5. El ancla y la herida #2
Bajó la mirada hacia el trozo de carne que aún sostenía en la mano. El sabor era áspero, pero al tragar sintió algo extraño: como si ese bocado fuese menos alimento que pacto.
Caelan regresó al fuego sin esperar agradecimientos. Tomó el cuchillo, partió otro trozo y lo dejó sobre la piedra caliente. La cadencia de antes había callado, pero aún parecía vibrar en su pecho, como si no pudiera sacudírsela del todo.
Volvió a mirar a Ezryn. El contraste la atravesó: la fiebre contra la calma, el delirio contra la obstinación. Uno perdido en sueños rotos; el otro, aferrado al presente como si solo la voluntad lo mantuviera de pie. Y en medio de ambos… ella.
El viento cambió de dirección, trayendo un olor agrio de corteza quemada. El recuerdo del ataque se clavó en su sien como un presagio. El pensamiento regresó, más cruel: «quizá tampoco querían que yo llegara viva».
Apretó la manta y, al levantar la vista, encontró los ojos de Caelan fijos en el horizonte. Había tensión en su mandíbula, como si también hubiera llegado a la misma conclusión.
La calma del claro se quebró con pasos leves sobre la hojarasca. Theneira apareció primero, envuelta en un manto que parecía beber la luz del fuego. Detrás, Mirel cargaba una jarra de agua, y Vaelith había recogido un manojo de hierbas frescas en la orilla del río.
—¿La fiebre le ha despertado? —preguntó Theneira al ver a Ezryn removiéndose bajo las mantas.
Serenya negó con la cabeza, aunque su mano seguía sobre su cabello.
—Pero no descansa.
Vaelith se inclinó hacia el fuego, olfateó el aire y arqueó una ceja.
—Conejo. Siempre conejo. No sé cómo logras que todo sepa a humo, Caelan .
Él ni se inmutó. Le dio la vuelta al animal sobre la piedra y gruñó—: Carne es carne.
Mirel sonrió con picardía. Se arrodilló junto a Serenya y le tendió la jarra.
—Come. Te conviene más que verle mirarte con esos ojos.
Serenya bufó. Las tres mujeres intercambiaron un gesto cómplice. Fue Vaelith la que rompió el silencio, con un tono cargado de ironía.
—¿Te has fijado en sus manos? Tan grandes… y aun así, ¿has visto la delicadeza con la que te ha puesto el trozo de carne en la palma?
Mirel rio por lo bajo.
—No es lo único suyo que impresiona…
El comentario quedó flotando como una chispa indebida. Serenya enrojeció pese a sí misma y Theneira le lanzó a Mirel una mirada de advertencia, aunque la sombra de una sonrisa la delataba.
Caelan levantó la vista, desconfiado.
—Sé que habláis de mí.
Vaelith, impecable, contestó con la voz más seria que pudo fingir.
—De tu lanza, Caelan. Claro está.
Él volvió a trabajar sobre un nuevo conejo y masculló algo ininteligible. Las mujeres rieron bajito, como niñas con un secreto. Serenya no se unió.
Vaelith se echó un mechón de pelo tras la oreja, con una sonrisa maliciosa.
—Si me gustasen los hombres —dejó la frase suspendida, mirando de reojo a Caelan, que seguía concentrado en el conejo—… creo que no me importaría acabar la noche con ese.
Theneira arqueó una ceja, divertida.
—Por una vez estoy de acuerdo contigo. Caelan es un pecado andante.
Mirel no pudo contener la carcajada. Serenya sintió el calor subirle a la cara.
—Basta —murmuró, clavando la mirada en las llamas—. No es momento para hablar de eso.
Vaelith sonrió con dulzura irónica, la voz grave cargada de doble filo.
—No lo es nunca… hasta que lo es.
Theneira añadió, más seria, aunque con un destello en los ojos:
—No hace falta acostarse con alguien para que te incendie. A veces basta con cómo te mira, o cómo te obliga a seguir en pie.
Las otras estallaron en carcajadas que intentaron disimular cuando el príncipe Umbrae levantó la vista hacia ellas. El silencio se espesó. Serenya apretó la manta sobre Ezryn, como si quisiera esconderse detrás de ese gesto.
—No habléis de esto delante de él.
Las tres mujeres la miraron con calma. Mirel se encogió de hombros, pero su voz fue un susurro firme.
—Entonces, admítelo al menos para ti. Porque negarlo no hará que duela menos.
Caelan sopló sobre el fuego como si no escuchara, pero Serenya vio la leve contracción de su mandíbula. Y supo que cada palabra le había llegado.
A su lado, Ezryn se removió entre las mantas, murmurando algo que nadie entendió. Apoyó la mano sobre su pecho por puro instinto. Y aun así… sintió la mirada de Caelan antes de alzar la vista.
Serenya se levantó con la excusa de apartarse unos pasos, de buscar entre los árboles un aire distinto. El bosque olía a humedad y salvia, y en la penumbra, las luciérnagas brillaban entre los árboles, marcando un sendero titilante.
—No deberías ir sola.
La voz de Caelan llegó detrás de ella. Cuando se giró, lo encontró a un paso, con el fuego aún dibujado en sus hombros.
—No voy a extraviarme por apartarme un momento.
Él no sonrió. Solo la miró, como si cada palabra se le quedara atascada en la garganta. Luego alargó la mano para apartar una rama que podría rozarla. Un gesto mínimo, casi involuntario.
—Lo sé —dijo al fin—. Pero no pienso dejar que vuelvas sola. No otra vez. No si aún me queda aliento para caminar detrás de ti.
Hubo un silencio que parecía contener siglos. Serenya quiso replicar, pero las palabras no encontraron forma. Al final, bajó la mirada y asintió. Solo eso.
Cuando regresaron juntos al claro, el fuego seguía ardiendo. Serenya pensó que había más calor en aquel gesto silencioso que en todas las llamas del bosque.
Y mientras las sombras se alargaban, supo que ya no había vuelta atrás: Ezryn era su herida. Caelan, su ancla. Y ella… ya no estaba se gura de querer salvarse.