Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 10. Donde la ciudad recuerda #2
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10. Donde la ciudad recuerda #2

Una niña salió disparada de un callejón lateral, tropezó contra un guardia y cayó de bruces al suelo.

El soldado frunció el ceño, sin mover un dedo para ayudarla.

Serenya dio dos pasos al frente, pero Caelan ya estaba allí.

Se agachó sin prisa, recogió a la niña y le tomó las manos.

Ella temblaba, no por el golpe, sino por miedo a la reacción.

—No pasa nada —le aseguró con dulzura en sus palabras.

Sopló suavemente sobre la raspadura, el aire tibio le cosquilleó la piel. Movió los dedos y de su sombra surgió la figura pequeña de un gato. La criatura oscura brincó sobre los adoquines, dio una voltereta y se deshizo en un rastro juguetón.

La niña soltó una risa corta, sorprendida, y las lágrimas se secaron en sus mejillas. De pronto, se lanzó a abrazar su cuello. Caelan titubeó, desarmado por completo, y la sostuvo un instante. Al separarse, recogió una piedra pulida del suelo, común, sin brillo, y se la puso en la palma.

—Es para que recuerdes que la sombra también puede ser refugio.

Un guardia carraspeó sin atreverse a mirarlo. El mercado tomó aire al mismo tiempo. La niña corrió hacia su madre.

Serenya no pudo evitar mirarlo. No había orgullo en su gesto. Solo una ofrenda callada. Bajó la vista. Sintió la marca bajo su ropa palpitar con calor tenue. Inicio .

El murmullo se reanudó, primero tímido, luego creciente. Serenya avanzó unos pasos entre los puestos, y la multitud se abrió lo justo para dejarla pasar. Los olores eran intensos: especias, madera quemada, incienso húmedo.

Una mujer de cabellos trenzados sostenía un cuenco de raíces aromáticas; Serenya se inclinó, tomó una entre los dedos y la llevó a la nariz.

—¿Para qué sirven?

La mujer la miró, desconcertada, hasta que recuperó la voz y respondió:

—Para limpiar la sangre. Para que el dolor no se pudra.

Serenya asintió, devolviéndole el gesto con una seriedad que desarmó a la vendedora. Otra voz surgió de entre la gente—: ¿Y qué hace aquí un Sangreth?

El comentario fue un murmullo, pero suficiente. Varias miradas se clavaron en Lioran. Serenya dio un paso leve hacia él, como si con su sombra cubriera parte del peso.

Caelan, unos metros más atrás, no intervino.

Estaba hablando con dos ancianos, escuchando lo que decían sobre cosechas perdidas.

Serenya lo comprendió: él no iba a interponerse en su recorrido.

La dejaba explorar, preguntar, tocar lo que quisiera.

Y, al hacerlo, le ofrecía algo más valioso que una escolta: el derecho a hacerse presente en Varethia por sí misma.

—¿Cómo se llama este tejido? —preguntó Serenya en otro puesto, acariciando una tela oscura bordada con hilos metálicos .

—No tiene nombre —contestó el hilandero, sorprendido de que ella le hablara—. Solo se hace aquí, con lana mezclada con sombra. Protege del frío y de las heridas.

Serenya sonrió.

—Entonces lo llamaré: sombra que abriga.

El hombre bajó la vista, conmovido. Y el rumor alrededor cambió, como si ese nombre nuevo —sencillo, suyo— se enraizara en la piedra.

Siguieron paseando, recorriendo el mercado sin apuro.

Por un breve momento, Serenya se dejó embargar por el bullicio alegre de la ciudad.

Lejos del castillo, de la opresión sentida frente a Selhara, por fin podía respirar.

Sonrió, aunque la luz no llegó del todo a sus ojos. Levantó la vista hacia el cielo.

—Aquí, el sol nunca acaricia directamente —comentó un anciano encorvado, sentado en la puerta de una vieja taberna.

Serenya lo miró. Tenía los ojos velados por los años, pero la voz clara.

—En Varethia —continuó él—, aprendimos a confiar en las sombras. Y a temer cuando una sombra se inclina por voluntad propia.

—¿Por qué habría de hacerlo?

El anciano la miró, con un temblor que no era miedo, sino memoria.

—Porque solo lo hacen ante los suyos. —La sonrisa desdentada que le dirigió no fue burla, sino un reconocimiento—. Dicen que las Kael siempre supieron caminar entre ellas.

Aquellas palabras sonaron más antiguas que el propio anciano. Serenya solo inclinó la cabeza, aceptando el cumplido como quien recibe un legado que aún pesa demasiado para sostenerlo.

