Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 14. Varnek #2
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14. Varnek #2

Sin esperar réplica, Varnek los condujo a la estancia contigua. Una mesa de madera ocupaba el centro, cubierta con pan negro, miel ácida y un cuenco de raíces asadas.

—Comed —dijo, ya sentándose—, no hay conversación que valga sin algo en la boca.

Caelan aceptó sin una palabra y Serenya lo imitó. Mientras partía el pan, Varnek habló con entusiasmo, como si la vida del pueblo le brotara entre las manos.

—Este año nacieron tres críos más en la plaza sur. El pequeño de Lareth ya da sus primeros pasos. Y también hemos perdido a los viejos…

Serenya lo escuchaba con atención, hasta que dejó la copa a un lado y lo miró con suspicacia.

—Ya tenías todo listo.

Caelan sonrió de lado y se le suavizó el rostro. Varnek rio, inclinándose hacia la mesa.

—Las sombras ya me habían avisado que estabais llegando. Siempre lo hacen. Aquí nada se mueve sin que ellas lo sepan.

Un escalofrío recorrió a Serenya. No supo si le inquietaba más la certeza en sus palabras, o la sonrisa ligera con la que lo dijo, como si fuese lo más natural del mundo.

Varnek bebió un sorbo de vino y continuó hablando, sin perder el hilo.

—Rian, el curtidor, partió hace dos lunas; lo enterramos bajo un fresno de ceniza. —Su voz se quebró en ese nombre, pero enseguida retomó la conversación con una sonrisa que no lograba borrar del todo la sombra—. Así es Virelia: nos quita, nos da. Y nosotros seguimos.

Ella lo escuchó en silencio. Había algo en esa manera de enumerar nacimientos y muertes que la conmovía.

Cuando la comida se fue agotando, Varnek levantó la vista hacia Caelan. La ligereza desapareció de su expresión.

—Necesito hablar contigo. —Se giró hacia Serenya, como si recordara de golpe que estaba allí, y añadió amablemente—: Podrías pasear un poco por el jardín trasero. El sol ya empieza a calentar y las hierbas florecieron con fuerza este año.

Serenya asintió, recogiendo la invitación.

Cruzó la puerta hacia el exterior, donde los tallos altos se mecían con el viento.

Caminó despacio entre las plantas, pero el murmullo de las voces se filtraba a través de los muros.

Se detuvo junto al tronco de un fresno joven.

A su espalda, la conversación se quebró en fragmentos que la alcanzaron sin permiso.

—… mucho tiempo que no venías…

—… no podía… la ciudad…

—No era solo mi pérdida… también la tuya…

Un silencio denso, interrumpido por un golpe seco sobre la mesa.

—… Iria querría que seas feliz… —El nombre se quebró como vidrio.

—Tú también lo mereces…

El murmullo de Caelan llegó más bajo, casi un gruñido contenido.

—Eres casa, siempre...

—¿Y qué hay de ti?

Otro silencio, largo, que se llenó con el zumbido de los insectos en el jardín.

— Tú mereces vivir.

Las voces bajaron hasta un tono que impedía escuchar más que un murmullo. Serenya no quería curiosear, pero no podía evitarlo. Se inclinó hacia el frente, intentando descifrar alguna palabra más.

—¿Y estarás ahí? —preguntó Varnek, cortado por la urgencia.

—… Sí.

El resto se apagó en el rumor del viento. Serenya apoyó la frente en la corteza áspera, el corazón desbocado. «¿Quién eres para él, Varnek?»

El estrépito los alcanzó al poco rato: un grito ahogado, el silbido de flechas, el choque de metal contra piedra. Desde el interior de la casa llegó el estruendo de una copa al caer, rodando hasta hacerse añicos contra el suelo. El mundo doméstico se quebraba en un solo latido.

Serenya se enderezó de golpe, la frente aún apoyada en la corteza del fresno. Corrió hacia la puerta trasera. Dentro, las sombras se crispaban en torno a Caelan, mientras Varnek ya se había levantado, espada en mano.

Gritos se mezclaban con el relincho de caballos en pánico.

Una flecha atravesó el marco de madera a pocos pasos de Serenya.

Otro proyectil cayó dentro y prendió en una cortina.

La tela ardió como si hubiera esperado la chispa desde hacía siglos.

El resplandor rojo se extendió sobre las vigas y la herrería de Varnek comenzó a llenarse de humo acre .

—¡Fuera! —rugió él, echándose al frente con furia.

Caelan lo siguió, la mano crispada en la empuñadura, las sombras arremolinándose a sus pies.

Serenya los alcanzó en la calle, donde el caos ya se había desatado: campesinos huyendo, niños arrastrados por sus madres, perros ladrando contra encapuchados que irrumpían por la plaza con lanzas y estandartes rasgados.

—¡A la extranjera! —vociferaban.

El corazón de Serenya se encogió. Antes de que pudiera reaccionar, vio cómo una lanza buscaba el pecho de Varnek. Él intentó desviar el golpe, pero el hierro le abrió el costado y lo derribó contra la piedra.

El grito de Caelan partió el aire.

—¡Varnek!

El príncipe se quedó paralizado, las sombras crispándose bajo sus pies, la espada aún envainada, los ojos fijos en la sangre que manaba como si el mundo entero se hubiera reducido a esa herida.

Serenya sintió el poder responderle en la sangre.

Se adelantó, invocando una oleada de luz y sombra que detuvo las flechas en pleno vuelo y quebró las lanzas como ramas secas.

El resplandor la envolvió y la gente, aterrada, retrocedió…

hasta que un niño tropezó junto a un perro que ladraba frenético.

Se lanzó sobre ellos, envolviéndolos en su llama.

No quemaba carne: quemaba intención. Los aldeanos vieron que la luz no los hería, sino que los protegía y comenzaron a refugiarse detrás de ella, temiendo y rogando a la vez.

Caelan despertó de su parálisis con un rugido que mezclaba miedo y furia en partes iguales.

Desenvainó la espada. Las sombras se alzaron con él, afiladas como cuchillas, y arremetieron contra los encapuchados.

Allí donde su filo no alcanzaba, las sombras lo hacían: desgarraban gargantas, quebraban huesos, abatían enemigos con la violencia de un vendaval nocturno.

Serenya no quería causar miedo, pero no podía quedarse de brazos cruzados, no cuando las vidas de todos estaban en riesgo.

El fuego se expandía de un edificio a otro.

La gente corría intentando refugiarse. Levantando sus manos, Serenya dejó que la luz fluyera.

Abrió paso entre el caos mientras Caelan se hundía en la ira, sus sombras golpeando incluso cuando ya no quedaba enemigo.

—¡Basta! —La voz de Serenya atravesó el estrépito, firme, resonando más que el rugido de las llamas. Se interpuso, la mano en su brazo ensangrentado, y el contacto lo hizo volver a la superficie.

Los atacantes, viendo a dos fuegos desatados —blanco y negro, luz y sombra—, se dispersaron. Quedó el pueblo roto: el humo sabía a miedo.