Ignorada CAPÍTULO 50 #2
99%

CAPÍTULO 50 #2

Claudia los miró a los dos durante unos segundos.

—Sois un peligro cuando os ponéis de acuerdo.

—Eso mismo dijiste la primera vez que nos viste discutir por quién hacía mejor el café—respondió Daniela entre risas.

—Y sigo pensando exactamente lo mismo.

Los tres acabaron riendo casi al mismo tiempo. Por un instante, Claudia se permitió simplemente disfrutar de aquella escena. Hacía apenas un año habría sido incapaz de imaginarse rodeada de tanta gente, escuchando risas en lugar de sirenas y sintiendo que, por fin, podía bajar la guardia.

Daniela dio un paso hacia ella y esta vez no hubo bromas. La abrazó con fuerza y Claudia respondió de la misma manera, cerrando los ojos un instante.

—Me alegro muchísimo de verte así—murmuró Daniela sin soltarla todavía.

Claudia sonrió como años atrás.

— ¿Así cómo?

Daniela dio un paso atrás para mirarla mejor, como si quisiera asegurarse de que aquella sonrisa era de verdad.

—Tranquila. Hace un año dabas la impresión de que llevabas el mundo entero sobre los hombros.

—Y lo llevaba...

—Lo sé—Daniela volvió a enlazar su brazo con el de Claudia antes de sonreír— ¿Sabes qué es lo mejor?

— ¿Qué?

—Que vuelves a sonreír... y ya no parece que te cueste hacerlo.

—La verdad... es que casi había olvidado cómo se hacía.

Daniela le dio un pequeño golpe cariñoso con el hombro.

—Pues ni se te ocurra volver a olvidarlo.

Claudia la miró con una ternura inmensa, al igual que hacía con Lucía. Daniela llenó un vacío enorme con su llegada.

—Haré lo que pueda.

—No—Daniela negó con una sonrisa—Harás más que eso. Y si algún día se te olvida, ya me encargaré yo de recordártelo.

Entraron entre los invitados mientras empezaban a llover las bromas, los abrazos y las inevitables preguntas sobre el nuevo despacho, el ascenso y el primer día como inspectora jefe.

La tarde transcurrió entre conversaciones, risas y anécdotas que, por una vez, no tenían nada que ver con asesinatos ni investigaciones.

Era extraño. Y, al mismo tiempo, maravilloso.

Cuando la barbacoa ya estaba terminando y el sol comenzaba a esconderse, alguien golpeó suavemente una botella con un tenedor.

— ¡Eh! ¡Un momento!

Todas las miradas se dirigieron hacia Claudia. Ella abrió mucho los ojos.

—Ni hablar.

—Solo unas palabras.

—Cinco minutos.

— ¡Uno!

Las risas se mezclaron por todo el jardín. Claudia negó divertida antes de dar un paso al frente.

—Está bien... pero como me hagáis emocionarme, la culpa será vuestra.

Aquello provocó alguna carcajada más. Respiró hondo y miró alrededor. Durante unos segundos no encontró las palabras. Después sonrió.

—Hace un año estaba convencida de que mi vida solo tenía sentido si seguía persiguiendo respuestas. Creía que parar era rendirse y que pedir ayuda era una forma de reconocer que no podía sola—Bajó la vista un instante antes de continuar—Me equivoqué.

El jardín quedó completamente en silencio.

—Hay heridas que nunca desaparecen. Aprendes a convivir con ellas y forman parte de quien eres. Pero también he descubierto que eso no significa que tengas que cargar con ellas en soledad.

Sus ojos buscaron a Daniela. Después a sus compañeros. Finalmente encontraron a Alex.

—Gracias por recordármelo cuando yo era incapaz de verlo.

No añadió nada más. No hacía falta. Los aplausos comenzaron casi al mismo tiempo que ella daba un paso atrás. Daniela fue la primera en abrazarla.

—Ha estado muy bien.

— ¿Sí?

—Sí... aunque mañana vuelves a ser la jefa.

Claudia soltó una carcajada.

—Eso me lo recordaréis todos los días, ¿verdad?

—Por supuesto. JEFA.

La música seguía sonando a lo lejos mientras las conversaciones llenaban el jardín.

Alguien acababa de encender las luces que rodeaban la piscina y su reflejo temblaba sobre el agua con cada pequeña ráfaga de viento.

Claudia se sentó en el borde con una cerveza en la mano y dejó que los pies rozaran la superficie. No tardó en escuchar los pasos de Alex.

—Sabía que acabaría encontrándote aquí.

Ella sonrió sin dejar de mirar el agua.

—Necesitaba cinco minutos de tranquilidad antes de que Daniela decida organizar otro discurso.

Alex soltó una risa y se sentó a su lado con otra cerveza.

—No descartes que todavía tenga algún juego preparado. Lleva semanas disfrutando con este plan.

—Pues dile que, como vuelva a sorprenderme así, la próxima fiesta la organiza ella sola.

—Eso ha sonado mucho a inspectora jefe.

Claudia le dio un pequeño golpe con el hombro.

—No empieces tú también.

—No puedo evitarlo. Todo el mundo lleva todo el día llamándote jefa y alguien tendrá que comprobar si el cargo se te ha subido a la cabeza.

—Qué pesado eres.

—Y aun así sigues aguantándome.

—Supongo que ya es tarde para echarte de casa.

— ¿De casa?

Claudia se dio cuenta de lo que acababa de decir y sonrió.

—Sí... de casa.

