4. La herida y el pacto
La hoja había entrado bajo las costillas, provocando una herida que no dejaba de sangrar. Sin embargo, lo peor estaba en la espalda. Cada aliento le teñía los labios de rojo.
El heraldo llegó corriendo. Su espada cayó cuando se arrodilló frente a su hermano. Rasgó la tela con desesperación y evaluó los daños. Serenya no podía apartar los ojos de él. Casi en trance, susurraba sin parar:
—Quédate conmigo… quédate conmigo…
—¡Presiona aquí! —ordenó Lioran, hundiendo sus manos sobre la herida frontal para guiarla—. El desgarro es grande, pero me preocupa más la espalda. Parece haber traspasado el pulmón…
Mirel, con lágrimas encendidas de rabia, se dejó caer al otro lado. Rompió la tela de su vestido y la apretó contra la herida de la espalda, temblando, pero firme.
—¡No nos lo vais a arrancar! —escupió contra los Umbrae inmóviles.
Ezryn forcejeó levemente, los dedos manchados de sangre acariciando la palma de Serenya. Su voz salió ronca, quebrada como cristal.
—Déjalo… mejor caer así…
Ella lo fulminó, con los ojos encendidos.
—¡Cállate!
Él intentó sonreír. Apenas un gesto ladeado, débil, la mueca que tantas veces había usado para ocultar su herida más profunda.
—Difícil hacerlo cuando pueden ser mis últimas palabras. —Se rio sin fuerzas—. La primera vez que te vi… —murmuró, y la tos le partió la frase en dos. La sangre le llenó la boca—. Creí que eras un presagio… —Su mirada febril buscó la de ella—. Déjame ir con esa llama en tus ojos.
Serenya negó con violencia, el dorado chisporroteando en sus pupilas. Las lágrimas le nublaban la vista.
—¡No! ¡Cierra la boca, Ezryn! —Su voz fue un latigazo—. ¡No te atrevas a despedirte! ¡No me obligues a escucharlo!
Ezryn tosió, con la sangre ardiéndole en la garganta, pero aun así intentó torcer los labios en una mueca.
—¿Y entonces qué digo? ¿Que me siento como un héroe? —Jadeó con esfuerzo—. Eso sí que sería mentira.
Los dedos de él, temblorosos, intentaron apretarse más fuerte sobre su muñeca, como si quisiera marcarle la piel antes de soltarla. Ella lo miró, con las manos hundidas en sangre, su sangre, temblando.
—¿Qué… qué quieres que haga?
—Haz lo que hiciste con Fara—escupió Lioran, desesperado—. Usa tu poder, pero no lo dejes arrasar todo. Guíalo. Dobla el fuego. Cierra la herida, Serenya. ¡O lo perderemos!
Negó con la cabeza, los labios partidos, la respiración agitada.
—No sé… no sé cómo lo hice…
—¡Sí lo sabes! —gritó él, con los ojos encendidos de rabia y súplica—. ¡Está en ti! ¡Déjalo salir ahora o morirá!
El hedor a hierro le llenaba la garganta, la sangre se le escurría por las manos, caliente. Y aun así, la brasa en su pecho rugía, exigiendo salir.
El aire le quemaba los labios. Lioran lo había dicho: debía arder, no para destruir. Para cerrar. Aquello que la habitaba obedeció. No como espada, sino como aguja. Sin pensarlo, las sílabas brotaron, ajenas, como dictadas por una voz antigua que hablaba a través de ella.
—Vel tharas ilenai… en’kael venor …
Ezryn se arqueó con un gemido áspero, sus ojos febriles clavados en los de ella, la respiración cortada como un hilo a punto de romperse.
Serenya cerró los ojos y buscó eso que anidaba en su interior. Esa llama que nunca parecía apagarse del todo desde que renació.
Pensó en el hoyuelo de su mentón cuando sonreía de verdad, en sus manos estrechándola, en su mirada enrojecida de deseo, en sueños que fueron reales…
El fuego blanco y negro bajó por sus brazos, se concentró en sus palmas, ardió contra la herida.
Ezryn se estremeció entero, los ojos entreabiertos, la respiración convertida en un gruñido ahogado.
Pero la carne no cedía. El tajo seguía abierto, sangrante, resistiendo como si la vida misma se negara a quedarse.
Serenya gimió, la garganta abrasada. El calor no le arrancó un grito. Se le hundió en los huesos, mudo, devastador. La consumía por dentro. Era demasiado feroz.
Entonces lo sintió.
Un peso frío en su espalda, firme, sólido. Una mano sujetando la suya con fuerza, obligándola a no soltar. Y, al mismo tiempo, un torrente de sombras extendiéndose a su alrededor, anclando a los Umbrae contra el barro, retorciéndose como grilletes vivos.
La presión de los dedos de Caelan sobre los suyos evitaba que el fuego se desbordara.
—No lo hagas sola —murmuró, áspero, con algo quebrado en la voz.
