13. Entre lo que arde y lo que calla
La habitación la recibió con un olor espeso y antiguo: resina oscura y líquenes húmedos, mezclados con un dejo eléctrico, como tormenta retenida en la piedra. No era el aroma del castillo; tenía algo distinto, un aire que parecía reconocerla al entrar.
Serenya se desajustó el vestido con manos torpes, como si la tela misma le negara el aire.
El broche cedió al fin, y la prenda se abrió con un susurro tenso, aún cargada del peso de la cena, de las palabras no dichas, de la mirada de Selhara clavada donde ya no estaba.
Al deslizarla, el almidón crujió entre sus dedos, rígido, casi hostil, endurecido por el calor sofocante del banquete.
Quedó en camisola ligera, pegada a la piel aún encendida.
Respiró hondo, pero el aire no llegó limpio.
Aun así, había en ese despojo una tregua mínima. Insuficiente. Necesaria.
Se soltó el cabello. La trenza se deshizo con un tirón y los mechones húmedos le golpearon la espalda, dejando un escalofrío.
Pasó la mano por su cara, arrastrando el cansancio.
Cruzó descalza hasta la ventana. La piedra helada mordía la planta de sus pies y el vidrio empañado le devolvió un reflejo desdibujado.
Afuera, el viento llevaba restos de hollín y el rumor lejano de las antorchas.
Evocó a Rey Baba. Había liberado al caracol antes de partir del Bastión y lo extrañaba con una punzada seca en el pecho.
«Qué estúpido», pensó, «extrañar aún a un caracol». Pero había sido su todo en las noches de encierro: un compañero tranquilo que le recordaba que la vida seguía arrastrándose, incluso cuando ella creía que el tiempo se había detenido.
El silencio de la estancia duró lo mismo que un suspiro, como si el aire no le permitiera quedarse en esa ternura.
Entonces volvió la voz de Selhara: Que aceptes a Caelan.
Ahora. El filo de esas palabras le raspaba la garganta todavía.
¿Era ese el destino que pretendían para ella?
Convertirla en puente. En promesa. Apoyó la frente contra el vidrio húmedo; el aliento empañó el cristal hasta borrar su reflejo.
El frío se le filtraba por la camisola. Se giró hacia la chimenea oscura y alzó la mano.
Un chasquido recorrió la madera: las brasas apagadas revivieron en un fuego azul.
La luz lamió las paredes, proyectando su sombra alargada contra la piedra.
No fue arrebato ni accidente: fue su decisión, un acto de posesión sobre el lugar y sobre sí misma.
Se sentó en el borde de la cama. El calor le acariciaba los brazos, contrastando con el roce de la tela en la piel.
Observó la llama hasta perderse en ella y las sombras empezaron a moverse en la pared.
Primero, fueron líneas torpes, alargadas.
Luego, con un gesto apenas consciente, las alargó, las hizo girar, se bifurcaron.
Se densificaron, ganaron peso, volumen. Y allí estaban: dos figuras, delineadas por fuego y oscuridad.
Caelan, alto, firme, inmóvil como un muro. Ezryn, inclinado hacia ella, medio roto, con la sonrisa febril todavía en los labios. Sombras, sí, pero con una presencia tan viva que el suelo pareció hundirse bajo su peso.
Su pecho se encogió como si fueran carne.
Un recuerdo le atravesó la mente: la voz de su madre, clara como un cuchillo. Nunca juegues con las sombras delante de nadie, niña. Nunca.
Recordó la presión de una mano en su brazo, apretando más de lo necesario, y un suspiro quebrado que nunca entendió. Se quedó con la piel erizada, la sensación de que había rozado algo que no comprendía del todo.
«He recuperado mis recuerdos, pero aún hay tanto que no sé».
Las sombras se quebraron en un remolino oscuro cuando cerró la mano.
El fuego azul volvió a arder manso, obediente, y la habitación recuperó su calma.
Serenya respiró hondo, intentando convencerse de que había sido un juego, nada más.
Pero la inquietud persistió, como una astilla invisible bajo la piel.
Baba no estaba. «Cuando nadie me hablaba, él avanzaba; lento, pero avanzaba. Y ahora ya no está».
Ezryn ardía en fiebre. Caelan aguardaba sin exigir. Y ella, en medio, sintió que el suelo no era firme bajo sus pies. La profecía seguía esperando. Tres llamas. Una elección que Thelarys exigiría tarde o temprano.
Se recostó. El cabello se enredó en la almohada, pegajoso contra la nuca. El resplandor azul temblaba en sus párpados cerrados. Tal vez el sueño no llegaría. Quizá la noche sería solo eso: fuego obediente y ecos que no callaban.