14. Varnek
El sueño la devoró sin aviso. Vio un fuego blanco, tan intenso que no ardía hacia fuera, sino hacia dentro, trazando líneas en un cielo sin nombre. En medio de ese resplandor, oyó el crujido de unas alas quebrándose. El dolor le atravesó la espalda, quemándola desde los omóplatos hasta la nuca.
Se removió en la colcha, sofocada. La carne se le tensó, tirante, como si algo empujara desde dentro. Gimió entre dientes. El fuego no se apagaba. Entonces, una mano suave le rozó el hombro. La voz de Mirel se coló entre las brasas del sueño.
—Despierta, pequeña. El día no va a esperar.
Serenya abrió los ojos de golpe, descolocada. La habitación estaba en penumbra, con la chimenea reducida a un lecho muerto. El olor de pan tostado y café amargo llenaba el aire, desplazando la pesadilla.
Se llevó la mano a la espalda.
—Mirel… —El nombre se le deshizo en la boca—. Mírame. Por favor, mírame.
La mujer dejó la bandeja con brusquedad sobre la mesa y se inclinó de inmediato. Levantó la tela de la camisola con dedos firmes. No había heridas ni sangre, solo la piel enrojecida. Contuvo el aliento. Ese silencio, más que cualquier palabra, fue lo que la hizo temblar. Su corazón se desbocaba.
—Dime qué ves —pidió, más un mandato que una súplica.
Mirel deslizó los dedos por sus omóplatos. Tardó en responder.
—Rojez. Como si algo te hubiera marcado desde dentro.
—¿Nada más? —insistió, girando el rostro—. ¿Y sabes qué significa ?
—No, Serenya, no lo sé. No es herida ni enfermedad. Y si tiene nombre, no lo conozco.
Se mordió el labio, con el corazón repiqueteando. El sueño volvió como un latigazo: el fuego blanco, las alas quebrándose, la sensación de arder desde dentro.
«¿Y si no es solo un sueño? No es la primera vez que lo siento».
—¿Y mi madre? —susurró, con urgencia—. ¿Te dijo algo ella sobre esto?
Mirel alzó la vista y en sus ojos Serenya vio algo parecido al miedo. Retiró la mano, guardando el silencio de quien protege un secreto.
—Nunca me dijo nada —respondió al fin. Hubo una pausa. Casi sin querer, continuó—: Después de tu nacimiento… cambió.
Se mordió la lengua, demasiado tarde.
—Mirel… —insistió Serenya, inclinándose hacia ella.
—No hay tiempo ahora —La cortó la mujer, de repente firme.
El pulso de Serenya se aceleró y lo primero que le vino a la mente fue Ezryn.
—¿Le pasó algo? —Se incorporó de golpe.
Mirel negó de inmediato, adelantándose a la tormenta.
—Está bien. Lerith lo veló toda la noche. —Le acarició el cabello con un gesto rápido, casi maternal—. Pero no puedes ir ahora.
—¿Y por qué no?
—Porque Caelan ya te espera. Los caballos llevan ensillados más de una hora. No deberías hacer esperar a un príncipe, mucho menos en su hogar.
Resignada, pero también curiosa por lo que le aguardaba, Serenya bebió a sorbos el café, dejando que le despejara la mente. No tenía hambre, pero Mirel la obligó a tomar un trozo de pan.
—Ni se te ocurra salir con el estómago vacío —dijo, con ese tono que no admitía réplica—. Lo quieras o no, hoy vas a necesitar fuerzas.
Obedeció a medias, arrancando un bocado pequeño. Su amiga no insistió más; le alcanzó la ropa y la ayudó a ceñírsela. El ardor en la espalda volvió a latir bajo la presión de la tela.
—Anda —continuó la mujer, acomodándole un mechón detrás de la oreja—. La ciudad entera te observa, aunque no lo sientas. Hazles creer que no te caes.
Serenya la miró de reojo, sin saber si aquello era consuelo o advertencia. Se levantó, se ajustó el manto sobre los hombros y cruzó la estancia decidida a no mostrar más dudas.
Lo encontró en el patio, junto a dos caballos oscuros, ya ensillados.
La bruma de la mañana envolvía las torres, y la humedad olía a tierra recién removida.
Caelan estaba de pie, la mano en la testera del suyo, el gesto rígido de quien lleva demasiado esperando.
Al verla, no sonrió. Solo le tendió las riendas de la yegua.
—Ya está hecho. —Su voz era baja, contenida—. Taro, el niño del cubo, nos avisará si hay cualquier cambio con Ezryn.
Parpadeó, sorprendida.
—¿Y cómo va a encontrarnos?
Montó de un solo movimiento, ágil, casi felino, en un cuerpo tan grande.
—Ese mocoso corre más rápido que los rumores.
Y monta como un endemoniado cuando quiere.
Tomará el atajo de los estanques. Sabrá encontrarnos.
—Acomodó la espada en la silla y sus sombras se crisparon bajo el caballo.
La mirada que le lanzó fue un filo envuelto en calma—.
Ahora monta. Tenemos un pueblo que nos espera.
Serenya tomó las riendas. El ardor de su espalda volvió a latir, como un recordatorio secreto, mientras espoleaba a la yegua tras él.
El camino se abrió entre colinas que parecían dormidas, cubiertas de hierba oscura y flores que solo brotaban después del fuego. La bruma de la mañana aún pesaba. Serenya seguía el paso del caballo de Caelan, los cascos marcando un ritmo que parecía dictado por la tierra misma.