Los dos guardaron silencio un momento. No era uno de esos silencios incómodos que tantas veces habían compartido durante la investigación. Era de los que solo aparecen cuando dos personas ya no necesitan esforzarse para estar bien juntas. Alex dio un pequeño trago a la cerveza antes de hablar.

—Hoy, cuando has salido de la comisaría, me he fijado en una cosa.

— ¿En cuál?

—No has mirado atrás.

Claudia tardó unos segundos en responder.

—Ni siquiera me había dado cuenta.

—Yo sí.

Ella contempló cómo las luces del jardín se reflejaban sobre el agua.

—Supongo que ya no tenía ningún motivo para hacerlo.

—Hace un año habrías salido pensando en el siguiente caso, en todo lo que había quedado pendiente o en lo que podrías haber hecho mejor.

Claudia dejó escapar una sonrisa sabiendo que Alex estaba en lo cierto.

—Y probablemente habría terminado encerrada en el despacho hasta las diez de la noche.

—Sin haber comido.

—También.

Los dos rieron. Aquella risa tenía algo distinto. No escondía cansancio. Ni miedo. Solo tranquilidad… Después de un momento, Claudia volvió a hablar.

— ¿Sabes qué es lo que más me sorprende?

— ¿Qué?

—Que durante mucho tiempo pensé que, si algún día dejaba de sentir culpa, también dejaría de querer a Lucía—Alex giró la cabeza hacia ella sin interrumpirla—Era absurdo, pero de verdad lo creía.

Sentía que seguir adelante era una forma de abandonarla—Se quedó observando la botella que sostenía entre las manos—Y al final entendí que no era eso...

—Respiró hondo antes de continuar—La voy a echar de menos toda la vida.

Eso no va a cambiar nunca. Pero ya no necesito vivir atrapada en aquel día para seguir sintiéndola cerca.

Alex esperó unos segundos antes de responder.

—Creo que ella habría estado orgullosa de ti.

—Seguramente también me habría dicho que soy demasiado cabezota.

—Eso te lo seguiría diciendo.

—Y tendría razón.

La conversación volvió a quedarse en pausa mientras, al otro lado del jardín, Daniela discutía con varios compañeros porque alguien insistía en que la carne estaba demasiado hecha.

Alex la observó unos segundos antes de sacar algo del bolsillo.

Era una pequeña llave. La dejó sobre el bordillo de la piscina.

Claudia bajó la vista y la observó con curiosidad, intentando adivinar qué hacía aquella pequeña llave allí.

— ¿Y esto?

—Es para ti.

La cogió entre los dedos y la hizo girar despacio.

—No es la de casa.

—No.

—Entonces...

—Llevo meses preparando un despacho en la casita del jardín.

Ella lo miró sorprendida.

— ¿Un despacho?

—Pensé que, si ibas a seguir llevándote trabajo a casa, al menos sería mejor que dejaras de invadir el salón con carpetas.

—Así que todo este tiempo, cuando decías que estabas arreglando la casita...

—Te estaba mintiendo un poco tengo que reconocerlo.

—Eres peor de lo que pensaba.

—Eso intento.

Claudia seguía contemplando la llave en silencio.

Lo que la había emocionado no era aquel pequeño despacho, sino todo lo que escondía un gesto tan sencillo.

Sin necesidad de decirlo, Alex estaba hablándole de un hogar, de planes compartidos y de un futuro que, hacía solo un año, ella ni siquiera se había permitido imaginar.

Él debió de adivinar lo que pasaba por su cabeza porque sonrió con esa tranquilidad tan suya.

—No me mires así. Que conste que también hay un poco de egoísmo en todo esto. Empiezo a sospechar que disfrutas invadiendo el salón con expedientes.

Claudia levantó la vista y no pudo evitar sonreír.

— ¿Así que todo esto era para recuperar el sofá?

—Entre otras cosas. Ya empezaba a pensar que cualquier día iba a tener que pedir permiso para sentarme.

—Qué exagerado eres.

— ¿Exagerado? El otro día levanté el mando de la tele y apareció un informe debajo. Te prometo que durante un momento pensé que la casa estaba generando expedientes por su cuenta.

Claudia no pudo contener la risa.

—Eso no pasó.

—Claro que pasó. Empiezo a sospechar que, si algún día perdemos las llaves, también aparecerán dentro de una carpeta de homicidios.

—Me estás difamando.

—No, estoy describiendo la realidad.

Claudia negó con la cabeza, todavía jugueteando con la llave entre los dedos.

—No hacía falta que hicieras todo esto.

—Claro que hacía falta.

— ¿Por qué?

Alex tardó unos segundos en responder. No parecía buscar las palabras perfectas; simplemente quería encontrar las adecuadas.

—Porque hace un año todo eran planes que nunca llegaban a hacerse. Vivíamos pendiente del siguiente caso, de la siguiente llamada, de la siguiente urgencia... y me di cuenta de que siempre hablábamos del presente, como si hacer planes diera miedo.

Claudia permaneció un momento con la vista fija en el agua. Entendía perfectamente lo que Alex quería decir. Durante mucho tiempo los dos habían vivido con la sensación de que cualquier plan podía romperse de un día para otro.

—Así que todo esto empezó por un despacho...

Alex negó con una sonrisa.

—No exactamente. El despacho solo fue la excusa.

Claudia lo observó con curiosidad.

—Entonces, ¿qué llevas tanto tiempo preparando?

Él apoyó la cerveza en el suelo antes de contestar.