El calor áspero de su pecho desnudo se pegó a su hombro, conteniéndola. Su sombra la sujetaba, reconfortante. Su contacto fue muro. Frío y firme, conteniendo el incendio sin apagarlo. El mundo vibró y llegaron los recuerdos.
Una sonrisa ladeada.
Una mordida.
La llanura negra.
El olor a canela .
Una mano en la nuca.
Y la voz de Aurenya, una sola vez, pronunciando su nombre como un origen.
El poder dejó de desbordarse y se concentró en la carne desgarrada, que empezó a cerrarse, lentamente, aceptando quedarse en el mundo. Era contenido por las sombras de Caelan y reclamado por la sangre de Ezryn. Un círculo imposible.
Mirel apretaba el vendaje improvisado contra su espalda, llorando de rabia. Lioran jadeaba, con el rostro desencajado, gritando una y otra vez:
—¡Resiste, Ezryn! ¡Resiste, maldita sea!
La sangre dejó de manar como torrente. Se espesó. La piel se contrajo levemente, resistiendo al pulso invisible de aquel fuego. Pero Serenya no paró.
—Vel tharas ilenai… en’kael venor…
El sudor le corría por la frente, mezclándose con sus lágrimas. Su cuerpo convulsionaba con cada palabra.
—¡Basta! —ordenó Caelan contra su oído, pegado a ella mientras sus sombras aún mantenían presa a su gente—. Te consumirás.
—¡No! —escupió ella, sin apartar las manos de la herida—. ¡No voy a dejarlo morir!
El resplandor dorado se instaló en sus pupilas, chisporroteando. Su poder descendía en oleadas, arrancándole la fuerza de los huesos. Ezryn gemía bajo su toque, aferrándose a su muñeca como a un ancla.
Otra exhalación. Otro rezo.
La herida se cerró un poco más. El pecho de Ezryn se alzó con un respiro más hondo, aunque áspero. Serenya jadeó. La visión se le nublaba, la voz le temblaba en la garganta. Forzó otra vez las palabras, con los labios partidos, con el alma ardiéndole en los huesos.
—Vel… thar…as…
Cuando la hemorragia cedió casi por completo, su cuerpo se venció. Cayó sobre él, con la frente pegada a la suya, aún susurrando la última sílaba .
Ezryn respiraba. Débil, dolorido. Pero vivía.
Lioran dejó escapar un sollozo ahogado, las manos aún firmes sobre la herida, sus hombros agitándose. Mirel, con el vestido hecho jirones, mantenía la presión en la espalda, el rostro mojado en lágrimas y sudor.
Caelan no se movió. Sostuvo a los Umbrae hundidos en el barro con las sombras tensas. Sus ojos oscuros la recorrieron, caída sobre él, agotada. Y aunque no dijo nada, lo sabía: ella había dado más de lo que debía.
Vaelith se había quedado quieta, las manos entrelazadas contra el pecho. No lloraba, pero en sus ojos brillaba ese dolor impotente de quien había visto demasiado. Theneira le pasó un brazo por los hombros y ella apoyó su cabeza.
Resoplando aún por el fragor de la lucha, Lioran estiró una mano para apartarla, para recostarla a un lado y liberar a su hermano. Pero entonces lo vio.
Las manos de Serenya estaban aferradas a la tela empapada de su camisa rota, crispadas con tal fuerza que ni la inconsciencia pudo abrirlas. La sangre de uno y del otro se mezclaba en la tela, secándose en un pacto sin palabras.
Durante un instante quiso separar esas manos manchadas, devolverle espacio a Ezryn, pero el temblor en el pecho de su hermano lo detuvo. Sus dedos, débiles, habían alcanzado a enredarse en la capa de ella, como si buscara ancla en medio de la oscuridad.
Suspiró, un jadeo roto entre dientes, y en lugar de separarlos se inclinó sobre ella. Le apartó un mechón húmedo de la frente, limpiándole con torpeza el sudor y la sangre.
—Descansa, Serenya… —murmuró con un respeto extraño, como si también temiera quebrar aquel vínculo invisible.
Pasaron minutos pesados como plomo. El silencio estaba hecho de respiraciones rotas, de susurros contenidos, de sombras aún tensas en torno a los Umbrae sometidos .
Serenya parpadeó, con un suspiro que la devolvió del borde. Sus ojos dorados se abrieron lentamente, y lo primero que encontró fue el rostro de Ezryn bajo el suyo: pálido, con la sangre seca dibujando grietas en su piel, con la vida latiendo en un pulso débil.
Él ya estaba despierto. Una sonrisa insolente, incluso en el umbral de la muerte, se curvaba en su boca ensangrentada.
—Siempre supe que acabarías poniéndome las manos encima… —Intentó levantar una ceja, en un gesto juguetón, sin lograrlo—. Solo esperaba menos sangre de por medio.
Su pecho tembló bajo el de ella, y la realidad la golpeó de lleno. El miedo. El alivio. La furia. Todo ardiendo en su garganta.
