5. El ancla y la herida
El camino a Varethia parecía no terminar nunca. La carreta avanzaba entre lomas húmedas, las ruedas rechinando sobre piedra suelta, con un crujido que se mezclaba con el canto grave de los cuervos. El aire olía a tierra removida después de una batalla que no terminó del todo.
Más adelante, Vaelith sonrió al ver cómo una familia de ciervos cruzaba el claro; un gesto pequeño, pero en ese paisaje era casi un milagro.
Ezryn dormía —si es que podía llamarse sueño a ese estado febril—. Cada tanto un murmullo escapaba de entre sus labios resecos. Serenya lo observaba con el ceño fruncido, incapaz de apartarse.
Un conejo salió disparado de entre los matorrales, atravesando el camino con un chasquido de hierba.
Caelan, a caballo más atrás, ni siquiera se inclinó.
La sombra se deslizó primero. El animal cayó antes de terminar el salto.
Lo recogió al pasar, lo colgó de la silla y continuó el paso sin decir palabra.
La vida y la muerte seguían girando, incluso cuando ellos se arrastraban en silencio.
El primer pensamiento le atravesó el pecho como un cuchillo: «No querían que Ezryn llegara vivo a Varethia».
—Nadie conocía nuestro camino. Y aun así nos encontraron —lo dijo en voz alta, sin pensarlo.
Lioran, en el pescante, mantuvo la vista al frente. Solo movió las riendas con calma, dejando que los caballos respiraran. El viento arrastró el olor agrio de corteza húmeda y ceniza vieja.
—¿Sospechas de traición? —preguntó él por fin.
Serenya bajó la mirada hacia las mantas que lo cubrían. Repasó los rasguños, la ropa hecha jirones, el rostro pálido, tan lejos del príncipe insolente que la exasperaba y conquistaba a la vez.
—No lo sospecho. Alguien nos vendió.
Lioran asintió despacio. No había sorpresa en su rostro, solo el reconocimiento de una verdad que también había sopesado.
—Tiene enemigos de sobra.
Ella negó con la cabeza.
—Pudo haber luchado con todo. Pero no lo hizo.
Lioran apretó la mandíbula.
—Lo notaste.
—Lo sentí —aseguró Serenya, rozando la frente del herido con sus dedos.
El traqueteo de la carreta llenó el silencio hasta que Lioran habló de nuevo.
—No quiere usar el Juicio Íntimo, a menos que no haya otra posibilidad. —Los dedos de Serenya se tensaron sobre la frente del herido—. Escucha bien —dijo Lioran, con la voz más baja que el crujir del fuego—. Ezryn no lee pensamientos ni roba futuros. Siente lo que niegas: deseo, miedo, culpa, amor.
El vaivén del carro acompañó sus palabras. Serenya bajó la vista hacia Ezryn, que se removía en la fiebre.
—Si lo dejas cerca, si lo tocas… despierta lo que entierras. Ese es su don.
Ella tragó saliva, sin estar segura de querer oír más.
—¿El juicio íntimo?
—Es llevar ese lazo demasiado lejos. Dejarte sin máscaras. Lo que escondes aflora… y él puede usarlo contra ti.
Ezryn gimió entre sueños, como si la explicación lo atravesara incluso inconsciente .
—Por eso lo evita contigo delante —añadió Lioran—. Porque lo que se muestra en ese umbral… no vuelve a cerrarse. Y en ti el vínculo late distinto. Si alguna vez os atravesara así, ninguno de los dos saldría ileso.
El graznido de un cuervo resonó, metálico. El viento agitó su cabellera, que por un segundo relució azul bajo la luz pálida, y un escalofrío la recorrió.
«¿Y si ya lo había hecho antes? Quizá por eso me miraba así».
Un gemido interrumpió sus pensamientos. Ezryn tembló, pero continuó sumido en la inconsciencia. Serenya se mordió los labios.
—¿Qué es lo que teme mostrarme?
El caballo de la izquierda relinchó. Lioran aflojó un poco la rienda. Su voz, cuando regresó, fue más grave, más cansada.
—Ezryn no siempre fue así.
Serenya lo miró de golpe.
—¿Así?
Respiró hondo.
—No siempre fue veneno y sarcasmo. Antes de que te tragara la grieta… era distinto. Más feroz, sí. Pero también más… humano —suspiró—. ¿Lo recuerdas?
Serenya parpadeó y durante un instante lo vio: el Ezryn de antes, con la sonrisa más limpia, con los ojos encendidos. Ese recuerdo la atravesó como una herida vieja, aún abierta.
—Cuando desapareciste, algo en él se quebró.
Se lanzó al mundo como si quisiera arrancarle la piel.
Hizo alianzas con hombres que habrían vendido a sus propias madres.
—Su tono no era acusación, era luto—. Lo llamaban monstruo.
Y lo fue. Porque cuando se pierde lo que uno ama, a veces solo queda arder hasta las cenizas.
Serenya sintió la mirada de Mirel posarse sobre ella. No había reproche en ella, sino un rastro de tristeza, como si todos compartieran fragmentos de esa memoria sin nombrarla.
Apretó la manta sobre él, como si pudiera protegerlo no solo del frío, sino de todo lo que su amigo acababa de desnudar.
—¿Y tú? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Cómo soportaste verlo así?
Lioran tragó saliva.
—Aguanté. —Giró el rostro y en sus ojos se vislumbraba una pena antigua—. Porque si yo lo soltaba… se perdía del todo.