El anciano se levantó con lentitud y los condujo hacia un toldo tejido con raíces entrelazadas que aún rezumaban humedad. La mesa improvisada era de piedra, y sobre ella humeaban cuencos de barro ennegrecido. El aroma era denso: dulce, terroso, con un fondo de humo que se quedaba en la garganta.

Serenya tomó uno de los cuencos. El caldo era oscuro, casi negro, pero en la superficie danzaban hebras azules de luz. Parecía magia.

—Sopa de hierbas negras —explicó el anciano—. Nos calienta los huesos en invierno y espanta los malos sueños.

Acercó la cuchara a los labios. El sabor era fresco, casi mentolado, con un fondo ahumado que le adormecía la lengua. El calor se expandió por su pecho.

—Parece humo en agua —murmuró—, pero calienta como sol escondido.

Los hombres alrededor asintieron en silencio, sorprendidos de que encontrara las palabras exactas.

Después, le ofrecieron un manojo de raíces largas, negras por fuera, asadas sobre brasas.

Al partirlas, la pulpa se reveló de un violeta brillante, casi luminoso.

Serenya las llevó a la boca: crujieron bajo los dientes, liberando un dulzor inesperado, como miel terrosa.

—Raíces de noctelum —dijo un muchacho, orgulloso—. Crecen solo donde la grieta dejó su sombra.

Caelan posó la vista en ellos y una sonrisa fugaz le cruzó los labios.

—Cuando era niño —dijo el anciano—, Caelan se escapaba de la fortaleza para arrancarlas con sus propias manos. Volvía con las uñas moradas y el estómago lleno.

Intentó imaginarlo con las uñas moradas, un niño con hambre de tierra más que de gloria; ningún trono enseña eso.

Aquella imagen la desarmó más que cualquier gesto de príncipe.

Serenya lo miró de reojo. Él solo alzó un hombro, como si ese recuerdo no pesara, aunque sus sombras parecieron ondear con orgullo silencioso.

Una anciana, con las uñas manchadas de tierra y las arrugas marcando un mapa entero en su rostro, sonrió mientras partía otra raíz de noctelum.

—Hace años —dijo, casi para sí—, había una niña que no se cansaba de pedirlas. Más, más, más, decía, aunque ya tuviera la boca morada.

Varias risas leves respondieron al recuerdo. Otro añadió:

—Sí, siempre corría detrás de…

El murmullo se cortó de golpe. La conversación cambió de tema con rapidez: uno de los hombres habló de las cosechas; otro, de las lluvias que no habían llegado.

Serenya no preguntó nada. No levantó la vista de su cuenco.

Pero el eco de esas palabras quedó suspendido en su mente, incómodo, como un hilo suelto en un telar perfecto.

La cuchara siguió su camino a los labios, aunque el sabor le supo distinto: ya no solo a miel terrosa, sino a un secreto mal enterrado.

Miró de soslayo a Caelan. Él escuchaba con atención a un anciano que se quejaba de los cauces del agua, como si no hubiera oído nada. O tal vez lo había hecho y simplemente lo dejó pasar. Serenya, en cambio, no olvidó.

Con las voces del mercado llenando el aire de relatos de cosechas y lluvias tardías, supo que Varethia acababa de entregarle una historia que no pretendía contar.

Le alcanzaron también una cesta con frutas pequeñas, de piel oscura. Partió una con los dedos: por dentro era de un rojo encendido. La probó. Jugosa, ácida al principio, luego dulce, un estallido de frescura que le limpió la boca del humo de la sopa.

—Frutas de sombra —explicó la mujer que las ofrecía—. Se comen en el momento o se pudren en un día. Así es esta tierra. Lo que no se toma a tiempo, se pierde.

Serenya lamió el zumo de sus dedos y pensó que ella también era así: un fruto al borde de pudrirse o de estallar. Varethia no solo se parecía a ella. La estaba nombrando.

Guardó silencio, y luego, casi con timidez, pero sin perder firmeza, preguntó:

—¿Puedo llevarme algunas? Para los que no han podido salir del castillo.

Las mujeres se miraron entre sí, sorprendidas, y una de ellas asintió. Llenó un pequeño pañuelo con frutas y raíces asadas, se lo tendió sin palabras. Serenya lo aceptó con cuidado, como si aquel gesto simple pesara más que cualquier ofrenda ceremonial.

Un niño salió corriendo tras una mariposa blanca, que cruzó entre las piernas de los guardias como si nada pudiera detenerla.

Mientras ataba el pañuelo con un nudo firme, pensó en Ezryn, febril en su lecho; en Mirel, que siempre agradecía lo pequeño; en Vaelith y Theneira, que encontraban consuelo en la comida compartida.

No podía darles paz aún, pero al menos podía darles eso: un trozo de Varethia, vivo y cálido, en medio de la guerra.

Apretó el nudo. Pesaba poco. No parecía guerra. Y lo era.