Se incorporó con un movimiento seco, y la palma de su mano partió el aire.
El bofetón estalló contra su mejilla con un chasquido seco. Ezryn giró el rostro por el impacto; la marca roja brillaba más viva que la herida cerrada en su costado.
—¡Maldito seas! —escupió—. ¡Preferiste caer! ¡Me obligaste a elegir entre verte morir o condenarme contigo!
—Ya sabes que nunca fui bueno dejándome sostener… salvo por ti.
Volvió el rostro hacia ella, con los labios manchados de rojo y la misma sonrisa torcida, esa que dolía más que cualquier filo. Sus ojos, oscuros y febriles, chisporrotearon con una ternura imposible.
—No me maldigas, Serenya —susurró, con el deje burlón suavizado por la herida—. Maldice al destino. Caer es lo único que sé… Si mi caída te mantiene en pie, no fue rendición. Fue destino.
Cerró los ojos, con un suspiro rasgado, resignado, como si aquel golpe lo hiriera menos que la verdad que contenía.
Lioran clavó la mirada en su hermano, el rostro endurecido por un dolor que no sabía contener.
—Ya basta de martirios, Ezryn. No eres el único que sangra. —Sus ojos, oscuros, ardían con reproche—. Ni el único que carga culpas.
Serenya lo miró de nuevo, el pecho desgarrándosele con cada respiración de él. Y la rabia se le volvió llanto.
Sus manos, aún manchadas con la sangre que acababa de contener, se deslizaron desde su rostro hasta enmarcarlo entero.
Se inclinó y lo rodeó con los brazos. Su frente se hundió contra la suya.
Las lágrimas resbalaron y se mezclaron con el rastro seco en su piel.
Era un abrazo hecho de heridas, no de consuelo.
Pero también de un amor que ni la sangre ni la culpa habían logrado enterrar.
—No vuelvas a hacerlo —susurró contra su cuello, rota—. No me obligues otra vez a elegir entre tu vida y la mía.
Él la sostuvo con la poca fuerza que le quedaba, los dedos enredándose en sus cabellos, aferrándose como si ese gesto fuera lo único que lo mantenía vivo. Aspiró su aroma, llenando sus pulmones, y por primera vez no hubo distancia entre ellos. Solo dos cuerpos enlazados.
Caelan observaba. De pie, aún desnudo, las sombras tensas alrededor de los traidores. Los vio aferrados y algo en su pecho respondió. En el silencio, algo oscuro se le incrustó en el pecho como un aguijón. No lo nombró. No lo permitiría. No aún.
La niebla se cerraba de nuevo alrededor del campamento. Varethia estaba cerca. Todos lo supieron: lo ocurrido podía repetirse en cualquier instante.
Serenya alzó la mirada. Ezryn yacía bajo sus manos, vivo, aunque febril. Lioran lo velaba de cerca, respirando al compás de su hermano.
Más allá, Mirel y las otras recogían mantas, avivaban el fuego, mascullando maldiciones contra los Umbrae que habían fingido lealtad y, por eso, se hundían en el barro bajo las sombras.
Se levantó despacio. Sentía la sangre seca pegada a sus palmas, el temblor aún aferrado a sus rodillas. Y, aun así, dio un paso hacia él. Luego otro. Hasta quedar frente al príncipe Virel.
Caelan no se movió. Sus ojos descendieron sobre ella con el peso de lo sucedido. El silencio se espesó, denso, como si el bosque aguardara también su veredicto.
—Gracias… —dijo Serenya, y no fue cortesía: fue confesión. Una rendición en voz baja, más difícil que blandir una espada.
Le sostuvo la mirada. El sudor le corría por los hombros, marcando el relieve de cicatrices viejas que hablaban más que su boca. No respondió de inmediato. Y cuando lo hizo, su tono fue grave, implacable.
—Mi deber no es recibir gratitud… sino mantener el orden.
Su mandíbula se tensó, como si tragara algo más hondo que la disciplina.
Serenya bajó la vista, respiró hondo, y añadió:
—Aun así, lo diré. Porque si no hubieras llegado… él estaría muerto. Y yo también.
La dureza de sus facciones mostró una sombra de duda en su armadura. Caelan dio un paso atrás. No se inclinó, no tocó su hombro, no aceptó ni rechazó el peso de esas palabras. Pero la forma en que la noche lo abrazó lo dijo todo. Sabía que, tarde o temprano, esa llama también lo consumiría a él.
Serenya no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la sangre escaparse entre sus manos. Y, sin embargo, Ezryn respiraba.
Las preguntas no dejaban de girar en su mente: «¿Cómo lo hice? ¿De verdad fui yo quien lo arrancó de la muerte?» El temblor volvió a su pecho. «¿Qué más soy capaz de salvar? ¿Y qué más estoy destinada a destruir?»
Y en el centro de todas las preguntas ardía la única certeza que no se atrevía a decir en voz alta: toda salvación cobraba algo.