El chirrido de las ruedas se mezcló con el rumor de un río cercano. Ezryn murmuró un nombre sin forma, y volvió a hundirse en la fiebre.
Lioran bajó un poco la intensidad de su tono, buscando que nadie más escuchase lo siguiente.
—Hubo más de cincuenta años en los que nadie supo dónde estaba.
Nadie. Solo quedaban rumores. Historias de taberna que hablaban de un asesino que dejaba pueblos enteros sin voz…
o de un fantasma que visitaba lechos y desaparecía con el amanecer.
Yo… no supe dónde hallarlo. Y temí que nunca regresara.
Se volvió hacia él, como si esas palabras le abrieran un hueco en el pecho.
—¿Y qué lo trajo de vuelta?
Dudó. Su mano, curtida y firme en las riendas, tembló.
—Un brazalete. —Sus ojos bajaron a la muñeca dormida de su amigo.
El cuero gastado parecía un recuerdo vivo y la hebilla devolvió un destello opaco—.
Lo hice yo. Lo rastreé por todo Thelarys hasta que lo encontré.
Me costó días enteros que me mirase a la cara.
Cuando logré romper su muro exterior, me encontré con un hombre roto.
—Dirigió la vista un segundo a su amigo, antes de volverla al frente—.
Y le di un ancla. Lo hice para protegerlo de lo peor de sí mismo.
Para recordarle quién era cuando la oscuridad quisiera tragárselo entero. Nunca se lo quitó.
Un silencio pesado cayó entre ellos. Serenya esperó. Él mantuvo la mirada fija en el sendero.
—No puedo contarte más. Esa parte le pertenece solo a él. — Respiró hondo, como si las palabras hubieran sido un esfuerzo mayor que el de cargar un ejército entero—. Si alguna vez decide hacerlo… lo entenderás.
La carreta siguió su camino. El cielo empezaba a clarear, como si la noche hubiese dejado jirones de sombra pegados a las nubes. Serenya cerró los ojos un momento.
Caelan desmontó sin pedir permiso y anunció—: Hacemos noche aquí.
No esperó aprobación. Ya estaba junto a la piedra más plana del claro, limpiando el conejo con movimientos firmes, silenciosos, como si cada corte fuese un rezo mudo. La sangre oscura resbalaba hacia la hierba, y el olor metálico se mezclaba con la humedad del bosque.
Serenya, sin moverse del sitio, dejó que sus dedos recorrieran el cabello húmedo de Ezryn. No era un gesto consciente. Solo… ocurrió. Como si su mano hubiera recordado un camino que su mente había olvidado.
Un instante, y estuvo de nuevo allí: otra vida, el amanecer filtrándose por cortinas mal cerradas, el calor de un cuerpo a su lado.
◆◆◆
Ezryn, medio dormido, con la respiración pesada, dejándole acariciar su cabello enredado como quien toca una melodía íntima que solo ellos conocían. Esa ternura que jamás mostraba de día, cuando la armadura de su sarcasmo lo cubría todo. Esa ternura que aún la perseguía como un fantasma.
◆◆◆
Parpadeó. El recuerdo se disolvió. Él temblaba bajo las mantas, y ella siguió acariciándolo, como si ese gesto fuese lo único que aún pudiera sostenerlo en el mundo.
Del otro lado del claro, Caelan tarareaba. Muy bajo. Apenas un hilo de voz. Una cadencia de nana se deslizaba sobre el crepitar, eco de un hogar que nunca tuvieron. No llevaba el evaran en las manos; parecía bastarle con el recuerdo.
Serenya alzó la mirada. Durante un segundo lo vio inclinado sobre el fuego y algo en su pecho se aflojó, aunque no quiso admitirlo.
«¿En serio? ¿Tararea mientras cocina? Me resulta difícil pensar que es el mismo guerrero de hace unas horas…»
Sus ojos regresaron a Ezryn, el cabello húmedo pegado a la frente como si ni en sueños pudiera librarse de la batalla.
—No lo mires tanto —dijo Caelan sin dureza, al notar la dirección de sus ojos. Había terminado de abrir el conejo y lo asaba sobre un fuego improvisado, el humo alzándose en espirales lentas—. Si lo sigues sosteniendo solo con la mirada, vas a romperte tú primero.
Ella lo ignoró. O creyó hacerlo. Cuando Caelan se levantó, con la carne recién asada en las manos, y se acercó hasta ella, el olor cálido le llenó los pulmones.
—Come. —No fue una sugerencia. Se arrodilló frente a ella y alzó el trozo de carne hasta casi rozarle los labios—. Si no, mañana no podrás ni estar en pie.
—No tengo hambre.
Caelan la miró fijamente. Esa clase de mirada que no acepta excusas. Con un gesto firme, pero sorprendentemente suave, tomó su mano y la envolvió en la suya, colocándole el alimento en la palma.
—No es para ti sola —insistió, grave—. Es para él también. Si tú caes, ¿quién lo sostendrá?
Serenya tragó saliva. Llevó la carne a su boca y mordió, más por rendición que por apetito. Caelan no sonrió, pero sus hombros se relajaron.
El fuego crepitó. Las sombras del bosque se acercaban, expectantes. Y por un segundo pensó que esa noche no la sostendría el poder, sino dos gestos pequeños: su mano en el cabello de Ezryn y la obstinación de Caelan obligándola a comer.
El humo se enredaba en el aire, mezclando olor a grasa y madera húmeda. A lo lejos, un búho ululó, quebrando la monotonía del bosque. Nadie habló por unos minutos. Solo el crujir del fuego y el murmullo de una respiración agitada.