12. El rumor de la sangre
Las telas aún húmedas del baño colgaban de una cuerda improvisada en la cámara lateral.
Serenya se vistió despacio, dejando que el lino áspero se pegara a su piel limpia.
Sus amigas seguían cerca: una peinando los mechones húmedos de su cabello, la otra ajustando el nudo del vestido con manos firmes.
—¿Vas a correr directo a la sala de curas? —preguntó Theneira, enarcando la ceja.
—Quiero verlo.
—Antes dime qué viste en el mercado —añadió Vaelith, con media sonrisa.
Serenya pensó en la niña que había reído con el gato de sombra, en los ojos expectantes del pueblo, en Caelan agachado con una ternura que desarmaba.
—Vi una ciudad que pesa cada paso… y a alguien que no se dejó doblar por ella. Aquí eso ya parece un milagro.
Theneira rio bajo.
—Así que al fin no hablas solo de la ciudad.
—No es lo que creéis.
—Por supuesto —replicó Vaelith—. Nadie piensa en príncipes cuando vuelve hablando así.
El calor le subió a las mejillas antes de que pudiera evitarlo. Serenya fingió ajustarse la manga para escapar a la mirada cómplice de ambas.
—Voy a verlo —repitió, más firme, sin mirar atrás.
Cuando cerraba la puerta, escuchó a Theneira cantar entre risas—: Ah, el amor…
Vaelith no tardó en replicar, grave, pero con sorna.
—Más difícil que cualquier guerra: elegir dónde dejarlo crecer.
Las dos rieron bajito y ese sonido la persiguió como un recordatorio incómodo y dulce a la vez.
Salió al pasillo con paso rápido. El castillo estaba en penumbra, las antorchas crepitando como si se avivaran a su paso. Sintió que los muros respiraban con ella, que los ojos tallados en la piedra seguían sus movimientos.
La galería olía a hierbas quemadas y piedra húmeda. Frente a la puerta, Lerith permanecía inmóvil, como una muralla con brazalete de hierro. Serenya se plantó delante, con los brazos cruzados.
—Estoy más limpia que tus propias manos, Lerith. Y quiero entrar.
La curandera frunció el ceño, sin moverse.
—Niña, conmigo no. No me impresiona tu ironía. Podrías ser mi nieta y aun así no entrarías si no fuera el momento.
Serenya le sostuvo la mirada, divertida.
—Dime: ¿es el momento?
Lerith respiró hondo, como si evaluara no las palabras, sino la voluntad detrás de ellas. Finalmente, apartó el brazo del marco.
—Sí. Está despierto, pero no esperes milagros.
La pesada puerta cedió con un gemido sordo.
Serenya entró y lo vio. Estaba recostado, los labios aún pálidos, pero los ojos abiertos.
Lioran, a su lado, sostenía su mano con firmeza.
Ambos la miraron al mismo tiempo: uno con el cansancio de haber luchado demasiado, el otro con la rigidez de quien no admite ternura y, sin embargo, la ofrece.
—Serenya…
Su nombre le llegó débil, pero claro. Serenya contuvo el impulso de abalanzarse.
Se acercó despacio, temiendo que cada paso quebrara el frágil equilibrio de ese instante.
Se sentó en el borde de la cama y dejó que sus dedos rozaran su frente.
El calor había bajado, pero la fiebre seguía latiendo bajo la piel.
—Sigues ardiendo —murmuró, con una mezcla de alivio y reproche.
Humedeció un paño en el cuenco cercano y se lo pasó con cuidado por la boca reseca. Ezryn cerró los párpados y se dejó hacer.
—No me mires como a un enfermo —musitó él—. Cuéntame algo… lo que sea. Necesito oír otra cosa que no sean rezos ni lamentos.
—¿Qué quieres que te cuente? El mercado huele a humo y a miel… Y una niña rio de verdad en medio de tanta sombra.
Un recuerdo cruzó su memoria: aquel otro mercado, donde lo había visto por primera vez. También allí había humo y miel. Umbrae o Sangreth, daba igual; los puestos se parecían más de lo que las guerras admitían.
Ezryn ladeó la cabeza, con los labios entreabiertos.
—Cuéntame que no todo se ha perdido.
Ella tragó saliva, acariciándole las sienes con los dedos húmedos.
—No todo —respondió, firme—. Hay cosas que resisten.
—El odio hacia los Sangreth también permanece —intervino Lioran, seco, sin apartar la vista de su amigo, quien arqueó apenas una ceja, una mueca débil en la que se adivinaba ironía y resignación a la vez.
—Eso me lo imagino —susurró, con un amago de sonrisa cansada.
El silencio habría pesado demasiado si Lioran no lo hubiera roto enseguida, carraspeando con una media sonrisa seca.
—Y otras cosas que también resisten: quienes hablan más de lo que deberían cuando tendrían que estar durmiendo.
Lo miró de reojo, la chispa de su humor aún viva bajo el cansancio.
—Siempre tan encantador, Lio. ¿No te cansas de gruñir?
—No —replicó, encogiéndose de hombros—. Es lo que me mantiene vivo.
La ironía arrancó a Serenya una risa baja, nerviosa, que se disolvió al volver a sentir el peso de la mano de Ezryn aferrada a la suya. Se inclinó un poco más para revisar las vendas que le cubrían el torso. El sudor había empapado la tela.
—Necesito cambiar esto —dijo en voz baja, buscando a Lerith con la mirada.
La curandera ya estaba allí, observando sin intervenir. Asintió, ofreciéndole un cuenco con agua limpia.
