos.
—El reino no se gobierna con rencores personales —añadió con frialdad—. Y menos con la ira de un hijo despechado.
El príncipe se irguió en toda su estatura y dio un paso más hacia ella.
—No es ira, madre. Es justicia. Si Kyrion sigue suelto, nadie está a salvo. Ni yo. Ni Serenya. Ni siquiera tú.
El eco de su voz quedó suspendido bajo las bóvedas. Selhara no respondió de inmediato: se limitó a observarlo, como si evaluara cuánto de aquel desafío venía del hombre… y cuánto del niño que ella había criado para obedecer.
—Eso no es cierto. Tu padre te ama, siempre lo ha hecho. Ambos lo hacemos. Todo lo que hemos ocultado ha sido por ti.
El príncipe se pasó ambas manos por el cabello corto, pero antes de pronunciar palabra su madre continuó.
—No sabes nada —Selhara apretó su anillo hasta sentir que se clavaba en su piel—.
No tienes idea de la realidad. Sí, eres un bastardo, pero no hijo de la lujuria, sino del amor.
Kyrion estuvo a mi lado cuando el rey ni siquiera sabía que yo existía.
¿ Sabes lo que es amar a alguien que te ve como una obligación? Yo sí…
Respiró profundo y clavó su mirada en su hijo, por primera vez no parecía tan fría. Caelan retrocedió un paso al reconocer en ella a la madre que creía perdida.
—No confundas mis actos con fábulas. El rey sabía más de lo que te contaron. No era un santo que dormía con manos limpias; miraba para otro lado cuando le convenía. El amor se apaga, Caelan, cuando no se alimenta. Yo amé al rey, y también lo odié.
—¿Y Kyrion?
—Kyrion es la verdad que el rey no pudo darme jamás. Lo odies o no, es lo que nos queda. Si quieres destruirlo, no solo tendrás que destruirlo a él: tendrás que destruirme a mí. ¿Estás dispuesto, hijo?
Selhara se inclinó hacia adelante. Sus ojos lo atravesaron con un brillo glacial.
—Escúchame bien, Caelan. Mientras yo respire, nadie disputará tu lugar. Tú serás rey si yo así lo decido. Pero entiende esto: no bastas tú solo. El reino no se sostiene en tu fuerza ni en tus sombras. Necesitamos a Serenya. Con ella, el trono se asegura. Sin ella… lo perderemos todo.
Se levantó despacio, la seda de su capa arrastrándose como un río oscuro sobre los escalones.
—Los Sangreth aún creen que el poder les pertenece. Son una plaga que lleva siglos alimentándose de lo que nos corresponde. Con Serenya a tu lado, podremos erradicarlos para siempre. Y cuando llegue ese día, no habrá grieta ni linaje que nos discuta la corona.
Caelan sintió la punzada de esas palabras clavarse en lo más hondo. Por un segundo quiso creerlas. Por otro, solo oyó la voz de una madre que hacía de su ambición un credo.
La reina giró hacia la salida con la calma de quien dicta sentencia.
—Puedes odiar a Kyrion todo lo que quieras. Puedes maldecirme a mí. Pero si destruyes lo que nos queda, nos condenarás a todos.
Y, antes de que las puertas se cerraran tras ella, lanzó su último veneno.
—Aprende a gobernar primero tu furia, Caelan. Solo entonces gobernarás un reino.
El salón quedó vacío. Él permaneció allí, con las sombras crispadas a su alrededor y la certeza de que, una vez más, había sido dejado solo.
No buscó compañía. Caminó por los corredores hasta detenerse ante una puerta que siempre permanecía cerrada.
Sacó una llave del cinturón. El metal estaba gastado, como si llevarlo consigo hubiera sido más hábito que necesidad.
La introdujo despacio en la cerradura y el sonido —leve, oxidado— resonó más que cualquier grito.
El aire del interior lo envolvió con un soplo frío, cargado de polvo y memorias. Nadie entraba allí desde hacía años. Y, sin embargo, todo seguía intacto: un manto doblado en una silla, un objeto infantil olvidado en la repisa, un tapiz ajado que parecía contener aún un eco de risa.
Avanzó sin encender antorchas. Dejó que la penumbra lo tragara. Pasó la mano por una mesa cubierta de polvo, por la madera que aún conservaba marcas de pequeños golpes. Cada roce era un recordatorio de lo que no había podido proteger.
Se dejó caer sobre el lecho intacto. Cerró los ojos, para entregarse a la única compañía que aún no lo abandonaba: sus fantasmas.
La luz del amanecer se filtraba tenue entre los cortinajes, dorando el borde del lecho. Serenya despertó con el peso de un brazo rodeándola. Su respiración era honda, acompasada, tibia contra su nuca. No se movió. El mundo podía esperar.