Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 15. La fiebre rota
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15. La fiebre rota

El pasillo se estrechaba con cada paso. Taro corría delante, los pies descalzos, salpicando agua sobre la piedra. Cada gota dejaba un rastro oscuro en las losas, como si la urgencia hubiera aprendido a dejar cicatriz.

Serenya lo seguía sin pensar, el pecho encogido, la respiración cortada, la piel todavía impregnada de humo y ceniza. El olor del incendio seguía pegado a su cabello, al manto chamuscado en los bordes, al sabor metálico que le raspaba la lengua.

No llegaron a la sala de curas. El chico se desvió hacia un corredor más angosto, iluminado por antorchas que chisporroteaban con un olor agrio a resina. Giró hacia una puerta de madera clara, tan inesperada en aquel castillo de piedra que parecía un injerto de otro mundo. La abrió de golpe.

El olor a hierbas secas la envolvió al entrar: lavanda y corteza quemada.

Una lámpara de aceite titilaba sobre la mesa, derramando destellos cálidos que temblaban contra las paredes.

Una polilla dio dos vueltas a la llama y se perdió en la lejanía.

La penumbra era íntima, casi doméstica, y en el centro, sobre el lecho, respiraba Ezryn.

Ya no temblaba. Sus labios habían recuperado un hilo de color. La sábana se le pegaba al torso, y el aire alrededor ardía con ese calor húmedo que queda tras la fiebre rota.

Abrió los ojos al verla. Había cansancio en ellos, pero también un brillo despierto, como si hubiera esperado justo ese momento para volver a la superficie.

—Siempre entras… —Su voz salió ronca, quebrada, pero encontró lugar para una sonrisa torcida—. Como si hubieras incendiado el mundo.

El sonido la desarmó. Serenya soltó un jadeo que no supo si era risa o llanto. Se arrodilló junto al lecho, la tela de su falda absorbiendo el frío del suelo, y buscó su pulso con dedos temblorosos. La piel estaba tibia, no ardiente. El latido, débil, pero firme, le golpeó las yemas.

Ezryn alzó la mano con esfuerzo, los nudillos aún pálidos. Le apartó un mechón húmedo de la frente, dejando tras de sí un rastro fresco en su piel sudada.

—Y lo has hecho —murmuró—. Traes un incendio contigo.

Serenya bajó la vista. El aroma acre estaba en su pelo, en la tela, en su propia respiración entrecortada. Y, sin embargo, solo sentía su olor, mezclado con el de las hierbas de la habitación. No respondió.

Se inclinó hasta que los labios rozaron los suyos. El contacto fue un temblor, una sacudida breve que le recorrió la columna. El alivio la atravesó con tanta fuerza que casi dolió: estaba vivo, entero, todavía él.

Ezryn cerró los ojos, sosteniendo el beso lo justo para que pesara, no más. Su aliento tenía un sabor amargo, pero a Serenya le supo a regreso.

La puerta chirrió.

Se apartó de golpe, el corazón dándole un vuelco que casi la ahogó. Él abrió los ojos a medias, todavía sonriendo, justo cuando una silueta se recortaba en el umbral.

Lioran se quedó congelado, la mano aún en el picaporte, como si hubiera abierto sin pensar y quisiera tragarse el error. La incomodidad le subió a la cara en un segundo: ojos abiertos de par en par, labios tensos, la respiración entrecortada.

—Yo… —balbuceó, y enseguida se frotó la frente, buscando palabras que no existían—. Si hubiera sabido…

Ezryn rio, débil, pero sincero, y apoyó la cabeza contra la almohada.

—Si hubieras sabido, habrías entrado igual. Nunca has tenido paciencia.

—Ez… —Lioran dio un paso dentro, como para asegurarse de que lo veía bien—.

Maldito seas, me vas a matar del susto algún día.

—La felicidad se le escapó en un suspiro, pero enseguida volvió a mirar a Serenya, reparando en las manchas de ceniza que la cubrían hasta las manos—. Y tú… ¿qué demonios te ha pasado?

Ella inspeccionó su ropa, consciente de su aspecto. Su amigo se pasó una mano por el mentón, frunciendo el ceño. Por su parte, Ezryn le acarició los nudillos, una pequeña sonrisa encendiendo su rostro.

Tragó saliva y se humedeció los labios antes de explicar.

—Un ataque. Contra el pueblo… contra mí. —Se obligó a sostenerle la mirada a Lioran. No quería mirar a Ezryn, aunque sintió como su cuerpo se tensaba y la mano que antes la acariciaba presionaba su muñeca—. Hubo fuego, flechas, gritos. Caelan y yo… lo contuvimos. Apenas.

El aire quedó suspendido unos segundos. Ezryn la observaba desde la cama, pálido.

—Así que no era solo un mal sueño. Algo me desgarraba por dentro, justo antes de despertar. —Alzó una ceja—. Supongo que eras tú.

La confesión la dejó vibrando. Serenya entreabrió los labios para protestar, pero Lioran se le adelantó.

—Entonces eso fue lo que sentiste —dijo, mirándolo con gravedad—. Por un segundo, pensamos que te perdíamos. —Serenya volteó rápidamente la mirada hacia él y Lioran continuó—: Lo estábamos trasladando cuando se dobló sobre sí mismo, como si la herida se hubiese abierto una vez más.

Ezryn emitió un sonido breve que se convirtió en tos.

—Siempre me has hecho sangrar —susurró—. Y, aun así, no sé vivir sin ese ardor.

