14. Tate #2
—Hola, necesito consultar un informe de incidente que supuestamente se presentó en mi dirección hace unas tres semanas. —Les di la fecha y los datos de la propiedad—. Intento verificar que realmente se registró.
El agente me puso en espera. Esperé, tamborileando los dedos sobre el escritorio, sabiendo ya lo que iba a decir.
—¿Señor? He revisado nuestros registros y no tenemos ningún informe de incidente para esa dirección en esa fecha. Ni en el plazo de una semana desde esa fecha, en realidad.
—¿Está seguro?
—Completamente. No se enviaron agentes, no se registró ningún informe. Si alguien le dijo que presentó uno, estaba equivocado. O mintiendo.
Le di las gracias y colgué.
Lo había inventado. Había simulado un allanamiento para justificar el cambio de cerraduras, y contaba con que nadie comprobaría si el informe era real.
Después, la cámara de la puerta.
Recuperé las grabaciones de la noche que Riley volvió a casa, desplazándome por la línea de tiempo para encontrar las horas relevantes. Las 18:00, el camino de entrada vacío. Las 18:30, todavía vacío. Las 19:00…
Nada.
La imagen se puso en negro exactamente a las siete en punto. Sin imagen, sin sonido, solo una pantalla oscura con un mensaje de error: «Cámara desconectada».
Avancé en la grabación. La cámara volvió a conectarse a las 20:00, exactamente una hora después. Justo cuando Lindsay debía de estar abriendo la puerta y contándole todas aquellas mentiras a Riley.
Alguien había apagado la cámara deliberadamente. Alguien se había asegurado de que no quedara ningún registro de lo que había sucedido en ese porche.
Me recosté en la silla, con la mente acelerada. Esto no era un malentendido. Esto no era Lindsay dejándose llevar por ilusiones. Era un esfuerzo coordinado para destruir mi matrimonio, ejecutado con precisión y planificación.
Pero las cerraduras y la cámara no eran suficientes. Necesitaba más. Necesitaba pruebas de quién estaba detrás de todo esto, no solo evidencias de lo que se había hecho.
Abrí mis contactos y me desplacé hasta un nombre al que no había llamado en años.
Owen Pratt, un programador con quien había trabajado en un proyecto de seguridad informática cuando yo aún me dedicaba al desarrollo activo.
Era brillante, discreto, y me debía un favor desde que financié su startup sin pedir participación en la empresa.
Marqué antes de que pudiera disuadirme.
—¿Tate? —Owen sonaba sorprendido—. Dios, tío, hace años que no sé nada de ti. ¿Qué pasa?
—Necesito un favor. Uno grande. Del tipo que no tengo ningún derecho a pedir.
Una pausa. —¿Qué tipo de favor?
—Necesito que entres en el teléfono de alguien. En sus mensajes de texto, concretamente. Las conversaciones con un contacto en particular.
—Tate, eso… eso no es exactamente legal.
—Lo sé. No te lo pediría si no fuera importante.
—Tomé aire—. Mi mujer me dejó. Alguien la tendió una trampa, la hizo creer que la estaba engañando cuando no era verdad.
Tengo pruebas de que simularon un allanamiento, cambiaron mis cerraduras y apagaron mis cámaras de seguridad, pero necesito saber quién maneja los hilos. Necesito ver los mensajes.
Otra pausa, más larga esta vez. —¿El teléfono de quién?
—Lindsay Nickerson. Y necesito sus conversaciones con mi madre.
—¿Tu madre? —Oí el asombro en su voz—. Tate, ¿qué demonios está pasando?
—Eso es exactamente lo que intento averiguar.
El silencio se extendió por la línea. Esperé, con el corazón palpitando, consciente de que le pedía que cruzara una línea que podría meternos a ambos en problemas.
—De acuerdo —dijo Owen—. Dame los números. Veré qué puedo hacer.
Le di el móvil de Lindsay y el de mi madre, luego colgué y esperé. Los minutos se arrastraban. Paseé por el estudio, fui a ver a Riley, que seguía durmiendo con el rostro tranquilo en la penumbra, y seguí paseando.
Mi teléfono vibró cuarenta y cinco minutos después.
—Te estoy enviando un archivo —dijo Owen—. No quiero saber qué hay dentro, y esta conversación nunca ha tenido lugar.
—Entendido. Gracias, Owen. Te debo una.
—Me debes una botella de whisky muy cara y la promesa de no llamarme nunca más por esto.
El archivo llegó a mi correo treinta segundos después. Lo abrí con manos temblorosas.
El hilo de mensajes se remontaba semanas atrás. Fechas, instrucciones, dinero.
Mi madre, escribiéndole a Lindsay: «Asegúrate de ser tú quien abra cuando ella llegue. Tate estará distraído; le llamaré con algo urgente justo antes».
La respuesta de Lindsay: «¿Y si no me cree?»
Mi madre: «Te creerá. Lleva meses desestabilizada. Un empujón y caerá».
Más mensajes, más planificación. Mi madre diciéndole a Lindsay cuándo presionar, cuándo retroceder, cuándo actuar.
Instrucciones concretas sobre cómo crear una brecha entre Riley y yo, cómo hacer que mi mujer dudara de sí misma, cómo escenificar situaciones que parecieran comprometedoras si llegaban a descubrirse.
También había transferencias bancarias. Pagos de mi madre a Lindsay, codificados como «honorarios de consultoría», que sumaban más dinero que el salario de una asistente.
No era una aventura.
Era un proyecto.
La eliminación de mi mujer, planeada como la organización de una temporada de actos sociales, con calendarios, presupuestos y planes de contingencia.
Me cegó la rabia.
Pensé en todas las veces que mi madre había sonreído a Riley mientras tramaba su destrucción.
En todas las veces que le había ofrecido consuelo mientras retorcía el cuchillo.
En todas las veces que yo la había defendido, la había creído, había confiado en ella cuando decía que solo quería lo mejor para mí.
Había saboteado mi matrimonio.
Y yo lo había permitido. Incluso había ayudado, por ser demasiado distante y demasiado estúpido para ver lo que estaba ocurriendo justo ante mis narices.
Miré mi mano izquierda, el anillo de boda que nunca me había quitado. Ni cuando Riley se fue, ni cuando me dijo que quería el divorcio, ni siquiera cuando parecía que todo entre nosotros había terminado.
La decisión fue instantánea.
Pulsé imprimir.