—Hazlo despacio. El cuerpo acepta mejor cuando reconoce la mano.
Desató con cuidado las vendas. La piel estaba marcada por cicatrices recientes, aún enrojecidas, rodeadas de moretones que se extendían como tinta bajo la piel.
Algunas zonas latían inflamadas bajo sus dedos, como si la fiebre hubiera echado raíz allí, negándose a ceder.
El calor de su cuerpo la rozaba de cerca, demasiado cerca.
El enfermo exhaló un suspiro áspero, pero en su boca se insinuó esa media sonrisa suya, peligrosa incluso en la debilidad.
—Me vas a dejar desnudo delante de todos, mi ruina favorita —susurró con una chispa indómita—. Como si no supieras ya cómo dejarme sin armadura.
Se humedeció los labios sin darse cuenta, demasiado consciente de él para fingir indiferencia. Lerith chasqueó la lengua, sin inmutarse, aunque la risa bailaba en sus labios.
—Si aún tiene fuerzas para decir sandeces, es que no está tan mal.
Ezryn giró la cabeza hacia ella, la comisura elevándose en un gesto más felino que febril.
—Sandeces… —repitió—. No, Lerith. Lo insensato es creer que Serenya —musitó, con una cadencia que prendió fuego su sangre— puede ponerme las manos encima y salir ilesa.
Ella apartó la mirada, fingiendo concentrarse en las vendas, pero sus dedos temblaron suavemente contra la piel ardiente.
—Basta —le pidió, con un hilo de voz que pretendía sonar firme .
—¿Basta? —Ezryn rio bajo, quebrado, pero provocador, el hoyuelo en su mentón haciendo acto de aparición—. Nunca te quedaste en el basta, Serenya. Ni conmigo, ni con nada que te ardiera por dentro.
Lerith le arrebató el cuenco con brusquedad.
—Ya hablaremos de bastas y de tonterías cuando no tenga febriles que se crean trovadores.
Ezryn dejó caer la cabeza sobre la almohada, aun sonriendo, y Serenya ajustó las vendas con un nudo firme, como si en esa presión intentara apagar lo que él había encendido. Se quedó un instante en silencio, hasta que levantó la vista hacia Lerith.
—¿Puede comer? —preguntó, con un hilo de urgencia en la voz.
La curandera entrecerró los ojos, evaluándolo con rapidez.
—Si lo hace despacio y no demasiado. Su cuerpo necesita probar que aún recuerda cómo aceptar lo simple.
Asintió y recogió el pañuelo donde aún guardaba las frutas del mercado. Lo abrió con cuidado sobre la mesa cercana; el aire se impregnó de un dulzor ácido, fresco, que rompía el olor a hierbas de la sala.
Lioran ladeó la cabeza, cruzando los brazos.
—¿Vas a matarlo de hambre o de gula? —gruñó, pero se inclinó para ayudar a incorporarlo con suavidad.
Ezryn entreabrió los ojos, con una chispa de ironía que sobrevivía a la fiebre.
—Si es Serenya quien me alimenta, no me importa el veneno.
Ella partió una de las frutas con los dedos. El zumo rojo le manchó la piel, tibio. Llevó el trozo a los labios de Ezryn; él lo aceptó despacio, primero con una mueca de esfuerzo, luego con un suspiro.
—Sabe igual… —murmuró—. Caelan y yo las robábamos de críos. Él decía que raspaban la lengua. Yo siempre preferí lo que dolía un poco antes de volverse dulce. —Alzó la mirada hacia Serenya, chispeante pese a la fiebre—. Nunca aprendí a re sistirme a lo que empieza hiriendo y termina endulzando.
«Qué fácil habla quien no tiene que cargar luego con las consecuencias», pensó.
Lioran resopló, mientras sus brazos sostenían la espalda de su amigo.
—No te emociones tanto. Es solo fruta, no un conjuro.
Una gota le quedó en la comisura. Serenya, casi sin pensar, la limpió con el pulgar.
Ezryn le atrapó la mano con un gesto torpe y, antes de que pudiera retirarla, rozó su dedo, apenas una mordida.
El calor le subió de golpe, de la garganta al vientre.
Lioran rodó los ojos, resoplando, aunque sus manos seguían firmes.
—¿En serio? Ni enfermo sabes comportarte.
Rio bajo, apagado por el esfuerzo, y dejó caer la cabeza contra la almohada.
—Descansa —susurró Serenya, acariciándole la frente—. Me quedaré contigo.
—Hazlo —asintió Lioran, grave—. Pero recuerda: en la cena deberás enfrentar a Selhara. Si quieres imponerte, no basta con velar enfermos.
Serenya apretó los labios. Se quedó hasta que la respiración de Ezryn se volvió lenta, pesada, con la mano aún atrapada en la suya. Solo entonces se levantó, dispuesta a encarar el peligro que la esperaba.
Al salir al pasillo, un ruido leve la distrajo: el niño de los cubos corrió a toda prisa, dejando un reguero de agua en la piedra. Ella lo miró desaparecer en la penumbra y pensó, sin saber por qué, que también él era parte de la memoria viva del castillo.
Antes de que llegaran los invitados, el ama de llaves ya había dado forma al salón.
No tocaba nada con las manos: bastaba un gesto para que las sombras alisaran los manteles, enderezaran las copas o apagaran las brasas que ardían demasiado alto.
Los criados esperaban detrás de ella, inmóviles, sin atreverse a intervenir hasta que las sombras se retiraban a los márgenes del salón, quietas y expectantes.