—Ezryn —advirtió Lioran, con una mezcla de alivio y fastidio .

—¿Qué? —respondió él, encogiéndose de hombros—. Estoy vivo, ¿no? Déjame usar la lengua.

El mayor negó con la cabeza, aunque sus labios se tensaron en un gesto que no logró disimular del todo la alegría.

—Milagro… aunque viniendo de ti, sé que no durará. Siempre fuiste experto en tentar a la muerte.

—Y, aun así, sigo aquí.

La tensión cedió lo justo para que Serenya respirara más hondo. «No puedo negarlo», pensó, sosteniéndole la mirada.

Lioran carraspeó, rompiendo el silencio con su tono grave.

—Ve a bañarte antes de la cena. Yo me quedo cuidando de este insensato.

Ezryn giró la cabeza hacia él, en un gesto cansado. La palidez le marcaba los pómulos y un mechón rebelde caía sobre su frente. Cuando habló, la voz sonaba extraña.

—¿Y dejarme otra vez solo? —Sus dedos buscaron los de Serenya con torpeza—. No lo soportaría.

—Ezryn… —advirtió Lioran, con esa mezcla de paciencia y hartazgo que solo él podía sostener.

El enfermo tragó saliva, los labios secos, la respiración temblorosa. Alzó la mirada hacia Serenya como quien se aferra a un último recurso.

—Seré bueno —susurró, y en su voz no había picardía, solo súplica.

Serenya dudó. Alzó la cabeza y se dejó atrapar por la intensidad de sus ojos. Allí estaba la fragilidad desnuda, el miedo a volver a quedar solo. Inspiró hondo, meneando la cabeza.

—Que preparen el baño aquí —dijo al fin, con una firmeza que le sorprendió incluso a ella—. No pienso dejarlo otra vez.

Ezryn parpadeó despacio, como si no creyera haberlo escuchado.

Y sonrió. No la media mueca irónica de siempre, sino una sonrisa plena, luminosa, la que casi nunca entregaba.

El hoyuelo en su mentón apareció, hondo, recordándole quién había sido hacía muchísimos años, y esa visión la golpeó con una ternura insoportable.

Lioran los observó largo rato, como si quisiera discutirlo, pero al final se rindió con un gruñido resignado.

—De acuerdo. Lo arreglaré. —Se volvió hacia la puerta—. Pero si me entero de que te ha convencido para alguna locura, lo meto de cabeza en el agua fría.

Serenya le apretó la mano, temiendo que el temblor la delatara.

Lioran salió al pasillo. El eco de sus botas resonó unos pasos antes de apagarse en la galería abierta.

Entonces lo vio: Caelan estaba allí, fundido con la penumbra, el hombro apoyado en el muro y los brazos cruzados sobre el pecho. La luz de la antorcha dibujaba los ángulos de su rostro, rígidos, severos.

No hacía falta preguntar.

Sus sombras ya le habían susurrado más de lo que debía saber. La mandíbula endurecida y la oscuridad ardiendo en sus ojos lo delataban. A sus pies, los pliegues negros se tensaban y reptaban en espirales contenidas, inquietas, cargadas de un silencio que oprimía el aire.

Bastó la quietud feroz de su cuerpo para que Lioran entendiera: cada sílaba traída por esas sombras le pesaba por dentro y las estaba rumiando en silencio, igual que una astilla clavada en la carne.

Los sirvientes llegaron cargando cubos humeantes, el vapor derramándose en el pasillo antes de entrar. Se detuvieron al verlo en la cama, demasiado tensos para seguir adelante.

—¿Aquí…? —balbuceó uno, con la vista fija en Serenya, como si esperara que ella corrigiera la orden.

Una voz grave cortó la vacilación desde la galería.

—Hacedlo.

Caelan no necesitó levantar el tono. Sus palabras bastaron para que los hombres se apresuraran. El príncipe permanecía inmóvil y la seguridad seca de su gesto no admitía réplica.

El agua llenó la bañera de cobre con un rumor denso. El olor a lavanda pronto se mezcló con el aroma a madera quemada que escapaba de la chimenea. Los sirvientes se retiraron sin atreverse a alzar la vista.

Antes de cerrar, Serenya levantó la cabeza.

Caelan seguía en la galería, apoyado contra la piedra.

La mirada de ambos se encontró. Serenya la sostuvo antes de cerrar la puerta con un gesto lento, como si clausurara algo más que la entrada a la habitación.

La madera encajó con un golpe seco. Las sombras a sus pies se agitaron una vez, y luego se plegaron hacia dentro, como si alguien hubiera apagado el fuego sin avisar.

Ezryn soltó un respiro entrecortado y giró la cabeza hacia ella.

—Prometí ser bueno —murmuró, la picardía brillando en sus ojos color vino—. Pero no me pidas milagros.

La siguió con la mirada mientras alzaba la mano, invocando un muro de sombras que se alzó entre ambos.

—Eso no. —La voz le salió grave, con un filo que parecía acero—. Bastante tengo con compartir dolores… no me obligues también a compartir la cama con sus sombras.

Vaciló, sorprendida. Las sombras retrocedieron con un leve chasquido. Ezryn dejó escapar una risa baja, pero mordaz.

—Sorpréndeme, dulzura.

Sonrió y dejó que el agua respondiera. El líquido se alzó en un arco translúcido, sólido, como cristal que vibraba bajo la luz. La barrera quedó erguida entre ellos, temblando como un espejo líquido.

Ezryn la contempló, impresionado. El hoyuelo en su mentón apareció nuevamente.