11. Agua, ceniza y sombra
El regreso al castillo no tuvo el eco solemne de una procesión.
Fue más bien un descenso lento: de los olores vivos del mercado al aire denso de piedra.
Serenya llevaba el pañuelo en la mano, pesado no por su contenido —frutas de sombra, raíces de noctelum—, sino por lo que representaba.
Pero la urgencia seguía allí: Ezryn aún esperaba.
Al cruzar la galería central, una antorcha apagada se encendió con un chisporroteo azul, justo cuando ella pasó. Nadie la había tocado. Nadie parecía haberlo notado. Solo ella. Algo en su vientre respondió. Leve. Familiar.
Serenya bajó su rostro, temiendo que Caelan o Lioran lo hubieran visto. Pero ambos seguían en silencio, cada uno atento a sus propios fantasmas.
De camino a la sala de curas, un muchacho apareció corriendo, con el rostro tiznado de hollín y el cabello apelmazado por el sudor. Apenas se atrevió a levantar la vista.
—Señor… —dijo, temblando mientras extendía un pergamino manchado de tierra.
Lioran lo tomó con brusquedad, lo leyó rápido y frunció el ceño.
—Han traído hierbas de los herbolarios del este.
Dicen que servirán para bajar la fiebre.
—Arrugó el papel en su puño. La desconfianza le atravesó el gesto como un tajo—.
Ezryn no necesita remedios falsos ni veneno disfrazado.
—Miró a Serenya y la dureza del gesto cedió—.
Ve. Yo revisaré lo que han traído. No dejararé que nada extraño lo toque. No mientras siga respirando.
No esperó respuesta. Se apartó con paso largo, siguiendo al muchacho, y su silueta se perdió en la penumbra.
Serenya lo observó alejarse, con el pañuelo aun entre sus manos. Y de pronto, el pasillo quedó demasiado silencioso.
Las sombras de Caelan se agitaron, como si hubieran esperado quedarse a solas con ella. Caminaba a su lado, demasiado cerca. Al llegar al atrio lateral, la detuvo con un gesto breve de la mano.
—Necesito un momento contigo —murmuró.
El aire entre ellos se tensó. Serenya sostuvo el pañuelo con más fuerza, como si ese pedazo de Varethia pudiera protegerla de la proximidad.
—Gracias —empezó él, como si cada sílaba lo desgarrase por dentro—.
Lo que hiciste hoy… Odio perder el control.
No debería haber sucedido, pero… —Un músculo en su mandíbula se marcó.
Fue un microsegundo hasta que lo controló—.
Lo vi libre, al lado de mi madre y recordé cómo te encontramos.
—Respiró fuerte, agitado. Sus manos se crisparon en puños—.
Si lo enfrento, temo… —Chasqueó la lengua—...
lo que pueda hacer. Y si lo perdono, temo que vuelva a destruir todo lo que aún queda en mí.
Serenya lo observó en silencio. La rabia y la vulnerabilidad se mezclaban en su rostro. Quiso tocarlo otra vez, como antes, pero la imagen de Ezryn en la cama la golpeó. Se limitó a inclinar la cabeza.
—No todas las batallas se ganan al momento. Algunas esperan.
—¡Es mi padre!—rugió—. El hombre que me hizo. Y toda mi vida ha sido una mentira. —Se frotó los ojos con la mano—. ¿Tienes idea de lo que es eso? ¿No saber quién eres ni en quién confiar?
Tragó saliva. Odiaba verlo tan perdido.
—Claro que lo sé. —La voz de Serenya salió baja, áspera, casi rota—. Yo también tengo un nombre vacío, uno que no sé qué significa. Nunca conocí a mi padre y casi no recuerdo a mi madre. —Meneó la cabeza—. Ya no sé en qué ni en quién creer.
Él no respondió con palabras. Dio un paso hacia ella.
No la tocó, pero sus sombras sí, rozándole el brazo como si buscaran su calor.
Serenya se estremeció. Caelan cerró los ojos un segundo, como si contuviera algo que no sabía decir.
Luego se inclinó hasta casi rozar su frente con la de ella. Dejó escapar un suspiro corto.
Por un instante fugaz, pensó en dejar caer el pañuelo, en dejarse atrapar por esa oscuridad que parecía tan suya como ajena. Pero no podía olvidarlo.
Inspiró hondo y se apartó sin mirar atrás. Reanudó el paso, decidida, cruzando el pasillo que conducía a la estancia donde Ezryn yacía. El silencio era denso, solo roto por el crujido de la piedra bajo sus botas.
Extendió la mano hacia la puerta y el brazo de Lerith se interpuso. Llevaba un brazalete de hierro, marcado con runas de sanación. La luz del pasillo lo hizo brillar, y Serenya pensó que aquel metal era tan implacable como la mujer que lo portaba.
—No puedes entrar —le advirtió, antes de que ella siquiera hablara.
Serenya la miró, incrédula.
—Traigo comida. Y Ezryn…
Lerith negó despacio, el gesto severo, pero no frío.
—No en este estado. Llevas encima el polvo y el sudor del mercado. Si quieres verlo, primero límpiate. —Suavizó su tono, sin perder firmeza—. Lo último que necesita es más carga.
La irritación le subió de golpe al pecho. Estuvo a punto de replicar, pero entonces lo sintió: la piedra bajo sus pies vibró, leve, como si aprobara las palabras de la curandera. Serenya apretó los dientes.
Vaelith apareció detrás de Lerith, sujetando un cuenco humeante. Sus ojos, cansados, pero firmes, la buscaron.
—Está estable, pero no fuerte. Lerith tiene razón .
Serenya tragó saliva. Una mano ligera tomó la suya: Theneira, con esa sonrisa que no era burla, sino bálsamo.
