Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 12. El rumor de la sangre #2
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12. El rumor de la sangre #2

Era una Umbrae de rango alto, una de las pocas fuera del linaje real que podía sostener más de un efecto a la vez. En Varethia, se decía que las sombras del castillo respondían solo a tres personas: a Selhara, a Kyrion y a Caelan.

El salón ardía de antorchas, pero el aire estaba frío y denso. La mesa central rebosaba de carne ahumada, panes oscuros y copas de vino espeso. Los murmullos de los nobles se apagaron en cuanto Serenya cruzó el umbral.

Selhara fue la primera en hablar. La sonrisa no le alcanzó a los ojos.

—Ya pensaba que no vendrías. Varethia empieza a preguntarse si eres otra extranjera de paso.

Serenya no se inclinó ni se detuvo. Se sentó con calma, dejando que el silencio pesara.

—La grieta no engulle a quien sabe sostenerse. Y yo sigo aquí.

La sombra de la culpa marcó los rasgos de Kyrion al inclinar la cabeza.

—Serenya… —La voz le tembló—. No hay perdón suficiente por lo que permití en el Bastión. Cedí a Elias cuando debí protegerte. Fui yo quien te entregó al conjuro.

Caelan apretó la copa hasta que el cristal crujió.

—No te atrevas a hablarle de eso. —La furia latía en cada sílaba—. No después de haberla puesto en sus manos.

El silencio cayó sobre la mesa como un peso de hierro. Selhara alzó la copa, el vino reflejando las antorchas como un charco de sangre.

—El pasado debería quedar enterrado. —Su tono era terso, pero rezumaba filo—. Es hora de mirar adelante, de sentar las bases de un mundo en paz. —Extendió las manos para abarcar la mesa entera—. ¿No es eso lo que todos deseamos?

La pausa se alargó y volvió a clavar los ojos en Serenya, con una sonrisa que helaba más que el invierno.

—¿Y qué prueba más clara de que perteneces aquí que aceptar tu lugar a nuestro lado? —Ladeó la cabeza—. Que aceptes a Caelan. Ahora.

La copa de Serenya se detuvo en su mano.

—¿Ahora?

—Sí —continuó Selhara—. La ciudad te observa, el poder late en ti, y Caelan… —Apoyó los dedos en el hombro de su hijo—. Es fuerte, leal y está dispuesto a darte todo.

Caelan se tensó bajo ese contacto, pero no se apartó. Las sombras a sus pies se crisparon, visibles para Serenya.

—Madre —dijo, con ira contenida—, no me conviertas en tu instrumento.

—¿Y qué otra cosa has sido siempre? Instrumento de la ciudad, del linaje…

Ya aprendiste a sostener un nombre que no era solo tuyo.

Ahora puedes ponerlo al servicio de algo más grande.

—Selhara se inclinó hacia Serenya—. ¿No lo ves?

Un matrimonio ahora cerraría lo que está fracturado y cerraría las bocas. También las que dudan de ti.

Kyrion respiró hondo, el arrepentimiento atravesándole el gesto.

—Selhara… basta.

—Tú calla, Kyrion —lo cortó ella—. Ya hiciste bastante por arruinar lo que nos pertenecía.

Los ojos de Caelan se negaban a mirarla. Cuando los abrió, miró directo a Serenya.

—No tienes que escucharla.

Selhara arqueó una ceja, la sonrisa afilada.

—Oh, pero deberías. ¿O es que tu futuro príncipe no quiere mostrarte cuánto puede darte?

Clavó los ojos en su hijo, empujándole a seducirla allí mismo. Sin embargo, Caelan no se movió. Cada músculo de su cuerpo era contención pura. Fue Serenya quien habló, su voz más dura que el acero templado.

—No necesito que nadie me muestre lo que valgo. Ni con anillos, ni con promesas, ni con juegos de salón.

El murmullo estalló como una bandada de cuervos. Kyrion bajó la vista, Selhara sonrió con la frialdad de quien cree haber sembrado la duda, y Caelan apretó la copa hasta que el cristal crujió en su mano.

El resto de la cena transcurrió sin brillo. Los nobles se refugiaron en comentarios sobre cosechas y lluvias atrasadas. Kyrion intentó arrancarle una palabra a su hijo más de una vez, pero Caelan no le concedió ni una mirada.

Cuando al fin la mesa se dispersó, los sirvientes retiraron las copas vacías y el ama de llaves volvió a entrar en silencio.

Un chasquido breve bastó para que las sombras se alzaran y retiraran los platos antes de que los sirvientes se acercaran.

Luego, con un leve movimiento de su muñeca, ordenó a la penumbra que regresara a los muros.

Los criados la siguieron, deslizándose hacia las esquinas, donde la oscuridad se espesaba lo justo para ocultarlos hasta que todos se retirasen. No ser vistos era exigencia.

Serenya sintió el peso del salón liberarse de sus hombros. No volvió directo a sus aposentos. Tomó el pasillo hacia la sala de curas. Caelan no dijo nada, pero caminó junto a ella, la sombra de su figura marcando cada paso.

Encontraron a Lioran sentado a los pies del lecho. Ezryn dormía, la respiración más tranquila que horas antes. El Sangreth alzó la vista en cuanto los vio.

—Vuelve a tus aposentos —le ordenó, firme, aunque sin brusquedad—. Yo velaré por él. No necesita más ojos cansados encima.

Serenya dudó, pero supo que tenía razón. Caelan esperó a que se despidiera en silencio, luego la escoltó. No habló hasta detenerse frente a la puerta de su habitación.

—No tenías que responderle —dijo, seco, refiriéndose a la cena.

—¿Y quedarme callada?

Él soltó un resoplido breve, un eco de risa que no se concretó.

—Descansa, Kael. Mañana quiero mostrarte algo.

Se apartó, dejándole la noche entera para preguntarse a dónde la conducirían esas palabras.