10. Donde la ciudad recuerda
Serenya inspiró profundo al entrar en las caballerizas. Ese aroma la reconfortaba siempre. Le hizo pensar en Fara y en Naevan. Los extrañó y sus pensamientos volaron hasta un príncipe que, débil, la esperaba postrado en una cama. El suspiró se le escapó.
Los mozos de cuadra se apartaron al verlos entrar, inclinando la cabeza sin atreverse a sostenerles la mirada. Los caballos resoplaban, inquietos, como si también sintieran que algo en el aire pesaba más de lo debido. Caelan fue el primero en hablar, la voz más áspera de lo habitual.
—Necesito un momento. Solo.
No pidió permiso; lo dictó como sentencia. Serenya lo siguió con los ojos, sin moverse, mientras él se internaba entre los establos vacíos. Lioran frunció el ceño, pero tampoco lo detuvo.
El sonido llegó primero: un golpe seco contra la madera, luego otro. Las sombras se agitaron, serpenteando por las vigas con inusitada violencia. Los caballos relinchaban en los establos cercanos, sacudiendo las crines como si quisieran escapar.
No esperó más.
Caminó hacia el fondo, con el pulso apretándole la garganta. Lo encontró allí: de espaldas, los hombros tensos como una muralla a punto de quebrarse. La oscuridad no obedecía, se retorcía como bestia sin dueño, arañando la piedra, buscando algo que destruir.
Un pensamiento extraño, casi tierno, cruzó la mente de Serenya, como una ironía cruel: «ni siquiera las sombras saben cómo abandonarlo».
—¿Has acabado ya? —preguntó, firme, sin elevar la voz.
Él se giró, sus ojos más tormentosos que nunca. Giró el rostro, mirándose los nudillos sangrantes.
Serenya dio un paso más.
—Mírame.
Las sombras se crisparon, resistiendo, hasta que obedecieron antes que él. La envolvieron suavemente. Solo entonces Caelan cedió un poco, contemplándola entre sus pestañas semicerradas.
—Kyrion estaba ahí —musitó, casi inaudible—. Libre. Al lado de ella. Olía a cuero y enebro, el mismo olor de mi infancia. No sé cómo… —Bufó, antes de que las sombras se descontrolasen nuevamente—. Quiero…
Serenya se acercó despacio, como haría con un animal asustado… o acorralado. Levantó las manos y cogió su rostro entre ellas. La diferencia entre ellos dejaba sus ojos frente a su boca. Le sostuvo la mirada hasta que su rabia dejó de ser un arma.
—Lo que no controlas, te consume. Y yo no pienso dejar que eso te consuma.
Las tinieblas se agitaron una vez más, rompiendo una puerta a espaldas de ella. Serenya ni se inmutó. Movió sus pulgares lentamente, acariciando la aspereza de su barbilla. Luego, retiró una mano y agitándola, domó a sus sombras. La sorpresa se apoderó de Caelan, tranquilizándolo inmediatamente.
Un carraspeo los interrumpió. Lioran estaba en el umbral, rígido como una estatua. No necesitó palabras para dejar claro lo que había visto.
—Es hora.
Serenya asintió, sin retirar sus ojos de Caelan, como si temiera que al soltarlo todo volviera a romperse. Los hombros masculinos se relajaron y él exhaló.
—Vamos.
Su mano rozó su cintura, un gesto tan involuntario como íntimo, y esa chispa la arrancó del hechizo.
—No podemos irnos todavía. Quiero ver a Ezryn antes de salir. Debo asegurarme de que…
Lioran la interrumpió.
—Vaelith, Theneira y Mirel se turnarán junto a él. No estará solo. Confía en eso—. Se llevó los dedos a la marca de su piel, antes de añadir—: Si algo sucede, enviarán al niño de los cubos por nosotros.
Serenya apretó los labios. Era una imposición, pero no podía hacer otra cosa. Finalmente, asintió.
Sin una palabra más, montaron. Serenya tomó el centro, Caelan a su izquierda, Lioran a su derecha. Los cascos resonaron sobre la piedra al salir del castillo. Ella resistió la urgencia de darse la vuelta. Irguió su cuerpo y avanzó sin mirar atrás.
La luz en Varethia no caía: se detenía antes de tocar el suelo. Como si un conjuro viejo siguiera protegiéndola de algo que el mundo olvidó.
Las primeras casas eran bajas e irregulares, con techos cubiertos de musgo y marcas sinuosas decoradas con pigmentos minerales. No había calles rectas, sino senderos curvados por el viento.
Bajo la piedra, el agua corría por canales invisibles y su rumor formaba una melodía subterránea que acompañaba cada paso. A veces, una sombra fugaz y observadora cruzaba los callejones. Varethia no ofrecía sus secretos: los pesaba, los evaluaba, los recordaba.
Y, sin quererlo, ella hizo lo mismo.
Midió lo que aquel lugar sostenía. Lo que protegía. Lo que estaba dispuesto a perder para seguir existiendo.
«¿Quién decide algo así? ¿Con qué derecho?», se preguntó. Apretó las riendas un poco más. «¿Por qué, de todos los malditos destinos posibles, tiene que ser el mío?»
Ella lo absorbía todo con los ojos, con la piel, con una memoria que no era suya… pero sí de su sangre. La tensión era densa. No la miraban con odio ni con devoción. La miraban como a una tormenta que puede traer cosecha o hambre.
Caelan avanzaba en silencio, con las sombras obedeciendo en torno a sus botas. No era un príncipe en esas calles: era presencia. El único que se quedó cuando otros huyeron.