—Ven. Un baño no borrará la urgencia… pero te devolverá fuerzas. Y cuando lo veas, no será con la tierra pegada al alma.
—No quiero dejarlo.
—No lo harás —aseguró Vaelith, apoyando el cuenco en el suelo y enderezándose.
Las dos la flanquearon. Serenya permitió que la guiaran, aunque buscó, con el rabillo del ojo, una rendija para espiar. Pero Lerith seguía allí. Apretó los labios y se fue.
Unos pasos más adelante, la oscuridad se movió en el corredor.
Caelan esperaba en silencio, apoyado contra la pared, como si hubiera sabido que terminaría allí.
No habló enseguida. Solo la miró, y sus sombras, dóciles, se deslizaron hasta rozar el borde del pañuelo que ella aún apretaba contra el pecho.
—No todos resisten que la ciudad los pese. Tú lo hiciste. Y más.
Serenya contuvo la respuesta. Había demasiado en juego en esas pocas palabras. Vaelith carraspeó.
—Vamos.
Caelan se apartó un paso, dejando que la sombra del corredor la escoltara hasta las escaleras.
La condujeron a una cámara lateral, austera y fría, donde el aire olía a piedra mojada. Theneira encendió lámparas que ardieron sin fuego, tiñendo las paredes de un resplandor dorado. Mientras tanto, Vaelith llenaba la pila con cubos de agua que habían traído de un canal cercano.
Theneira la observó y una sonrisa suave le cruzó los labios.
—Mira a mi princesa —dijo en tono de broma, pero con ternura—, cargando cubos con esas manos que nacieron para otra cosa.
Vaelith alzó la mirada, con una mueca en los labios, pero no se defendió.
—Hoy no soy princesa. Soy amiga. —Hundió unas raíces secas en el agua; el vapor se alzó, impregnando la sala de un aroma terroso y dulce.
Serenya se quedó quieta. El gesto, más que cualquier palabra, la atravesó.
Un vapor espeso se enroscaba por las paredes. Theneira se colocó detrás de Serenya y le soltó el cabello. Los mechones cayeron sobre su espalda. Sus dedos comenzaron a desenredar nudos con paciencia.
—Y tú —murmuró con media sonrisa, separando un mechón rebelde—, hasta tu sombra necesita descanso.
Serenya inclinó la cabeza, dejándose hacer. Cada tirón leve la anclaba al cuerpo. Vaelith probó el agua con la palma, luego dejó caer unas gotas de aceite. El vapor cambió de tono, más denso, impregnando la piel con un calor terroso.
—Ahora sí—dijo en un arrullo—. Lávate.
Se hundió hasta los hombros y dejó descansar la cabeza en el borde. El calor se expandió por sus brazos y subió al pecho, derritiendo la tensión acumulada en cada músculo.
Vaelith se acercó con un paño y le limpió el rostro con movimientos lentos, ceremoniales, casi como si borrara no solo polvo, sino la huella de los ojos que la habían pesado en el mercado.
—En mi antiguo hogar, nadie regresaba del duelo sin que alguien le tocara el rostro.
Serenya abrió los ojos, encontrándose con los de ella.
—¿Y si el duelo aún no termina?
—Más aún —replicó Vaelith—. Nadie sostiene el filo todo el tiempo sin quebrarse.
Su compañera rio suavemente mientras apartaba un mechón húmedo de su cuello.
—Escúchala, Serenya. Hasta yo, que no sé de coronas ni de grietas, lo entiendo.
Fue entonces cuando se atrevió a decirlo.
—Nos atacaron a propósito. Alguien entregó nuestra ubicación. —El agua tembló bajo sus dedos—. No fue casualidad. No pudo serlo.
Vaelith y Theneira intercambiaron una mirada rápida. No hubo sorpresa, sino cautela. Como si temieran que incluso las paredes escucharan.
—Lo pensamos también —dijo Vaelith, con calma grave—. La pregunta no es si hubo un traidor, sino quién gana con que Ezryn sangre y tú te consumas.
Theneira apoyó la barbilla en el hombro de Serenya, abrazándola desde atrás con un gesto casi feroz.
—Sea quien sea, no contaba con que Caelan estuviera ahí para contener el derrumbe.
—¿Creéis que querían matarme a mí también?
—No lo sé, por momentos parecía que solo iban a por Ezryn…
Serenya bajó la vista, pensativa. El agua reflejaba su rostro, distorsionado, desconocido.
—Ni siquiera me reconozco —susurró.
Vaelith posó la mano sobre la suya, firme.
—Eso no es pérdida. Es transformación. Y a Varethia, aunque aún no lo digan, ya le has recordado quién eres.
El vapor se arremolinó sobre la superficie, como si respondiera a esas palabras.
Una hebra de sombra, fina como un cabello, emergió del agua y rozó el dorso de la mano de Serenya antes de desvanecerse.
Theneira la notó: lo supo por la forma en que sus dedos se tensaron en el cabello aún húmedo.
No dijo nada, pero una chispa inquieta cruzó sus ojos.
Serenya tragó saliva. No sabía si creerlo. Pero en ese momento, entre las manos que la peinaban, el calor del agua y aquella caricia fugaz de lo oscuro, comprendió algo: no estaba sola.
Apoyó la cabeza un instante contra la piedra húmeda, dejando que el calor del agua se enfriara sobre su piel.
Había visto sus rostros.
El niño que corría entre puestos.
La mujer que tejía duelo como si fuera abrigo.
El anciano que cocinaba...
La idea de que alguien pudiera decidir por ellos —como si fueran piezas en una balanza— le dejó un sabor amargo en la boca.
Cerró los ojos.
No quería convertirse en eso.