—Virelia no siempre fue ruina —explicó él sin mirarla—. Aquí había terrazas llenas de frutas de sombra. Las colgábamos en racimos bajo techos de madera negra, y el aire entero olía a miel ácida.
Señaló las laderas. Donde antes hubo troncos calcinados y muros derrumbados, crecían hileras de viñas oscuras que trepaban sobre estructuras de madera nueva. En lo alto, algunos árboles de ceniza se mantenían firmes, sus raíces hundidas como estelas invisibles.
—Cuando la guerra lo arrasó todo, no sembramos lápidas. Plantamos árboles de ceniza. Cada raíz lleva un nombre que no se pronuncia, pero que vive bajo tierra.
Serenya volvió el rostro hacia esas siluetas grises, rígidas, que parecían absorber la luz. Había belleza y desgarro a la vez, como si la muerte misma se hubiera convertido en bosque.
Más adelante cruzaron un puente de obsidiana. El agua debajo no era clara, sino negra, pero en la superficie flotaban hojas brillantes, como espejos que alguien hubiera dejado caer. Serenya sintió la memoria del sueño todavía latiendo en la piel.
Caelan habló otra vez, su voz grave arrastrando siglos.
—Aquí hubo un templo. Lo quemaron. En su lugar crecieron raíces que aún sangran bajo la tierra. No lo ves, pero lo sienten los que nacieron en estas tierras: al caminar sobre esas piedras, saben que pisan huesos y juramentos quebrados.
El silencio que siguió fue denso. Un pulso subió por sus botas. Serenya no encontró réplica. Solo guardó las imágenes como quien carga un peso que no le pertenece, pero que ya no puede soltar.
El pueblo apareció al fondo, más vivo que los anteriores. Techos de madera oscura, campos de hierbas violetas junto a los huertos, humo que subía en espirales azules. Voces que se mezclaban con el repicar de campanas de hueso: un sonido hueco, destinado —le explicaron— a ahuyentar a los recuerdos .
Un hombre se adelantó al verlos llegar. Serenya se sorprendió: era de la talla de Caelan, con hombros anchos, el gesto endurecido por la vida. Pero había algo contradictorio en él: en los ojos brillaba una juventud que no concordaba con la solidez de su cuerpo.
No esperó protocolos. Lo abrazó. Largo, firme, como se abraza a alguien que sostiene el mundo. Caelan respondió con un apretón en la nuca, un gesto cargado de intimidad. Serenya los observó sin comprender. Sintió el rumor de una certeza que aún no podía nombrar.
Caelan aflojó el abrazo, pero no lo soltó. El hombre lo sostuvo con la familiaridad de quien no teme invadir silencios.
—Caelan —lo nombró, con una firmeza que rozaba la ternura, y después se giró hacia ella—. ¿Y ella?
El príncipe arqueó una ceja y le dio un empujón seco en el hombro, pero nada hostil.
—No se habla así delante de una dama. ¿Dónde están tus modales, Varnek?
El hombre rio, sacudiéndose el gesto como si fuera una caricia de antaño.
—Siempre tan severo. No cambiarás nunca.
—Haciendo una reverencia entre respetuosa y cómica, Varnek la miró directo a los ojos—.
Mis disculpas, milady . Hace demasiado que no cruzo palabras con una dama.
—La sonrisa se le quebró, como si un recuerdo le atravesara la piel.
Enseguida volvió a cubrirlo con ligereza—. Y menos aún acompañando a este bruto.
El príncipe Virel puso los ojos en blanco, en un gesto tan poco suyo que Serenya no pudo evitar una carcajada breve.
El sonido quedó flotando entre los tres, insólito, y en ese instante pensó que quizás había encontrado la grieta más inesperada de todas: la que atravesaba la severidad de Caelan y la convertía, por un segundo, en simple humanidad.
Varnek los condujo por las calles, saludando a todos con una sonrisa franca, como si conociera el nombre de cada niño y cada anciana. Serenya se sorprendió de lo distinto que era de Caelan: allí donde él era silencio y sombra, Varnek era palabra y calor.
—Trabajo aquí.
Abrió la puerta de una herrería amplia. En las paredes colgaban espadas terminadas, pero también piezas más humildes: herraduras, herramientas de campo, candados finamente labrados.
La fragua dormía por el momento, pero aún guardaba el olor denso del fuego reciente.
Serenya rozó con los dedos un martillo que descansaba sobre la mesa, pesado, sólido.
—Mis manos no solo forjan armas —explicó él, con orgullo—.
También dan forma a lo que mantiene vivo al pueblo.
La guerra no lo es todo, aunque nunca nos abandone.
—Se giró hacia Caelan con una sonrisa pícara—.
Dime, ¿vienes a verme o a encargarme otra espada?
Porque si es lo segundo, tendrás que esperar tu turno como cualquiera.
Caelan resopló y en sus labios apareció una sombra de algo parecido a una sonrisa.
—Eres el mejor en lo tuyo, y lo sabes. —Su tono fue seco, pero la chispa de orgullo era inconfundible.
Varnek lo empujó con el codo, entre broma y desafío.
—El mejor —Chasqueó los labios, meneando la cabeza—. Y aun así me haces esperar tus visitas años enteros.
Serenya los observó con el ceño fruncido. «No es un soldado. ¿Entonces quién es para que Caelan lo mire así?»