Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 14. Varnek #3
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14. Varnek #3

Varnek yacía aún sobre la piedra, pero una mujer había corrido hacia él.

Sus manos olían a hierbas machacadas y harina.

Le presionaba la herida con paños improvisados, la frente arrugada en un gesto que era más súplica que ciencia.

Serenya se arrodilló junto a ella, ayudándola a contener la sangre.

No era una herida mortal, pero la palidez de Caelan, de pie a su lado, hacía pensar lo contrario.

Parecía a punto de desplomarse. Sus sombras habían retrocedido, mansas, exhaustas.

Pero él seguía temblando, la respiración entrecortada, la mirada fija en Varnek como si temiera perderlo, incluso después de que la mujer asegurara que viviría.

Ella no dejó de presionar la herida, firme, aunque con la otra mano le acariciaba la mejilla con ternura.

—Siempre igual, Varnek. No hay batalla en la que no termines tirado como un idiota. —El reproche sonó áspero, pero en sus ojos se leía más miedo que enojo.

Varnek intentó sonreír, un gesto quebrado en sus labios.

—Ya lo ves… sigo necesitando que me remiendes. —Alzó la mirada hacia Caelan, que aún contenía el temblor en los puños, y añadió con voz ronca—: Ella es Maiven. —Un orgullo leve vibraba en ese nombre, como si al pronunciarlo le devolviera la fuerza—. La única capaz de aguantarme.

Maiven inclinó la cabeza hacia Caelan, sin dejar de atender al herido .

—Y usted, alteza, ¿no pudo enseñarle mejores maneras que correr de frente al acero?

Serenya dejó escapar un suspiro breve, sorprendida por la osadía. Caelan asintió, grave, pero su mandíbula seguía apretada como si cada palabra que callaba fuera un hierro candente.

—Sigue con él —le dijo a Maiven. Y por primera vez, su tono no fue orden ni reproche, sino ruego disimulado—. Cuídalo.

Ella lo miró directo, sin apartar las manos de la herida.

—Lo haré. Siempre. Se lo prometo, alteza.

El príncipe la miró en silencio, como si esas palabras hubieran atravesado un muro. Cuando habló de nuevo, sonaba más cercano.

—Tutéame.

El ceño de Serenya se frunció aún más. «¿Qué demonios estoy presenciando?»

Caelan se irguió enseguida, imponiendo su altura y el filo de su autoridad.

—¡Apagad esos fuegos! —rugió hacia los hombres del pueblo—. ¡Traed cubos, arena, lo que tengáis!

Dos campesinos corrieron de inmediato y otros se unieron más tarde, arrastrando cubos desde el pozo. Las llamas que devoraban la herrería empezaron a domarse bajo la lluvia improvisada de agua y arena.

—¿Heridos? —preguntó Caelan, cortante.

Nadie dudó en responder: un anciano con el brazo abierto, un niño con la pierna lastimada, una mujer con la frente partida. Decenas de hombres con diversos cortes.

—¡Llamad a la curandera! Que revise a Varnek primero, pero que no deje a nadie sin atender. —Su mirada recorrió la plaza con precisión fría—. Los muertos, juntos en el atrio. Maiven, prepara tu casa. Allí lo llevaré.

Se inclinó, recogiendo a Varnek entre sus propios brazos con una facilidad brutal, como si fuera un niño. La sangre manchó su manto y no pareció importarle.

Serenya lo observó en silencio, impresionada. Nunca lo había visto tan humano, tan expuesto… y al mismo tiempo tan implacable. La obediencia fue inmediata: nadie discutió, nadie dudó. Cada una de sus palabras se volvió acción en cuestión de segundos.

Fue un día largo, distinto a lo que había imaginado al salir de la capital.

La herrería no se perdió entera, pero necesitaría semanas de reparaciones, igual que los edificios cercanos chamuscados por las flechas incendiarias.

Entre los cadáveres de los atacantes no encontraron emblemas, ni estandartes, nada que revelara su origen.

Y, sin embargo, todos habían gritado lo mismo: iban tras ella.

«El ataque en el camino… ahora esto. ¿Casualidad? No. Alguien mueve los hilos y me quiere fuera del tablero».

Mientras Maiven atendía a Varnek en su casa, Serenya vio a Caelan unirse a los hombres del pueblo.

No dio órdenes esta vez: tomó una pala y cavó junto a ellos, hombro con hombro, hasta que la tierra negra se abrió para recibir a los muertos.

Su manto, aún manchado de sangre, se llenó también de barro.

Nadie osó detenerlo, ni mirarlo demasiado.

El silencio de los entierros se extendió después al camino de regreso.

Los caballos avanzaban despacio. Las colinas parecían más oscuras que por la mañana y el cielo, de ese azul grisáceo tan típico en Virelia, pesaba sobre sus cabezas como un techo resquebrajado. Cada paso del animal bajo ella sonaba hueco, como si repitiera un eco que no quería callar.

Serenya, en su montura, repasaba lo que había visto: la herida de Varnek, la furia desatada, la obediencia ciega del pueblo, la pala hundiéndose en la tierra en las manos del príncipe. Caelan cabalgaba delante, encerrado en sí mismo, la mandíbula apretada, las manos aún manchadas de sangre y barro.

El portón se abrió sin ceremonias y los caballos avanzaron por el patio de piedra, cansados, cubiertos aún de polvo y humo.

En las caballerizas, varios hombres del castillo se adelantaron al verlos llegar, el ceño fruncido ante sus ropas manchadas de barro y sangre.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó uno de ellos, nervioso.

Caelan desmontó de un salto, la mirada dura.

—Un ataque. Tengo que hablar con Selhara inmediatamente. —Entregó las riendas como si fueran un peso sin importancia.

Serenya bajó de su montura más despacio. Abrió la boca para decir algo —no sabía si reproche, pregunta o consuelo—, pero no alcanzó a hablar.

Una figura menuda irrumpió corriendo por el camino lateral. Taro, el niño del cubo, agitaba los brazos, empapado, el agua salpicándole la ropa.

—¡Señora, venga!

Serenya no pensó; echó a correr.