Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 15. La fiebre rota #2
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15. La fiebre rota #2

—Ahí estás. La que me derriba sin mover un dedo. Y todavía pretendes que sea yo el que se porte bien.

La barrera de agua quedó erguida. El vapor comenzaba a cubrirla de un velo brillante.

Serenya desató la faja con dedos firmes.

El lino del vestido rozó su piel ennegrecida por el humo y cayó al suelo con un susurro.

Luego, la túnica. Las telas fueron deslizándose una a una, golpeando la piedra con un rumor leve.

Él dejó escapar el aire lentamente, entre disfrute y sufrimiento.

—Siempre supe que el ruido de tu ropa cayendo iba a matarme algún día. Nunca pensé que sería detrás de un muro de agua.

Serenya rodó los ojos, aunque supo que él lo sentiría en la pausa de su silencio.

—Prometiste ser bueno.

Ezryn rio, breve, áspero.

—Y lo estoy siendo. ¿O acaso te estoy tocando?

Sus dedos buscaron el brazalete de cuero en su muñeca, girándolo despacio, como si necesitara algo en lo que clavar la energía que no podía gastar en ella.

—Si no estuviera hecho polvo aún… —El deseo se hizo presente en cada palabra—. No me importaría lo que te prometí. Ni todos los demonios juntos me harían callar lo que haría contigo.

El calor del agua la envolvía, pero fue esa frase la que le erizó la piel. Apretó los dedos contra el borde de la bañera hasta que los nudillos palidecieron.

«Basta. Tengo que tranquilizarme», se dijo a sí misma. «¿Cómo es posible que este hombre me desarme con un par de palabras?»

En un intento por aflojar la tensión flotando en el aire, cambió de tema.

—¿Te acuerdas de la noche en que nos colamos en la biblioteca de Lazhar? —Hundió el rostro en el agua antes de alzarlo con el cabello pegado a la piel húmeda—. Dijiste que solo querías leer, y acabaste bebiéndote media botella que guardaba bajo llave.

—Y tú, con esa forma de contener la risa, casi me haces perder la cabeza. Nunca supe si temías que nos descubrieran… o si lo deseabas un poco.

Alzó las cejas, fingiendo indignación, a pesar de que él no podía verla.

—Casi nos pillan...

Él ladeó la cabeza, los ojos fijos en la barrera líquida .

—Y mereció la pena. —La pausa fue breve—. Todo lo que me arriesgue a perder por ti, siempre la merece.

El silencio se espesó, cargado de memoria y deseo. Serenya apoyó la frente contra el muro de agua, y las palabras de Ezryn la atravesaron como si hubieran cruzado el líquido para encenderle la piel.

Cada uno se perdió en lo suyo: ella, en el recuerdo de un tiempo que seguía latiendo en su interior; él, en la certeza de que aún podía inclinarla hacia sí. Solo el murmullo del agua llenó la estancia, acompasado, como un testigo que aguardaba.

Cuando salió, la piel húmeda y el cabello goteándole sobre los hombros, buscó un paño y se secó despacio.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Ezryn. Las palabras se le quebraron, empapadas de la tortura de imaginar lo que no podía tocar.

Ella soltó un bufido breve, sin dignarse a contestar, y continuó secándose con calma.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron la escena. Lioran entró con una bandeja: pan negro, un cuenco de caldo espeso y una jarra de agua. La dejó sobre la mesa y se retiró sin añadir palabra.

Compartieron el pan en quietud, hasta que Ezryn quebró la calma con su pregunta.

—¿Qué ocurrió en el pueblo? —preguntó con gravedad, el timbre más apagado—. Lo sentí en mi propio cuerpo… como si te hubieran herido, y, sin embargo, no veo nada en ti.

Serenya se detuvo con el pan entre los dedos. No quiso mirarlo. Masticó despacio, como si esa demora pudiera darle una respuesta que no tenía.

—No era contra el pueblo —dijo al fin—. Venían por mí.

No apartó los ojos. Había una tensión distinta en él.

—Lo sabía —susurró—. Sentí que algo te atravesaba. Y juraría que no era solo miedo.

Ella inspiró hondo. El recuerdo de la herrería chamuscada aún le dolía en la memoria .

—Hirieron a alguien cercano a Caelan. —Se obligó a sostenerle la mirada—. Sangró mucho. Sobrevivirá. Pero él… perdió el control.

El brazalete se tensó entre los dedos de Ezryn. No preguntó más.

—Curioso —murmuró, ladeando la boca—. Lo que te atraviesa, yo también lo cargo. Y no hablo de las cicatrices.

Esa frase la dejó suspendida, sin réplica. Ezryn se recostó un poco más en la almohada, los párpados entrecerrados.

—Quédate. No tengo fuerzas para fingir que no te necesito.

Serenya soltó el aire despacio y se deslizó bajo la manta.

No necesitó pensarlo porque era lo que deseaba.

El colchón cedió bajo su peso y la tibieza de Ezryn la recibió.

Se recostó a su lado, acariciándole las ondas rebeldes, enredando los dedos despacio hasta que su cuerpo empezó a acompasarse al suyo.

Medio dormido, Ezryn extendió la mano y la atrajo hacia sí con un gesto torpe, pero firme. El brazo le rodeó la cintura, anclándola contra su costado. Serenya apoyó la frente en su hombro, dejándose arrastrar por la calma que ese contacto sencillo derramaba sobre ella.

Al ver un libro abierto sobre la mesa, lo tomó con la mano libre. Leyó en voz baja, sin importar el sentido de las frases, solo el ritmo que llenaba la habitación. La cadencia lo arrulló pronto: el peso del brazo de Ezryn se relajó sobre ella, y su respiración se volvió profunda.

Cerró el libro con cuidado. Permaneció quieta, observando su perfil dormido en la penumbra, como si temiera perderlo. Dejó caer la cabeza contra él y cerró los ojos. El sueño la alcanzó ahí, en el abrigo de su abrazo.