Ella lo vio en detalles pequeños: una mujer en un umbral que inclinaba la cabeza al reconocerlo; un niño en la periferia que detenía su juego para seguir con la mirada la estela de oscuridad dócil que lo acompañaba. Lioran notó esos gestos y enderezó la espalda.
Mientras avanzaban, la urgencia de ver a Ezryn oprimía su pecho, pero no lo dijo en voz alta. Serenya apretó fuerte las riendas y siguió adelante con el plan.
El camino se abrió, al fin, hacia la linde del pueblo. Delante, los mercados no se ordenaban por linaje ni rango, sino por afinidad y costumbre. Al pasar ella, las sombras parecieron girar hacia su figura, para saludarla.
El olor llegó primero—resina, incienso, carne seca—y con él, la impresión de que todo vivía y tenía alma. Varethia no pretendía asombrar: estaba despierta.
Serenya enderezó la espalda sobre la silla. El pueblo entero se tensó al verla cruzar el umbral. «Mídeme», pensó, y algo en su vientre respondió con un eco leve.
—Entramos —anunció Lioran.
Y cruzaron.
Los cascos retumbaron hasta detenerse en la entrada del mercado.
Un guardia avanzó para recibir las riendas; otros dos se apresuraron a sujetar las monturas.
Serenya desmontó con un movimiento fluido, sintiendo cómo el silencio caía sobre ellos como un velo.
Caelan bajó después, sin mirar a nadie, y Lioran se dejó ayudar a regañadientes.
Los caballos fueron conducidos a un establo cercano y el murmullo de la multitud se atrevió a volver .
El mercado se abrió ante ellos como un organismo vivo. Toldos que ondulaban sin viento, postes de sombra endurecida, hilos tensados que vibraban como si respiraran con la multitud.
No hubo vítores ni insultos, pero sí un silencio expectante. Serenya lo sintió en la piel: una ciudad que pesaba cada paso, midiendo si ella era promesa o amenaza.
No era la primera vez que la miraban así.
La memoria le llegó sin aviso.
◆◆◆
El salón de Noctalis. Mármol travertino, antorchas bajas, ese silencio que no dejaba espacio para equivocarse.
—Perdón —empezó Serenya, con cuidado—. No quería interrumpir, pero…
—Basta.
Lazhar no alzó la voz. No hizo falta.
Serenya bajó la mirada al instante.
—Disculpadme.
—No estás aquí para intervenir —dijo él, con calma—. Estás aquí porque mi hijo así lo ha decidido.
El murmullo fue leve. Suficiente.
Ezryn se movió a su lado.
—Padre… —Y por un segundo, Serenya creyó que iba a sostenerla—. Discúlpala —continuó él, con respeto contenido—. Aún no entiende cómo funcionan las cosas aquí.
El aire se cerró un poco más. Serenya lo miró, sin entender del todo si aquello era protección… o una forma más sutil de apartarla.
—Serenya —añadió él, más bajo—. No es el momento.
Y en su mente, sin dureza, pero sin dejarle espacio:
—No aquí.
Serenya asintió.
—Entiendo.
Ezryn dudó apenas .
—Ve a la biblioteca.
Luego, no dijo nada más.
Serenya se apartó, sintiendo cómo la conversación continuaba sin ella, como si su presencia no hubiera alterado nada.
—¿Qué ibas a decir? —preguntó una voz a su espalda.
Serenya no se giró.
—Nada.
Caelan se detuvo a su lado, sin invadir el espacio.
—No has hablado por nada.
Serenya dejó escapar una risa baja.
—Pues lo parecía.
Él no respondió enseguida.
—¿Me cuentas?
Serenya frunció el ceño, sorprendida.
—Lo que ibas a decir.
No había presión en la pregunta. Ni juicio. Ni prisa.
Serenya dudó un instante, más por hábito que por falta de palabras.
—Solo… que no hacía falta hacerlo así.
Caelan asintió, como si fuera suficiente.
—No.
El silencio que siguió no pesaba.
Serenya apoyó las manos en la piedra.
—No era nada.
—Allí, lo único que importa es quién habla.
Serenya tardó un segundo en responder.
—Y yo no soy nadie.
Caelan negó despacio.
—No allí.
No añadió nada más.
Y, por primera vez desde que había salido de la sala, Serenya no sintió la necesidad de hacerse más pequeña.
◆◆◆
Serenya parpadeó, volviendo al murmullo del mercado, a las sombras que la medían sin tocarla.
Miró a su alrededor, recuperando el aliento. Todos esperaban que eligiera. Tragó saliva. No quería convertirse en eso.
Se detuvo ante un telar. Una mujer Umbrae trabajaba con movimientos lentos. De sus dedos no salía hilo común, sino una sombra fina que se trenzaba con la fibra.
—Cada hilo guarda una emoción —explicó la mujer sin dejar de tejer—. Los de duelo son los más resistentes.
En un puesto de obsidiana, un hombre alto retiró la mercancía al verlos acercarse. No lo hizo mirando a Serenya, sino cuando sus ojos se posaron en Lioran, con un gesto lento, pero deliberado, como quien dice aquí no eres bienvenido.
Lioran contuvo su reacción, pero Caelan se detuvo. No giró del todo, ni alzó la voz.
—Si él no es bienvenido en tu puesto —dijo con calma pesada—, yo tampoco lo soy.
Y siguió adelante.
El silencio fue inmediato. El hombre no replicó. Nadie lo hizo. Serenya vio cómo las sombras a los pies de Caelan dibujaban una curva de obediencia. El murmullo cambió tras su paso.
Unos metros más allá, ocurrió.